18 de marzo

Si hace un año me hubieran dicho dónde me encontraría hoy, cómo me sentiría y todo lo que he vivido… si hubiera tenido la opción de elegir otro camino, quizá lo habría hecho.

Lo digo como si yo no hubiera elegido esto, lo cual tiene poco de cierto.

He elegido cada día, y ello ha desembocado en donde hoy estoy, pero si alguien me hubiera advertido de la marea que vendría, de los constantes naufragios, de los terremotos, de las caídas… posiblemente lo habría rechazado todo. Incluso aunque trajera consigo puertos, refugios, calma y amaneceres.

Pero no hubo tal advertencia y hoy, un año después, aquí sigo.

Escribo de hoy, hace un año, no porque sea el inicio de esta historia –porque no lo es–, sino porque, más que ser una fecha terremoto, fue un callejón sin salida: de frente me esperaba el pasado, sonriéndome descaradamente, invitándome a regresar a él…

Hoy, hace un año, tú y yo nos topamos por accidente.

Recuerdo dar vuelta en la calle, alzar la vista y encontrarte.

Mi corazón entró en pánico.

Me sonreíste.

Me detuve porque pensé que tenía que hacerlo.

Nos saludamos.

Dos años sin vernos… y aun así no estaba preparada para el golpe.

Ese día desperté confundida. Había soñado contigo –cuando nunca lo hacía–. Soñé que nos topábamos por accidente y que yo temblaba, tal y como ocurría, horas después, al estar frente a ti.

Pensé que había sido una pesadilla, en realidad fue un presagio.

Me preguntaste cómo estaba, si seguía en una relación, si era feliz… si ya iba a casarme.

Yo me enfocaba en mantener la calma por fuera, tal y como no podía por dentro. Mi mente comenzó a flotar, mirando todo desde arriba, donde se sentía a salvo.

Mis pies, anclados al suelo, tratando de ser el sostén de ese, mi cuerpo miedo, que lo único que quería hacer era rendirse.

Tenía miedo. Miedo de mí, no de ti, miedo de no ser capaz de poner distancia entre tú y yo. Así que mentí. Te dije que era feliz, que seguía teniendo una relación aunque todavía no iba a casarme.

No te dije que mi relación había terminado porque no quería que lo vieras como una puerta, como un sí, aunque, si somos sinceros, nunca necesitaste un sí de mi parte para hacer lo que querías.

Tenía miedo y estaba tratando de no demostrártelo. No quería que vieras el poder que seguías teniendo sobre mí.

Corté la conversación, nos despedimos y me di la vuelta, alejándome, pidiéndole a mi cuerpo que resistiera unos minutos más: Una vez que no nos vea, podremos derrumbarnos.

Y eso hice.

Hoy, un año después, tiemblo al recordarlo.

Lloré por horas sin saber por qué lo hacía.

Miento. Mi cuerpo sabía porqué, mientras que mi mente no se había atrevido a a pensarlo, mucho menos a decirlo…

Mi cuerpo recordó las heridas que por tantos años yo había silenciado y, con ello, me obligó a replantearme el pasado, a considerar la posibilidad de que hubiera sido abuso, y no mi culpa.

Fueron cuatro años contigo que me encargué de guardar en una caja, que después enterré en el fondo de mi memoria.

Pensé que si la ignoraba, que si me dedicaba a negarla… podría vivir como si nada hubiera ocurrido.

La enterré porque no estaba lista para enfrentarla.

Y, de repente, ahí estabas tú, sonriéndome tan seguro de ti mismo, haciéndome temblar.

Mi cuerpo miedo, mi mente olvido, el pasado y yo… mirándonos frente a frente en un callejón, cuya salida ya no podía ser la huida.

Y aquí estoy.

Un año después, aquí sigo, sin huir del pasado que por tanto tiempo pretendí desconocer, aunque a veces, como hoy, quisiera nunca haberlo enfrentado.

Tenía miedo. Miedo de mí, no de ti, miedo de no ser capaz de poner distancia entre tú y yo.

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