28 de diciembre

Hace poco más de un año, cumplí uno de mis sueños: ir a Francia.

Desconozco porqué, desde niña, soñaba con ello. El asunto es que, cualquiera que me conoce, lo sabía: Francia era mi sueño.

Recuerdo claramente que al llegar a París, lo primero que hice fue caminar hacia la torre Eiffel.

Caminé a pesar de que estaba a más de una hora de distancia. Caminé porque a eso me dediqué en 2019: a seguir dando un paso, y luego otro, y luego otro más.

Al llegar, comencé a llorar.

Entre lágrimas me dije a mí misma: Lo logramos, seguimos vivas.

Seguimos vivas.

Mi llanto nada tenía que ver con el monumento frente a mí, sino con que, en ese momento, para mí representaba el culmen de mi año: sobreviví.

Entonces, el peor año de mi vida, podía cerrarlo de la mejor manera.

Y así fue.

Hoy, poco más de un año después, hay Luna Llena.

Miro el cielo con calma, y ahí está ella: enorme, etérea, resplandeciente.

Presente.

Me encanta verla.

Ella, para mí, es un recordatorio: todo pasa.

La vida es un ciclo que se repite infinitamente.

Y, como tal, suele llevarnos a inicios poco deseados, a inicios que tienen un sabor amargo, nostálgico e inclusive a derrota.

Y está bien.

Pues, así como la Luna, esos inicios habrán de transformarse, de vivir su ciclo hasta llegar a su final.

A veces dichos finales llegan tarde, una vida tarde.

A veces; antes de lo que quisiéramos.

Pero llegan.

Y también se van.

Y regresan.

Y se van.

Es un ir y venir infinito, un baile de repeticiones en el que cada momento tendrá lo suyo, pero todos están coronados con esa certeza: pasarán.

Y está bien.

Los momentos de tristeza, de alegría, de dolor, de amor… cada uno de ellos pasará, y está bien, pues habrán de iniciar de nuevo.

Habrán de repetirse como esa Luna Llena que hoy vigila el cielo.

Habrán de oscurecerse como esa Luna que no siempre se vislumbra completa.

Hoy hay Luna Llena, la última del año.

Y está bien.

Pues habrá otro año, y otra Luna, y otra vida, y otro ciclo… que habrán de repetirse infinitamente, y pasarán.

Y estará bien.

Y estaremos bien.

In memóriam

A Isabel Villanueva, mi abuelita,

-ita, con ese diminutivo que, para ella,

denotaba cariño.

Siempre me han comparado

contigo,

con tu belleza,

con tu figura.

Nunca percibo el parecido,

no lo encuentro

por más que busco

en el espejo.

¿Será porque te fuiste?

¿Porque tu cama quedó vacía?

En el estante, las flores,

marchitas con tu partida.

¿Será porque te pensé eterna?

Asumí que permanecerías,

hoy, la inevitable tristeza,

como inevitable tu despedida.

Te fuiste,

como quien elige dormir,

cerraste los ojos,

y sueño con tu partir.

¿Cuál fue tu último aliento?

¿Qué sentiste al morir?

¿Miedo, alegría, libertad…

calma, tristeza… paz?

Me pregunto

si esa noche

por eso no pude dormir.

¿Habrá algo en nuestro parecido

que me hizo sentir tu morir?

Vueltas en la cama,

pausas en la noche,

tu ausencia en la mañana,

tristeza para compartir.

La compartimos sin ti,

la compartimos de lejos,

te lloramos a gritos,

nos aferramos a los recuerdos.

Tiemblo,

lloro,

todo mientras te pienso.

Digo tu nombre,

como si fuera

un presente eterno.

Pauso.

Respiro.

Recuerdo.

Ahora es pasado,

-aba, -ía, -ó.

Ya no.

Ya no.

Retrato realizado por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

27 de octubre de 2020

A casi un año de iniciado este camino, esta historia escrita y pública, mía, de todas, tal vez de nadie… me cuestiono el porqué sigo aquí. Aquí, como eco en este blog, en estas entradas, en esta vulnerabilidad constante…

Me planteé el detenerme, el cambiar Agridulce, el abandonarlo, el pretender que nunca existió… el continuar incluso. Y, hasta ahora, no había encontrado motivación suficiente que atendiera mis dudas y miedos.

Creo que hoy sí.

Lo he dicho en múltiples ocasiones: el compartir mi historia es un intento para sanar, sí, así como de crear consciencia… sensibilizar. Intento pretencioso, definitivamente, pero necesario mientras no haya otra realidad.

Y aunque cada día me es menos fácil compartir –pese a que mi sanar se fortalece–, cada vez soy más consciente del mundo que habito, del mundo que lastima, violenta y que no ha sabido sentir con otras mujeres. De ese mundo al que yo también pertenezco y que, al señalarlo, no es sin antes haberme señalado a mí.

Me recuerda cuán necesario es que, por lo menos, yo pueda acompañarlas, de la misma manera en que he sido acompañada.

Qué fortuna la mía el tener a mi comunidad.

Me gustaría nombrar a cada una de las personas que me ha permitido construir, para mí y tal vez para las demás, este puente, pero no creo poder hacerlo. Principalmente porque siempre faltaría alguna de ser nombrada, han sido tantas…

Todavía no sé adónde me llevará Agridulce en este nuevo año que se aproxima, pero creo que lo averiguaré en el camino. Y, en todo caso, siempre será un recordatorio vivo, de cómo cada una de estas palabras es para quien necesite leerlas, para quien quiera escucharlas, para quien requiera consuelo, para quien busque compañía, para quien resista en silencio, a gritos, con base en pequeños –que por el simple hecho de existir, ya son grandes– actos de permanencia…

Estas palabras son también para mí, para acallar esa voz en mi mente que me juzga por compartir mi historia. Servirán también para silenciar las voces juiciosas que no han faltado, pero vaya que han dolido… para amainar el eco de sus fantasmas que se rehúsa a abandonarme.

Creo que mi expectativa radica en que Agridulce pueda ser luz, barco, puente… vida, para quien así lo necesite, sabiendo que ha sido el mío.

Gracias a quienes han permanecido, gracias a quienes se irán sumando.

Y, ¿por qué no? Tal vez es hora de agradecerme a mí, por estar aquí.

Gracias,

Carmen

14 de enero de 2020

Pocas veces me aventuro en algunos recuerdos. Hay ciertas fechas que he cerrado con llave, aunque ocasionalmente me asomo por la perilla para ojear un poco. Nunca a profundidad. ¿Para qué? ¿Qué ganaría con eso? Y aun así aquí estoy escribiendo de una de ellas.

Me acerco a la puerta. Tomo la llave entre mis dedos y la inserto en la perilla. Escucho el crujir de mi mente. Puedo sentir el polvo elevarse, al adentrarme en recuerdos remotos.

Quiero creer que si un día abro todas esas puertas, si me adentro en ellas, perderán todo poder. Que el recuerdo desaparecerá como ese polvo que se sacude con mi presencia.

–No me odies!! Necesito hablar contigo.

La verdad siempre supe que llegaría ese día, ese mensaje. En el fondo, siempre supe que, en cuanto él leyera alguna de estas entradas, me escribiría.

Lo conozco bien. Dudo que él a mí. De hecho, me regocijo en saber que no.

En cuanto recibí su mensaje, temblé. Me gustaría negarlo, decir que no me dolió, decir que seguí con mi vida como si él no estuviera escribiéndome, pero estaría mintiendo.

Accedí a verlo, a tener esa conversación que tantas veces imaginé en mi mente.

Unos días antes incluso había soñado con él. Me inquietaba pensar que tal vez era hora de hacerle frente, de mirarlo a los ojos y denunciarlo ante sí mismo.

Accedí a verlo, no sin antes contar con el apoyo emocional que necesitaba para sentirme segura. No me atrevería a decir que lo hice sola.

–Quiero verlo, pero no quiero poner en riesgo lo lejos que he llegado…

Me advirtieron de la incongruencia que podría presentarse. Yo podría decirle todo lo que quisiera, pero él podría no escucharlo.

Podría incluso contradecirme, llamarme loca, minimizarlo…

La mera idea hacía que me dieran ganas de vomitar.

Pero tenía muy claro todo: nada que él dijera podía cambiar mis certezas.

Me advirtieron que, incluso aunque él lo reconociera y se disculpara, pedir perdón no era asumir responsabilidad.

Y yo lo sabía: la única manera de que él asumiera su responsabilidad era trabajando aquello que lo había llevado a cometer abusos para asegurarse de que no volviera a ocurrir, que él no volvería a hacerlo.

Me recordaron que mi trabajo no era tenerle compasión. El mío no.

Accedí a verlo, no sin antes cobijarme en los brazos de una amiga.

Recuerdo claramente que quería evitar llorar. Quería pretender que el encuentro no me ponía nerviosa, que no me importaba, que no me afectaba… que no tenía ningún poder sobre mí.

Y, con cada hora que pasaba, conforme el encuentro se acercaba tanto que casi podía tocarlo de estirar mi mano… las emociones desbordaban por mi pecho.

Inevitablemente comencé a llorar.

Mi amiga me abrazaba y lloraba conmigo.

Cuántas lágrimas derramamos juntas.

El cielo nos acompañaba.

Tomamos el Uber. No estaba sola, mi amiga me tomaba de la mano mientras yo lloraba. Mis amigas me seguían a través de mi ubicación en vivo, en el celular.

No recuerdo el camino, pero sí recuerdo que desistí. Decidí que no importaba si él me veía afectada, triste, temerosa… no se trataba de él. Si yo necesitaba llorar frente a él para sanar, para quitarle todo poder, que así fuera entonces.

Y eso me liberó.

Me liberó de las expectativas que tenía de mí misma, de la necesidad que sentía de enajenarme de todo dolor que hubiera originado del abuso.

Mi libertad radicaba más bien en aceptar que dolía, en reconocer la herida y no en fingir indiferencia.

Llegamos al lugar acordado.

Entré. Sentí que flotaba. Mis piernas recorrían un camino que mi mente no lograba entender. Las luces, el ruido, los olores… todo me era ajeno… todavía lo es.

Subí las escaleras.

Podía sentir mi corazón agitarse.

Mis ojos se movían entre las personas, tratando de identificarlo a él antes de que él me reconociera a mí.

Podía sentir mi corazón extenderse en mi garganta. Sentía mi respiración entrecortarse bajo mi pecho.

Lo vi.

Respiré.

El monstruo, ese monstruo que me había atormentado por tanto tiempo, me era tan conocido que, en ese momento, dejó de producirme miedo.

Sonreí. Estaba lista.

Me acerqué a él y lo saludé.

Que quede un agridulce vestigio…

Que quede un agridulce vestigio, del año en que quise morir pero no lo hice.
De los días en que mi cuerpo portaba su máscara de supervivencia,
nada convencido de su propia capacidad de sanar pero fingiendo.
Fingiendo todo el tiempo, como si quisiera vivir.
Fingiendo todo el tiempo, para no dejar de vivir.
Porque así es el peso de la injusticia en el cuerpo,
una incongruencia que estruja el alma y la separa,
bajo el sabor amargo de la culpa.
¿De qué?
Culpa de ser, de vivir, de sonreír, de sobrevivir…
culpa del “yo sola provoqué este dolor”,
culpa del “si tan sólo hubiera hecho algo distinto”.

Ese sabor amargo a culpa que envenena los huesos,
y que entre susurros me recordaba cuán negro es el camino,
se presumía enorme, soberbia y elocuente.

La culpa carcomía mis manos desesperadas, buscando el perdón.
¿De quién?
De todos.
De nadie.
Quizá el mío.
Menos el mío.
El mío no importa. No lo merezco.
El de un mundo que injustamente me declaró culpable,
sin siquiera haber escuchado mi historia,
acallando el eco de la herida, que cada día era más pronunciada,
se extendía cual infinito en mi mirada derrotada.

Y mis hombros cayeron.
Cayeron hasta el suelo y creo que siguieron cayendo.
La culpa, la injusticia, la tristeza… eran tremenda carga.
Presa de mi propia voz, acallada por una voz más imponente…
que jamás será la mía.

Porque el poder del no es débil, enclenque e inútil
cuando se trata del deseo de otro que no eres tú.
No eres tú. No es tu cuerpo, aunque sí lo sea.
Es cuerpo dedicado al placer de ese que se acerca.

Y sientes miedo.
Miedo de que se apodere de ti ese susurro
que te recuerda cuán duro es respirar,
cuán difícil es levantar la mirada cada mañana,
cuán imposible es no sucumbir ante la sombra.

Quieres luz, lloras luz,
pero no la encuentras.
Se ha perdido entre las cortinas
y a tus manos frías sólo llegan lágrimas.
¿Esas lágrimas son tuyas? ¿A quién le pertenecen?

Te miras al espejo y ves un par de ojos hinchados,
rojos, tristes, caídos y derrotados.
No te reconoces. No te escuchas. No es tu reflejo en ese espejo.
Has quedado enterrada bajo los efectos del abuso.

Ya no existes, así que mejor no hables.
Te miras al espejo y ves el mundo masculino
fuerte, imponente, juicioso y soberbio.
Y tú no estás.

Te buscas, te miras, te escuchas
pero tú ya no estás.

El mundo, el pasado, la herida,
la culpa, el dolor, la tristeza,
todo te ha destrozado.

Aquí yace tu cuerpo,
lleno de expectativas, susurros, gritos,
rasguños, moretones, dudas y miedos.
Yace tu vida pero ya no es tuya,
cual cáscara inmóvil y putrefacta.
Bien. Que muera lo que el mundo hizo de ti,
para que puedas hacer de ti, lo que tú quieras.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

Tengo un poema en mi cuerpo

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

ante la imperante necesidad que tengo

de apropiarme, de hacerme mía,

de habitarme y reclamar mi vida.

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

para ese lugar que, por tanto tiempo,

significó miedo ante su propio reflejo,

un cuerpo, mi cuerpo, en el que

me limitaba a ser visitante…

hasta ahora.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío, que no solía serlo,

que ante el miedo un día se paralizó,

pues fue transgredido incontables veces,

y, ante ese mismo miedo, en una ocasión,

este cuerpo mío, se rebeló.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío que se sentía

prisionero de sus propios límites,

esclavo de su pasado y de su miedo,

sometido ante el peso de las expectativas,

el eco del mundo en sus curvas retumba.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en esta alma mía que se sentía,

encadenada a este cuerpo

que antes no consideraba mío.

¿De quién era entonces?

De quien quisiera poseerlo.

De las voces que con constancia lo juzgan,

de los ojos que le imprimen violencia,

de las manos que lo han sacudido,

del silencio que ahoga como oleaje,

de las cicatrices en su piel inscritas.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo que ahora es mío,

es hora de reclamarlo, de habitarlo.

De habitarlo al habitarme,

de abrir sus puertas y recibirme,

de llegar a casa y abrazarme.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es poema,

tengo un cuerpo que es metáfora,

abunda resistencia en sus cicatrices,

desborda fuerza en el silencio del pasado,

pues ahora grita, ya no calla, nunca más…

todavía tiene miedo, pues ha sufrido,

pero tiene vida, a pesar del miedo.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es mío,

que desde dentro añora ser libre,

y mi forma de reclamarlo, de liberarlo,

es jamás olvidando, sin anclarme al pasado,

recordar para resistir, recordar para elegir,

elegir elegirme, elegir habitarme,

habitar-me, reconocer-me, apropiar-me.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es metáfora,

tengo una metáfora que es refugio,

tengo un refugio que habito,

tengo un cuerpo que reclamo,

tengo un cuerpo que es mío.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

6 de junio de 2020

A Ceci

A mis amigas

Gracias, con todo lo que tiene implícito.

No sé cómo le llamaría… o tal vez sí: crisis.

Quiero llorar, así que lloro. Quiero vomitar, así que, en lugar de eso, respiro.

En realidad, no quiero hacer ninguna de las dos cosas, pero mi cuerpo y su memoria me dominan, me doblegan.

Siento escalofríos.

Tiemblo.

Es como si mi mente abandonara mi cuerpo.

Repentinamente mis manos pesan tanto que el resto de mi cuerpo se siente ligero, como si flotara en la lejanía. Lo único que me ancla al suelo son esas, mis manos, pesadas, inmensas, cansadas.

Me siento débil, como si la vida hubiera sido extraída de mi cuerpo. Y es que, de cierta forma, así es. El pasado trata de apropiarse de mi cuerpo, de someterlo con base en los recuerdos.

Me miro en el espejo y me obligo a respirar.

Inhalo profundamente por la nariz. Exhalo lentamente por la boca.

Exagero ambas respiraciones hasta que se apropian de mi cuerpo o hasta que el intento se convenza de que podría lograrlo.

Pronuncio mi nombre suavemente, mirándome en esos ojos que no reconozco pero que sé que son míos. Me repito que estoy bien.

Inhalo y exhalo.

Hace mucho que no me pasaba.

Me sorprende a mi misma la magnitud del momento, del 1 al 10… es un 10, sólo porque no hay un número mayor.

Como todo, el momento pasa. Deja de ser un 10 y poco a poco va desapareciendo, pero esa neblina ronda por mi cuerpo, lo abraza y me susurra al oído que no se irá.

Odio estos momentos, pero no me sorprenden.  Los conozco bien tras mucho tiempo de convivencia forzada. Llegan, entre otros detonantes, acompañando las historias de abuso de otras mujeres.

Sí, las de mis amigas, pero también las de mujeres que no conozco. Al final, se trata del mismo monstruo y mi cuerpo siempre lo reconoce.

Escribo para liberarme, para que el momento pierda poder. Quizá, al grabarse en el papel, abandone mi cuerpo.

Posiblemente no, pero lo sigo intentando y lo seguiré haciendo. Eso lo sé. La verdad es que sí pierde poder.

Aunque sé que llegará otra historia con el mismo monstruo y me encontraré nuevamente respirando, mirándome en el espejo, intentando traer mi cuerpo a la realidad, de hacerlo mío.

Alejarlo de ese pasado que ya no es pero que se presenta infinitamente, a su antojo.

Pero ahora sé que puedo controlarlo.

Mi mente, seducida por los efectos del abuso, insiste en que me acueste a llorar, que apague el mundo. En lugar de eso le escribo a una amiga. Es un acto de rebeldía ante el pasado: no permitiré que me aísle, que me domine, que cante victoria.

No, en mi cuerpo ya no.

No, en este, mi cuerpo, ya no.

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.

Junio de 2020

Junio de 2020

Huir a veces significa buscarnos a nosotros mismos en lugares en los que el dolor no es tan habitual.

Huir a veces es darle la espalda al mundo, aunque también, en el camino, puede ser darnos la espalda.

Huir es atractivo porque pareciera olvido. Tiene cara de olvido, pero no lo es. La huida es aplazar el enfrentamiento, estirar las horas para no sentir, para pretender que se puede dejar de sentir.

Para mí, huir significa dejar de escribir.

A veces quisiera abandonarme, dejar de escribir(me), pero el recuerdo de aquellos años en que así lo hice me obliga a continuar.

Cada lunes, cada entrada, se presenta esa misma sensación de vulnerabilidad y miedo al plantarme frente al espejo… frente a ese espejo que es el mundo.

Aun así, cada lunes elijo hacerlo de nuevo. No tanto por un deseo masoquista, sino por las palabras de aliento que encuentro en el camino, y por el recuerdo de cuando no sabía cómo hacerlo.

Julio de 2019

Agridulce comenzó en mi cabeza, hace poco menos de un año.

Recuerdo que pensaba: “Yo no lo sabía, pero me dirigía hasta aquí. Y hoy, aquí, no estoy todavía bien, pero lo estaré. Es esta sensación de dolor acompañado de esperanza… es agridulce”.

Y ahí nació esta chispa que ahora tiene varias entradas y algunos lectores.

Pero, más que nada, nació mi historia en palabras, mi historia para quien quisiera conocerla, esa historia que también me estoy contando a mí, con nuevos ojos y con mucha compasión.

Mayo de 2019

Cuando comencé a ir a terapia y hablar del pasado se convirtió en un hecho, me prometí a mi misma que jamás haría de mi historia algo público. Me aseguré de que sanaría para que no me volviera a pasar, pero no para contar lo que había vivido. Era mío –por más que quería que no lo fuera– y, de ser posible, se quedaría en el silencio, ya ni pensar en el olvido.

Me negaba a contar mi historia, me rehusaba a enorgullecerme de mis cicatrices, pues lo único que sentía era impotencia, dolor y una tristeza que me inundaba constantemente.

Me pregunto qué diría esa Carmen al saber que, unos meses después, le contaría su historia al mundo, que la haría tan pública que incluso un día se atrevería a sentirse un tanto orgullosa al respecto.

Seguro lo negaría rotundamente. Vaya que lo haría. Suelo ser muy terca.

No quería portar un estandarte, no quería ser el rostro de nada: ni del abuso, ni del dolor, ni de la tristeza, ni de la vulnerabilidad…

Pasar desapercibida, eso sí quería.

Qué equivocadas estábamos, Carmen. Qué diferente sería.

Mayo de 2020

Y, aun así, cada lunes tengo que luchar contra mis demonios para no abandonarme, recordarme a mi misma porqué continúo escribiendo.

Me repito que mientras sea útil para una persona, valdrá la pena. A veces, ni eso le da sentido.

Pero lo hago. Lo hago en realidad para mí porque conocer historias como la mía me hizo atreverme a inspeccionar el pasado y pedir ayuda.

No pretendo hacer de mi historia algo que no es. Por ello, no la cubro de tintes de importancia, si acaso, trato de que suene menos triste. Me preocupa sonar triste, pero ¿cómo negar si así ha sido?

Tampoco pretendo contarla como si hubiera sido sencillo. Sanar no ha sido ni será fácil. Es lo que es. Me debo a mi misma el no minimizarlo.

Cuando comencé a contarla, pensé que se trataba acerca de mi proceso para sanar el haber estado en una relación abusiva. Hoy sé que no es así. En realidad, Agridulce es acerca de mi camino para aprender a ser vulnerable. Es un caminar diario, en el que cada paso cuenta.

Marzo de 2020

Hace más de dos meses, unos días antes de que el confinamiento fuera oficial… yo ya estaba encerrada en mi mente, en mi dolor.

No tenía nada que perder.

Sentía que ya lo había perdido todo. Perdí tanto que me quedé sin imaginación, sin la capacidad de soñar con algo distinto a esa tristeza que me estaba envenenando.

El futuro dejó de existir pues mi mente estaba en pausa, tratando de sobrevivir.

Fue hace tan poco que todavía siento esa sombra en mi cuerpo y en mi mente, acechando sigilosa para presentarse en caso de distracción.

Pedí ayuda, recibí ayuda. Pedí amistad, recibí una hoguera.

Y sin importar que ya fuera experta en sobrevivir, esta vez nada parecía funcionar.

No tenía nada que perder.

Respiraba. Seguía viviendo. Eso hacemos, ¿no? ¿Vivir? Vivía porque eso tenía que hacer.

Hasta a mí me aterra escribirlo.

Pero tengo muy claro el momento en que todo cambió.

Sí fue un momento de fanfarrias, trompetas y celebración. Mi cuerpo revivió y cada día, desde entonces, me aferro a esa vida.

Pensar en el dolor como el encuentro de vida. The darkness of the womb: la oscuridad de la matriz

Noviembre de 2019

Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré.

Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Salió a la luz en noviembre, aun y cuando llevaba ya tiempo gestándose en mi cuerpo y en mi mente.

Requirió tiempo, paciencia y mucha vulnerabilidad.

Abril de 2020

Comencé a pensar entonces que, tal vez, este nuevo dolor que me consumía podría también engendrar algo nuevo.

Recuerdo haberme dicho: “Todavía no sé qué implica, pero estoy lista para enfrentarlo, para aventarme de este nuevo barranco y darle vida a esto que mi dolor está gestando”.

Esto fue hace poco más de un mes.

Junio de 2020

No creo que ya haya dado vida a eso que mi dolor está engendrando pero sí sé que requiere tiempo, diálogo, escucha, reflexión, lágrimas, confianza, paciencia, esperanza… vulnerabilidad. Eso que tanto me aterra pero que me ha permitido crecer.

Hay días en que puedo regar mi dolor más que otros.

Supongo que así funciona la vida.

Pero sigo respirando, ya no para sobrevivir, sino para dar vida, para dar a luz a eso que esta oscuridad temporal depara.

Y llegará.

Y nacerá.

Y escribiré al respecto.

Y sabré que podré con esto y más.

Y viviré, no para sobrevivir, sino para dar vida.

Y será agridulce, siempre agridulce.

Y dejará de ser sólo mío, para ser de todas.


Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré. Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

25 formas de identificar el abuso

Todo lo que he compartido en Agridulce comienza con un nudo en el estómago.

Tengo tanto escrito que a veces me pregunto cuántas de esas palabras verán la luz.

Lo que he aprendido es que, aquello que se aferra a la oscuridad, a mis entrañas, que me abraza para que no lo deje salir, es lo que más debo compartir.

Tal es el caso hoy.

Hoy no es simple, no es fácil, no es poético pero es real.

Esta lista enumera algunas formas que he aprendido que sirven para identificar el abuso. De ninguna manera son una receta o las únicas maneras de identificarlo.

Son un punto de partida. Son, de hecho, el mío.

Lo comparto porque, tal vez, si yo hubiera leído esto hace 8 años, las cosas serían distintas.

Lo comparto sabiendo que no cambia mi pasado, pero esperando que me guíe en el presente.

Lo comparto para otras porque el abuso sabe bien cómo disfrazarse… pero podemos desenmascararlo.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

25 formas en las que puedo identificar si hay abuso o posible abuso.

25 formas para cuestionar.

25 formas para sembrar semillas.

  1. Te otorga la responsabilidad de las acciones que toma: Te culpa de aquello que decide.
  2. Te pide que tú trabajes su dolor: Si se enoja o está triste, eres tú responsable de que esto deje de ser así.
  3. Te ha dejado hablando sola, se ha ido sin avisar: Los conflictos terminan con su huida, sin importar qué necesitas tú.
  4. Por lo general, tú eres la que busca el diálogo, la carga emocional es tuya, te ha dicho “ya sabes que eso de las emociones no se me da”.
  5. Ha tratado de controlar con quién hablas o con quién sales.
  6. Ha revisado tu celular o mensajes, te ha pedido tu ubicación o una foto de dónde estabas.
  7. Te ha pedido que hagas un reporte de tus actividades.
  8. Ha tratado de controlar cómo te vistes.
  9. Ha comentado o evaluado tu cuerpo.
  10. Ha desconfiado de ti: Te hace creer que no eres digna de confianza, que el problema eres tú.
  11. Te ha minimizado o ha dicho que exageras: Te dice que lo que sientes es demasiado.
  12. Te ha insultado.
  13. Busca ridiculizarte, exponerte, hacerte quedar mal.
  14. Ha aventado cosas, le ha pegado a la pared, ha azotado puertas.
  15. Te ha golpeado o lastimado.
  16. Cuando dices que no o pones un límite, no lo respeta, trata de traspasarlo: Insiste a pesar de que has marcado límites. Y aquí me gustaría aclarar que un “no” no es la única forma de establecer límites. Lo hacemos también cuando nos alejamos, cuando ponemos excusas, cuando no decimos que sí. “El sometimiento no es consentimiento”.
  17. Ha insistido o forzado en términos sexuales. “El sometimiento no es consentimiento”.
  18. Has sentido que todo el tiempo tienes que tratarlo con pincitas o sientes como si caminaras en un campo minado.
  19. Normalmente eres tú la que se siente culpable de todo lo que va mal en la relación.
  20. Se hace la víctima.
  21. Te sientes responsable u obligada a cuidar de otras personas: Sientes que es tu responsabilidad ayudarlo, estar ahí siempre, a pesar de lo que necesites tú.
  22. Te encajona en la perfección y exige que lo seas.
  23. Te ha seguido.
  24. Ha tratado de entrar a tu casa sin permiso.
  25. Actúa como Dr Jekyll y Mr Hyde: Puede ser encantador, amoroso, cariñoso y, en cualquier momento, puede transformarse en lo opuesto. Esta dinámica es muy útil pues entonces te convences (como forma de supervivencia) de que, sin importar cómo actúa, al final importa más lo bueno que hace.

25 formas de temblar.

25 formas de recordar el pasado, una parte del pasado.

25 formas de reconocer el abuso y tratar de evitarlo o acabar con él.

Tan sólo 25, de las muchas formas en que podemos ejemplificar algo que casi todas hemos vivido.

25 formas de mantener presente que el abuso tiene muchos rostros y no es exclusivo de una relación de pareja. Existe, de hecho, en cualquier relación: en la familia, en las amistades, en el trabajo…

Y, en esta ocasión, me abro a quien quiera añadir sus aprendizajes porque sé que esta lista es, en realidad, mucho más larga. Comparto mis 25 formas para que sean de todas, para que las desgastemos y nombremos cada una de las maneras en que hemos vivido abuso.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.