Mamá:

Hoy quiero contarte que quiero ser feminista. Y aunque tal afirmación pareciera fácil de expresarse, me costó años llegar hasta aquí.

En principio, porque no siempre fui feminista. Al contrario, me apena decir que yo era -y todavía algunos días soy- machista.

Un día, alguien me dijo que le preocupaba lo interiorizada que tenía la violencia. Yo temblé. Lo negué todo. Me repetí a mi misma que no era el caso, que más bien conocía la violencia de frente, me era tan familiar su rostro que ya no le temía. Y pues, precisamente era ese el asunto, me era tan conocida, tan amiga, que ya no me alarmaba, que inclusive ya ni la reconocía como tal.

Mamá, es hora de que me reconozca a mi misma como feminista porque he librado batallas -que no debería- por el simple hecho de ser mujer. Porque callé cuando debí haber alzado la voz; porque no supe reconocer la violencia, el abuso y la manipulación en mi vida; porque la acepté sin titubear; porque incluso la justifiqué y me convencí de que todo era mi culpa.

Pero hoy ya no es así. Me he enfrentado cara a cara con mi pasado, he inspeccionado las heridas, me he desprendido -casi siempre- de esa voz masculina que habita en mí. Y, gracias a eso, puedo decir que quiero ser feminista.

Quiero ser feminista porque callé cuando debí haber alzado la voz; porque dudé de la veracidad de mi historia; porque quizá mi silencio haya sido cómplice; porque incluso hoy no quiero ser voz de otras historias como la mía…

Me cuesta llamarme feminista porque no quiero ser víctima, pero tampoco heroína. No quiero ser fuente de inspiración ni de fuerza. Quisiera que mi historia y mi dolor pasen desapercibidas pues quizá así desaparezca un poco la tristeza que conllevan.

Pero lo cierto es que el silencio es cómplice. De hecho, fue gracias a ese mismo silencio que me costó 6 años reconocer mi propia historia de abuso. Pero hoy sé que reconocer y contar mi historia -una más entre tantas- quizá evite que alguien viva lo que yo -y tantas- hemos vivido.

Y las feministas que rompen vidrios y grafitean monumentos sí me representan. Ellas sí me representan, porque si no lo hacen ellas, ¿quién sí? ¿Quién sí cuando ni yo misma me representé? Por eso hoy, aunque me cueste, aunque me dé miedo, aunque mi cuerpo tiemble, quiero llamarme feminista.

Y hoy, que México tiembla y cruje ante la voz de las feministas, quiero gritar y enojarme con ellas, porque un día no me enojé con mi historia, pero hoy todavía no es demasiado tarde para mí.

Soy feminista porque sigo viva, porque tengo una voz y porque la historia de una -en este país- es la historia de casi todas. Ojalá que esto cambie y que mañana no seamos tantas las que sumemos nuestras historias de dolor, abuso, violencia, acoso… ojalá mañana, la razón para ser feminista sea más bien a través de historias de triunfo, de respeto…

Hoy no es así, hoy me toca ser feminista por mí, por ti y por todas las mujeres que conozco, de la misma manera en que sé que las demás feministas lo son por mí, por ti y por todas las mujeres que conocen -y por las que no también-.

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