14 de enero de 2020

Pocas veces me aventuro en algunos recuerdos. Hay ciertas fechas que he cerrado con llave, aunque ocasionalmente me asomo por la perilla para ojear un poco. Nunca a profundidad. ¿Para qué? ¿Qué ganaría con eso? Y aun así aquí estoy escribiendo de una de ellas.

Me acerco a la puerta. Tomo la llave entre mis dedos y la inserto en la perilla. Escucho el crujir de mi mente. Puedo sentir el polvo elevarse, al adentrarme en recuerdos remotos.

Quiero creer que si un día abro todas esas puertas, si me adentro en ellas, perderán todo poder. Que el recuerdo desaparecerá como ese polvo que se sacude con mi presencia.

–No me odies!! Necesito hablar contigo.

La verdad siempre supe que llegaría ese día, ese mensaje. En el fondo, siempre supe que, en cuanto él leyera alguna de estas entradas, me escribiría.

Lo conozco bien. Dudo que él a mí. De hecho, me regocijo en saber que no.

En cuanto recibí su mensaje, temblé. Me gustaría negarlo, decir que no me dolió, decir que seguí con mi vida como si él no estuviera escribiéndome, pero estaría mintiendo.

Accedí a verlo, a tener esa conversación que tantas veces imaginé en mi mente.

Unos días antes incluso había soñado con él. Me inquietaba pensar que tal vez era hora de hacerle frente, de mirarlo a los ojos y denunciarlo ante sí mismo.

Accedí a verlo, no sin antes contar con el apoyo emocional que necesitaba para sentirme segura. No me atrevería a decir que lo hice sola.

–Quiero verlo, pero no quiero poner en riesgo lo lejos que he llegado…

Me advirtieron de la incongruencia que podría presentarse. Yo podría decirle todo lo que quisiera, pero él podría no escucharlo.

Podría incluso contradecirme, llamarme loca, minimizarlo…

La mera idea hacía que me dieran ganas de vomitar.

Pero tenía muy claro todo: nada que él dijera podía cambiar mis certezas.

Me advirtieron que, incluso aunque él lo reconociera y se disculpara, pedir perdón no era asumir responsabilidad.

Y yo lo sabía: la única manera de que él asumiera su responsabilidad era trabajando aquello que lo había llevado a cometer abusos para asegurarse de que no volviera a ocurrir, que él no volvería a hacerlo.

Me recordaron que mi trabajo no era tenerle compasión. El mío no.

Accedí a verlo, no sin antes cobijarme en los brazos de una amiga.

Recuerdo claramente que quería evitar llorar. Quería pretender que el encuentro no me ponía nerviosa, que no me importaba, que no me afectaba… que no tenía ningún poder sobre mí.

Y, con cada hora que pasaba, conforme el encuentro se acercaba tanto que casi podía tocarlo de estirar mi mano… las emociones desbordaban por mi pecho.

Inevitablemente comencé a llorar.

Mi amiga me abrazaba y lloraba conmigo.

Cuántas lágrimas derramamos juntas.

El cielo nos acompañaba.

Tomamos el Uber. No estaba sola, mi amiga me tomaba de la mano mientras yo lloraba. Mis amigas me seguían a través de mi ubicación en vivo, en el celular.

No recuerdo el camino, pero sí recuerdo que desistí. Decidí que no importaba si él me veía afectada, triste, temerosa… no se trataba de él. Si yo necesitaba llorar frente a él para sanar, para quitarle todo poder, que así fuera entonces.

Y eso me liberó.

Me liberó de las expectativas que tenía de mí misma, de la necesidad que sentía de enajenarme de todo dolor que hubiera originado del abuso.

Mi libertad radicaba más bien en aceptar que dolía, en reconocer la herida y no en fingir indiferencia.

Llegamos al lugar acordado.

Entré. Sentí que flotaba. Mis piernas recorrían un camino que mi mente no lograba entender. Las luces, el ruido, los olores… todo me era ajeno… todavía lo es.

Subí las escaleras.

Podía sentir mi corazón agitarse.

Mis ojos se movían entre las personas, tratando de identificarlo a él antes de que él me reconociera a mí.

Podía sentir mi corazón extenderse en mi garganta. Sentía mi respiración entrecortarse bajo mi pecho.

Lo vi.

Respiré.

El monstruo, ese monstruo que me había atormentado por tanto tiempo, me era tan conocido que, en ese momento, dejó de producirme miedo.

Sonreí. Estaba lista.

Me acerqué a él y lo saludé.

La mujer que me inspira

Este poema es de todas. Es un entramado de nuestras vidas, un esfuerzo colectivo por responder a las preguntas: ¿Quién es la mujer que me inspira? ¿Cómo es ella? Si tuviera que elegir un elemento de la naturaleza para representarla, ¿cuál sería?

Gracias a las autoras:

Ana Laura, Andrea, Arantxa, Cathy, Claudia, Flor, Itzel, Janeth, Julieta A., Julieta R., María Michelle, Mariza, Mónica, Rocío C., Rocío S., Vanessa

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo.

Algunos nombres, sin jamás nombrarlas a todas,

pero en cada uno de sus nombres, habitamos todas.

Mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

Tú y yo, tú y yo, y yo, y tú, y yo y todas…

Ella, ella que con su sonrisa me inspira,

que es tantas cosas que es indescriptible, inabarcable.

El mundo entero la representa:

el viento, el agua, las olas, las cascadas, los tornados,

el fuego, el sol, el aire, el mar, las puestas de sol,

los atardeceres, las flores, los árboles y sus raíces…

Ella es todo, es la naturaleza, es ella toda, pues es vida.

Ella, ella que con sólo su recuerdo me habita toda.

Ella es agua, es las olas, ella, en otra vida, fue sirena.

Es un árbol que florece, incluso en el desierto.

Es la paz y felicidad entrelazadas en las puestas de sol.

Ella es fuego, con ese calor que abraza,

fuego enmascarado de fragilidad, que fortalece el alma.

Ella, ella que con su luz me envuelve y acompaña,

es luz potente, luz y paz, es tranquilidad.

Es aire. Es el aire fundamental en mi vida.

Es las cascadas de Aguazul, transparente siempre,

y es también la dualidad que las caracteriza:

una corriente pacífica y la energía del agua que cae,

y al caer es fuerza, desborda fuerza interna.

Ella, ella que es tan toda como la tierra misma,

es el olor a tierra mojada, tras caer la lluvia,

es raíz, mi raíz, pues me ata al mundo y, al mismo tiempo,

me impulsa a volar a otros.

Ella es magia, es bruja, es belleza, es valentía.

Es inspiración, es sinceridad, compasión y perdón.

Ella, que desde que nació ha sido mi espejo,

es agua por ser fuerza, fuerza invencible y continua,

es sabiduría, es privilegio, es ejemplo, es mía.

Es el fuego, es defensora, es noble, es poderosa.

Se hace presente con su voz, y por ello es peligrosa.

Es la fuerza del tornado, da su vida por nosotros,

a su familia sacó adelante, con esa vida y esa fuerza.

Ella, que además de ser mi madre, mi abuela,

mi hija, mi hermana, es mi amiga, es compañía,

es bondad y es cariño, es alegría y es incluso romance.

Ella es las flores que le dan color a la vida,

es ese resquicio de luz y esperanza que se asoma tras la tormenta,

me ilumina, ilumina todo, ilumina el mundo con cada paso.

Es el sol, presente cuando más la necesitamos.

Es roble, es árbol, firme, sin importar el viento o el invierno.

Ella siempre permanece.

Es árbol y sus raíces pues se mantiene y me mantiene firme.

Es el mar, ágil, en movimiento, divertida y es incluso la locura.

Ella, que todos los días, con su belleza me inspira,

es atardecer, es gozo al contemplarla, contemplar su hermosura,

saber que siempre habrá otro atardecer y que ella permanecerá.

Es paz al verla, al admirarla, es fuerza… a veces demasiada.

Ella, la flor más hermosa de esta tierra, el árbol más extenso,

ella es generosidad, abre sus brazos y da vida, nos da hogar,

protege y cobija, ama sin prisas, cuida sin reparos, resiste ante la vida.

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo,

mis amigas, incluso yo misma…

en una somos todas, en todas somos una.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/