Marzo de 2020

Enciendo una vela.

Me parece curioso pensar que llevo años guardando estas velas y que, aun así, todas permanecen intactas. Nunca las había encendido.

Pero repentinamente eso cambia.

Lo considero una especie de ritual: tomo el cerillo y con cuidado enciendo una vela a la vez.

Apago las luces.

Frente a mí tengo tres velas encendidas, por ahora.

Me detengo ante los recuerdos. Cada una me la ha regalado una persona distinta, mujeres especialmente importantes en mi vida.

Y siento el fuego creciendo en mi pecho.

Ese mismo fuego que horas antes me había abandonado, que lleva días sin aparecerse.

Ese fuego que he decidido asociar con mis amigas, con el calor que me otorgan sus palabras, su compañía, su presencia, su consuelo…

Pienso en ellas para encender ese fuego no tan literal.

Por ahora, necesito como recordatorio las velas.

Saber que el fuego en ocasiones se apaga, pero que siempre puede volver a encenderse.

Mis amigas son una hoguera.

En un momento de crisis les escribo. Les pido que, de ser posible, enciendan una vela o que piensen en mí al verla, que yo estaré encendiendo varias velas para representar mi fuego interno que se ha ausentado, pero que tanto necesito.

Les digo todo esto con menos palabras. Quizá les digo mucho menos, quizá no les transmito la urgencia de mi mensaje, la plegaria que estoy haciendo al extender mis manos y pedir ayuda, pero creo que sí lo hago, creo que ellas lo entenderán.

Siempre lo entienden.

En poco tiempo empiezo a recibir fotos de velas encendidas, acompañadas de pequeñas frases como “Por ti”.

Con cada mensaje lloro desconsoladamente.

Sí, duele. Duele más de lo que a veces pareciera posible enfrentar pero no estoy sola.

Quienes no pueden encender una vela se cercioran de hacerme saber que piensan en mí, que están conmigo, que son hoguera.

El dolor me desborda como cascada; el agradecimiento de tenerlas, también. Por ello, es agridulce.

Enciendo una vela desgastada por el uso constante, por el intenso uso reciente.

Me gusta ver la forma desgastada de la vela, pienso que el fuego la ha convertido en algo nuevo. La ha transformado, de la misma manera en que mis amigas lo han hecho conmigo.

Y ahora es un ritual.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión…

Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión...
Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

Un comentario en “Marzo de 2020

  1. Re Novoa

    ¡Me encanta! Uno no decide lo que le toca, pero sí lo que puede hacer con ello. El fuego es un regalo… es esa combustión tan preciada que da miedo, calor y consuelo a la vez. Es ese acto de valentía que Prometeo decidió regalarnos a la humanidad… a pesar de ser encadenado por los dioses. El fuego es experto en transformación… no dudemos en acercarnos a él, y que mejor que a través de una vela, recordando aquello que nos da vida.

    Le gusta a 1 persona

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