28 de diciembre

Hace poco más de un año, cumplí uno de mis sueños: ir a Francia.

Desconozco porqué, desde niña, soñaba con ello. El asunto es que, cualquiera que me conoce, lo sabía: Francia era mi sueño.

Recuerdo claramente que al llegar a París, lo primero que hice fue caminar hacia la torre Eiffel.

Caminé a pesar de que estaba a más de una hora de distancia. Caminé porque a eso me dediqué en 2019: a seguir dando un paso, y luego otro, y luego otro más.

Al llegar, comencé a llorar.

Entre lágrimas me dije a mí misma: Lo logramos, seguimos vivas.

Seguimos vivas.

Mi llanto nada tenía que ver con el monumento frente a mí, sino con que, en ese momento, para mí representaba el culmen de mi año: sobreviví.

Entonces, el peor año de mi vida, podía cerrarlo de la mejor manera.

Y así fue.

Hoy, poco más de un año después, hay Luna Llena.

Miro el cielo con calma, y ahí está ella: enorme, etérea, resplandeciente.

Presente.

Me encanta verla.

Ella, para mí, es un recordatorio: todo pasa.

La vida es un ciclo que se repite infinitamente.

Y, como tal, suele llevarnos a inicios poco deseados, a inicios que tienen un sabor amargo, nostálgico e inclusive a derrota.

Y está bien.

Pues, así como la Luna, esos inicios habrán de transformarse, de vivir su ciclo hasta llegar a su final.

A veces dichos finales llegan tarde, una vida tarde.

A veces; antes de lo que quisiéramos.

Pero llegan.

Y también se van.

Y regresan.

Y se van.

Es un ir y venir infinito, un baile de repeticiones en el que cada momento tendrá lo suyo, pero todos están coronados con esa certeza: pasarán.

Y está bien.

Los momentos de tristeza, de alegría, de dolor, de amor… cada uno de ellos pasará, y está bien, pues habrán de iniciar de nuevo.

Habrán de repetirse como esa Luna Llena que hoy vigila el cielo.

Habrán de oscurecerse como esa Luna que no siempre se vislumbra completa.

Hoy hay Luna Llena, la última del año.

Y está bien.

Pues habrá otro año, y otra Luna, y otra vida, y otro ciclo… que habrán de repetirse infinitamente, y pasarán.

Y estará bien.

Y estaremos bien.

Junio de 2020

Junio de 2020

Huir a veces significa buscarnos a nosotros mismos en lugares en los que el dolor no es tan habitual.

Huir a veces es darle la espalda al mundo, aunque también, en el camino, puede ser darnos la espalda.

Huir es atractivo porque pareciera olvido. Tiene cara de olvido, pero no lo es. La huida es aplazar el enfrentamiento, estirar las horas para no sentir, para pretender que se puede dejar de sentir.

Para mí, huir significa dejar de escribir.

A veces quisiera abandonarme, dejar de escribir(me), pero el recuerdo de aquellos años en que así lo hice me obliga a continuar.

Cada lunes, cada entrada, se presenta esa misma sensación de vulnerabilidad y miedo al plantarme frente al espejo… frente a ese espejo que es el mundo.

Aun así, cada lunes elijo hacerlo de nuevo. No tanto por un deseo masoquista, sino por las palabras de aliento que encuentro en el camino, y por el recuerdo de cuando no sabía cómo hacerlo.

Julio de 2019

Agridulce comenzó en mi cabeza, hace poco menos de un año.

Recuerdo que pensaba: “Yo no lo sabía, pero me dirigía hasta aquí. Y hoy, aquí, no estoy todavía bien, pero lo estaré. Es esta sensación de dolor acompañado de esperanza… es agridulce”.

Y ahí nació esta chispa que ahora tiene varias entradas y algunos lectores.

Pero, más que nada, nació mi historia en palabras, mi historia para quien quisiera conocerla, esa historia que también me estoy contando a mí, con nuevos ojos y con mucha compasión.

Mayo de 2019

Cuando comencé a ir a terapia y hablar del pasado se convirtió en un hecho, me prometí a mi misma que jamás haría de mi historia algo público. Me aseguré de que sanaría para que no me volviera a pasar, pero no para contar lo que había vivido. Era mío –por más que quería que no lo fuera– y, de ser posible, se quedaría en el silencio, ya ni pensar en el olvido.

Me negaba a contar mi historia, me rehusaba a enorgullecerme de mis cicatrices, pues lo único que sentía era impotencia, dolor y una tristeza que me inundaba constantemente.

Me pregunto qué diría esa Carmen al saber que, unos meses después, le contaría su historia al mundo, que la haría tan pública que incluso un día se atrevería a sentirse un tanto orgullosa al respecto.

Seguro lo negaría rotundamente. Vaya que lo haría. Suelo ser muy terca.

No quería portar un estandarte, no quería ser el rostro de nada: ni del abuso, ni del dolor, ni de la tristeza, ni de la vulnerabilidad…

Pasar desapercibida, eso sí quería.

Qué equivocadas estábamos, Carmen. Qué diferente sería.

Mayo de 2020

Y, aun así, cada lunes tengo que luchar contra mis demonios para no abandonarme, recordarme a mi misma porqué continúo escribiendo.

Me repito que mientras sea útil para una persona, valdrá la pena. A veces, ni eso le da sentido.

Pero lo hago. Lo hago en realidad para mí porque conocer historias como la mía me hizo atreverme a inspeccionar el pasado y pedir ayuda.

No pretendo hacer de mi historia algo que no es. Por ello, no la cubro de tintes de importancia, si acaso, trato de que suene menos triste. Me preocupa sonar triste, pero ¿cómo negar si así ha sido?

Tampoco pretendo contarla como si hubiera sido sencillo. Sanar no ha sido ni será fácil. Es lo que es. Me debo a mi misma el no minimizarlo.

Cuando comencé a contarla, pensé que se trataba acerca de mi proceso para sanar el haber estado en una relación abusiva. Hoy sé que no es así. En realidad, Agridulce es acerca de mi camino para aprender a ser vulnerable. Es un caminar diario, en el que cada paso cuenta.

Marzo de 2020

Hace más de dos meses, unos días antes de que el confinamiento fuera oficial… yo ya estaba encerrada en mi mente, en mi dolor.

No tenía nada que perder.

Sentía que ya lo había perdido todo. Perdí tanto que me quedé sin imaginación, sin la capacidad de soñar con algo distinto a esa tristeza que me estaba envenenando.

El futuro dejó de existir pues mi mente estaba en pausa, tratando de sobrevivir.

Fue hace tan poco que todavía siento esa sombra en mi cuerpo y en mi mente, acechando sigilosa para presentarse en caso de distracción.

Pedí ayuda, recibí ayuda. Pedí amistad, recibí una hoguera.

Y sin importar que ya fuera experta en sobrevivir, esta vez nada parecía funcionar.

No tenía nada que perder.

Respiraba. Seguía viviendo. Eso hacemos, ¿no? ¿Vivir? Vivía porque eso tenía que hacer.

Hasta a mí me aterra escribirlo.

Pero tengo muy claro el momento en que todo cambió.

Sí fue un momento de fanfarrias, trompetas y celebración. Mi cuerpo revivió y cada día, desde entonces, me aferro a esa vida.

Pensar en el dolor como el encuentro de vida. The darkness of the womb: la oscuridad de la matriz

Noviembre de 2019

Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré.

Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Salió a la luz en noviembre, aun y cuando llevaba ya tiempo gestándose en mi cuerpo y en mi mente.

Requirió tiempo, paciencia y mucha vulnerabilidad.

Abril de 2020

Comencé a pensar entonces que, tal vez, este nuevo dolor que me consumía podría también engendrar algo nuevo.

Recuerdo haberme dicho: “Todavía no sé qué implica, pero estoy lista para enfrentarlo, para aventarme de este nuevo barranco y darle vida a esto que mi dolor está gestando”.

Esto fue hace poco más de un mes.

Junio de 2020

No creo que ya haya dado vida a eso que mi dolor está engendrando pero sí sé que requiere tiempo, diálogo, escucha, reflexión, lágrimas, confianza, paciencia, esperanza… vulnerabilidad. Eso que tanto me aterra pero que me ha permitido crecer.

Hay días en que puedo regar mi dolor más que otros.

Supongo que así funciona la vida.

Pero sigo respirando, ya no para sobrevivir, sino para dar vida, para dar a luz a eso que esta oscuridad temporal depara.

Y llegará.

Y nacerá.

Y escribiré al respecto.

Y sabré que podré con esto y más.

Y viviré, no para sobrevivir, sino para dar vida.

Y será agridulce, siempre agridulce.

Y dejará de ser sólo mío, para ser de todas.


Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré. Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

2 de septiembre

Se aproxima el día en que las mujeres nos ausentaremos, sin embargo, mi imaginación –muchas veces desmedida– en esta ocasión no coopera. No me permite imaginar un mundo sin mujeres.

Así que mejor me imaginaré un mundo en el que abundamos las mujeres libres, las mujeres libres de experiencias de violencia, abuso, acoso… Para ello, es necesario comenzar rehaciendo el mundo. Reinventar esos días, esos días pesadilla.

2 de septiembre

Es mi cumpleaños, estoy trabajando. No me molesta pues amo mi trabajo. Me entusiasma el evento que está por comenzar.

Mi corazón está triste, 27 años… me duelen y me dan esperanza. Me duelen porque, por unos meses, no pensé que este día llegaría, la vida se veía tan lejana. Por otro lado, son esperanza. Lo he logrado. Un hito en el camino. Quería huir. Iba a huir y al final no lo hice. Estoy aquí, cuando yo quería estar en otro lado, apagando los efectos del abuso, fingiendo que no están presentes todo el tiempo.

Comienzo el día emocionada, va a ser un día largo. Ha sido un fin de semana intenso, pero es lunes, es mi cumpleaños y amo lo que hago.

Llegan las mañanitas de muchas formas: como bailes improvisados en la recepción de un hotel, como cantos al otro lado del teléfono, como mensajes de distintos lugares, de personas refugio…

Cada mensaje, cada llamada, me apretuja el corazón. Mi mejor amigo me escribe: Eres muy fuerte. Te admiro mucho. Espero que un día, todo esto que te duele, deje de doler tanto.

Y no puedo evitar llorar. Corro a una esquina, a resguardarme de quienes me rodean, buscando fuerzas para continuar fingiendo.

El evento es todo un éxito.

Mi cuerpo ya no puede más. Estoy agotada pero feliz. Siguen las mañanitas, aunque sea de noche.

Me alegra saber que se trata de un día que no ha estado centrado en mí. Que, aunque es mi cumpleaños, he podido olvidar un poco de lo mucho que me acongoja.

Son las 3 am. En teoría, ya no es mi cumpleaños, pero si consideramos que por estar trabajando sigo despierta, todavía se siente como si lo fuera. Estoy lista para terminar el día. Ese día al que tanto miedo le tuve y que ha pasado… agridulce.

Estoy de vuelta en el hotel en donde pasaré la noche. No estoy sola. De las varias personas que éramos, me quedé sola con él. Me estaba esperando en el elevador.

Me incomoda. Me preocupa que piense que quiero algo que no quiero pues toda la noche me estuvo coqueteando.

El elevador se abre en su piso y, cuando me despido, me toma de las manos y me jala para sacarme. Me niego. Le digo pacientemente que no, que quiero irme a dormir. Insiste en que me vaya con él y que platiquemos. Yo trato de ser amable, sonriendo, explicándole que no gracias, que estoy cansada, que quiero dormir…

No me escucha.

Me pone contra la pared. Intenta besarme, intenta tocarme. Lo quito.

Le digo que no.

Le digo que no.

Le digo que no.

No le importa. Lo intenta y lo intenta, una y otra vez.

Una voz me susurra en el oído: Carmen, ríndete, nadie te va a escuchar si gritas, nadie te va a ayudar. Mejor ríndete. Déjalo.

Por unos segundos que se sintieron eternos, pienso en rendirme.

Sacudo esa voz de mi cabeza y lo empujo.

Presiono el botón del elevador.

Se sube conmigo, aunque le digo que no. Insiste en acompañarme pues él es un caballero. Lo repite constantemente: Yo soy un caballero.

Tengo miedo, mucho miedo.

Mi mente da vueltas.

Lo amenazo con llamar a su amigo si no me deja en paz.

–¿Por qué? No estoy haciendo nada.

–NO ME DEJAS EN PAZ.

Mi mente, desesperada, busca formas de huir. Presiono, o por lo menos pienso en hacerlo, el botón para ir a la recepción. Puedo irme ahí y esperar. Esperar a que se canse y me deje.

Tengo miedo, mucho miedo.

Empiezo a llorar.

–No llores. ¿Por qué lloras? No te voy a hacer nada. Soy un caballero.

–No es por ti. Solo…

Lloro. Tengo miedo, mucho miedo. Claro que es por él, pero no quiero hacerlo enojar. Tengo miedo. Nadie me ha enseñado a reaccionar ante este tipo de situaciones. Pensarías que haber estado en una relación abusiva te prepara, pero no, al contrario, te somete.

–No me gusta ver a las mujeres llorar.

Retrocede temeroso, como si yo fuera un animal herido que pudiera contagiarlo de algo.

Quizá teme ser contagiado de mi condición de mujer.

Se baja del elevador.

Yo sigo llorando. Temblando.

Me voy a mi cuarto.

Sigo llorando.

Le envío una nota de voz a mi mejor amiga. No se entiende bien lo que digo entre el llanto. Solo repito: ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Odio a los hombres. Los odio. ¿Por qué a mí?

Me acuesto a llorar.

Aunque técnicamente ya no es mi cumpleaños, todavía se siente como tal.

¿Por qué a mí? ¿Qué hago para que me pasen estas cosas? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

No, no odio a los hombres. Les tengo miedo.

No logro dormir.

No paro de llorar.

El pesar en mi pecho me sofoca, quiero apagar el mundo.

Pasan las horas.

Me obligo a levantarme, a sonreír… a fingir que no pasó nada, a enfrentar el mundo como si yo, por dentro, no estuviera echa pedazos.

En silencio, en soledad, lloro. Lloro mucho.

Pero dijimos que se trataba de reinventar los días pesadilla.

Así que, es 2 de septiembre, es mi cumpleaños.

Son las 3 am.

Subo al elevador. Llego a mi piso.

Entro a mi cuarto. Me preparo para dormir.

Es mi cumpleaños.

Ha sido un buen día.

Junio

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco fuerte y profundo.

Pienso en magia. Pienso en vida.

Cuando comencé este camino, hice una lista de las personas más importantes en mi vida, a quienes quería contarles lo que había pasado.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Quería combatir el monstruo con base en palabras, mirarlo fijamente a los ojos y nombrarlo.

Sin notarlo, esa lista estaba compuesta prácticamente por puras mujeres.

Sin saberlo, esa lista se llenaría de más mujeres magia, que iría conociendo, y que serían indispensables en mi vida.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Y en ese decirlo, en ese nombrarlo, una y otra vez mi historia se volvió eco.

Una y otra vez, esas mujeres magia me miraron a los ojos y me dijeron: a mí también me ha pasado.

Todas me tomaron de la mano, todas lloraron conmigo… una de cada dos me miró a los ojos y me dijo: a mí también me ha pasado.

Así que me pregunto, ¿cómo se puede agotar el decirlo? ¿cómo puede perder todo poder? Si nuestras historias son eco, si nuestro dolor tiene el mismo origen, si todas hemos vivido alguna situación de abuso, ¿cómo podemos terminar de enunciarlo?

Y ni siquiera se trata de números. No se trata de si somos una de cada una, una de cada dos, o una de cada diez. Con que haya un corazón que sea eco, es un corazón más del que debería doler a causa del abuso.

Se trata de nosotras y nuestro dolor.  

Se trata de esos segundos en los que decimos “a mí también me ha pasado” y cómo, en nuestros ojos, puedes ver lo fragmentado de nuestra alma.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco constante y profundo que, al tomarse de la mano, es irrompible.

Sororidad, le llamamos.

Pienso en ese mismo eco y lo que significaría su ausencia.

Un mundo sin las mujeres que somos vida, que somos magia.

Un mundo en el que ninguna de nosotras tome de la mano a la otra y le diga: yo estaré contigo. No estás sola.

Un mundo, sin ellas, para mí, pierde todo el sentido pues yo habría perdido la batalla.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco de mujeres que, con fuerza, compañía, dolor, solidaridad, empatía y compasión, enfrentamos el monstruo masculino. Ese monstruo masculino enorme que nos llena de miedo pero que, encaramos juntas, por cada una de nosotras, por todas.

Pienso en las mujeres como magia, como vida, como fuerza y es gracias a ellas que mantengo la esperanza.

Junio
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Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco, pienso en magia, pienso en vida.

Noviembre

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Eso le dije a una niña de 13 años que amo… y fue como mirarme en el espejo.

Sentí la ironía de mis palabras, sentí cómo caían sobre mi pecho con todo su esplendor.

El mundo se detuvo… mi respiración también.

Me di cuenta que me estaba hablando a mí y no a ella.

Me dirigía a tantas yo que, por tanto tiempo, enmudecieron con el secreto, con el miedo, con el dolor… y que, en el proceso, se perdieron en el silencio.

En ese momento, al mirarme a través del espejo que me proveyeron mis palabras, me di cuenta de lo imperativo del ruido; de los gritos; de las canciones; de los bailes… de la contundencia de gritar: el violador eres tú. Porque esa es la única forma de evitar que el número siga en aumento, como si mi dolor –o el de cualquiera– pudiera ser un número más.

¿Alguna vez has medido tu dolor?

Dime, si tuvieras que medir tu dolor, ¿sería en cucharadas? ¿en caminatas? ¿en silencios? ¿en tiempo? ¿en lágrimas? ¿en sal? ¿en soledad? ¿en insomnio?

Dime si tú, como yo, mides tu dolor en respiraciones.

“Una respiración a la vez”, es aquello que te repites.

Inhalas.

Exhalas.

Inhalas.

Exhalas.

Y te obligas a ti misma a seguirlo haciendo.

A repetir.

A continuar.

A medir los minutos, las horas, los días, las semanas… en una respiración a la vez.

Inhalas, intentando apagar el incendio de tu pecho.

Exhalas, tratando de liberar el mar que te ahoga.

Y fallas.

Y comienzas de nuevo.

Una respiración a la vez, como himno de un corazón roto, triste y derrotado. Un corazón cuyo dolor jamás podrá ser un número más.

Y, aun así, cada día hay más nombres en esa lista inextinguible. Es entonces cuando mi dolor es un número más.

Me niego a que el de otras personas también lo sea.

Me gustaría que el de ella no lo fuese.

Así que hoy, con toda la vida y la fuerza que el intentar sanar me ha otorgado, me descubro frente al mundo y le muestro, poco a poco, mis cicatrices y también –por qué no– las heridas que todavía no han sanado.

Y mi corazón teme.

Porque el abuso no es solo dolor, sino que es culpa, es vergüenza, es miedo… es un rastro de la injusticia que este mundo masculino enmarca, promueve y alimenta.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Y quizá el alzar la voz comienza con un susurro, hasta que cobra fuerza y se convierte en ruido, en grito, en eco, en rugido, en temblor, en canción… o por qué no, en un blog.

Así que las diré de nuevo: “Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Las diré cuantas veces sean necesarias para que el mundo entero sienta su peso y asuma su responsabilidad.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Mayo

Es un antes y un después.

El 2019 estuvo marcado por fechas terremoto que han vencido mis cimientos, fechas terremoto que me han sacudido y, de cierta forma, me han roto.

Cuando pienso en mayo, recuerdo mi cuerpo miedo.

Mi cuerpo miedo que, tenso, se preparaba para la tormenta. Llevaba meses acercándose, jactándose de su poder sobre mí. Me seguía como sombra ineludible, como neblina inextinguible.

Era tan mía que ya ni la percibía. Éramos una. Me envolvía en su juego, convenciéndome del poder que tenía sobre mí.

Ese cuerpo miedo se aventó al barranco. Iluso pensó que era un pequeño salto.

Fue una caída libre.

Estrepitosa. Tremenda. Hermosa.

Decidí ir a terapia y enunciar aquello que nunca había contado.

Pensaba que lo difícil sería abrir la caja de Pandora, observar mis demonios y aceptarlos. Sin saber que, en realidad, era tan solo el primer paso de un camino largo, tan largo como el silencio del pasado.

Puedo ver mi cuerpo acercándose al barranco. Creyó que volaba, cuando solo caía.

Todavía hay días en que solo se dedica a caer, esperando un final que no está anunciado. El 1º de mayo fue una fecha terremoto.

Y hoy, meses después, mi cuerpo todavía tiembla, mi cuerpo todavía es miedo. Siente las réplicas del dolor, el eco del pasado.

Hay fechas terremoto que, al romperme, me han transformado.

El asunto con las fechas terremoto es que también son parteaguas de pequeñas victorias. Pequeñas victorias que detienen la caída, la suavizan… que le otorgan un sentido.

Hay fechas terremoto que me han marcado, que ahora son huellas en mi vida pues les he otorgado significado.

Si ese 1º de mayo y cada día desde entonces he elegido vivir… quiero que valga la pena cada paso, cada caída, cada victoria… cada barranco.

18 de agosto

Tengo esa imagen grabada en mi mente. Esa, la de un padre marchando por su hija, lanzando brillantina rosa.

10 años de ausencia, 10 años de búsqueda, 10 años de preguntas sin respuestas.

Miré la imagen y pensé en mi padre. Pensé que podría ser él, con mi rostro en su pecho, lanzando brillantina rosa, exigiendo respuestas.

Pensé en mi madre y en mi padre, en cómo, en efecto, podrían ser ellos.

Sentí cómo el secreto que guardaba en mi pecho me quemaba. Irrumpía en mi paz inventada, proclamando mi cuerpo para su intenso sentir.

Y me derrumbé.

Ese 18 de agosto, lloré como nunca lo había hecho. Lloré presa de ese secreto que me corta el aliento. Y me di cuenta que era hora de contar esa parte de mi historia a las dos personas que menos quería que la supieran. Quería evitarles el dolor, la culpa, la tristeza… quería protegerlos de la forma en que no pude protegerme.

Y escribí.

Escribí una carta que compartí en silencio, compartí desde el anonimato, pues no estaba lista para ser yo la que denunciara el abuso, el dolor, la injusticia, la violencia.

Me cuesta llamarme feminista porque no quiero ser víctima, pero tampoco heroína. No quiero ser fuente de inspiración ni de fuerza. Quisiera que mi historia y mi dolor pasen desapercibidas pues quizá así desaparezca un poco de la tristeza que conllevan”.

Han pasado tres meses de ese día y hoy tampoco estoy lista. No estoy lista para las preguntas, para la vulnerabilidad, para la denuncia. Pero sí estoy lista para continuar rebelándome ante el dolor. Para plantarle frente y decirle: no más, mi vida me pertenece y este dolor también. Y, con ello, que mi dolor, en vez de estar a merced de los efectos del abuso, esté al servicio de otras personas. No para asumirme víctima ni heroína, sino para ser voz, voz que comparta, que alerte, que escuche… voz que evite una historia más.

Ojalá mi historia no sea eco, ojalá mi dolor no sea campana, porque entre más resuene, significa que este México masculino todavía tiene mucho que cambiar.

Sobrevivirás
a los peores días de tu vida
en los que el dolor es campana,
que no desiste, que retumba.

Sobrevivirás 
haciendo de las campanadas, eco,
marcando el ritmo de los pasos,
eligiendo abrasar el ruido
hasta, hecho cenizas, convertirlo en poesía...

Mamá: Hoy quiero contarte que quiero ser feminista. https://csoledadt.com/2019/11/24/18-de-agosto/