Ella… y yo

Para Vero

Narrado por Arantxa Muñoz, escrito por Carmen Soledad

No sé por qué hoy, un día cualquiera, es cuando por fin hago esto, después de tantos años, después de tanto tiempo. No sé qué fue lo que me llevó a pensar en ti, a avivar esta necesidad de hablar de ti, de contar tu historia. Hoy es, aparentemente, un día más y llevo ya días con las palabras desbordándome. Ya no puedo no contarte.

¿Será entonces que los días cualquiera se transforman en memorables cuando así lo elegimos? ¿Estoy acaso eligiendo que hoy lo sea?

Me parece que sí. Creo que sí.

¿Cómo comenzar a honrar a quienes más amamos? ¿Cómo permear su existencia que, a pesar de la muerte, permanece?

Este es mi intento. Es para ella.

Podemos comenzar con lo que recuerdo. Hay preguntas y si soy sincera no sé si podré contestarlas, pero haré mi mayor esfuerzo por trazar una línea lo más coherente posible e ir reescribiendo su vida, a través de mis ojos, inclusive con mi propia vida.


Mis abuelos se separaron cuando mi mamá era niña.

Abuelo, ludópata. Para mí no hay distinción. Abuela, escribana. Entre ellos, un rango de edad inmenso, innombrable, derivado de la época y de la mujer o, en este caso, la niña, cumpliendo con ser esposa. Sé poco sobre ellos. Lo que sí sé, es que mi abuelo era argentino. Creo que es importante que aclare entonces que mi abuela, e incluso mi madre, eran peruanas. Corrijo: mi abuela es peruana.

La minoría de edad de mi abuela pasaría, en ese momento, a segundo plano, pues en primer lugar estaba su rol de hermana mayor. Y, como tal, mi abuelo era entonces un destino afortunado: extranjero, con posibilidades económicas que no habían ni soñado…. Por otro lado, ella, extravagante; sus nacionalidades, distintas.

¿Le llamaremos amor? Tal vez si cerramos los ojos ante las circunstancias, podemos convencernos de ello.

Hubo un embarazo, independientemente de si pretendían amarse. Hubo un segundo embarazo. Mi mamá fue la mayor.

Mi abuelo, ludópata, perdía siempre su dinero. Aquel destino afortunado, quizá no lo era tanto. Mi abuela, mujer, cansada, harta… se separó.

Hay huecos en esta historia, conversaciones, peleas, eventos, sucesos que ir desenvolviendo para poner cada pieza en su lugar… Sin embargo, los desconozco, no los tengo, podría imaginarlos y, al mismo tiempo, tampoco puedo. No sé si él regresó a Argentina, lo que sí sé es que se separaron.


A los 13 años, mi mamá conoció a su mejor amiga. Yo la conozco, desde siempre, como tía.

En Perú, ambas cursaban la secundaria, en México le llamamos preparatoria.

A mi mamá le llegó el destino, de la misma forma en que le llegó a mi abuela, y a la vez, fue tan distinto. Quiero creer que no es accidental. Sé que no lo es. Llegó la Fuerza Aérea a reclutar pupilos, mentes novicias que pudieran ser cautivadas con la idea de la aventura.

Mi mamá, Miss Simpatía Perú, belleza reconocida, belleza siempre señalada… por supuesto que fue elegida. Era una puerta, un cielo nuevo… era poner distancia entre una familia a la que no quería o no sabía pertenecer. A una madre, un hermano y un padre que no le correspondían. Era alejarse de la ausencia, del dolor y de las drogas… así como de tantas cosas más que desconozco y que ya no podré preguntarle a ella.

Para mi mamá, la Fuerza Aérea fue esa puerta, ese destino que ella misma se forjó, con el que se atrevió a ser más de lo que le habría correspondido. Gracias por eso, mamá.

Un escape, lejanía de una realidad no deseada. Oportunidad, experiencias que jamás pensó que tendría. Nuevos mundos, antiguos y distantes: Europa, África… La grandeza de conocer presidentes, figuras rimbombantes… todo era pequeño en comparación con haber logrado huir, dejar de ser hija de ella.

Ser sobrecargo le otorgaba ese poder. Ya no era hija, era otra, era nueva, era suya.

Eventualmente abandonó la carrera que se construyó a sí misma en Estados Unidos, a costa de un esfuerzo jamás nombrado, jamás reprochado… e incluso desconocido casi en su totalidad para mí. En ese entonces, ella todavía no sabía que estaba embarazada.

Después llegué yo. Su segunda hija y conmigo llegó, para ella, el abandono a sí misma. Lo dejó todo, nos dio todo. Primero íbamos nosotros. ¿Ella quién?

Abandonarse, perderse… en todos los sentidos. Buscó compasión… empatía, que sin haber vivido lo que ella, alguien comprendiera sus esfuerzos…

Me ha costado expresarlo.

¿Cómo pudiste ser la mejor mamá sin haber tenido una? ¿Cómo dejar quien eras por otra persona que no conocías, que crecía en tus entrañas y sería tan tuya de la misma forma en la que tú no habías sido de mi abuela?

Silencio; lágrimas; entendimiento; dolor. Es lo que me queda. Un vistazo al pasado tratando de entenderla, de descubrirla, de descifrarla. Falta decir tanto. Ella es tan inmensa.

De mi mamá permanece todo…


El cáncer se presentó cuando yo todavía no era adulta. A veces creo que era solo una niña.

“Es un nuevo día, todo saldrá bien”. Mi mamá y su optimismo, colgado en su rostro en forma de sonrisa. Llegaba ella al hospital irradiando su propia luz.

Me lo han contado…

Llegar y verla, verla sonreír, ¿qué otro desafío ante el mundo habría? Verla sonreír ante su propia lucha tenía un efecto de calma en la vida de otras personas. Así era ella: calma ante la tormenta, inclusive aunque fuera su propia tormenta.

Me detengo y lloro. Puedo verla en mi mente.

No sé si se lo debo a ella, o si me lo debo a mí misma: ayudar a quienes pasan por su misma historia, que puedan verla a través de los ojos de ella.

A veces el cáncer no acaba bien. Soy prueba de ello. Lo vi en ella y ella se refleja en mi existencia todos los días.

El cáncer, a veces, no acaba bien, pero por algo ocurre. Ella no vivió. Yo viví viéndola a ella. Viví. Vivo. No sé cómo explicarlo, pero… mi mamá sonrió. Sonrió todos los días mientras luchaba contra su propio cuerpo. Y también murió. Y… todo salió bien. Estoy bien. Al final, sí hay nuevos días, bien diría mi mamá: “todo saldrá bien”.

Ella, la más fuerte, la más capaz, es mi mayor ejemplo. Quisiera que su historia fuera para otros lo que es para mí. Pero su historia no se acaba todavía. Falta. Se siente incompleta hasta aquí.

Lo que más permanece de ella en mí, es su actitud. Sus palabras son eco en mi mente, en mi actuar… en mi vida. Ella siempre me decía: “Que todo fluya”.

Acomodar lo dicho, las piezas del pasado, las palabras que caen de mis ojos, cubiertas de recuerdos.

Es muy de ella… fluir. Pienso en ella. Sonrío entre las lágrimas y, entre ese ir y venir del dolor, fluye la paz que ella me inspira. Ante esta misma tormenta que me provoca su ausencia, la recuerdo y me sé en calma, me sé acompañada.

Quisiera escribir un libro que honre su memoria: mi mamá, su vida, su ejemplo… que permanezca intacta a través de la tinta y que permee a todos quienes necesiten conocerla. Quiero compartirla.

Mi mamá permanece en cada una de las lágrimas que derramo mientras enuncio estos pocos recuerdos. Sé que son vagos y desordenados, pero son todo de ella. Por hoy, son un comienzo para narrarla, para hacer de su luz un resplandor inmenso.

En cada una de estas palabras, que esconde infinitas lágrimas, está el amor que ella dejó en mí. El efecto de su vida, en la mía, permanece a pesar del cáncer, de la muerte, de la ausencia. Ella está presente, con toda su inmensidad, con todo y los huecos.

Ella está y yo estoy con ella.

Con amor,

Arantxa

Hoy perdí

La autora ha decidido permanecer anónima

He perdido la batalla.

No por omisión ni por debilidad.

Hoy perdí ante el poder, ante el silencio, ante la tradición.

Pensé que las horas de preparación, de terapia, de enojo y del amor que recibí me iban a preparar…

Pero mi enemigo siempre fue más grande. Es opresor, es abusivo.

Hoy perdí el deseo de ganar, perdí la intención. 

Hoy sucumbo a la derrota. No siento amor por mis padres, no siento cariño, no me siento protegida.

Me hace sentir sola el saber que siempre lo he estado.

Ustedes me derrotaron. Especialmente tú, madre. Tu silencio ante lo que más importa y tu voz, tus palabras, tu insistencia ante lo que no importa.

¿Que si soy bella? ¿Flaca? ¿Con novio?

Es desgarrador ser testigo de cómo las víctimas del sistema se convierten en opresores. Tú eres víctima de esta sociedad y juegas con ella, la moldeas para que te haga sentido, y evitas reconocer la lógica refutable.

Jamás he sido feliz y lo sabes. Aún así quieres que volvamos a lo que nunca fuimos, porque es ahí, en mi silencio y sufrimiento, donde encuentras tu comodidad.

En olvidarme, en negarme, en hacerme un lado, en donde yo no existo, en donde tú encuentras paz. 

Ya no tengo palabras, ni energía, ni intención de explicarte. Ya no puedo. Hoy pierdo.

No me sorprende. Lo que me asombra es que ya no tengo corazón: la herida ha crecido tanto que ha sobrepasado el amor y el cariño.

Siempre van a ser mis padres, siempre va a ser mi hermano, mas nunca van a entenderme o protegerme. Y no lo necesito. Ya no.

Madre… Me dices que yo rompí con esta maldición que tiene la familia, esta historia de abuso, que con mi trabajo la rompí. También dices que no quieres que los responsables vivan su culpa. ¿A quién le tienes miedo realmente? ¿A quién?

Si yo callé cuando me dijiste que callara, si mi cuerpo fue víctima de mi hermano, si mis decisiones son de ustedes, si mi libertad es suya… ¿Por qué me temes?

Si no hay nada que pueda hacerte cambiar de opinión, si sabes que hiciste lo correcto, si sabes que estás haciendo lo correcto… ¿Por qué temes? ¿A qué le temes?

¿Por qué me buscas con desesperación, pero sin intención de hablar? ¿Por qué te incomodo, si nunca fui yo la que tuvo el poder? 

¿Por qué peleas con los desvalidos? ¿Por qué oprimes a los que ya han sido oprimidos? ¿Por qué callas a las voces que nunca han sido escuchadas?

No lo sé. O quizá sí lo hago, pero de lo que sí estoy segura es de que hoy perdí la batalla.

Hoy me perdí en tus mensajes mixtos e incongruentes. En tu amor incondicional que tiene como condición el perdonar a mi victimario. En tu amor de madre que ordena pero no escucha. En tu desesperación de enmendar las cosas que ya están rotas.

Hoy me perdí en la necesidad de hacerte entender. Hoy perdí. Tú no me crees ni me creerás. No estás dispuesta a romper con tus paradigmas, no estás dispuesta a dejar ir el control. No quieres acercarte al sufrimiento y ahí es donde me encuentro yo. Cuando decidiste olvidar tu propio sufrimiento, también me olvidaste a mí. Por lo menos, hoy ya lo sé.

Sin voz, sin movilidad, sin energía. Ahí estoy y ahí estaré. Hoy perdí la intención de hacerte entender. Rompí el silencio, creyendo que el silencio era opresor, era muerte, era olvido. Sin embargo, descubrí un monstruo nuevo: tu negación e imposición. Me derrotaste. Una vez más. Ahora me dejaré ser derrotada. Ganó el sistema. Ganó la dinámica familiar.

Hoy perdí la necesidad de ser parte de la dinámica familiar. Hoy perdí el deseo de vencerte. Hoy perdí, y al perderte… me encontré.

La mujer que me inspira

Este poema es de todas. Es un entramado de nuestras vidas, un esfuerzo colectivo por responder a las preguntas: ¿Quién es la mujer que me inspira? ¿Cómo es ella? Si tuviera que elegir un elemento de la naturaleza para representarla, ¿cuál sería?

Gracias a las autoras:

Ana Laura, Andrea, Arantxa, Cathy, Claudia, Flor, Itzel, Janeth, Julieta A., Julieta R., María Michelle, Mariza, Mónica, Rocío C., Rocío S., Vanessa

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo.

Algunos nombres, sin jamás nombrarlas a todas,

pero en cada uno de sus nombres, habitamos todas.

Mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

Tú y yo, tú y yo, y yo, y tú, y yo y todas…

Ella, ella que con su sonrisa me inspira,

que es tantas cosas que es indescriptible, inabarcable.

El mundo entero la representa:

el viento, el agua, las olas, las cascadas, los tornados,

el fuego, el sol, el aire, el mar, las puestas de sol,

los atardeceres, las flores, los árboles y sus raíces…

Ella es todo, es la naturaleza, es ella toda, pues es vida.

Ella, ella que con sólo su recuerdo me habita toda.

Ella es agua, es las olas, ella, en otra vida, fue sirena.

Es un árbol que florece, incluso en el desierto.

Es la paz y felicidad entrelazadas en las puestas de sol.

Ella es fuego, con ese calor que abraza,

fuego enmascarado de fragilidad, que fortalece el alma.

Ella, ella que con su luz me envuelve y acompaña,

es luz potente, luz y paz, es tranquilidad.

Es aire. Es el aire fundamental en mi vida.

Es las cascadas de Aguazul, transparente siempre,

y es también la dualidad que las caracteriza:

una corriente pacífica y la energía del agua que cae,

y al caer es fuerza, desborda fuerza interna.

Ella, ella que es tan toda como la tierra misma,

es el olor a tierra mojada, tras caer la lluvia,

es raíz, mi raíz, pues me ata al mundo y, al mismo tiempo,

me impulsa a volar a otros.

Ella es magia, es bruja, es belleza, es valentía.

Es inspiración, es sinceridad, compasión y perdón.

Ella, que desde que nació ha sido mi espejo,

es agua por ser fuerza, fuerza invencible y continua,

es sabiduría, es privilegio, es ejemplo, es mía.

Es el fuego, es defensora, es noble, es poderosa.

Se hace presente con su voz, y por ello es peligrosa.

Es la fuerza del tornado, da su vida por nosotros,

a su familia sacó adelante, con esa vida y esa fuerza.

Ella, que además de ser mi madre, mi abuela,

mi hija, mi hermana, es mi amiga, es compañía,

es bondad y es cariño, es alegría y es incluso romance.

Ella es las flores que le dan color a la vida,

es ese resquicio de luz y esperanza que se asoma tras la tormenta,

me ilumina, ilumina todo, ilumina el mundo con cada paso.

Es el sol, presente cuando más la necesitamos.

Es roble, es árbol, firme, sin importar el viento o el invierno.

Ella siempre permanece.

Es árbol y sus raíces pues se mantiene y me mantiene firme.

Es el mar, ágil, en movimiento, divertida y es incluso la locura.

Ella, que todos los días, con su belleza me inspira,

es atardecer, es gozo al contemplarla, contemplar su hermosura,

saber que siempre habrá otro atardecer y que ella permanecerá.

Es paz al verla, al admirarla, es fuerza… a veces demasiada.

Ella, la flor más hermosa de esta tierra, el árbol más extenso,

ella es generosidad, abre sus brazos y da vida, nos da hogar,

protege y cobija, ama sin prisas, cuida sin reparos, resiste ante la vida.

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo,

mis amigas, incluso yo misma…

en una somos todas, en todas somos una.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

El pasado no es tan malo

*La autora ha decidido permanecer anónima.

¿Lo más difícil? Empezar, sin duda alguna. Empezar a escribir, empezar a enfrentar, empezar a contar, empezar a aceptar. Aceptar que aquello que pasó, te hace ser lo que eres actualmente y te lleva, de una manera u otra, a identificarte en tu futuro. Pero no siempre significa que tu pasado te atormente, al contrario, tu pasado te ayuda a enfrentar nuevas situaciones, nuevas cosas, nuevos retos; te enseña aquello que no quieres ser, o no quieres repetir, pero también, aquello que quisieras mantener. El pasado no es tan malo.

Yo aprendí de mi pasado. Como todos, también cometí errores. Pero agradezco que haya sido así. Sin mi pasado, no hubiera abierto los ojos. Sin mi pasado, no hubiera sufrido lo suficiente para sentirme bien conmigo misma. Sin mi pasado, seguiría escondida en un agujero negro. Mi pasado me ayudó a ser lo que soy y a estar en donde estoy ahora, y me siento orgullosa de eso.

Hace unos años estuve en una relación en la cual nunca me sentí atrapada. Nunca sentí ese miedo. Nunca tuve, ni siquiera, la idea de salir de ahí, porque realmente no lo necesitaba, vivía en mi cuento de hadas, ¿qué más podía pedir? Era una relación que muchos consideraban perfecta, incluso yo, porque mentiría si digo que no era así. Sí, era una relación en la que ya me veía para siempre, incluso había pláticas, existían planes sobre el tema. Muchas veces decimos para siempre, porque realmente así lo sentimos, te sientes bien, tranquila, te sientes apoyada en todo momento, porque estás con alguien que te eligió y se quedó, a pesar de tus defectos. Pero de pronto todo cambia, y te vas dando cuenta de la realidad.

Qué difícil es aceptar que alguien que te quiere tanto, puede hacerte tanto daño. Si me preguntan, qué es lo que más me duele, raramente contestaría que no es el abuso, o bueno sí; sin embargo, no el abuso que todos se imaginan, aunque no puedo negar que existió.

Existió esa noche donde me di cuenta de muchas cosas; me di cuenta que muchos ven la parte sexual como un requisito de pareja. Esa misma noche en la que me dijo “la idea es que entre”, palabras que ayudaron a darme cuenta que mi “placer”, no importaba. Aún más importante,fueron palabras que me hicieron caer, que me hicieron pensar, me hicieron sentir mínima. Esa noche me di cuenta que no estaba en donde quería estar.

El abuso que más me duele es el que existió después de tomar quizá la decisión más difícil, o ¿no la tomé yo? Inconscientemente lo hice. Hice todo para evitar ser yo quien tomara esa decisión. Porque mis errores me llevaron a abrir mi panorama aún más, a darme cuenta que existe gente buena, gente que se preocupa, que te quiere y te valora. Pero sobre todo, gente que, a pesar de todo, estará contigo y no le importará tu pasado, al contrario, se sentirán orgullosos de ti por estar donde estás, a pesar de él; orgullosos de verte feliz, y con una sonrisa sincera.

No voy a decir que fue su culpa, pero sí. Fue su culpa que me sintiera responsable de todo, cuando no fue así; fuimos los dos. Fue su culpa que cambiara. Fue su culpa que haya dejado de sentirme apoyada. Fue su culpa que tuviera miedo de contarle las cosas, porque sabía cómo terminaría todo. Fue él quien me hizo sentir así. Porque nunca pensé que alguien tan importante para mí, se encargara de meterle ideas a mis amigos sobre mí, y peor aún, a mi familia, porque estando con ellos, me sentía incómoda, había miradas, preguntas y juicios sobre la decisión que tomé; y todo gracias a lo que les dijo.

Siempre me pareció incongruente que se quejara de que cambié, cuando él cambió hasta de religión. Me parecía incongruente que se enojara porque en su cumpleaños sólo le marqué, cuando acabábamos de estar una semana juntos; y en mi cumpleaños yo fui quien le marcó y en lugar de felicitarme, decidió pelear. Me parecía incongruente que me pidiera que guardara todos sus secretos, y fuera él quien se encargara de publicar los míos. Pero he aprendido de todo eso.

Cambié, eso nunca lo voy a negar, pero lo hice porque dejó de estar para mí, de apoyarme, de protegerme. Viví una experiencia que me hizo valorar y descubrir todo lo que está a mi alrededor, que no niego que también me hizo cambiar. Pero, durante el tiempo que estuve lejos, comenzó a crear una mayor dependencia entre nosotros, ni siquiera disfrutaba la compañía de sus amigos; “estuve sólo, nadie me hacía caso”, “mejor me subí porque ya estaba aburrido”, “a la próxima, mejor no vengo”. Compañía que extraño. Y meses después, me doy cuenta que esa dependencia era una señal de lo que venía.

Y se lo agradezco, porque sin todo lo que pasó, no me hubiera dado cuenta de que las cosas pasan por algo. No habría abierto los ojos para darme cuenta que ese lugar en el que estaba, no era donde realmente quería estar. Me ayudó a aprender, me ayudó a valorarme, me ayudó a saber qué es lo que busco, qué es lo que quiero. Me ayudó a aprender a ser yo misma, y no dar explicaciones por ser así. Me ayudó a sentirme libre y volar hasta lo más alto, para caer a mi manera y aprender de la caída. Pero más importante, me ayudó agradecer que tengo muchas personas maravillosas que están conmigo, porque gracias a ellos, he llegado aún más lejos.

Así que, sólo puedo decir: gracias.

Sin ti, seguiría en ese lugar al que no pienso regresar.

Imagen sin derechos de autor

Me gustaría que supieras…

19 de junio de 2020

A ti, a ustedes:

Me gustaría que supieras cómo me sentí.

No por generar empatía o buscar comprensión, ni siquiera para que te sientas culpable. Tengo solamente la esperanza de que, al leer esto, tú y otros que piensan igual que tú, reflexionen sobre sus acciones, sus palabras, sus miradas.

No recuerdo exactamente cuándo comencé a sentirme así. Creo que se fue acumulando hasta convertirse en un ruido agudo en el fondo de mi mente, siempre presente.

Me gustaría que supieras que sí, las niñas recordamos, vemos y sentimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, que se quedan marcadas esas palabras, esas caricias incómodas, esas miradas lascivas. Todo eso lo sentimos, lo recordamos, pero nunca lo entendemos.

También sentimos esos abrazos inadecuados, esos besos tan cerca de la boca, eso que hacías cuando nadie te veía.

Te creías muy fuerte y poderoso por vulnerar a una niña pequeña, a quien le enseñaron a confiar en ti.

Me gustaría que supieras que ese ruido, que comienza casi como un susurro, se vuelve ensordecedor y, aunque nadie más lo escuche, te aísla. Te marca pues un día todo deja de tener sentido y aprendes a vivir con él, te rindes y te acostumbras a su presencia… se vuelve parte de ti. Me gustaría saber ti tú también lo escuchas, si también te costó trabajo adaptarte a él después de las decisiones que tomaste a expensas de mí, de mi cuerpo, de mi inocencia, de mi vulnerabilidad.

Me gustaría que supieras que no fuiste el único, después vinieron otros que vieron oportunidad en mi resignación. Unos causaron que el ruido se volviera más fuerte que otros. Me pregunto si el ruido los atrajo.

Me gustaría que supieras que tus actos no me definen a mí, pero a ti sí, a ustedes. Que violentarme no los hizo más fuertes, ni más hombres. Los hizo, a mis ojos, sombras gigantes que me siguieron por años, que seguían infringiendo dolor, aunque ya no estuvieran cerca.

Me gustaría que supieras que me rompieron, cada uno a su modo, aún antes de poder empezarme a construir.

Me gustaría saber (pensar) que has cambiado, que ahora entiendes que usar a otros no llena los vacíos que te carcomen, que la edad y las vivencias te han dado mayor perspectiva y que no te escondes más entre las sombras esperando a tu próxima presa. Aunque me gusta a veces pensar que fui la única, que pudiste sacar conmigo esas decisiones y que ya no pudiste lastimar a nadie más.

Me gustaría que supieras que hoy he decidido buscar soluciones y alzar la voz para que personas como tú no vulneren a personas como aquella niña que fui y sigo siendo.

Hoy puedo decir que me he construido finalmente, a pesar de todos tus intentos por arrancarme piezas. Hoy me siento humana, me siento viva, me siento mujer.

Una mujer preparada para enfrentar su pasado y honrar su presente. Una mujer fuerte y capaz de quitar ese ruido ensordecedor, que es tuyo, no mío. Una mujer lista para conectar con el mundo, con quien ella elija y no con quien se lo imponga.

Por último, me gustaría que supieras que todo lo que hiciste, dijiste o pensaste es tuyo. Nunca fue ni será mío.

Y te toca a ti cargarlo, porque yo ya me cansé.

*La autora ha decidido permanecer anónima.

18 de enero de 2018

Podría hablar del primer recuerdo que tengo del abuso que he vivido. Podría también hablar de una relación abusiva en la que estuve por cinco años, esa que me dejó marcada, que me dejó cicatrices que aún no logro sanar. Una relación que me lastimó más de lo que las palabras en este escrito o en cualquiera, pueden sanar. Un abuso más allá de lo que puedo describir o explicar.

Sin embargo, quiero hablar del 18 de enero de 2018. ¿Por qué esa fecha? Porque siento que es donde necesito empezar. Porque es una fecha de la que no he hablado más que con un par de personas. He hablado particularmente del evento, pero no de cómo afectó mi relación o, mejor dicho, cómo me afectó a mí al haber vivido todo eso mientras estaba en esa relación.

Un evento que, en su momento, comenté con niñas de 14 años, porque eran las personas que me daban seguridad. No podía recurrir a mis amigos… la verdad, no es que no pudiera, es que no sabía cómo abrirme con ellos, sentía que si lo hablaba con niñas de 14 años dejaría de ser real, como si entonces ese día nunca hubiera ocurrido. El hablar con mis amigos hubiera significado reconocer que sí pasó.

Hoy me siento lista para decirlo, para compartirlo con mis amigos, para compartirlo con ustedes, para compartirlo con todos aquellos que quieran leerme. Pero, más importante aún, me siento lista para compartirlo conmigo misma.

18 de enero de 2018

Empezó como cualquier otro. Me desperté, me arreglé, me preparé y me fui a trabajar. Amaba mi trabajo, entonces iba con la emoción de siempre.

Al principio todo estaba bien.

Mi día aparentaba ser como cualquier otro.

Alrededor del medio día, comencé a sentir el dolor más profundo que una mujer puede sentir. Si me lo preguntan, habría preferido vivir nuevamente todo el abuso a tener que soportar ese dolor.

Ya en el hospital, todo fue muy rápido. Yo no entendía lo que estaba pasando. No entendía porqué estaba en una camilla, porqué tanta prisa… sólo me sentía mareada -a causa del dolor, y a causa de las medicinas que me estaban administrando por vía intravenosa-. Recuerdo que sólo escuchaba voces, pero no entendía su significado, no entendía qué decían.

Dormí.

Desperté.

Dormí.

Desperté.

Mi doctora estaba ahí.

Lloré.

–Estabas embarazada.

–Perdiste al bebé. – Siguió diciendo.

¿Qué dijo después? No sé.

¿Dónde estaba él?

–Trabajando. – Contestó la doctora.

18 de enero de 2018… el día que me enteré que estaba embarazada.

18 de enero de 2018… el día que tuve un aborto.

18 de enero de 2018… el día que él decidió que el trabajo era más importante que su esposa, que el hijo que había perdido.

18 de enero de 2018… el día que el mundo se desmoronó ante mis ojos confundidos.

¿Qué pasó después del 18 de enero de 2018?

Aquí es donde la otra historia comienza.

Después del legrado, hay un periodo de abstinencia. Daba gracias a Dios. Un periodo en el que no tendría sexo por obligación. Un periodo en el que podría descansar. Un periodo en el que no tendría que irme a dormir llorando por haber tenido relaciones que no quería tener.

Sí, el 18 de enero de 2018 fue duro, pero lo que siguió fue un respiro.

Logré respirar.

Logré escaparme, por un tiempo, del abuso.

Logré dormir.

¿Qué ocurrió con él durante este tiempo?

Nada.

No estaba.

No me apoyaba.

No hablábamos.

No me preguntaba cómo seguía.

No me preguntaba qué necesitaba.

Él seguía trabajando. 

Un día me hizo una pregunta: ¿Cuándo vamos a poder volver a tener sexo? Lo extraño.

Eso fue lo único que quiso decirme tras todo lo vivido.

Una y otra vez.

Todas las noches.

Por dos meses.

Hasta que el periodo de abstinencia acabó (o, más bien, cuando yo lo di por terminado, pues médicamente podría haber sido antes).

Llegó marzo.

Regresó el sexo.

Regresó el abuso, aunque: ¿Alguna vez se fue?

Regresaron las lágrimas.

Y con marzo frente a mí, en retrospectiva, el 18 de enero de 2018 no se veía tan mal.

Sí, sí prefería el dolor del 18 de enero de 2018.

¿Quién lo diría?

Sufrir un aborto era menos doloroso que ser ignorada.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la negligencia.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la eterna pregunta “¿Cuándo vamos a tener sexo?”

Sufrir un aborto era, definitivamente, menos doloroso que tener sexo sin sentido. Sexo vacío. Sexo impuesto.

Continuará…

C*

*La autora ha decidido permanecer anónima.

Tejiendo la relación con las hijas

Escrito por Cathy Maurer

Intento hacer memoria sobre el momento en el que conocí el arte de tejer, pero no logro recordar un pasaje de mi vida sin el tejido en las manos de mi mamá o de mi abuela: es decir que nací con el tejido.


Para mí era una escena natural ver a mi mamá tejiendo en la sala durante una plática con sus amigas, frente a la televisión, durante un viaje y hasta en el cine. Nunca me pregunté cómo había llegado a ese nivel de práctica en el que no necesitaba ver lo que estaba haciendo.


Entonces, llegó el momento de pedirle que me enseñara a tejer y fue entonces cuando caí en la cuenta de que era una empresa más difícil de lo que aparentaba. Pero el proceso de aprendizaje trajo consigo efectos secundarios que yo no identifiqué sino hasta mucho tiempo después.

Durante los tiempos en que me sentaba junto a mi mamá para que me indicara los pasos a seguir, fuimos construyendo un vínculo que no existía antes y que se fortaleció con el tiempo; ella, con toda paciencia, tomaba mis manos y las agujas, para tejer a cuatro manos una relación que duraría por el resto de mi vida.


Al paso del tiempo, esta imagen se repitió con mi propia hija: ella me vio tejer con manos rápidas y hábiles, sin siquiera mirar el trabajo y, un día, me pidió que le enseñara. Yo me remonté varias décadas atrás y sentí esa emoción que me producía saber que, a través de esta habilidad manual, empezaría a tejer una relación diferente con mi hija… y así sucedió.


Durante el tiempo en que ella aprendía a tejer, desarrollamos un lenguaje que sólo nosotras entendemos, que es ajeno a los hombres de la familia; aprendimos juntas a producir prendas tejidas y a reforzar nuestros vínculos femeninos a través de esas producciones; juntas hemos ido entendiendo que la vida se va tejiendo punto a punto, vuelta a vuelta; juntas nos hemos equivocado y hemos destejido para corregir los errores; juntas también, hemos logrado terminar algunas etapas de este tejido para empezar el siguiente… también algunas etapas de nuestra relación sólo para iniciar las que continúan esta historia.


Por eso el tejido es, ha sido y será una parte muy importante de mi vida, porque entre sus puntos y sus vueltas está trenzado el amor de mi abuela, el de mi mamá, el mío propio y el de mi hija.

Imagen obtenida de Unsplash

Inescapable

Escrito por Mariel Huttich

“Never can you climb over this wall, you’re not strong enough; girls aren’t strong enough; girls aren’t big enough; your body is fragile and breakable, like a doll; your body is a doll; your body is for others to admire and to pet; your body is to be used by others, not used by you; your body is a luscious fruit for others to bite into and to savor; your body is for others, not for you.”
― Joyce Carol Oates, 
Blonde

Al inicio de mi vida nunca pensé en mí misma como una mujer, ni tampoco como un hombre. Tuve la ventaja de poder crecer como persona, la oportunidad colosal de conocer y explorar los primeros retazos del mundo siendo un individuo.

Nunca me obligaron a elegir entre el rosa o el azul. Mi madre me vestía con botas y pantalones porque me gustaba jugar en el lodo, aunque también me compraba muñecas y vestidos.

En la escuela me identificaba más con los niños, había algo envolvente en su movimiento continuo, algo liberador en correr, gritar y golpear hasta que me faltaba el aliento. Pero también tenía amigas, niñas reservadas de peinados perfectos que comían dulces con las piernas dobladas bajo el peso de su cuerpo y hablaban de películas de princesas.

En ese primer círculo, al principio, no se me exigía tomar partido. No se me obligaba a actuar de cierta forma. Se me aceptaba así, por completo, como un ente dispensado todavía de restricciones.

Con el abandono de la niñez, sin embargo, las expectativas empezaron a distorsionarse. Poco a poco, conforme mi cuerpo se desarrollaba, los límites comenzaron a aparecer, a dibujarse alrededor con creciente fuerza.

La piel me cambió, se volvió suave y abultada donde antes no había nada. Se abrió paso la sangre de entre mis piernas sin que pudiera detenerla. En las noches me dolían los senos mientras se ensanchaban, por lo que, cuando jugaba con los niños, debía tener más cuidado: evitar mancharme de bermellón y evitar los golpes porque, de pronto, mi cuerpo se había vuelto tierno, delicado.

Con el tiempo no me quedó alternativa más que amoldarme a todas esas cosas nuevas, esas reglas implícitas que venían de la mano con mi cuerpo nuevo. Ya no podía jugar con tierra, gritar tan fuerte, y había que cuidar siempre el largo de mi falda.

Cambié aun más de adolescente. En cuanto me amoldaba a mi piel se transformaba otra vez. Era muy bonita, aunque no lo sabía. Parecía ya una mujer, aunque no lo fuera. Y llegó el momento de intentar explicarme el mundo desde cero, tomando en cuenta ahora las miradas y opiniones que venían del exterior.

Aprendí, a golpe de realidad, que no importaba lo que yo sintiera, o quisiera, sino lo que los demás vieran en mí. Aprendí que a los hombres no les importaba si era una niña o no, con tal de que no lo pareciera.

Aprendí también que mi sexo me exponía. Me exponía ante los hombres. Mi cuerpo me desprotegía, su suavidad significaba sumisión. Entendí que vivía a la intemperie, a merced del deseo de otros.

Ese deseo ajeno y sin invitación se convirtió, en una ocasión, en un instinto bruto y animal que logró alcanzarme y partirme como un rayo, justo por la mitad. Estaba borracha cuando pasó. Cuando me invadieron unas manos violentas. Me doblegó, entonces, una fortaleza bestial y lacerante que no conocía.

Logré escapar, después de unos cuantos minutos de tortura, sin gritos y sin golpes. No escapé como las damiselas aguerridas de las películas. Escapé con una sonrisa, excusándome. Lentamente, intentando que mis zapatos altos no hicieran ruido contra el piso. Huí con cortesía, sin dignidad.

Aquello lo había aprendido de alguna forma, en alguna ocasión. Sé amable cuando te estén haciendo daño, si eres mujer. Sonríe, agradece el dolor, para que no se duplique. Encorva el cuello y baja la mirada.

Caminé lento y, después, cuando la bestia ya no me estaba viendo, caminé con prisa. Escapé como una cobarde para seguir con vida. No dije, no hablé, guardé silencio.

Aprendí que al ser mujer, en ocasiones, no se puede pelear por tu vida, sino que hay que arrastrarse por ella. Sonreímos para sobrevivir.

El abuso destruye de una manera íntima, profunda. Es una humillación inexplicable. Inescapable.  

Escondí lo que me pasó durante años, hasta ahora. No solo por la culpa, sino por el orgullo. Me repetí hasta el cansancio que algo así no debía de romperme. No podía permitirme ser destruida, juzgada, etiquetada. No podía llorar en voz alta y tenía que guardar silencio. Me dije que así pelearía: en silencio y con una sonrisa.

A través del tiempo, he logrado hablar, poco a poco y cada vez más. Ya no se me quiebra la voz. Ya no soy ella. He logrado separarme de aquella piel que violentaron. He logrado limpiarla.

He dejado de esconderme. De esconder mi cuerpo. Me gusta la atención. Me gusta vestirme con ropa reveladora. Me gustan los escotes hasta el ombligo y las fotografías en traje de baño en las redes sociales. Para mí es una transgresión, una lucha: estar libre de complejos y de dudas acerca de mi cuerpo, mío, a pesar de las opiniones que vienen del exterior. Esas opiniones que nunca callan, que siempre llegan, sobre todo las no solicitadas.

Me han dicho que nadie me tomará en serio por mi ropa. Los novios me han exigido dejar de usar ciertas prendas. Me han pedido ser más conservadora.

-¿Cuándo piensas vestirte como una persona decente?

La mayoría también ha hecho comentarios. Palabras que por un tiempo se me quedaron grabadas en la memoria, infringiendo una herida permanente en el corazón.

-Deberías de operarte los senos.

-Tienes muchas cicatrices.

-Serías perfecta si bajaras un poco de peso.

He hablado del abuso con un par de ellos, pero mi voz tiende a caer en oídos sordos que, al final, habitan un mundo sordo. Parece que mis prendas me hacen no ser merecedora de compasión. Parece que una víctima tiene que mantenerse en el dolor, permanecer herida, para poder ser tomada en serio.

Pero esos horribles minutos en los que me aprisiona el recuerdo han dejado ya de doblegarme. Ya no existen manos que puedan arrancarme la fuerza, que me debiliten. Ya no hay forma en la que permita que cubran mi cuerpo y sus cicatrices. Mi desnudez ya no es debilidad, ni mi suavidad sumisión.

Imagen de Mariel Huttich

Mariel Huttich es escritora, modelo, maquillistaes artista, en todos los sentidos. Escribe ensayos, cuentos, haikus.., mientras se escribe a sí misma. Tiene un blog inspirado en las cartas de Tarot: https://www.storytellerh.com/