Junio

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco fuerte y profundo.

Pienso en magia. Pienso en vida.

Cuando comencé este camino, hice una lista de las personas más importantes en mi vida, a quienes quería contarles lo que había pasado.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Quería combatir el monstruo con base en palabras, mirarlo fijamente a los ojos y nombrarlo.

Sin notarlo, esa lista estaba compuesta prácticamente por puras mujeres.

Sin saberlo, esa lista se llenaría de más mujeres magia, que iría conociendo, y que serían indispensables en mi vida.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Y en ese decirlo, en ese nombrarlo, una y otra vez mi historia se volvió eco.

Una y otra vez, esas mujeres magia me miraron a los ojos y me dijeron: a mí también me ha pasado.

Todas me tomaron de la mano, todas lloraron conmigo… una de cada dos me miró a los ojos y me dijo: a mí también me ha pasado.

Así que me pregunto, ¿cómo se puede agotar el decirlo? ¿cómo puede perder todo poder? Si nuestras historias son eco, si nuestro dolor tiene el mismo origen, si todas hemos vivido alguna situación de abuso, ¿cómo podemos terminar de enunciarlo?

Y ni siquiera se trata de números. No se trata de si somos una de cada una, una de cada dos, o una de cada diez. Con que haya un corazón que sea eco, es un corazón más del que debería doler a causa del abuso.

Se trata de nosotras y nuestro dolor.  

Se trata de esos segundos en los que decimos “a mí también me ha pasado” y cómo, en nuestros ojos, puedes ver lo fragmentado de nuestra alma.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco constante y profundo que, al tomarse de la mano, es irrompible.

Sororidad, le llamamos.

Pienso en ese mismo eco y lo que significaría su ausencia.

Un mundo sin las mujeres que somos vida, que somos magia.

Un mundo en el que ninguna de nosotras tome de la mano a la otra y le diga: yo estaré contigo. No estás sola.

Un mundo, sin ellas, para mí, pierde todo el sentido pues yo habría perdido la batalla.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco de mujeres que, con fuerza, compañía, dolor, solidaridad, empatía y compasión, enfrentamos el monstruo masculino. Ese monstruo masculino enorme que nos llena de miedo pero que, encaramos juntas, por cada una de nosotras, por todas.

Pienso en las mujeres como magia, como vida, como fuerza y es gracias a ellas que mantengo la esperanza.

Junio
csoledadt.com
Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco, pienso en magia, pienso en vida.

Febrero de 2020

Hoy no tengo fuerza para metáforas, para versos, para poesía…

Tengo palabras que me consumen desde dentro, tengo experiencias de violencia que me duelen como siempre.

“Si un día no regreso, quémenlo todo”.

Hoy lo creo y lo siento, pero hubo un tiempo en el que no fue así.

Cuando estuve en una relación abusiva –incluso años después–, sentía que no valía nada, que no merecía amor. ¿Cómo creer entonces que vale la pena quemar el mundo por alguna de nosotras?

Así. Quemándolo.

Me da mucha esperanza saber que hay mujeres que quemarían el mundo por una desconocida.

Me da mucha esperanza y fuerza saber que vale la pena quemar el mundo por mí, por cualquiera de nosotras.

Quémenlo todo. Quemémoslo todo.

¿Qué ganamos con eso?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Ruido

El ruido de apuntar con el dedo y sentenciar los actos permite que aquellas que hemos normalizado nuestras experiencias entendamos que son violencia. Se trata de desenmascararla y nombrarla como tal.

Lo digo yo, que no quise verlo porque cegarme ante la realidad y buscar una forma de vivir con la violencia era instinto de supervivencia.

El ruido, los testimonios de otras mujeres, los monumentos rayados, las marchas feministas, el enojo… me permitieron cuestionar la narrativa que el abuso había tatuado en mi mente, en la que el problema siempre sería yo.

Esa pequeña semilla que el enojo de otras mujeres sembró en mí, me permitió entender que no estaba sola, que no era normal, que no era la única y que el problema no era yo.

No. El problema no soy yo.

El problema es el abuso, el machismo, la violencia, el silencio…

El problema no soy yo. El problema no somos nosotras.

Para las mujeres que, como yo, viven en el silencio, un poco –o mucho– de ruido es una semilla de esperanza.

INCOMODIDAD

La primera en incomodarse fui yo.

Lloré.

Caí.

Seguí llorando. Sigo llorando. ¿Algún día se deja de llorar?

Y con cada historia, con cada mujer, con cada una de las 10 mujeres que son asesinadas a diario en México, lloro de nuevo, como si nunca me hubiera detenido.

Si no nos duele saber que, en México, todos los días asesinan a 10 mujeres, que mínimo nos haga sentir incómodos. Porque esta incomodidad de hablar de temas que se han normalizado e invisibilizado, no es nada comparada con la incomodidad de ser abusada, golpeada, violada, matada…

Que si no hay empatía en este México masculino, por lo menos haya incomodidad que nos permita mirarnos en el espejo y preguntarnos: ¿Qué he hecho yo para perpetrar estas acciones masculinas?

Porque todos hemos hecho algo.

Yo, como mujer, he hecho muchas.

Yo, como mujer que ha vivido distintas situaciones de abuso, he cometido muchas.

¿Qué has hecho tú para perpetrar estas acciones masculinas?

Créeme cuando te digo que todos hemos hecho algo.

Si tu yo masculino aún no se ha incomodado, quizá es hora de que te preguntes por qué.

FUERZA

Al estar envuelta en una relación abusiva, sumergida en los efectos del abuso y, como tal, convencida de que el problema eres tú, se necesita fuerza para reconocerlo, para nombrarlo… para resistir la urgencia de asumirse culpable, cuando no es así.

El problema no eres tú.

El problema no somos nosotras.

Se necesita fuerza para atravesar el infierno que conlleva reconocer lo vivido y tratar de sanarlo.

Fuerza porque hoy, tras meses de trabajarlo, no sé si un día sane del todo.

Fuerza porque cada día 10 mujeres son asesinadas y aun así hay personas que no lo entienden, y que, con base en esta incomprensión, lo justifican, normalizan y permiten.

Cuando no entienden la historia de Ingrid, no entienden la mía.

El abuso me convenció por mucho tiempo que mi dolor no era válido, no existía.

El machismo trata de convencerme de esto cuando niegan nuestro dolor.

Fuerza para no aceptarlo, fuerza para no ceder, fuerza para alzar la voz y mostrar las cicatrices.

O quizá no. Quizá solo fuerza para sanarlas y, de ser necesario, enterrarlas.

Fuerza para tomarnos de la mano entre nosotras y sostenernos.

Fuerza para sobrevivir porque en mi intento por enfrentar los efectos de mi relación abusiva, no quería vivir.

Así que, ¿qué ganamos con quemarlo todo?

Que las mujeres que, como yo, hemos aprendido a vivir con el abuso, nos sepamos acompañadas, cuidadas, sostenidas… pues ese es el primer paso para no ser una más.

¿Qué ganamos con quemarlo todo?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Y ya después, cuando el mundo se incomode y duela con y por nosotras, cuando el mundo sienta la desesperanza que nos ahoga, quizá podremos pensar en un México que no necesite quemarlo todo para que quienes no entienden que no entienden, lo puedan entender.

Pero por hoy… si un día no regreso, quémenlo todo.

Agosto

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.

Abrirnos.

Mostrarnos.

Abrir el alma, mostrar las heridas.

Abrir las ventanas de nuestro cuerpo, de nuestro hogar, y mostrar los fantasmas que acechan en cada rincón.

Abrir los secretos que hemos guardado con candado, y mostrar la sombra que hasta a nosotros nos atemoriza.

Ser flor.

Ser flor con espinas, que duele pero que también lastima.

Ser flor con vida, que se abre para ser vista.

Ser vistos.

Ser reconocidos.

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es abrirnos, exponer nuestro dolor, nuestra oscuridad, nuestros monstruos y fantasmas, con tal honestidad que prescindamos de nuestras barreras.

La vulnerabilidad empieza desdibujando las fronteras, cruzando el umbral de nuestro propio hogar para adentrarnos en otros hogares. Implica también el invitar a otras personas a entrar al nuestro.

Sí, ser capaces de ver a otros, pero también poner los medios para ser vistos.

Y es ahí donde radica el temor.

Lo has sentido, ¿cierto? Ese temor al juicio ajeno que evoca nuestras propias palabras.

Temor a las piedras entrando por la ventana.

Temor a lo externo, a lo ajeno, a lo desconocido que se siente como ese enemigo tan conocido, ese enemigo casi amigo…

Temor al dolor que en el pasado entró por la puerta, y que no se ha ido, no del todo.

Y es por ello que construimos muros.

Entre países.

Entre personas.

Entre corazones.

Me atrevería a pensar que los más resistentes son los que erguimos invisibles a nuestros ojos, pero evidentes para quienes nos rodean.

Aquellos cuyas raíces son el miedo, la soledad y el abandono.

Aquellos muros que son un monumento al pasado.

¿Cómo deshacemos muros que un día construimos a nuestro alrededor para protegernos?

¿Cómo y cuándo reconocer que en realidad nos aíslan y descuidan?

¿Qué hacer con los muros que portamos como condecoraciones, separándonos del mundo que también teme y duele?

¿Cómo ser flor? ¿Cómo ser entrada?

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es sabernos vulnerables: personas que duelen, y que el dolor nos hace sentir frágiles; aceptar que la fragilidad existe únicamente en quienes cambian de forma, quienes se atreven a reconstruirse.

Quizá la vulnerabilidad se asemeja a florecer, reconociendo que no es fácil abrirnos y mostrar al mundo la belleza –y el temor– que existe en la imperfección.

La vulnerabilidad comienza entonces con un peldaño que retiramos de nuestros muros. Entra la luz, sigilosa. Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Para mí, derrumbar mis barreras implicó mirarme en el espejo, retirar la máscara y compartir mi llanto; ser abrazada al llorar, pedir ayuda, asumir la imperfección y sacar mis cicatrices al sol.

El derrumbe requirió la suavidad de la comprensión, de la compasión, de los refugios que me recibían tan completa que podía mostrarme incompleta.

Rota.

Ser vulnerable implicó desvestir mis heridas, romper con el silencio, asumir la responsabilidad de sanar el pasado, así como mirar a los ojos a otras personas y decir: hoy necesito de tu compañía, quizá mañana también.

Y eso hice. Tomé la mano de mis personas refugio y en medio de un llanto incontrolable les mostré la fealdad de mi dolor, el “no quiero vivir una vida así”, el “ya no sé cómo sobrevivir”...

Puse los medios para ser vista, para permitir que me cuidaran.

Ser vulnerable me entregó infinitos puertos en donde anclar entre la desesperanza.

Ser vulnerable me ha salvado la vida desde entonces.

La vulnerabilidad es un acto de valentía: mostrar aquello que más nos duele, a lo que más le tememos, con la esperanza de sanar en compañía.

Ser vulnerable es una puerta que abrimos con la generosidad de compartirnos, mostrando nuestras grietas, invitando a otros a pasar para cobijarlos con nuestra propia imperfección.

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.
Abrirnos.
Mostrarnos.
Abrir el alma, mostrar las heridas.
La vulnerabilidad comienza con un peldaño que retiramos de nuestros muros.
Entra la luz, sigilosa.
Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Diciembre

En ocasiones, todos necesitamos anclar en un puerto y encontrar refugio. Sin embargo, encontrar refugio es casi tan complejo como detener la tormenta, la lluvia y el incendio.

Para sobrevivir, es menester encontrar un espacio seguro donde doler está permitido.

Quizá sobrevivir se trata entonces de quienes te acompañan en el camino. De las personas refugio que, en medio del caos, son puerto.

Personas refugio que te toman de la mano mientras acaricias la herida; que te proveen de fuerzas cuando el cuerpo se rinde; que riegan tu alma con sus propias lágrimas; que escuchan el llanto de tu corazón herido; que abrazan tus monstruos sin temor a alimentarlos…

Personas refugio que cargan sus propias tormentas en el pecho; que al mirar en sus ojos encuentras un eco de tu historia destellando, pues doler es humano.

Personas refugio que duelen contigo, por ti y por ellas.

Personas refugio que se niegan a dejarte morir, que se aferran a tu vida, aun cuando tú no puedes hacerlo.

Y es así cuando hacemos del mundo un refugio.

Quizá sobrevivir se trata entonces de los instantes de vida en el camino, proveídos por personas que hacen de su compañía un refugio; que son inspiración para que tú también seas un puerto en el que anclen ante el agotamiento.

Hagamos de este mundo un refugio.

Hoy quiero agradecer, reconocer a las personas refugio que han estado conmigo, con la esperanza de ser también un puerto, un lugar seguro en el que podamos acompañarnos.

Gracias.

A ti, que me abrazaste sin hacer preguntas, cobijando mi dolor con tu cuerpo, protegiéndolo de sí mismo.

A ti, que me tomaste de la mano cuando te dije “ya no puedo con este dolor” y me dijiste “yo remaré contigo”.

A ti, que, al no encontrar las palabras, guardaste silencio.

A ti, que te enojaste por mí cuando yo no podía hacerlo.

A ti, que me compartiste tu historia y me llenaste de valentía para contar la mía.

A ti, que me sostuviste mientras mis ojos visitaban el pasado.

A ti, que has permanecido en el caos, en la tormenta, en la calma, en el dolor.

A ti, que recibiste mis monstruos en tus brazos y les prometiste acompañarlos.

A ti, que lloraste conmigo.

A ti, que no supiste quedarte.

A ti, que me lees.

A mí, que cada día sigo caminando.

Hagamos de este mundo un refugio, pues para serlo, lo único que necesitamos es reconocernos.

Gracias por ser un refugio.