Agosto

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.

Abrirnos.

Mostrarnos.

Abrir el alma, mostrar las heridas.

Abrir las ventanas de nuestro cuerpo, de nuestro hogar, y mostrar los fantasmas que acechan en cada rincón.

Abrir los secretos que hemos guardado con candado, y mostrar la sombra que hasta a nosotros nos atemoriza.

Ser flor.

Ser flor con espinas, que duele pero que también lastima.

Ser flor con vida, que se abre para ser vista.

Ser vistos.

Ser reconocidos.

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es abrirnos, exponer nuestro dolor, nuestra oscuridad, nuestros monstruos y fantasmas, con tal honestidad que prescindamos de nuestras barreras.

La vulnerabilidad empieza desdibujando las fronteras, cruzando el umbral de nuestro propio hogar para adentrarnos en otros hogares. Implica también el invitar a otras personas a entrar al nuestro.

Sí, ser capaces de ver a otros, pero también poner los medios para ser vistos.

Y es ahí donde radica el temor.

Lo has sentido, ¿cierto? Ese temor al juicio ajeno que evoca nuestras propias palabras.

Temor a las piedras entrando por la ventana.

Temor a lo externo, a lo ajeno, a lo desconocido que se siente como ese enemigo tan conocido, ese enemigo casi amigo…

Temor al dolor que en el pasado entró por la puerta, y que no se ha ido, no del todo.

Y es por ello que construimos muros.

Entre países.

Entre personas.

Entre corazones.

Me atrevería a pensar que los más resistentes son los que erguimos invisibles a nuestros ojos, pero evidentes para quienes nos rodean.

Aquellos cuyas raíces son el miedo, la soledad y el abandono.

Aquellos muros que son un monumento al pasado.

¿Cómo deshacemos muros que un día construimos a nuestro alrededor para protegernos?

¿Cómo y cuándo reconocer que en realidad nos aíslan y descuidan?

¿Qué hacer con los muros que portamos como condecoraciones, separándonos del mundo que también teme y duele?

¿Cómo ser flor? ¿Cómo ser entrada?

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es sabernos vulnerables: personas que duelen, y que el dolor nos hace sentir frágiles; aceptar que la fragilidad existe únicamente en quienes cambian de forma, quienes se atreven a reconstruirse.

Quizá la vulnerabilidad se asemeja a florecer, reconociendo que no es fácil abrirnos y mostrar al mundo la belleza –y el temor– que existe en la imperfección.

La vulnerabilidad comienza entonces con un peldaño que retiramos de nuestros muros. Entra la luz, sigilosa. Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Para mí, derrumbar mis barreras implicó mirarme en el espejo, retirar la máscara y compartir mi llanto; ser abrazada al llorar, pedir ayuda, asumir la imperfección y sacar mis cicatrices al sol.

El derrumbe requirió la suavidad de la comprensión, de la compasión, de los refugios que me recibían tan completa que podía mostrarme incompleta.

Rota.

Ser vulnerable implicó desvestir mis heridas, romper con el silencio, asumir la responsabilidad de sanar el pasado, así como mirar a los ojos a otras personas y decir: hoy necesito de tu compañía, quizá mañana también.

Y eso hice. Tomé la mano de mis personas refugio y en medio de un llanto incontrolable les mostré la fealdad de mi dolor, el “no quiero vivir una vida así”, el “ya no sé cómo sobrevivir”...

Puse los medios para ser vista, para permitir que me cuidaran.

Ser vulnerable me entregó infinitos puertos en donde anclar entre la desesperanza.

Ser vulnerable me ha salvado la vida desde entonces.

La vulnerabilidad es un acto de valentía: mostrar aquello que más nos duele, a lo que más le tememos, con la esperanza de sanar en compañía.

Ser vulnerable es una puerta que abrimos con la generosidad de compartirnos, mostrando nuestras grietas, invitando a otros a pasar para cobijarlos con nuestra propia imperfección.

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.
Abrirnos.
Mostrarnos.
Abrir el alma, mostrar las heridas.
La vulnerabilidad comienza con un peldaño que retiramos de nuestros muros.
Entra la luz, sigilosa.
Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

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