Hoy perdí

La autora ha decidido permanecer anónima

He perdido la batalla.

No por omisión ni por debilidad.

Hoy perdí ante el poder, ante el silencio, ante la tradición.

Pensé que las horas de preparación, de terapia, de enojo y del amor que recibí me iban a preparar…

Pero mi enemigo siempre fue más grande. Es opresor, es abusivo.

Hoy perdí el deseo de ganar, perdí la intención. 

Hoy sucumbo a la derrota. No siento amor por mis padres, no siento cariño, no me siento protegida.

Me hace sentir sola el saber que siempre lo he estado.

Ustedes me derrotaron. Especialmente tú, madre. Tu silencio ante lo que más importa y tu voz, tus palabras, tu insistencia ante lo que no importa.

¿Que si soy bella? ¿Flaca? ¿Con novio?

Es desgarrador ser testigo de cómo las víctimas del sistema se convierten en opresores. Tú eres víctima de esta sociedad y juegas con ella, la moldeas para que te haga sentido, y evitas reconocer la lógica refutable.

Jamás he sido feliz y lo sabes. Aún así quieres que volvamos a lo que nunca fuimos, porque es ahí, en mi silencio y sufrimiento, donde encuentras tu comodidad.

En olvidarme, en negarme, en hacerme un lado, en donde yo no existo, en donde tú encuentras paz. 

Ya no tengo palabras, ni energía, ni intención de explicarte. Ya no puedo. Hoy pierdo.

No me sorprende. Lo que me asombra es que ya no tengo corazón: la herida ha crecido tanto que ha sobrepasado el amor y el cariño.

Siempre van a ser mis padres, siempre va a ser mi hermano, mas nunca van a entenderme o protegerme. Y no lo necesito. Ya no.

Madre… Me dices que yo rompí con esta maldición que tiene la familia, esta historia de abuso, que con mi trabajo la rompí. También dices que no quieres que los responsables vivan su culpa. ¿A quién le tienes miedo realmente? ¿A quién?

Si yo callé cuando me dijiste que callara, si mi cuerpo fue víctima de mi hermano, si mis decisiones son de ustedes, si mi libertad es suya… ¿Por qué me temes?

Si no hay nada que pueda hacerte cambiar de opinión, si sabes que hiciste lo correcto, si sabes que estás haciendo lo correcto… ¿Por qué temes? ¿A qué le temes?

¿Por qué me buscas con desesperación, pero sin intención de hablar? ¿Por qué te incomodo, si nunca fui yo la que tuvo el poder? 

¿Por qué peleas con los desvalidos? ¿Por qué oprimes a los que ya han sido oprimidos? ¿Por qué callas a las voces que nunca han sido escuchadas?

No lo sé. O quizá sí lo hago, pero de lo que sí estoy segura es de que hoy perdí la batalla.

Hoy me perdí en tus mensajes mixtos e incongruentes. En tu amor incondicional que tiene como condición el perdonar a mi victimario. En tu amor de madre que ordena pero no escucha. En tu desesperación de enmendar las cosas que ya están rotas.

Hoy me perdí en la necesidad de hacerte entender. Hoy perdí. Tú no me crees ni me creerás. No estás dispuesta a romper con tus paradigmas, no estás dispuesta a dejar ir el control. No quieres acercarte al sufrimiento y ahí es donde me encuentro yo. Cuando decidiste olvidar tu propio sufrimiento, también me olvidaste a mí. Por lo menos, hoy ya lo sé.

Sin voz, sin movilidad, sin energía. Ahí estoy y ahí estaré. Hoy perdí la intención de hacerte entender. Rompí el silencio, creyendo que el silencio era opresor, era muerte, era olvido. Sin embargo, descubrí un monstruo nuevo: tu negación e imposición. Me derrotaste. Una vez más. Ahora me dejaré ser derrotada. Ganó el sistema. Ganó la dinámica familiar.

Hoy perdí la necesidad de ser parte de la dinámica familiar. Hoy perdí el deseo de vencerte. Hoy perdí, y al perderte… me encontré.

14 de enero de 2020

Pocas veces me aventuro en algunos recuerdos. Hay ciertas fechas que he cerrado con llave, aunque ocasionalmente me asomo por la perilla para ojear un poco. Nunca a profundidad. ¿Para qué? ¿Qué ganaría con eso? Y aun así aquí estoy escribiendo de una de ellas.

Me acerco a la puerta. Tomo la llave entre mis dedos y la inserto en la perilla. Escucho el crujir de mi mente. Puedo sentir el polvo elevarse, al adentrarme en recuerdos remotos.

Quiero creer que si un día abro todas esas puertas, si me adentro en ellas, perderán todo poder. Que el recuerdo desaparecerá como ese polvo que se sacude con mi presencia.

–No me odies!! Necesito hablar contigo.

La verdad siempre supe que llegaría ese día, ese mensaje. En el fondo, siempre supe que, en cuanto él leyera alguna de estas entradas, me escribiría.

Lo conozco bien. Dudo que él a mí. De hecho, me regocijo en saber que no.

En cuanto recibí su mensaje, temblé. Me gustaría negarlo, decir que no me dolió, decir que seguí con mi vida como si él no estuviera escribiéndome, pero estaría mintiendo.

Accedí a verlo, a tener esa conversación que tantas veces imaginé en mi mente.

Unos días antes incluso había soñado con él. Me inquietaba pensar que tal vez era hora de hacerle frente, de mirarlo a los ojos y denunciarlo ante sí mismo.

Accedí a verlo, no sin antes contar con el apoyo emocional que necesitaba para sentirme segura. No me atrevería a decir que lo hice sola.

–Quiero verlo, pero no quiero poner en riesgo lo lejos que he llegado…

Me advirtieron de la incongruencia que podría presentarse. Yo podría decirle todo lo que quisiera, pero él podría no escucharlo.

Podría incluso contradecirme, llamarme loca, minimizarlo…

La mera idea hacía que me dieran ganas de vomitar.

Pero tenía muy claro todo: nada que él dijera podía cambiar mis certezas.

Me advirtieron que, incluso aunque él lo reconociera y se disculpara, pedir perdón no era asumir responsabilidad.

Y yo lo sabía: la única manera de que él asumiera su responsabilidad era trabajando aquello que lo había llevado a cometer abusos para asegurarse de que no volviera a ocurrir, que él no volvería a hacerlo.

Me recordaron que mi trabajo no era tenerle compasión. El mío no.

Accedí a verlo, no sin antes cobijarme en los brazos de una amiga.

Recuerdo claramente que quería evitar llorar. Quería pretender que el encuentro no me ponía nerviosa, que no me importaba, que no me afectaba… que no tenía ningún poder sobre mí.

Y, con cada hora que pasaba, conforme el encuentro se acercaba tanto que casi podía tocarlo de estirar mi mano… las emociones desbordaban por mi pecho.

Inevitablemente comencé a llorar.

Mi amiga me abrazaba y lloraba conmigo.

Cuántas lágrimas derramamos juntas.

El cielo nos acompañaba.

Tomamos el Uber. No estaba sola, mi amiga me tomaba de la mano mientras yo lloraba. Mis amigas me seguían a través de mi ubicación en vivo, en el celular.

No recuerdo el camino, pero sí recuerdo que desistí. Decidí que no importaba si él me veía afectada, triste, temerosa… no se trataba de él. Si yo necesitaba llorar frente a él para sanar, para quitarle todo poder, que así fuera entonces.

Y eso me liberó.

Me liberó de las expectativas que tenía de mí misma, de la necesidad que sentía de enajenarme de todo dolor que hubiera originado del abuso.

Mi libertad radicaba más bien en aceptar que dolía, en reconocer la herida y no en fingir indiferencia.

Llegamos al lugar acordado.

Entré. Sentí que flotaba. Mis piernas recorrían un camino que mi mente no lograba entender. Las luces, el ruido, los olores… todo me era ajeno… todavía lo es.

Subí las escaleras.

Podía sentir mi corazón agitarse.

Mis ojos se movían entre las personas, tratando de identificarlo a él antes de que él me reconociera a mí.

Podía sentir mi corazón extenderse en mi garganta. Sentía mi respiración entrecortarse bajo mi pecho.

Lo vi.

Respiré.

El monstruo, ese monstruo que me había atormentado por tanto tiempo, me era tan conocido que, en ese momento, dejó de producirme miedo.

Sonreí. Estaba lista.

Me acerqué a él y lo saludé.

Me gustaría que supieras…

19 de junio de 2020

A ti, a ustedes:

Me gustaría que supieras cómo me sentí.

No por generar empatía o buscar comprensión, ni siquiera para que te sientas culpable. Tengo solamente la esperanza de que, al leer esto, tú y otros que piensan igual que tú, reflexionen sobre sus acciones, sus palabras, sus miradas.

No recuerdo exactamente cuándo comencé a sentirme así. Creo que se fue acumulando hasta convertirse en un ruido agudo en el fondo de mi mente, siempre presente.

Me gustaría que supieras que sí, las niñas recordamos, vemos y sentimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, que se quedan marcadas esas palabras, esas caricias incómodas, esas miradas lascivas. Todo eso lo sentimos, lo recordamos, pero nunca lo entendemos.

También sentimos esos abrazos inadecuados, esos besos tan cerca de la boca, eso que hacías cuando nadie te veía.

Te creías muy fuerte y poderoso por vulnerar a una niña pequeña, a quien le enseñaron a confiar en ti.

Me gustaría que supieras que ese ruido, que comienza casi como un susurro, se vuelve ensordecedor y, aunque nadie más lo escuche, te aísla. Te marca pues un día todo deja de tener sentido y aprendes a vivir con él, te rindes y te acostumbras a su presencia… se vuelve parte de ti. Me gustaría saber ti tú también lo escuchas, si también te costó trabajo adaptarte a él después de las decisiones que tomaste a expensas de mí, de mi cuerpo, de mi inocencia, de mi vulnerabilidad.

Me gustaría que supieras que no fuiste el único, después vinieron otros que vieron oportunidad en mi resignación. Unos causaron que el ruido se volviera más fuerte que otros. Me pregunto si el ruido los atrajo.

Me gustaría que supieras que tus actos no me definen a mí, pero a ti sí, a ustedes. Que violentarme no los hizo más fuertes, ni más hombres. Los hizo, a mis ojos, sombras gigantes que me siguieron por años, que seguían infringiendo dolor, aunque ya no estuvieran cerca.

Me gustaría que supieras que me rompieron, cada uno a su modo, aún antes de poder empezarme a construir.

Me gustaría saber (pensar) que has cambiado, que ahora entiendes que usar a otros no llena los vacíos que te carcomen, que la edad y las vivencias te han dado mayor perspectiva y que no te escondes más entre las sombras esperando a tu próxima presa. Aunque me gusta a veces pensar que fui la única, que pudiste sacar conmigo esas decisiones y que ya no pudiste lastimar a nadie más.

Me gustaría que supieras que hoy he decidido buscar soluciones y alzar la voz para que personas como tú no vulneren a personas como aquella niña que fui y sigo siendo.

Hoy puedo decir que me he construido finalmente, a pesar de todos tus intentos por arrancarme piezas. Hoy me siento humana, me siento viva, me siento mujer.

Una mujer preparada para enfrentar su pasado y honrar su presente. Una mujer fuerte y capaz de quitar ese ruido ensordecedor, que es tuyo, no mío. Una mujer lista para conectar con el mundo, con quien ella elija y no con quien se lo imponga.

Por último, me gustaría que supieras que todo lo que hiciste, dijiste o pensaste es tuyo. Nunca fue ni será mío.

Y te toca a ti cargarlo, porque yo ya me cansé.

*La autora ha decidido permanecer anónima.

18 de enero de 2018

Podría hablar del primer recuerdo que tengo del abuso que he vivido. Podría también hablar de una relación abusiva en la que estuve por cinco años, esa que me dejó marcada, que me dejó cicatrices que aún no logro sanar. Una relación que me lastimó más de lo que las palabras en este escrito o en cualquiera, pueden sanar. Un abuso más allá de lo que puedo describir o explicar.

Sin embargo, quiero hablar del 18 de enero de 2018. ¿Por qué esa fecha? Porque siento que es donde necesito empezar. Porque es una fecha de la que no he hablado más que con un par de personas. He hablado particularmente del evento, pero no de cómo afectó mi relación o, mejor dicho, cómo me afectó a mí al haber vivido todo eso mientras estaba en esa relación.

Un evento que, en su momento, comenté con niñas de 14 años, porque eran las personas que me daban seguridad. No podía recurrir a mis amigos… la verdad, no es que no pudiera, es que no sabía cómo abrirme con ellos, sentía que si lo hablaba con niñas de 14 años dejaría de ser real, como si entonces ese día nunca hubiera ocurrido. El hablar con mis amigos hubiera significado reconocer que sí pasó.

Hoy me siento lista para decirlo, para compartirlo con mis amigos, para compartirlo con ustedes, para compartirlo con todos aquellos que quieran leerme. Pero, más importante aún, me siento lista para compartirlo conmigo misma.

18 de enero de 2018

Empezó como cualquier otro. Me desperté, me arreglé, me preparé y me fui a trabajar. Amaba mi trabajo, entonces iba con la emoción de siempre.

Al principio todo estaba bien.

Mi día aparentaba ser como cualquier otro.

Alrededor del medio día, comencé a sentir el dolor más profundo que una mujer puede sentir. Si me lo preguntan, habría preferido vivir nuevamente todo el abuso a tener que soportar ese dolor.

Ya en el hospital, todo fue muy rápido. Yo no entendía lo que estaba pasando. No entendía porqué estaba en una camilla, porqué tanta prisa… sólo me sentía mareada -a causa del dolor, y a causa de las medicinas que me estaban administrando por vía intravenosa-. Recuerdo que sólo escuchaba voces, pero no entendía su significado, no entendía qué decían.

Dormí.

Desperté.

Dormí.

Desperté.

Mi doctora estaba ahí.

Lloré.

–Estabas embarazada.

–Perdiste al bebé. – Siguió diciendo.

¿Qué dijo después? No sé.

¿Dónde estaba él?

–Trabajando. – Contestó la doctora.

18 de enero de 2018… el día que me enteré que estaba embarazada.

18 de enero de 2018… el día que tuve un aborto.

18 de enero de 2018… el día que él decidió que el trabajo era más importante que su esposa, que el hijo que había perdido.

18 de enero de 2018… el día que el mundo se desmoronó ante mis ojos confundidos.

¿Qué pasó después del 18 de enero de 2018?

Aquí es donde la otra historia comienza.

Después del legrado, hay un periodo de abstinencia. Daba gracias a Dios. Un periodo en el que no tendría sexo por obligación. Un periodo en el que podría descansar. Un periodo en el que no tendría que irme a dormir llorando por haber tenido relaciones que no quería tener.

Sí, el 18 de enero de 2018 fue duro, pero lo que siguió fue un respiro.

Logré respirar.

Logré escaparme, por un tiempo, del abuso.

Logré dormir.

¿Qué ocurrió con él durante este tiempo?

Nada.

No estaba.

No me apoyaba.

No hablábamos.

No me preguntaba cómo seguía.

No me preguntaba qué necesitaba.

Él seguía trabajando. 

Un día me hizo una pregunta: ¿Cuándo vamos a poder volver a tener sexo? Lo extraño.

Eso fue lo único que quiso decirme tras todo lo vivido.

Una y otra vez.

Todas las noches.

Por dos meses.

Hasta que el periodo de abstinencia acabó (o, más bien, cuando yo lo di por terminado, pues médicamente podría haber sido antes).

Llegó marzo.

Regresó el sexo.

Regresó el abuso, aunque: ¿Alguna vez se fue?

Regresaron las lágrimas.

Y con marzo frente a mí, en retrospectiva, el 18 de enero de 2018 no se veía tan mal.

Sí, sí prefería el dolor del 18 de enero de 2018.

¿Quién lo diría?

Sufrir un aborto era menos doloroso que ser ignorada.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la negligencia.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la eterna pregunta “¿Cuándo vamos a tener sexo?”

Sufrir un aborto era, definitivamente, menos doloroso que tener sexo sin sentido. Sexo vacío. Sexo impuesto.

Continuará…

C*

*La autora ha decidido permanecer anónima.

Inescapable

Escrito por Mariel Huttich

“Never can you climb over this wall, you’re not strong enough; girls aren’t strong enough; girls aren’t big enough; your body is fragile and breakable, like a doll; your body is a doll; your body is for others to admire and to pet; your body is to be used by others, not used by you; your body is a luscious fruit for others to bite into and to savor; your body is for others, not for you.”
― Joyce Carol Oates, 
Blonde

Al inicio de mi vida nunca pensé en mí misma como una mujer, ni tampoco como un hombre. Tuve la ventaja de poder crecer como persona, la oportunidad colosal de conocer y explorar los primeros retazos del mundo siendo un individuo.

Nunca me obligaron a elegir entre el rosa o el azul. Mi madre me vestía con botas y pantalones porque me gustaba jugar en el lodo, aunque también me compraba muñecas y vestidos.

En la escuela me identificaba más con los niños, había algo envolvente en su movimiento continuo, algo liberador en correr, gritar y golpear hasta que me faltaba el aliento. Pero también tenía amigas, niñas reservadas de peinados perfectos que comían dulces con las piernas dobladas bajo el peso de su cuerpo y hablaban de películas de princesas.

En ese primer círculo, al principio, no se me exigía tomar partido. No se me obligaba a actuar de cierta forma. Se me aceptaba así, por completo, como un ente dispensado todavía de restricciones.

Con el abandono de la niñez, sin embargo, las expectativas empezaron a distorsionarse. Poco a poco, conforme mi cuerpo se desarrollaba, los límites comenzaron a aparecer, a dibujarse alrededor con creciente fuerza.

La piel me cambió, se volvió suave y abultada donde antes no había nada. Se abrió paso la sangre de entre mis piernas sin que pudiera detenerla. En las noches me dolían los senos mientras se ensanchaban, por lo que, cuando jugaba con los niños, debía tener más cuidado: evitar mancharme de bermellón y evitar los golpes porque, de pronto, mi cuerpo se había vuelto tierno, delicado.

Con el tiempo no me quedó alternativa más que amoldarme a todas esas cosas nuevas, esas reglas implícitas que venían de la mano con mi cuerpo nuevo. Ya no podía jugar con tierra, gritar tan fuerte, y había que cuidar siempre el largo de mi falda.

Cambié aun más de adolescente. En cuanto me amoldaba a mi piel se transformaba otra vez. Era muy bonita, aunque no lo sabía. Parecía ya una mujer, aunque no lo fuera. Y llegó el momento de intentar explicarme el mundo desde cero, tomando en cuenta ahora las miradas y opiniones que venían del exterior.

Aprendí, a golpe de realidad, que no importaba lo que yo sintiera, o quisiera, sino lo que los demás vieran en mí. Aprendí que a los hombres no les importaba si era una niña o no, con tal de que no lo pareciera.

Aprendí también que mi sexo me exponía. Me exponía ante los hombres. Mi cuerpo me desprotegía, su suavidad significaba sumisión. Entendí que vivía a la intemperie, a merced del deseo de otros.

Ese deseo ajeno y sin invitación se convirtió, en una ocasión, en un instinto bruto y animal que logró alcanzarme y partirme como un rayo, justo por la mitad. Estaba borracha cuando pasó. Cuando me invadieron unas manos violentas. Me doblegó, entonces, una fortaleza bestial y lacerante que no conocía.

Logré escapar, después de unos cuantos minutos de tortura, sin gritos y sin golpes. No escapé como las damiselas aguerridas de las películas. Escapé con una sonrisa, excusándome. Lentamente, intentando que mis zapatos altos no hicieran ruido contra el piso. Huí con cortesía, sin dignidad.

Aquello lo había aprendido de alguna forma, en alguna ocasión. Sé amable cuando te estén haciendo daño, si eres mujer. Sonríe, agradece el dolor, para que no se duplique. Encorva el cuello y baja la mirada.

Caminé lento y, después, cuando la bestia ya no me estaba viendo, caminé con prisa. Escapé como una cobarde para seguir con vida. No dije, no hablé, guardé silencio.

Aprendí que al ser mujer, en ocasiones, no se puede pelear por tu vida, sino que hay que arrastrarse por ella. Sonreímos para sobrevivir.

El abuso destruye de una manera íntima, profunda. Es una humillación inexplicable. Inescapable.  

Escondí lo que me pasó durante años, hasta ahora. No solo por la culpa, sino por el orgullo. Me repetí hasta el cansancio que algo así no debía de romperme. No podía permitirme ser destruida, juzgada, etiquetada. No podía llorar en voz alta y tenía que guardar silencio. Me dije que así pelearía: en silencio y con una sonrisa.

A través del tiempo, he logrado hablar, poco a poco y cada vez más. Ya no se me quiebra la voz. Ya no soy ella. He logrado separarme de aquella piel que violentaron. He logrado limpiarla.

He dejado de esconderme. De esconder mi cuerpo. Me gusta la atención. Me gusta vestirme con ropa reveladora. Me gustan los escotes hasta el ombligo y las fotografías en traje de baño en las redes sociales. Para mí es una transgresión, una lucha: estar libre de complejos y de dudas acerca de mi cuerpo, mío, a pesar de las opiniones que vienen del exterior. Esas opiniones que nunca callan, que siempre llegan, sobre todo las no solicitadas.

Me han dicho que nadie me tomará en serio por mi ropa. Los novios me han exigido dejar de usar ciertas prendas. Me han pedido ser más conservadora.

-¿Cuándo piensas vestirte como una persona decente?

La mayoría también ha hecho comentarios. Palabras que por un tiempo se me quedaron grabadas en la memoria, infringiendo una herida permanente en el corazón.

-Deberías de operarte los senos.

-Tienes muchas cicatrices.

-Serías perfecta si bajaras un poco de peso.

He hablado del abuso con un par de ellos, pero mi voz tiende a caer en oídos sordos que, al final, habitan un mundo sordo. Parece que mis prendas me hacen no ser merecedora de compasión. Parece que una víctima tiene que mantenerse en el dolor, permanecer herida, para poder ser tomada en serio.

Pero esos horribles minutos en los que me aprisiona el recuerdo han dejado ya de doblegarme. Ya no existen manos que puedan arrancarme la fuerza, que me debiliten. Ya no hay forma en la que permita que cubran mi cuerpo y sus cicatrices. Mi desnudez ya no es debilidad, ni mi suavidad sumisión.

Imagen de Mariel Huttich

Mariel Huttich es escritora, modelo, maquillistaes artista, en todos los sentidos. Escribe ensayos, cuentos, haikus.., mientras se escribe a sí misma. Tiene un blog inspirado en las cartas de Tarot: https://www.storytellerh.com/

6 de junio de 2020

A Ceci

A mis amigas

Gracias, con todo lo que tiene implícito.

No sé cómo le llamaría… o tal vez sí: crisis.

Quiero llorar, así que lloro. Quiero vomitar, así que, en lugar de eso, respiro.

En realidad, no quiero hacer ninguna de las dos cosas, pero mi cuerpo y su memoria me dominan, me doblegan.

Siento escalofríos.

Tiemblo.

Es como si mi mente abandonara mi cuerpo.

Repentinamente mis manos pesan tanto que el resto de mi cuerpo se siente ligero, como si flotara en la lejanía. Lo único que me ancla al suelo son esas, mis manos, pesadas, inmensas, cansadas.

Me siento débil, como si la vida hubiera sido extraída de mi cuerpo. Y es que, de cierta forma, así es. El pasado trata de apropiarse de mi cuerpo, de someterlo con base en los recuerdos.

Me miro en el espejo y me obligo a respirar.

Inhalo profundamente por la nariz. Exhalo lentamente por la boca.

Exagero ambas respiraciones hasta que se apropian de mi cuerpo o hasta que el intento se convenza de que podría lograrlo.

Pronuncio mi nombre suavemente, mirándome en esos ojos que no reconozco pero que sé que son míos. Me repito que estoy bien.

Inhalo y exhalo.

Hace mucho que no me pasaba.

Me sorprende a mi misma la magnitud del momento, del 1 al 10… es un 10, sólo porque no hay un número mayor.

Como todo, el momento pasa. Deja de ser un 10 y poco a poco va desapareciendo, pero esa neblina ronda por mi cuerpo, lo abraza y me susurra al oído que no se irá.

Odio estos momentos, pero no me sorprenden.  Los conozco bien tras mucho tiempo de convivencia forzada. Llegan, entre otros detonantes, acompañando las historias de abuso de otras mujeres.

Sí, las de mis amigas, pero también las de mujeres que no conozco. Al final, se trata del mismo monstruo y mi cuerpo siempre lo reconoce.

Escribo para liberarme, para que el momento pierda poder. Quizá, al grabarse en el papel, abandone mi cuerpo.

Posiblemente no, pero lo sigo intentando y lo seguiré haciendo. Eso lo sé. La verdad es que sí pierde poder.

Aunque sé que llegará otra historia con el mismo monstruo y me encontraré nuevamente respirando, mirándome en el espejo, intentando traer mi cuerpo a la realidad, de hacerlo mío.

Alejarlo de ese pasado que ya no es pero que se presenta infinitamente, a su antojo.

Pero ahora sé que puedo controlarlo.

Mi mente, seducida por los efectos del abuso, insiste en que me acueste a llorar, que apague el mundo. En lugar de eso le escribo a una amiga. Es un acto de rebeldía ante el pasado: no permitiré que me aísle, que me domine, que cante victoria.

No, en mi cuerpo ya no.

No, en este, mi cuerpo, ya no.

Junio de 2020

Junio de 2020

Huir a veces significa buscarnos a nosotros mismos en lugares en los que el dolor no es tan habitual.

Huir a veces es darle la espalda al mundo, aunque también, en el camino, puede ser darnos la espalda.

Huir es atractivo porque pareciera olvido. Tiene cara de olvido, pero no lo es. La huida es aplazar el enfrentamiento, estirar las horas para no sentir, para pretender que se puede dejar de sentir.

Para mí, huir significa dejar de escribir.

A veces quisiera abandonarme, dejar de escribir(me), pero el recuerdo de aquellos años en que así lo hice me obliga a continuar.

Cada lunes, cada entrada, se presenta esa misma sensación de vulnerabilidad y miedo al plantarme frente al espejo… frente a ese espejo que es el mundo.

Aun así, cada lunes elijo hacerlo de nuevo. No tanto por un deseo masoquista, sino por las palabras de aliento que encuentro en el camino, y por el recuerdo de cuando no sabía cómo hacerlo.

Julio de 2019

Agridulce comenzó en mi cabeza, hace poco menos de un año.

Recuerdo que pensaba: “Yo no lo sabía, pero me dirigía hasta aquí. Y hoy, aquí, no estoy todavía bien, pero lo estaré. Es esta sensación de dolor acompañado de esperanza… es agridulce”.

Y ahí nació esta chispa que ahora tiene varias entradas y algunos lectores.

Pero, más que nada, nació mi historia en palabras, mi historia para quien quisiera conocerla, esa historia que también me estoy contando a mí, con nuevos ojos y con mucha compasión.

Mayo de 2019

Cuando comencé a ir a terapia y hablar del pasado se convirtió en un hecho, me prometí a mi misma que jamás haría de mi historia algo público. Me aseguré de que sanaría para que no me volviera a pasar, pero no para contar lo que había vivido. Era mío –por más que quería que no lo fuera– y, de ser posible, se quedaría en el silencio, ya ni pensar en el olvido.

Me negaba a contar mi historia, me rehusaba a enorgullecerme de mis cicatrices, pues lo único que sentía era impotencia, dolor y una tristeza que me inundaba constantemente.

Me pregunto qué diría esa Carmen al saber que, unos meses después, le contaría su historia al mundo, que la haría tan pública que incluso un día se atrevería a sentirse un tanto orgullosa al respecto.

Seguro lo negaría rotundamente. Vaya que lo haría. Suelo ser muy terca.

No quería portar un estandarte, no quería ser el rostro de nada: ni del abuso, ni del dolor, ni de la tristeza, ni de la vulnerabilidad…

Pasar desapercibida, eso sí quería.

Qué equivocadas estábamos, Carmen. Qué diferente sería.

Mayo de 2020

Y, aun así, cada lunes tengo que luchar contra mis demonios para no abandonarme, recordarme a mi misma porqué continúo escribiendo.

Me repito que mientras sea útil para una persona, valdrá la pena. A veces, ni eso le da sentido.

Pero lo hago. Lo hago en realidad para mí porque conocer historias como la mía me hizo atreverme a inspeccionar el pasado y pedir ayuda.

No pretendo hacer de mi historia algo que no es. Por ello, no la cubro de tintes de importancia, si acaso, trato de que suene menos triste. Me preocupa sonar triste, pero ¿cómo negar si así ha sido?

Tampoco pretendo contarla como si hubiera sido sencillo. Sanar no ha sido ni será fácil. Es lo que es. Me debo a mi misma el no minimizarlo.

Cuando comencé a contarla, pensé que se trataba acerca de mi proceso para sanar el haber estado en una relación abusiva. Hoy sé que no es así. En realidad, Agridulce es acerca de mi camino para aprender a ser vulnerable. Es un caminar diario, en el que cada paso cuenta.

Marzo de 2020

Hace más de dos meses, unos días antes de que el confinamiento fuera oficial… yo ya estaba encerrada en mi mente, en mi dolor.

No tenía nada que perder.

Sentía que ya lo había perdido todo. Perdí tanto que me quedé sin imaginación, sin la capacidad de soñar con algo distinto a esa tristeza que me estaba envenenando.

El futuro dejó de existir pues mi mente estaba en pausa, tratando de sobrevivir.

Fue hace tan poco que todavía siento esa sombra en mi cuerpo y en mi mente, acechando sigilosa para presentarse en caso de distracción.

Pedí ayuda, recibí ayuda. Pedí amistad, recibí una hoguera.

Y sin importar que ya fuera experta en sobrevivir, esta vez nada parecía funcionar.

No tenía nada que perder.

Respiraba. Seguía viviendo. Eso hacemos, ¿no? ¿Vivir? Vivía porque eso tenía que hacer.

Hasta a mí me aterra escribirlo.

Pero tengo muy claro el momento en que todo cambió.

Sí fue un momento de fanfarrias, trompetas y celebración. Mi cuerpo revivió y cada día, desde entonces, me aferro a esa vida.

Pensar en el dolor como el encuentro de vida. The darkness of the womb: la oscuridad de la matriz

Noviembre de 2019

Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré.

Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Salió a la luz en noviembre, aun y cuando llevaba ya tiempo gestándose en mi cuerpo y en mi mente.

Requirió tiempo, paciencia y mucha vulnerabilidad.

Abril de 2020

Comencé a pensar entonces que, tal vez, este nuevo dolor que me consumía podría también engendrar algo nuevo.

Recuerdo haberme dicho: “Todavía no sé qué implica, pero estoy lista para enfrentarlo, para aventarme de este nuevo barranco y darle vida a esto que mi dolor está gestando”.

Esto fue hace poco más de un mes.

Junio de 2020

No creo que ya haya dado vida a eso que mi dolor está engendrando pero sí sé que requiere tiempo, diálogo, escucha, reflexión, lágrimas, confianza, paciencia, esperanza… vulnerabilidad. Eso que tanto me aterra pero que me ha permitido crecer.

Hay días en que puedo regar mi dolor más que otros.

Supongo que así funciona la vida.

Pero sigo respirando, ya no para sobrevivir, sino para dar vida, para dar a luz a eso que esta oscuridad temporal depara.

Y llegará.

Y nacerá.

Y escribiré al respecto.

Y sabré que podré con esto y más.

Y viviré, no para sobrevivir, sino para dar vida.

Y será agridulce, siempre agridulce.

Y dejará de ser sólo mío, para ser de todas.


Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré. Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

25 formas de identificar el abuso

Todo lo que he compartido en Agridulce comienza con un nudo en el estómago.

Tengo tanto escrito que a veces me pregunto cuántas de esas palabras verán la luz.

Lo que he aprendido es que, aquello que se aferra a la oscuridad, a mis entrañas, que me abraza para que no lo deje salir, es lo que más debo compartir.

Tal es el caso hoy.

Hoy no es simple, no es fácil, no es poético pero es real.

Esta lista enumera algunas formas que he aprendido que sirven para identificar el abuso. De ninguna manera son una receta o las únicas maneras de identificarlo.

Son un punto de partida. Son, de hecho, el mío.

Lo comparto porque, tal vez, si yo hubiera leído esto hace 8 años, las cosas serían distintas.

Lo comparto sabiendo que no cambia mi pasado, pero esperando que me guíe en el presente.

Lo comparto para otras porque el abuso sabe bien cómo disfrazarse… pero podemos desenmascararlo.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

25 formas en las que puedo identificar si hay abuso o posible abuso.

25 formas para cuestionar.

25 formas para sembrar semillas.

  1. Te otorga la responsabilidad de las acciones que toma: Te culpa de aquello que decide.
  2. Te pide que tú trabajes su dolor: Si se enoja o está triste, eres tú responsable de que esto deje de ser así.
  3. Te ha dejado hablando sola, se ha ido sin avisar: Los conflictos terminan con su huida, sin importar qué necesitas tú.
  4. Por lo general, tú eres la que busca el diálogo, la carga emocional es tuya, te ha dicho “ya sabes que eso de las emociones no se me da”.
  5. Ha tratado de controlar con quién hablas o con quién sales.
  6. Ha revisado tu celular o mensajes, te ha pedido tu ubicación o una foto de dónde estabas.
  7. Te ha pedido que hagas un reporte de tus actividades.
  8. Ha tratado de controlar cómo te vistes.
  9. Ha comentado o evaluado tu cuerpo.
  10. Ha desconfiado de ti: Te hace creer que no eres digna de confianza, que el problema eres tú.
  11. Te ha minimizado o ha dicho que exageras: Te dice que lo que sientes es demasiado.
  12. Te ha insultado.
  13. Busca ridiculizarte, exponerte, hacerte quedar mal.
  14. Ha aventado cosas, le ha pegado a la pared, ha azotado puertas.
  15. Te ha golpeado o lastimado.
  16. Cuando dices que no o pones un límite, no lo respeta, trata de traspasarlo: Insiste a pesar de que has marcado límites. Y aquí me gustaría aclarar que un “no” no es la única forma de establecer límites. Lo hacemos también cuando nos alejamos, cuando ponemos excusas, cuando no decimos que sí. “El sometimiento no es consentimiento”.
  17. Ha insistido o forzado en términos sexuales. “El sometimiento no es consentimiento”.
  18. Has sentido que todo el tiempo tienes que tratarlo con pincitas o sientes como si caminaras en un campo minado.
  19. Normalmente eres tú la que se siente culpable de todo lo que va mal en la relación.
  20. Se hace la víctima.
  21. Te sientes responsable u obligada a cuidar de otras personas: Sientes que es tu responsabilidad ayudarlo, estar ahí siempre, a pesar de lo que necesites tú.
  22. Te encajona en la perfección y exige que lo seas.
  23. Te ha seguido.
  24. Ha tratado de entrar a tu casa sin permiso.
  25. Actúa como Dr Jekyll y Mr Hyde: Puede ser encantador, amoroso, cariñoso y, en cualquier momento, puede transformarse en lo opuesto. Esta dinámica es muy útil pues entonces te convences (como forma de supervivencia) de que, sin importar cómo actúa, al final importa más lo bueno que hace.

25 formas de temblar.

25 formas de recordar el pasado, una parte del pasado.

25 formas de reconocer el abuso y tratar de evitarlo o acabar con él.

Tan sólo 25, de las muchas formas en que podemos ejemplificar algo que casi todas hemos vivido.

25 formas de mantener presente que el abuso tiene muchos rostros y no es exclusivo de una relación de pareja. Existe, de hecho, en cualquier relación: en la familia, en las amistades, en el trabajo…

Y, en esta ocasión, me abro a quien quiera añadir sus aprendizajes porque sé que esta lista es, en realidad, mucho más larga. Comparto mis 25 formas para que sean de todas, para que las desgastemos y nombremos cada una de las maneras en que hemos vivido abuso.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

2 de septiembre

Se aproxima el día en que las mujeres nos ausentaremos, sin embargo, mi imaginación –muchas veces desmedida– en esta ocasión no coopera. No me permite imaginar un mundo sin mujeres.

Así que mejor me imaginaré un mundo en el que abundamos las mujeres libres, las mujeres libres de experiencias de violencia, abuso, acoso… Para ello, es necesario comenzar rehaciendo el mundo. Reinventar esos días, esos días pesadilla.

2 de septiembre

Es mi cumpleaños, estoy trabajando. No me molesta pues amo mi trabajo. Me entusiasma el evento que está por comenzar.

Mi corazón está triste, 27 años… me duelen y me dan esperanza. Me duelen porque, por unos meses, no pensé que este día llegaría, la vida se veía tan lejana. Por otro lado, son esperanza. Lo he logrado. Un hito en el camino. Quería huir. Iba a huir y al final no lo hice. Estoy aquí, cuando yo quería estar en otro lado, apagando los efectos del abuso, fingiendo que no están presentes todo el tiempo.

Comienzo el día emocionada, va a ser un día largo. Ha sido un fin de semana intenso, pero es lunes, es mi cumpleaños y amo lo que hago.

Llegan las mañanitas de muchas formas: como bailes improvisados en la recepción de un hotel, como cantos al otro lado del teléfono, como mensajes de distintos lugares, de personas refugio…

Cada mensaje, cada llamada, me apretuja el corazón. Mi mejor amigo me escribe: Eres muy fuerte. Te admiro mucho. Espero que un día, todo esto que te duele, deje de doler tanto.

Y no puedo evitar llorar. Corro a una esquina, a resguardarme de quienes me rodean, buscando fuerzas para continuar fingiendo.

El evento es todo un éxito.

Mi cuerpo ya no puede más. Estoy agotada pero feliz. Siguen las mañanitas, aunque sea de noche.

Me alegra saber que se trata de un día que no ha estado centrado en mí. Que, aunque es mi cumpleaños, he podido olvidar un poco de lo mucho que me acongoja.

Son las 3 am. En teoría, ya no es mi cumpleaños, pero si consideramos que por estar trabajando sigo despierta, todavía se siente como si lo fuera. Estoy lista para terminar el día. Ese día al que tanto miedo le tuve y que ha pasado… agridulce.

Estoy de vuelta en el hotel en donde pasaré la noche. No estoy sola. De las varias personas que éramos, me quedé sola con él. Me estaba esperando en el elevador.

Me incomoda. Me preocupa que piense que quiero algo que no quiero pues toda la noche me estuvo coqueteando.

El elevador se abre en su piso y, cuando me despido, me toma de las manos y me jala para sacarme. Me niego. Le digo pacientemente que no, que quiero irme a dormir. Insiste en que me vaya con él y que platiquemos. Yo trato de ser amable, sonriendo, explicándole que no gracias, que estoy cansada, que quiero dormir…

No me escucha.

Me pone contra la pared. Intenta besarme, intenta tocarme. Lo quito.

Le digo que no.

Le digo que no.

Le digo que no.

No le importa. Lo intenta y lo intenta, una y otra vez.

Una voz me susurra en el oído: Carmen, ríndete, nadie te va a escuchar si gritas, nadie te va a ayudar. Mejor ríndete. Déjalo.

Por unos segundos que se sintieron eternos, pienso en rendirme.

Sacudo esa voz de mi cabeza y lo empujo.

Presiono el botón del elevador.

Se sube conmigo, aunque le digo que no. Insiste en acompañarme pues él es un caballero. Lo repite constantemente: Yo soy un caballero.

Tengo miedo, mucho miedo.

Mi mente da vueltas.

Lo amenazo con llamar a su amigo si no me deja en paz.

–¿Por qué? No estoy haciendo nada.

–NO ME DEJAS EN PAZ.

Mi mente, desesperada, busca formas de huir. Presiono, o por lo menos pienso en hacerlo, el botón para ir a la recepción. Puedo irme ahí y esperar. Esperar a que se canse y me deje.

Tengo miedo, mucho miedo.

Empiezo a llorar.

–No llores. ¿Por qué lloras? No te voy a hacer nada. Soy un caballero.

–No es por ti. Solo…

Lloro. Tengo miedo, mucho miedo. Claro que es por él, pero no quiero hacerlo enojar. Tengo miedo. Nadie me ha enseñado a reaccionar ante este tipo de situaciones. Pensarías que haber estado en una relación abusiva te prepara, pero no, al contrario, te somete.

–No me gusta ver a las mujeres llorar.

Retrocede temeroso, como si yo fuera un animal herido que pudiera contagiarlo de algo.

Quizá teme ser contagiado de mi condición de mujer.

Se baja del elevador.

Yo sigo llorando. Temblando.

Me voy a mi cuarto.

Sigo llorando.

Le envío una nota de voz a mi mejor amiga. No se entiende bien lo que digo entre el llanto. Solo repito: ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Odio a los hombres. Los odio. ¿Por qué a mí?

Me acuesto a llorar.

Aunque técnicamente ya no es mi cumpleaños, todavía se siente como tal.

¿Por qué a mí? ¿Qué hago para que me pasen estas cosas? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

No, no odio a los hombres. Les tengo miedo.

No logro dormir.

No paro de llorar.

El pesar en mi pecho me sofoca, quiero apagar el mundo.

Pasan las horas.

Me obligo a levantarme, a sonreír… a fingir que no pasó nada, a enfrentar el mundo como si yo, por dentro, no estuviera echa pedazos.

En silencio, en soledad, lloro. Lloro mucho.

Pero dijimos que se trataba de reinventar los días pesadilla.

Así que, es 2 de septiembre, es mi cumpleaños.

Son las 3 am.

Subo al elevador. Llego a mi piso.

Entro a mi cuarto. Me preparo para dormir.

Es mi cumpleaños.

Ha sido un buen día.

Febrero de 2020

Hoy no tengo fuerza para metáforas, para versos, para poesía…

Tengo palabras que me consumen desde dentro, tengo experiencias de violencia que me duelen como siempre.

“Si un día no regreso, quémenlo todo”.

Hoy lo creo y lo siento, pero hubo un tiempo en el que no fue así.

Cuando estuve en una relación abusiva –incluso años después–, sentía que no valía nada, que no merecía amor. ¿Cómo creer entonces que vale la pena quemar el mundo por alguna de nosotras?

Así. Quemándolo.

Me da mucha esperanza saber que hay mujeres que quemarían el mundo por una desconocida.

Me da mucha esperanza y fuerza saber que vale la pena quemar el mundo por mí, por cualquiera de nosotras.

Quémenlo todo. Quemémoslo todo.

¿Qué ganamos con eso?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Ruido

El ruido de apuntar con el dedo y sentenciar los actos permite que aquellas que hemos normalizado nuestras experiencias entendamos que son violencia. Se trata de desenmascararla y nombrarla como tal.

Lo digo yo, que no quise verlo porque cegarme ante la realidad y buscar una forma de vivir con la violencia era instinto de supervivencia.

El ruido, los testimonios de otras mujeres, los monumentos rayados, las marchas feministas, el enojo… me permitieron cuestionar la narrativa que el abuso había tatuado en mi mente, en la que el problema siempre sería yo.

Esa pequeña semilla que el enojo de otras mujeres sembró en mí, me permitió entender que no estaba sola, que no era normal, que no era la única y que el problema no era yo.

No. El problema no soy yo.

El problema es el abuso, el machismo, la violencia, el silencio…

El problema no soy yo. El problema no somos nosotras.

Para las mujeres que, como yo, viven en el silencio, un poco –o mucho– de ruido es una semilla de esperanza.

INCOMODIDAD

La primera en incomodarse fui yo.

Lloré.

Caí.

Seguí llorando. Sigo llorando. ¿Algún día se deja de llorar?

Y con cada historia, con cada mujer, con cada una de las 10 mujeres que son asesinadas a diario en México, lloro de nuevo, como si nunca me hubiera detenido.

Si no nos duele saber que, en México, todos los días asesinan a 10 mujeres, que mínimo nos haga sentir incómodos. Porque esta incomodidad de hablar de temas que se han normalizado e invisibilizado, no es nada comparada con la incomodidad de ser abusada, golpeada, violada, matada…

Que si no hay empatía en este México masculino, por lo menos haya incomodidad que nos permita mirarnos en el espejo y preguntarnos: ¿Qué he hecho yo para perpetrar estas acciones masculinas?

Porque todos hemos hecho algo.

Yo, como mujer, he hecho muchas.

Yo, como mujer que ha vivido distintas situaciones de abuso, he cometido muchas.

¿Qué has hecho tú para perpetrar estas acciones masculinas?

Créeme cuando te digo que todos hemos hecho algo.

Si tu yo masculino aún no se ha incomodado, quizá es hora de que te preguntes por qué.

FUERZA

Al estar envuelta en una relación abusiva, sumergida en los efectos del abuso y, como tal, convencida de que el problema eres tú, se necesita fuerza para reconocerlo, para nombrarlo… para resistir la urgencia de asumirse culpable, cuando no es así.

El problema no eres tú.

El problema no somos nosotras.

Se necesita fuerza para atravesar el infierno que conlleva reconocer lo vivido y tratar de sanarlo.

Fuerza porque hoy, tras meses de trabajarlo, no sé si un día sane del todo.

Fuerza porque cada día 10 mujeres son asesinadas y aun así hay personas que no lo entienden, y que, con base en esta incomprensión, lo justifican, normalizan y permiten.

Cuando no entienden la historia de Ingrid, no entienden la mía.

El abuso me convenció por mucho tiempo que mi dolor no era válido, no existía.

El machismo trata de convencerme de esto cuando niegan nuestro dolor.

Fuerza para no aceptarlo, fuerza para no ceder, fuerza para alzar la voz y mostrar las cicatrices.

O quizá no. Quizá solo fuerza para sanarlas y, de ser necesario, enterrarlas.

Fuerza para tomarnos de la mano entre nosotras y sostenernos.

Fuerza para sobrevivir porque en mi intento por enfrentar los efectos de mi relación abusiva, no quería vivir.

Así que, ¿qué ganamos con quemarlo todo?

Que las mujeres que, como yo, hemos aprendido a vivir con el abuso, nos sepamos acompañadas, cuidadas, sostenidas… pues ese es el primer paso para no ser una más.

¿Qué ganamos con quemarlo todo?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Y ya después, cuando el mundo se incomode y duela con y por nosotras, cuando el mundo sienta la desesperanza que nos ahoga, quizá podremos pensar en un México que no necesite quemarlo todo para que quienes no entienden que no entienden, lo puedan entender.

Pero por hoy… si un día no regreso, quémenlo todo.