Tejiendo la relación con las hijas

Escrito por Cathy Maurer

Intento hacer memoria sobre el momento en el que conocí el arte de tejer, pero no logro recordar un pasaje de mi vida sin el tejido en las manos de mi mamá o de mi abuela: es decir que nací con el tejido.


Para mí era una escena natural ver a mi mamá tejiendo en la sala durante una plática con sus amigas, frente a la televisión, durante un viaje y hasta en el cine. Nunca me pregunté cómo había llegado a ese nivel de práctica en el que no necesitaba ver lo que estaba haciendo.


Entonces, llegó el momento de pedirle que me enseñara a tejer y fue entonces cuando caí en la cuenta de que era una empresa más difícil de lo que aparentaba. Pero el proceso de aprendizaje trajo consigo efectos secundarios que yo no identifiqué sino hasta mucho tiempo después.

Durante los tiempos en que me sentaba junto a mi mamá para que me indicara los pasos a seguir, fuimos construyendo un vínculo que no existía antes y que se fortaleció con el tiempo; ella, con toda paciencia, tomaba mis manos y las agujas, para tejer a cuatro manos una relación que duraría por el resto de mi vida.


Al paso del tiempo, esta imagen se repitió con mi propia hija: ella me vio tejer con manos rápidas y hábiles, sin siquiera mirar el trabajo y, un día, me pidió que le enseñara. Yo me remonté varias décadas atrás y sentí esa emoción que me producía saber que, a través de esta habilidad manual, empezaría a tejer una relación diferente con mi hija… y así sucedió.


Durante el tiempo en que ella aprendía a tejer, desarrollamos un lenguaje que sólo nosotras entendemos, que es ajeno a los hombres de la familia; aprendimos juntas a producir prendas tejidas y a reforzar nuestros vínculos femeninos a través de esas producciones; juntas hemos ido entendiendo que la vida se va tejiendo punto a punto, vuelta a vuelta; juntas nos hemos equivocado y hemos destejido para corregir los errores; juntas también, hemos logrado terminar algunas etapas de este tejido para empezar el siguiente… también algunas etapas de nuestra relación sólo para iniciar las que continúan esta historia.


Por eso el tejido es, ha sido y será una parte muy importante de mi vida, porque entre sus puntos y sus vueltas está trenzado el amor de mi abuela, el de mi mamá, el mío propio y el de mi hija.

Imagen obtenida de Unsplash

Inescapable

Escrito por Mariel Huttich

“Never can you climb over this wall, you’re not strong enough; girls aren’t strong enough; girls aren’t big enough; your body is fragile and breakable, like a doll; your body is a doll; your body is for others to admire and to pet; your body is to be used by others, not used by you; your body is a luscious fruit for others to bite into and to savor; your body is for others, not for you.”
― Joyce Carol Oates, 
Blonde

Al inicio de mi vida nunca pensé en mí misma como una mujer, ni tampoco como un hombre. Tuve la ventaja de poder crecer como persona, la oportunidad colosal de conocer y explorar los primeros retazos del mundo siendo un individuo.

Nunca me obligaron a elegir entre el rosa o el azul. Mi madre me vestía con botas y pantalones porque me gustaba jugar en el lodo, aunque también me compraba muñecas y vestidos.

En la escuela me identificaba más con los niños, había algo envolvente en su movimiento continuo, algo liberador en correr, gritar y golpear hasta que me faltaba el aliento. Pero también tenía amigas, niñas reservadas de peinados perfectos que comían dulces con las piernas dobladas bajo el peso de su cuerpo y hablaban de películas de princesas.

En ese primer círculo, al principio, no se me exigía tomar partido. No se me obligaba a actuar de cierta forma. Se me aceptaba así, por completo, como un ente dispensado todavía de restricciones.

Con el abandono de la niñez, sin embargo, las expectativas empezaron a distorsionarse. Poco a poco, conforme mi cuerpo se desarrollaba, los límites comenzaron a aparecer, a dibujarse alrededor con creciente fuerza.

La piel me cambió, se volvió suave y abultada donde antes no había nada. Se abrió paso la sangre de entre mis piernas sin que pudiera detenerla. En las noches me dolían los senos mientras se ensanchaban, por lo que, cuando jugaba con los niños, debía tener más cuidado: evitar mancharme de bermellón y evitar los golpes porque, de pronto, mi cuerpo se había vuelto tierno, delicado.

Con el tiempo no me quedó alternativa más que amoldarme a todas esas cosas nuevas, esas reglas implícitas que venían de la mano con mi cuerpo nuevo. Ya no podía jugar con tierra, gritar tan fuerte, y había que cuidar siempre el largo de mi falda.

Cambié aun más de adolescente. En cuanto me amoldaba a mi piel se transformaba otra vez. Era muy bonita, aunque no lo sabía. Parecía ya una mujer, aunque no lo fuera. Y llegó el momento de intentar explicarme el mundo desde cero, tomando en cuenta ahora las miradas y opiniones que venían del exterior.

Aprendí, a golpe de realidad, que no importaba lo que yo sintiera, o quisiera, sino lo que los demás vieran en mí. Aprendí que a los hombres no les importaba si era una niña o no, con tal de que no lo pareciera.

Aprendí también que mi sexo me exponía. Me exponía ante los hombres. Mi cuerpo me desprotegía, su suavidad significaba sumisión. Entendí que vivía a la intemperie, a merced del deseo de otros.

Ese deseo ajeno y sin invitación se convirtió, en una ocasión, en un instinto bruto y animal que logró alcanzarme y partirme como un rayo, justo por la mitad. Estaba borracha cuando pasó. Cuando me invadieron unas manos violentas. Me doblegó, entonces, una fortaleza bestial y lacerante que no conocía.

Logré escapar, después de unos cuantos minutos de tortura, sin gritos y sin golpes. No escapé como las damiselas aguerridas de las películas. Escapé con una sonrisa, excusándome. Lentamente, intentando que mis zapatos altos no hicieran ruido contra el piso. Huí con cortesía, sin dignidad.

Aquello lo había aprendido de alguna forma, en alguna ocasión. Sé amable cuando te estén haciendo daño, si eres mujer. Sonríe, agradece el dolor, para que no se duplique. Encorva el cuello y baja la mirada.

Caminé lento y, después, cuando la bestia ya no me estaba viendo, caminé con prisa. Escapé como una cobarde para seguir con vida. No dije, no hablé, guardé silencio.

Aprendí que al ser mujer, en ocasiones, no se puede pelear por tu vida, sino que hay que arrastrarse por ella. Sonreímos para sobrevivir.

El abuso destruye de una manera íntima, profunda. Es una humillación inexplicable. Inescapable.  

Escondí lo que me pasó durante años, hasta ahora. No solo por la culpa, sino por el orgullo. Me repetí hasta el cansancio que algo así no debía de romperme. No podía permitirme ser destruida, juzgada, etiquetada. No podía llorar en voz alta y tenía que guardar silencio. Me dije que así pelearía: en silencio y con una sonrisa.

A través del tiempo, he logrado hablar, poco a poco y cada vez más. Ya no se me quiebra la voz. Ya no soy ella. He logrado separarme de aquella piel que violentaron. He logrado limpiarla.

He dejado de esconderme. De esconder mi cuerpo. Me gusta la atención. Me gusta vestirme con ropa reveladora. Me gustan los escotes hasta el ombligo y las fotografías en traje de baño en las redes sociales. Para mí es una transgresión, una lucha: estar libre de complejos y de dudas acerca de mi cuerpo, mío, a pesar de las opiniones que vienen del exterior. Esas opiniones que nunca callan, que siempre llegan, sobre todo las no solicitadas.

Me han dicho que nadie me tomará en serio por mi ropa. Los novios me han exigido dejar de usar ciertas prendas. Me han pedido ser más conservadora.

-¿Cuándo piensas vestirte como una persona decente?

La mayoría también ha hecho comentarios. Palabras que por un tiempo se me quedaron grabadas en la memoria, infringiendo una herida permanente en el corazón.

-Deberías de operarte los senos.

-Tienes muchas cicatrices.

-Serías perfecta si bajaras un poco de peso.

He hablado del abuso con un par de ellos, pero mi voz tiende a caer en oídos sordos que, al final, habitan un mundo sordo. Parece que mis prendas me hacen no ser merecedora de compasión. Parece que una víctima tiene que mantenerse en el dolor, permanecer herida, para poder ser tomada en serio.

Pero esos horribles minutos en los que me aprisiona el recuerdo han dejado ya de doblegarme. Ya no existen manos que puedan arrancarme la fuerza, que me debiliten. Ya no hay forma en la que permita que cubran mi cuerpo y sus cicatrices. Mi desnudez ya no es debilidad, ni mi suavidad sumisión.

Imagen de Mariel Huttich

Mariel Huttich es escritora, modelo, maquillistaes artista, en todos los sentidos. Escribe ensayos, cuentos, haikus.., mientras se escribe a sí misma. Tiene un blog inspirado en las cartas de Tarot: https://www.storytellerh.com/

6 de junio de 2020

A Ceci

A mis amigas

Gracias, con todo lo que tiene implícito.

No sé cómo le llamaría… o tal vez sí: crisis.

Quiero llorar, así que lloro. Quiero vomitar, así que, en lugar de eso, respiro.

En realidad, no quiero hacer ninguna de las dos cosas, pero mi cuerpo y su memoria me dominan, me doblegan.

Siento escalofríos.

Tiemblo.

Es como si mi mente abandonara mi cuerpo.

Repentinamente mis manos pesan tanto que el resto de mi cuerpo se siente ligero, como si flotara en la lejanía. Lo único que me ancla al suelo son esas, mis manos, pesadas, inmensas, cansadas.

Me siento débil, como si la vida hubiera sido extraída de mi cuerpo. Y es que, de cierta forma, así es. El pasado trata de apropiarse de mi cuerpo, de someterlo con base en los recuerdos.

Me miro en el espejo y me obligo a respirar.

Inhalo profundamente por la nariz. Exhalo lentamente por la boca.

Exagero ambas respiraciones hasta que se apropian de mi cuerpo o hasta que el intento se convenza de que podría lograrlo.

Pronuncio mi nombre suavemente, mirándome en esos ojos que no reconozco pero que sé que son míos. Me repito que estoy bien.

Inhalo y exhalo.

Hace mucho que no me pasaba.

Me sorprende a mi misma la magnitud del momento, del 1 al 10… es un 10, sólo porque no hay un número mayor.

Como todo, el momento pasa. Deja de ser un 10 y poco a poco va desapareciendo, pero esa neblina ronda por mi cuerpo, lo abraza y me susurra al oído que no se irá.

Odio estos momentos, pero no me sorprenden.  Los conozco bien tras mucho tiempo de convivencia forzada. Llegan, entre otros detonantes, acompañando las historias de abuso de otras mujeres.

Sí, las de mis amigas, pero también las de mujeres que no conozco. Al final, se trata del mismo monstruo y mi cuerpo siempre lo reconoce.

Escribo para liberarme, para que el momento pierda poder. Quizá, al grabarse en el papel, abandone mi cuerpo.

Posiblemente no, pero lo sigo intentando y lo seguiré haciendo. Eso lo sé. La verdad es que sí pierde poder.

Aunque sé que llegará otra historia con el mismo monstruo y me encontraré nuevamente respirando, mirándome en el espejo, intentando traer mi cuerpo a la realidad, de hacerlo mío.

Alejarlo de ese pasado que ya no es pero que se presenta infinitamente, a su antojo.

Pero ahora sé que puedo controlarlo.

Mi mente, seducida por los efectos del abuso, insiste en que me acueste a llorar, que apague el mundo. En lugar de eso le escribo a una amiga. Es un acto de rebeldía ante el pasado: no permitiré que me aísle, que me domine, que cante victoria.

No, en mi cuerpo ya no.

No, en este, mi cuerpo, ya no.

Sin remitente

Escrito por Andrea Tafoya

De los secretos que han surgido en cuarentena, descubrí una carta, escrita hace dos años, para nunca entregarla a su destinatario: un gitano.

Un ser que, de repente, me hizo descubrir que en la vida existe Dios y existen dioses, esos seres mortales que parecen inmortales, cuyos recuerdos se vuelven perpetuos aunque su presencia a veces no llega ni a una primavera. Un dios esporádico que me cambió la vida y que hoy merece salir para borrarse de los recuerdos del mundo.

“Qué bendición” decía la nota. “Qué bendición que los peces pueden cantar bajo el agua, sin que los mortales entiendan de qué hablan, sin que los animales de tierra y fuego sepan de qué hablan; qué hermoso que puedan cantarle a la vida guardando celosos sus sentimientos y dejando a la imaginación de los Dioses sus cantos, para que ellos adivinen de qué hablan y, que las gaviotas se vuelvan locas intentando descubrir si alguna de esas melodías se trataba de ellas.”.

Y no será como la venganza de Cardenal, del famoso poema que llegará a tus manos sin saber que fue escrito para ti, pero será un recuerdo que se quede para siempre en el viento por si algún día vuelve a recorrer tu cuerpo.

Andrea Tafoya

Imagen de Andrea Tafoya
Entramado femenino

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.

Huir y volver

Escrito por Itzel Ramírez

Me desgarraba el alma, mi mente repetía infinitamente el momento, recordaba todo, recordaba el miedo, mi cuerpo inquieto, deseoso de salir corriendo, de no estar ahí, de que fuera un sueño.

Se había ido pero yo seguía aquí,
se esfumaba en el tiempo, pero no dejaba de existir,
se convertía en pasado, aunque no para mí.

Y mi cuerpo congelado, mi mente deseosa de que eso no fuese lo último que pudiera mirar o percibir. No quería perderte, ni perderme, no quería esa culpa, ese resueno, ese correr para llegar sin poderte alcanzar.

El dolor y yo estábamos a solas,
la confrontación de una buena vez.
El detonante preciso lo traería ahora,
era su momento para volver.

Me sentía atrapada en un ciclo infinito de tiempo, del que no podía escapar, ni en sueños. Recordaba la hora, las decisiones, los errores y las opciones. En todas las versiones, huir era mi opción, escaparme en silencio o salir corriendo… Pero no me fui, me quedé aquí…

El pasado tocaba a mi puerta,
todo listo una y otra vez,
una voz me ahogaba a solas,
yo... inquieta por retroceder.

Entonces despertaba agotada, deshecha, desolada. Y no había nada que pudiera decirme a mi misma que me alentara. Nada que me diera esperanza, nada que me liberara de aquello. Ni una palabra de aliento, ni una sonrisa, ni nada.

Yo continué aquí, 
sin estar convencida de estar,
sin fuerzas para continuar,
sólo me mantuve aquí,
en el despertar después del caos,
en la oscuridad, 
escribiendo para liberar.

Ahí en la habitación, el miedo se apoderaba de mí, el recuerdo de mi cuerpo inquieto llorando junto a ti. Otras veces la rabia habitaba aquí, un deseo intenso de que no hubiera resultado así. La desesperanza inundaba todos mis pensamientos, pensaba que nada sería igual, que me encontraba sola y nada podía cambiar.

No podría enumerar todos los daños
pero recién podía observar las ruinas de aquel final,
los corazones desquebrajados,
las evidencias de que sí es real...
como las huellas que testifican el paso de un huracán.

Cada cicatriz cubierta está, cada dolor envuelto está, ahora se divide por colores y me pide a gritos estar.

Yo seguía aquí, todo el día lo repetía,
pensando en huir, en dejar de sentir...
en fugarme de mí, en aceptar la despedida,
en remediar lo que seguía,
en sentirme mejor algún día.

Este pensamiento me acompañó las siguientes horas, la sensación de huida invadió cada poro de mi piel, cada recuento de los hechos, aceleraba mi razón de ser. Mientras transcurrían los minutos, ningún recuerdo antes había sido tan poderoso, cada detalle, cada sensación me transportaba al suceso. Y yo lo dejé ser, lo abracé a mi piel y lloré junto a él.

Me encontraba lejos, había que huir.
Resguardar mis sentimientos, protegerlos de mí.
Me encontraba lejos, había decidido también huir.
Resguardar mis sentimientos, protegerlos de ti.
Pero había llegado el momento de volver aquí,
de decirme en silencio "todo ha llegado hasta aquí"
con el corazón más fuerte
estaba lista para seguir...
Imagen de Itzel Ramírez

Junio de 2020

Junio de 2020

Huir a veces significa buscarnos a nosotros mismos en lugares en los que el dolor no es tan habitual.

Huir a veces es darle la espalda al mundo, aunque también, en el camino, puede ser darnos la espalda.

Huir es atractivo porque pareciera olvido. Tiene cara de olvido, pero no lo es. La huida es aplazar el enfrentamiento, estirar las horas para no sentir, para pretender que se puede dejar de sentir.

Para mí, huir significa dejar de escribir.

A veces quisiera abandonarme, dejar de escribir(me), pero el recuerdo de aquellos años en que así lo hice me obliga a continuar.

Cada lunes, cada entrada, se presenta esa misma sensación de vulnerabilidad y miedo al plantarme frente al espejo… frente a ese espejo que es el mundo.

Aun así, cada lunes elijo hacerlo de nuevo. No tanto por un deseo masoquista, sino por las palabras de aliento que encuentro en el camino, y por el recuerdo de cuando no sabía cómo hacerlo.

Julio de 2019

Agridulce comenzó en mi cabeza, hace poco menos de un año.

Recuerdo que pensaba: “Yo no lo sabía, pero me dirigía hasta aquí. Y hoy, aquí, no estoy todavía bien, pero lo estaré. Es esta sensación de dolor acompañado de esperanza… es agridulce”.

Y ahí nació esta chispa que ahora tiene varias entradas y algunos lectores.

Pero, más que nada, nació mi historia en palabras, mi historia para quien quisiera conocerla, esa historia que también me estoy contando a mí, con nuevos ojos y con mucha compasión.

Mayo de 2019

Cuando comencé a ir a terapia y hablar del pasado se convirtió en un hecho, me prometí a mi misma que jamás haría de mi historia algo público. Me aseguré de que sanaría para que no me volviera a pasar, pero no para contar lo que había vivido. Era mío –por más que quería que no lo fuera– y, de ser posible, se quedaría en el silencio, ya ni pensar en el olvido.

Me negaba a contar mi historia, me rehusaba a enorgullecerme de mis cicatrices, pues lo único que sentía era impotencia, dolor y una tristeza que me inundaba constantemente.

Me pregunto qué diría esa Carmen al saber que, unos meses después, le contaría su historia al mundo, que la haría tan pública que incluso un día se atrevería a sentirse un tanto orgullosa al respecto.

Seguro lo negaría rotundamente. Vaya que lo haría. Suelo ser muy terca.

No quería portar un estandarte, no quería ser el rostro de nada: ni del abuso, ni del dolor, ni de la tristeza, ni de la vulnerabilidad…

Pasar desapercibida, eso sí quería.

Qué equivocadas estábamos, Carmen. Qué diferente sería.

Mayo de 2020

Y, aun así, cada lunes tengo que luchar contra mis demonios para no abandonarme, recordarme a mi misma porqué continúo escribiendo.

Me repito que mientras sea útil para una persona, valdrá la pena. A veces, ni eso le da sentido.

Pero lo hago. Lo hago en realidad para mí porque conocer historias como la mía me hizo atreverme a inspeccionar el pasado y pedir ayuda.

No pretendo hacer de mi historia algo que no es. Por ello, no la cubro de tintes de importancia, si acaso, trato de que suene menos triste. Me preocupa sonar triste, pero ¿cómo negar si así ha sido?

Tampoco pretendo contarla como si hubiera sido sencillo. Sanar no ha sido ni será fácil. Es lo que es. Me debo a mi misma el no minimizarlo.

Cuando comencé a contarla, pensé que se trataba acerca de mi proceso para sanar el haber estado en una relación abusiva. Hoy sé que no es así. En realidad, Agridulce es acerca de mi camino para aprender a ser vulnerable. Es un caminar diario, en el que cada paso cuenta.

Marzo de 2020

Hace más de dos meses, unos días antes de que el confinamiento fuera oficial… yo ya estaba encerrada en mi mente, en mi dolor.

No tenía nada que perder.

Sentía que ya lo había perdido todo. Perdí tanto que me quedé sin imaginación, sin la capacidad de soñar con algo distinto a esa tristeza que me estaba envenenando.

El futuro dejó de existir pues mi mente estaba en pausa, tratando de sobrevivir.

Fue hace tan poco que todavía siento esa sombra en mi cuerpo y en mi mente, acechando sigilosa para presentarse en caso de distracción.

Pedí ayuda, recibí ayuda. Pedí amistad, recibí una hoguera.

Y sin importar que ya fuera experta en sobrevivir, esta vez nada parecía funcionar.

No tenía nada que perder.

Respiraba. Seguía viviendo. Eso hacemos, ¿no? ¿Vivir? Vivía porque eso tenía que hacer.

Hasta a mí me aterra escribirlo.

Pero tengo muy claro el momento en que todo cambió.

Sí fue un momento de fanfarrias, trompetas y celebración. Mi cuerpo revivió y cada día, desde entonces, me aferro a esa vida.

Pensar en el dolor como el encuentro de vida. The darkness of the womb: la oscuridad de la matriz

Noviembre de 2019

Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré.

Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Salió a la luz en noviembre, aun y cuando llevaba ya tiempo gestándose en mi cuerpo y en mi mente.

Requirió tiempo, paciencia y mucha vulnerabilidad.

Abril de 2020

Comencé a pensar entonces que, tal vez, este nuevo dolor que me consumía podría también engendrar algo nuevo.

Recuerdo haberme dicho: “Todavía no sé qué implica, pero estoy lista para enfrentarlo, para aventarme de este nuevo barranco y darle vida a esto que mi dolor está gestando”.

Esto fue hace poco más de un mes.

Junio de 2020

No creo que ya haya dado vida a eso que mi dolor está engendrando pero sí sé que requiere tiempo, diálogo, escucha, reflexión, lágrimas, confianza, paciencia, esperanza… vulnerabilidad. Eso que tanto me aterra pero que me ha permitido crecer.

Hay días en que puedo regar mi dolor más que otros.

Supongo que así funciona la vida.

Pero sigo respirando, ya no para sobrevivir, sino para dar vida, para dar a luz a eso que esta oscuridad temporal depara.

Y llegará.

Y nacerá.

Y escribiré al respecto.

Y sabré que podré con esto y más.

Y viviré, no para sobrevivir, sino para dar vida.

Y será agridulce, siempre agridulce.

Y dejará de ser sólo mío, para ser de todas.


Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré. Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.