Uno

Las pocas veces que me atreví a imaginar tu partida, te pedí que me prometieras que si un día fuera el caso no te irías sin decir adiós. Siempre me seguiste el juego, negabas que un día habríamos de despedirnos y ambas sabíamos que era verdad.

Me gustaría poder reclamarte, enojarme haciendo acopio de todo este dolor que siento y exigirte una despedida. Pero dime, ¿hacia dónde dirijo mis reclamos?

¿Que se los lleve el viento? Tal vez así mezan tu cabello siempre trenzado.

Dime, ¿qué hago con esta despedida atrapada en mi pecho? ¿A quién le explico lo que era de nosotras si tu ausencia se lo ha llevado? ¿En dónde encuentro consuelo si no he terminado de entender lo que representa que no estés?

Me temo que en ocasiones la vida no sigue. Por lo menos, así se siente ahora: incompleta, inacabada… aunque en realidad sí se acabó de alguna manera. Qué ironía, ¿no? Que la vida no se detiene, como ese tren que ante la muerte seguramente siguió avanzando. Y al mismo tiempo mi vida ha permanecido en pausa mientras el mundo gira sobre sí.

La parte de mi vida que no murió contigo debe seguir como si el mundo no se hubiera sacudido, o quizá a pesar de ello… vivir… sin ti, sin despedida… sin importar cuántas promesas nos hicimos al respecto.

Así que tal vez debería atreverme, no a decirte adiós, sino a darle la bienvenida al vacío que representa tu ausencia, no como un clamor al dolor, sino como un reconocimiento de la falta que me haces. Honrar el cariño no nombrado pero sí vivido en la cotidianidad, por tanto tiempo, con todo y tu ausencia… ayer, hoy y siempre.

Confesiones de una experta en cuidar a otras personas, no tanto cuando se trata de permitir que otras la cuiden

A Vicky… gracias

El acto de cuidar, como generosidad,
el acto de ser cuidada, como compasión.
La dificultad, no tanto del primero,
sino de permitir a otra persona estar,
de la misma forma en la que se estaría…
Tomar la compasión como práctica diurna,
aceptar la amistad cuando más impera,
permitir que el llanto corra libre,
no solo cuando se está a solas.

Sentir en compañía, doler en compañía,
ser abrazada, ser consolada y vista,
con la misma vista que solemos apartar,
del dolor ajeno, inclusive del propio.
Ser cuidada, en medio de la tempestad,
reconocer la incompetencia que conlleva,
saberse incapaz, si el camino es solitario,
nombrarse fuerte, en medio del llanto.
Ser cuidada, cuando no amaina el duelo,
aceptar la ayuda de quien la ofrece,
permitir que el cuerpo caiga, para que 
manos ajenas sean quienes lo sostengan.
El acto de cuidar, como maestría,
el acto de ser cuidada, como locura.
Rebelarse ante los mandatos del pasado,
pedir ayuda, sabiendo que llegará a caudales.
Permitir que el río entre en casa,
que serene el incendio que asedia,
que se lleve las cenizas, que un día
tuvieron la osadía de ser cimientos.
Recibir el amor de amigas y familia,
a sabiendas de que recibir es fortaleza.
Ser cuidada implica la valentía de mostrarse,
reconocer que no se está bien, y se 
tardará en estarlo de nuevo.
Saber que no hay prisa, pues el tiempo
apremia. 

Ser cuidada como acto de amor inmenso.
Abrir el cuerpo, la mente… el hogar,
al socorro de quien paciente espera
a que la puerta se abra, aunque solo sea
a través de una pequeña grieta.
Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

28 de diciembre

Hace poco más de un año, cumplí uno de mis sueños: ir a Francia.

Desconozco porqué, desde niña, soñaba con ello. El asunto es que, cualquiera que me conoce, lo sabía: Francia era mi sueño.

Recuerdo claramente que al llegar a París, lo primero que hice fue caminar hacia la torre Eiffel.

Caminé a pesar de que estaba a más de una hora de distancia. Caminé porque a eso me dediqué en 2019: a seguir dando un paso, y luego otro, y luego otro más.

Al llegar, comencé a llorar.

Entre lágrimas me dije a mí misma: Lo logramos, seguimos vivas.

Seguimos vivas.

Mi llanto nada tenía que ver con el monumento frente a mí, sino con que, en ese momento, para mí representaba el culmen de mi año: sobreviví.

Entonces, el peor año de mi vida, podía cerrarlo de la mejor manera.

Y así fue.

Hoy, poco más de un año después, hay Luna Llena.

Miro el cielo con calma, y ahí está ella: enorme, etérea, resplandeciente.

Presente.

Me encanta verla.

Ella, para mí, es un recordatorio: todo pasa.

La vida es un ciclo que se repite infinitamente.

Y, como tal, suele llevarnos a inicios poco deseados, a inicios que tienen un sabor amargo, nostálgico e inclusive a derrota.

Y está bien.

Pues, así como la Luna, esos inicios habrán de transformarse, de vivir su ciclo hasta llegar a su final.

A veces dichos finales llegan tarde, una vida tarde.

A veces; antes de lo que quisiéramos.

Pero llegan.

Y también se van.

Y regresan.

Y se van.

Es un ir y venir infinito, un baile de repeticiones en el que cada momento tendrá lo suyo, pero todos están coronados con esa certeza: pasarán.

Y está bien.

Los momentos de tristeza, de alegría, de dolor, de amor… cada uno de ellos pasará, y está bien, pues habrán de iniciar de nuevo.

Habrán de repetirse como esa Luna Llena que hoy vigila el cielo.

Habrán de oscurecerse como esa Luna que no siempre se vislumbra completa.

Hoy hay Luna Llena, la última del año.

Y está bien.

Pues habrá otro año, y otra Luna, y otra vida, y otro ciclo… que habrán de repetirse infinitamente, y pasarán.

Y estará bien.

Y estaremos bien.

In memóriam

A Isabel Villanueva, mi abuelita,

-ita, con ese diminutivo que, para ella,

denotaba cariño.

Siempre me han comparado

contigo,

con tu belleza,

con tu figura.

Nunca percibo el parecido,

no lo encuentro

por más que busco

en el espejo.

¿Será porque te fuiste?

¿Porque tu cama quedó vacía?

En el estante, las flores,

marchitas con tu partida.

¿Será porque te pensé eterna?

Asumí que permanecerías,

hoy, la inevitable tristeza,

como inevitable tu despedida.

Te fuiste,

como quien elige dormir,

cerraste los ojos,

y sueño con tu partir.

¿Cuál fue tu último aliento?

¿Qué sentiste al morir?

¿Miedo, alegría, libertad…

calma, tristeza… paz?

Me pregunto

si esa noche

por eso no pude dormir.

¿Habrá algo en nuestro parecido

que me hizo sentir tu morir?

Vueltas en la cama,

pausas en la noche,

tu ausencia en la mañana,

tristeza para compartir.

La compartimos sin ti,

la compartimos de lejos,

te lloramos a gritos,

nos aferramos a los recuerdos.

Tiemblo,

lloro,

todo mientras te pienso.

Digo tu nombre,

como si fuera

un presente eterno.

Pauso.

Respiro.

Recuerdo.

Ahora es pasado,

-aba, -ía, -ó.

Ya no.

Ya no.

Retrato realizado por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

27 de octubre de 2020

A casi un año de iniciado este camino, esta historia escrita y pública, mía, de todas, tal vez de nadie… me cuestiono el porqué sigo aquí. Aquí, como eco en este blog, en estas entradas, en esta vulnerabilidad constante…

Me planteé el detenerme, el cambiar Agridulce, el abandonarlo, el pretender que nunca existió… el continuar incluso. Y, hasta ahora, no había encontrado motivación suficiente que atendiera mis dudas y miedos.

Creo que hoy sí.

Lo he dicho en múltiples ocasiones: el compartir mi historia es un intento para sanar, sí, así como de crear consciencia… sensibilizar. Intento pretencioso, definitivamente, pero necesario mientras no haya otra realidad.

Y aunque cada día me es menos fácil compartir –pese a que mi sanar se fortalece–, cada vez soy más consciente del mundo que habito, del mundo que lastima, violenta y que no ha sabido sentir con otras mujeres. De ese mundo al que yo también pertenezco y que, al señalarlo, no es sin antes haberme señalado a mí.

Me recuerda cuán necesario es que, por lo menos, yo pueda acompañarlas, de la misma manera en que he sido acompañada.

Qué fortuna la mía el tener a mi comunidad.

Me gustaría nombrar a cada una de las personas que me ha permitido construir, para mí y tal vez para las demás, este puente, pero no creo poder hacerlo. Principalmente porque siempre faltaría alguna de ser nombrada, han sido tantas…

Todavía no sé adónde me llevará Agridulce en este nuevo año que se aproxima, pero creo que lo averiguaré en el camino. Y, en todo caso, siempre será un recordatorio vivo, de cómo cada una de estas palabras es para quien necesite leerlas, para quien quiera escucharlas, para quien requiera consuelo, para quien busque compañía, para quien resista en silencio, a gritos, con base en pequeños –que por el simple hecho de existir, ya son grandes– actos de permanencia…

Estas palabras son también para mí, para acallar esa voz en mi mente que me juzga por compartir mi historia. Servirán también para silenciar las voces juiciosas que no han faltado, pero vaya que han dolido… para amainar el eco de sus fantasmas que se rehúsa a abandonarme.

Creo que mi expectativa radica en que Agridulce pueda ser luz, barco, puente… vida, para quien así lo necesite, sabiendo que ha sido el mío.

Gracias a quienes han permanecido, gracias a quienes se irán sumando.

Y, ¿por qué no? Tal vez es hora de agradecerme a mí, por estar aquí.

Gracias,

Carmen

14 de enero de 2020

Pocas veces me aventuro en algunos recuerdos. Hay ciertas fechas que he cerrado con llave, aunque ocasionalmente me asomo por la perilla para ojear un poco. Nunca a profundidad. ¿Para qué? ¿Qué ganaría con eso? Y aun así aquí estoy escribiendo de una de ellas.

Me acerco a la puerta. Tomo la llave entre mis dedos y la inserto en la perilla. Escucho el crujir de mi mente. Puedo sentir el polvo elevarse, al adentrarme en recuerdos remotos.

Quiero creer que si un día abro todas esas puertas, si me adentro en ellas, perderán todo poder. Que el recuerdo desaparecerá como ese polvo que se sacude con mi presencia.

–No me odies!! Necesito hablar contigo.

La verdad siempre supe que llegaría ese día, ese mensaje. En el fondo, siempre supe que, en cuanto él leyera alguna de estas entradas, me escribiría.

Lo conozco bien. Dudo que él a mí. De hecho, me regocijo en saber que no.

En cuanto recibí su mensaje, temblé. Me gustaría negarlo, decir que no me dolió, decir que seguí con mi vida como si él no estuviera escribiéndome, pero estaría mintiendo.

Accedí a verlo, a tener esa conversación que tantas veces imaginé en mi mente.

Unos días antes incluso había soñado con él. Me inquietaba pensar que tal vez era hora de hacerle frente, de mirarlo a los ojos y denunciarlo ante sí mismo.

Accedí a verlo, no sin antes contar con el apoyo emocional que necesitaba para sentirme segura. No me atrevería a decir que lo hice sola.

–Quiero verlo, pero no quiero poner en riesgo lo lejos que he llegado…

Me advirtieron de la incongruencia que podría presentarse. Yo podría decirle todo lo que quisiera, pero él podría no escucharlo.

Podría incluso contradecirme, llamarme loca, minimizarlo…

La mera idea hacía que me dieran ganas de vomitar.

Pero tenía muy claro todo: nada que él dijera podía cambiar mis certezas.

Me advirtieron que, incluso aunque él lo reconociera y se disculpara, pedir perdón no era asumir responsabilidad.

Y yo lo sabía: la única manera de que él asumiera su responsabilidad era trabajando aquello que lo había llevado a cometer abusos para asegurarse de que no volviera a ocurrir, que él no volvería a hacerlo.

Me recordaron que mi trabajo no era tenerle compasión. El mío no.

Accedí a verlo, no sin antes cobijarme en los brazos de una amiga.

Recuerdo claramente que quería evitar llorar. Quería pretender que el encuentro no me ponía nerviosa, que no me importaba, que no me afectaba… que no tenía ningún poder sobre mí.

Y, con cada hora que pasaba, conforme el encuentro se acercaba tanto que casi podía tocarlo de estirar mi mano… las emociones desbordaban por mi pecho.

Inevitablemente comencé a llorar.

Mi amiga me abrazaba y lloraba conmigo.

Cuántas lágrimas derramamos juntas.

El cielo nos acompañaba.

Tomamos el Uber. No estaba sola, mi amiga me tomaba de la mano mientras yo lloraba. Mis amigas me seguían a través de mi ubicación en vivo, en el celular.

No recuerdo el camino, pero sí recuerdo que desistí. Decidí que no importaba si él me veía afectada, triste, temerosa… no se trataba de él. Si yo necesitaba llorar frente a él para sanar, para quitarle todo poder, que así fuera entonces.

Y eso me liberó.

Me liberó de las expectativas que tenía de mí misma, de la necesidad que sentía de enajenarme de todo dolor que hubiera originado del abuso.

Mi libertad radicaba más bien en aceptar que dolía, en reconocer la herida y no en fingir indiferencia.

Llegamos al lugar acordado.

Entré. Sentí que flotaba. Mis piernas recorrían un camino que mi mente no lograba entender. Las luces, el ruido, los olores… todo me era ajeno… todavía lo es.

Subí las escaleras.

Podía sentir mi corazón agitarse.

Mis ojos se movían entre las personas, tratando de identificarlo a él antes de que él me reconociera a mí.

Podía sentir mi corazón extenderse en mi garganta. Sentía mi respiración entrecortarse bajo mi pecho.

Lo vi.

Respiré.

El monstruo, ese monstruo que me había atormentado por tanto tiempo, me era tan conocido que, en ese momento, dejó de producirme miedo.

Sonreí. Estaba lista.

Me acerqué a él y lo saludé.

Que quede un agridulce vestigio…

Que quede un agridulce vestigio, del año en que quise morir pero no lo hice.
De los días en que mi cuerpo portaba su máscara de supervivencia,
nada convencido de su propia capacidad de sanar pero fingiendo.
Fingiendo todo el tiempo, como si quisiera vivir.
Fingiendo todo el tiempo, para no dejar de vivir.
Porque así es el peso de la injusticia en el cuerpo,
una incongruencia que estruja el alma y la separa,
bajo el sabor amargo de la culpa.
¿De qué?
Culpa de ser, de vivir, de sonreír, de sobrevivir…
culpa del “yo sola provoqué este dolor”,
culpa del “si tan sólo hubiera hecho algo distinto”.

Ese sabor amargo a culpa que envenena los huesos,
y que entre susurros me recordaba cuán negro es el camino,
se presumía enorme, soberbia y elocuente.

La culpa carcomía mis manos desesperadas, buscando el perdón.
¿De quién?
De todos.
De nadie.
Quizá el mío.
Menos el mío.
El mío no importa. No lo merezco.
El de un mundo que injustamente me declaró culpable,
sin siquiera haber escuchado mi historia,
acallando el eco de la herida, que cada día era más pronunciada,
se extendía cual infinito en mi mirada derrotada.

Y mis hombros cayeron.
Cayeron hasta el suelo y creo que siguieron cayendo.
La culpa, la injusticia, la tristeza… eran tremenda carga.
Presa de mi propia voz, acallada por una voz más imponente…
que jamás será la mía.

Porque el poder del no es débil, enclenque e inútil
cuando se trata del deseo de otro que no eres tú.
No eres tú. No es tu cuerpo, aunque sí lo sea.
Es cuerpo dedicado al placer de ese que se acerca.

Y sientes miedo.
Miedo de que se apodere de ti ese susurro
que te recuerda cuán duro es respirar,
cuán difícil es levantar la mirada cada mañana,
cuán imposible es no sucumbir ante la sombra.

Quieres luz, lloras luz,
pero no la encuentras.
Se ha perdido entre las cortinas
y a tus manos frías sólo llegan lágrimas.
¿Esas lágrimas son tuyas? ¿A quién le pertenecen?

Te miras al espejo y ves un par de ojos hinchados,
rojos, tristes, caídos y derrotados.
No te reconoces. No te escuchas. No es tu reflejo en ese espejo.
Has quedado enterrada bajo los efectos del abuso.

Ya no existes, así que mejor no hables.
Te miras al espejo y ves el mundo masculino
fuerte, imponente, juicioso y soberbio.
Y tú no estás.

Te buscas, te miras, te escuchas
pero tú ya no estás.

El mundo, el pasado, la herida,
la culpa, el dolor, la tristeza,
todo te ha destrozado.

Aquí yace tu cuerpo,
lleno de expectativas, susurros, gritos,
rasguños, moretones, dudas y miedos.
Yace tu vida pero ya no es tuya,
cual cáscara inmóvil y putrefacta.
Bien. Que muera lo que el mundo hizo de ti,
para que puedas hacer de ti, lo que tú quieras.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

Tengo un poema en mi cuerpo

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

ante la imperante necesidad que tengo

de apropiarme, de hacerme mía,

de habitarme y reclamar mi vida.

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

para ese lugar que, por tanto tiempo,

significó miedo ante su propio reflejo,

un cuerpo, mi cuerpo, en el que

me limitaba a ser visitante…

hasta ahora.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío, que no solía serlo,

que ante el miedo un día se paralizó,

pues fue transgredido incontables veces,

y, ante ese mismo miedo, en una ocasión,

este cuerpo mío, se rebeló.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío que se sentía

prisionero de sus propios límites,

esclavo de su pasado y de su miedo,

sometido ante el peso de las expectativas,

el eco del mundo en sus curvas retumba.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en esta alma mía que se sentía,

encadenada a este cuerpo

que antes no consideraba mío.

¿De quién era entonces?

De quien quisiera poseerlo.

De las voces que con constancia lo juzgan,

de los ojos que le imprimen violencia,

de las manos que lo han sacudido,

del silencio que ahoga como oleaje,

de las cicatrices en su piel inscritas.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo que ahora es mío,

es hora de reclamarlo, de habitarlo.

De habitarlo al habitarme,

de abrir sus puertas y recibirme,

de llegar a casa y abrazarme.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es poema,

tengo un cuerpo que es metáfora,

abunda resistencia en sus cicatrices,

desborda fuerza en el silencio del pasado,

pues ahora grita, ya no calla, nunca más…

todavía tiene miedo, pues ha sufrido,

pero tiene vida, a pesar del miedo.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es mío,

que desde dentro añora ser libre,

y mi forma de reclamarlo, de liberarlo,

es jamás olvidando, sin anclarme al pasado,

recordar para resistir, recordar para elegir,

elegir elegirme, elegir habitarme,

habitar-me, reconocer-me, apropiar-me.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es metáfora,

tengo una metáfora que es refugio,

tengo un refugio que habito,

tengo un cuerpo que reclamo,

tengo un cuerpo que es mío.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

6 de junio de 2020

A Ceci

A mis amigas

Gracias, con todo lo que tiene implícito.

No sé cómo le llamaría… o tal vez sí: crisis.

Quiero llorar, así que lloro. Quiero vomitar, así que, en lugar de eso, respiro.

En realidad, no quiero hacer ninguna de las dos cosas, pero mi cuerpo y su memoria me dominan, me doblegan.

Siento escalofríos.

Tiemblo.

Es como si mi mente abandonara mi cuerpo.

Repentinamente mis manos pesan tanto que el resto de mi cuerpo se siente ligero, como si flotara en la lejanía. Lo único que me ancla al suelo son esas, mis manos, pesadas, inmensas, cansadas.

Me siento débil, como si la vida hubiera sido extraída de mi cuerpo. Y es que, de cierta forma, así es. El pasado trata de apropiarse de mi cuerpo, de someterlo con base en los recuerdos.

Me miro en el espejo y me obligo a respirar.

Inhalo profundamente por la nariz. Exhalo lentamente por la boca.

Exagero ambas respiraciones hasta que se apropian de mi cuerpo o hasta que el intento se convenza de que podría lograrlo.

Pronuncio mi nombre suavemente, mirándome en esos ojos que no reconozco pero que sé que son míos. Me repito que estoy bien.

Inhalo y exhalo.

Hace mucho que no me pasaba.

Me sorprende a mi misma la magnitud del momento, del 1 al 10… es un 10, sólo porque no hay un número mayor.

Como todo, el momento pasa. Deja de ser un 10 y poco a poco va desapareciendo, pero esa neblina ronda por mi cuerpo, lo abraza y me susurra al oído que no se irá.

Odio estos momentos, pero no me sorprenden.  Los conozco bien tras mucho tiempo de convivencia forzada. Llegan, entre otros detonantes, acompañando las historias de abuso de otras mujeres.

Sí, las de mis amigas, pero también las de mujeres que no conozco. Al final, se trata del mismo monstruo y mi cuerpo siempre lo reconoce.

Escribo para liberarme, para que el momento pierda poder. Quizá, al grabarse en el papel, abandone mi cuerpo.

Posiblemente no, pero lo sigo intentando y lo seguiré haciendo. Eso lo sé. La verdad es que sí pierde poder.

Aunque sé que llegará otra historia con el mismo monstruo y me encontraré nuevamente respirando, mirándome en el espejo, intentando traer mi cuerpo a la realidad, de hacerlo mío.

Alejarlo de ese pasado que ya no es pero que se presenta infinitamente, a su antojo.

Pero ahora sé que puedo controlarlo.

Mi mente, seducida por los efectos del abuso, insiste en que me acueste a llorar, que apague el mundo. En lugar de eso le escribo a una amiga. Es un acto de rebeldía ante el pasado: no permitiré que me aísle, que me domine, que cante victoria.

No, en mi cuerpo ya no.

No, en este, mi cuerpo, ya no.

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.