Uno

Las pocas veces que me atreví a imaginar tu partida, te pedí que me prometieras que, si un día fuera el caso, no te irías sin decir adiós. Siempre me seguiste el juego, negabas que un día habríamos de despedirnos y ambas sabíamos que era verdad.

Me gustaría poder reclamarte, enojarme haciendo acopio de todo este dolor que siento y exigirte una despedida. Pero dime, ¿hacia dónde dirijo mis reclamos?

¿Que se los lleve el viento? Tal vez así mezan tu cabello, siempre trenzado.

Dime, ¿qué hago con esta despedida atrapada en mi pecho? ¿A quién le explico lo que era de nosotras, si tu ausencia se lo ha llevado? ¿En dónde encuentro consuelo si no he terminado de entender lo que representa que no estés?

Me temo que, en ocasiones, la vida no sigue. Por lo menos, así se siente ahora: incompleta, inacabada… aunque, en realidad, sí se acabó de alguna manera. Qué ironía, ¿no? Que la vida no se detiene, como ese tren que, ante la muerte, seguramente siguió avanzando. Y, al mismo tiempo, mi vida ha permanecido en pausa mientras el mundo gira sobre sí.

La parte de mi vida que no murió contigo debe seguir, como si el mundo no se hubiera sacudido, o quizá a pesar de ello… vivir… sin ti, sin despedida… sin importar cuántas promesas nos hicimos al respecto.

Así que tal vez debería atreverme, no a decirte adiós, sino a darle la bienvenida al vacío que representa tu ausencia, no como un clamor al dolor, sino como un reconocimiento de la falta que me haces. Honrar el cariño no nombrado pero sí vivido en la cotidianidad, por tanto tiempo, con todo y tu ausencia… ayer, hoy y siempre.

Confesiones de una experta en cuidar a otras personas, no tanto cuando se trata de permitir que otras la cuiden

A Vicky… gracias

El acto de cuidar, como generosidad,
el acto de ser cuidada, como compasión.
La dificultad, no tanto del primero,
sino de permitir a otra persona estar,
de la misma forma en la que se estaría…
Tomar la compasión como práctica diurna,
aceptar la amistad cuando más impera,
permitir que el llanto corra libre,
no solo cuando se está a solas.

Sentir en compañía, doler en compañía,
ser abrazada, ser consolada y vista,
con la misma vista que solemos apartar,
del dolor ajeno, inclusive del propio.
Ser cuidada, en medio de la tempestad,
reconocer la incompetencia que conlleva,
saberse incapaz, si el camino es solitario,
nombrarse fuerte, en medio del llanto.
Ser cuidada, cuando no amaina el duelo,
aceptar la ayuda de quien la ofrece,
permitir que el cuerpo caiga, para que 
manos ajenas sean quienes lo sostengan.
El acto de cuidar, como maestría,
el acto de ser cuidada, como locura.
Rebelarse ante los mandatos del pasado,
pedir ayuda, sabiendo que llegará a caudales.
Permitir que el río entre en casa,
que serene el incendio que asedia,
que se lleve las cenizas, que un día
tuvieron la osadía de ser cimientos.
Recibir el amor de amigas y familia,
a sabiendas de que recibir es fortaleza.
Ser cuidada implica la valentía de mostrarse,
reconocer que no se está bien, y se 
tardará en estarlo de nuevo.
Saber que no hay prisa, pues el tiempo
apremia. 

Ser cuidada como acto de amor inmenso.
Abrir el cuerpo, la mente… el hogar,
al socorro de quien paciente espera
a que la puerta se abra, aunque solo sea
a través de una pequeña grieta.
Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

28 de diciembre

Hace poco más de un año, cumplí uno de mis sueños: ir a Francia.

Desconozco porqué, desde niña, soñaba con ello. El asunto es que, cualquiera que me conoce, lo sabía: Francia era mi sueño.

Recuerdo claramente que al llegar a París, lo primero que hice fue caminar hacia la torre Eiffel.

Caminé a pesar de que estaba a más de una hora de distancia. Caminé porque a eso me dediqué en 2019: a seguir dando un paso, y luego otro, y luego otro más.

Al llegar, comencé a llorar.

Entre lágrimas me dije a mí misma: Lo logramos, seguimos vivas.

Seguimos vivas.

Mi llanto nada tenía que ver con el monumento frente a mí, sino con que, en ese momento, para mí representaba el culmen de mi año: sobreviví.

Entonces, el peor año de mi vida, podía cerrarlo de la mejor manera.

Y así fue.

Hoy, poco más de un año después, hay Luna Llena.

Miro el cielo con calma, y ahí está ella: enorme, etérea, resplandeciente.

Presente.

Me encanta verla.

Ella, para mí, es un recordatorio: todo pasa.

La vida es un ciclo que se repite infinitamente.

Y, como tal, suele llevarnos a inicios poco deseados, a inicios que tienen un sabor amargo, nostálgico e inclusive a derrota.

Y está bien.

Pues, así como la Luna, esos inicios habrán de transformarse, de vivir su ciclo hasta llegar a su final.

A veces dichos finales llegan tarde, una vida tarde.

A veces; antes de lo que quisiéramos.

Pero llegan.

Y también se van.

Y regresan.

Y se van.

Es un ir y venir infinito, un baile de repeticiones en el que cada momento tendrá lo suyo, pero todos están coronados con esa certeza: pasarán.

Y está bien.

Los momentos de tristeza, de alegría, de dolor, de amor… cada uno de ellos pasará, y está bien, pues habrán de iniciar de nuevo.

Habrán de repetirse como esa Luna Llena que hoy vigila el cielo.

Habrán de oscurecerse como esa Luna que no siempre se vislumbra completa.

Hoy hay Luna Llena, la última del año.

Y está bien.

Pues habrá otro año, y otra Luna, y otra vida, y otro ciclo… que habrán de repetirse infinitamente, y pasarán.

Y estará bien.

Y estaremos bien.

In memóriam

A Isabel Villanueva, mi abuelita,

-ita, con ese diminutivo que, para ella,

denotaba cariño.

Siempre me han comparado

contigo,

con tu belleza,

con tu figura.

Nunca percibo el parecido,

no lo encuentro

por más que busco

en el espejo.

¿Será porque te fuiste?

¿Porque tu cama quedó vacía?

En el estante, las flores,

marchitas con tu partida.

¿Será porque te pensé eterna?

Asumí que permanecerías,

hoy, la inevitable tristeza,

como inevitable tu despedida.

Te fuiste,

como quien elige dormir,

cerraste los ojos,

y sueño con tu partir.

¿Cuál fue tu último aliento?

¿Qué sentiste al morir?

¿Miedo, alegría, libertad…

calma, tristeza… paz?

Me pregunto

si esa noche

por eso no pude dormir.

¿Habrá algo en nuestro parecido

que me hizo sentir tu morir?

Vueltas en la cama,

pausas en la noche,

tu ausencia en la mañana,

tristeza para compartir.

La compartimos sin ti,

la compartimos de lejos,

te lloramos a gritos,

nos aferramos a los recuerdos.

Tiemblo,

lloro,

todo mientras te pienso.

Digo tu nombre,

como si fuera

un presente eterno.

Pauso.

Respiro.

Recuerdo.

Ahora es pasado,

-aba, -ía, -ó.

Ya no.

Ya no.

Retrato realizado por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

27 de octubre de 2020

A casi un año de iniciado este camino, esta historia escrita y pública, mía, de todas, tal vez de nadie… me cuestiono el porqué sigo aquí. Aquí, como eco en este blog, en estas entradas, en esta vulnerabilidad constante…

Me planteé el detenerme, el cambiar Agridulce, el abandonarlo, el pretender que nunca existió… el continuar incluso. Y, hasta ahora, no había encontrado motivación suficiente que atendiera mis dudas y miedos.

Creo que hoy sí.

Lo he dicho en múltiples ocasiones: el compartir mi historia es un intento para sanar, sí, así como de crear consciencia… sensibilizar. Intento pretencioso, definitivamente, pero necesario mientras no haya otra realidad.

Y aunque cada día me es menos fácil compartir –pese a que mi sanar se fortalece–, cada vez soy más consciente del mundo que habito, del mundo que lastima, violenta y que no ha sabido sentir con otras mujeres. De ese mundo al que yo también pertenezco y que, al señalarlo, no es sin antes haberme señalado a mí.

Me recuerda cuán necesario es que, por lo menos, yo pueda acompañarlas, de la misma manera en que he sido acompañada.

Qué fortuna la mía el tener a mi comunidad.

Me gustaría nombrar a cada una de las personas que me ha permitido construir, para mí y tal vez para las demás, este puente, pero no creo poder hacerlo. Principalmente porque siempre faltaría alguna de ser nombrada, han sido tantas…

Todavía no sé adónde me llevará Agridulce en este nuevo año que se aproxima, pero creo que lo averiguaré en el camino. Y, en todo caso, siempre será un recordatorio vivo, de cómo cada una de estas palabras es para quien necesite leerlas, para quien quiera escucharlas, para quien requiera consuelo, para quien busque compañía, para quien resista en silencio, a gritos, con base en pequeños –que por el simple hecho de existir, ya son grandes– actos de permanencia…

Estas palabras son también para mí, para acallar esa voz en mi mente que me juzga por compartir mi historia. Servirán también para silenciar las voces juiciosas que no han faltado, pero vaya que han dolido… para amainar el eco de sus fantasmas que se rehúsa a abandonarme.

Creo que mi expectativa radica en que Agridulce pueda ser luz, barco, puente… vida, para quien así lo necesite, sabiendo que ha sido el mío.

Gracias a quienes han permanecido, gracias a quienes se irán sumando.

Y, ¿por qué no? Tal vez es hora de agradecerme a mí, por estar aquí.

Gracias,

Carmen

14 de enero de 2020

Pocas veces me aventuro en algunos recuerdos. Hay ciertas fechas que he cerrado con llave, aunque ocasionalmente me asomo por la perilla para ojear un poco. Nunca a profundidad. ¿Para qué? ¿Qué ganaría con eso? Y aun así aquí estoy escribiendo de una de ellas.

Me acerco a la puerta. Tomo la llave entre mis dedos y la inserto en la perilla. Escucho el crujir de mi mente. Puedo sentir el polvo elevarse, al adentrarme en recuerdos remotos.

Quiero creer que si un día abro todas esas puertas, si me adentro en ellas, perderán todo poder. Que el recuerdo desaparecerá como ese polvo que se sacude con mi presencia.

–No me odies!! Necesito hablar contigo.

La verdad siempre supe que llegaría ese día, ese mensaje. En el fondo, siempre supe que, en cuanto él leyera alguna de estas entradas, me escribiría.

Lo conozco bien. Dudo que él a mí. De hecho, me regocijo en saber que no.

En cuanto recibí su mensaje, temblé. Me gustaría negarlo, decir que no me dolió, decir que seguí con mi vida como si él no estuviera escribiéndome, pero estaría mintiendo.

Accedí a verlo, a tener esa conversación que tantas veces imaginé en mi mente.

Unos días antes incluso había soñado con él. Me inquietaba pensar que tal vez era hora de hacerle frente, de mirarlo a los ojos y denunciarlo ante sí mismo.

Accedí a verlo, no sin antes contar con el apoyo emocional que necesitaba para sentirme segura. No me atrevería a decir que lo hice sola.

–Quiero verlo, pero no quiero poner en riesgo lo lejos que he llegado…

Me advirtieron de la incongruencia que podría presentarse. Yo podría decirle todo lo que quisiera, pero él podría no escucharlo.

Podría incluso contradecirme, llamarme loca, minimizarlo…

La mera idea hacía que me dieran ganas de vomitar.

Pero tenía muy claro todo: nada que él dijera podía cambiar mis certezas.

Me advirtieron que, incluso aunque él lo reconociera y se disculpara, pedir perdón no era asumir responsabilidad.

Y yo lo sabía: la única manera de que él asumiera su responsabilidad era trabajando aquello que lo había llevado a cometer abusos para asegurarse de que no volviera a ocurrir, que él no volvería a hacerlo.

Me recordaron que mi trabajo no era tenerle compasión. El mío no.

Accedí a verlo, no sin antes cobijarme en los brazos de una amiga.

Recuerdo claramente que quería evitar llorar. Quería pretender que el encuentro no me ponía nerviosa, que no me importaba, que no me afectaba… que no tenía ningún poder sobre mí.

Y, con cada hora que pasaba, conforme el encuentro se acercaba tanto que casi podía tocarlo de estirar mi mano… las emociones desbordaban por mi pecho.

Inevitablemente comencé a llorar.

Mi amiga me abrazaba y lloraba conmigo.

Cuántas lágrimas derramamos juntas.

El cielo nos acompañaba.

Tomamos el Uber. No estaba sola, mi amiga me tomaba de la mano mientras yo lloraba. Mis amigas me seguían a través de mi ubicación en vivo, en el celular.

No recuerdo el camino, pero sí recuerdo que desistí. Decidí que no importaba si él me veía afectada, triste, temerosa… no se trataba de él. Si yo necesitaba llorar frente a él para sanar, para quitarle todo poder, que así fuera entonces.

Y eso me liberó.

Me liberó de las expectativas que tenía de mí misma, de la necesidad que sentía de enajenarme de todo dolor que hubiera originado del abuso.

Mi libertad radicaba más bien en aceptar que dolía, en reconocer la herida y no en fingir indiferencia.

Llegamos al lugar acordado.

Entré. Sentí que flotaba. Mis piernas recorrían un camino que mi mente no lograba entender. Las luces, el ruido, los olores… todo me era ajeno… todavía lo es.

Subí las escaleras.

Podía sentir mi corazón agitarse.

Mis ojos se movían entre las personas, tratando de identificarlo a él antes de que él me reconociera a mí.

Podía sentir mi corazón extenderse en mi garganta. Sentía mi respiración entrecortarse bajo mi pecho.

Lo vi.

Respiré.

El monstruo, ese monstruo que me había atormentado por tanto tiempo, me era tan conocido que, en ese momento, dejó de producirme miedo.

Sonreí. Estaba lista.

Me acerqué a él y lo saludé.

La mujer que me inspira

Este poema es de todas. Es un entramado de nuestras vidas, un esfuerzo colectivo por responder a las preguntas: ¿Quién es la mujer que me inspira? ¿Cómo es ella? Si tuviera que elegir un elemento de la naturaleza para representarla, ¿cuál sería?

Gracias a las autoras:

Ana Laura, Andrea, Arantxa, Cathy, Claudia, Flor, Itzel, Janeth, Julieta A., Julieta R., María Michelle, Mariza, Mónica, Rocío C., Rocío S., Vanessa

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo.

Algunos nombres, sin jamás nombrarlas a todas,

pero en cada uno de sus nombres, habitamos todas.

Mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

Tú y yo, tú y yo, y yo, y tú, y yo y todas…

Ella, ella que con su sonrisa me inspira,

que es tantas cosas que es indescriptible, inabarcable.

El mundo entero la representa:

el viento, el agua, las olas, las cascadas, los tornados,

el fuego, el sol, el aire, el mar, las puestas de sol,

los atardeceres, las flores, los árboles y sus raíces…

Ella es todo, es la naturaleza, es ella toda, pues es vida.

Ella, ella que con sólo su recuerdo me habita toda.

Ella es agua, es las olas, ella, en otra vida, fue sirena.

Es un árbol que florece, incluso en el desierto.

Es la paz y felicidad entrelazadas en las puestas de sol.

Ella es fuego, con ese calor que abraza,

fuego enmascarado de fragilidad, que fortalece el alma.

Ella, ella que con su luz me envuelve y acompaña,

es luz potente, luz y paz, es tranquilidad.

Es aire. Es el aire fundamental en mi vida.

Es las cascadas de Aguazul, transparente siempre,

y es también la dualidad que las caracteriza:

una corriente pacífica y la energía del agua que cae,

y al caer es fuerza, desborda fuerza interna.

Ella, ella que es tan toda como la tierra misma,

es el olor a tierra mojada, tras caer la lluvia,

es raíz, mi raíz, pues me ata al mundo y, al mismo tiempo,

me impulsa a volar a otros.

Ella es magia, es bruja, es belleza, es valentía.

Es inspiración, es sinceridad, compasión y perdón.

Ella, que desde que nació ha sido mi espejo,

es agua por ser fuerza, fuerza invencible y continua,

es sabiduría, es privilegio, es ejemplo, es mía.

Es el fuego, es defensora, es noble, es poderosa.

Se hace presente con su voz, y por ello es peligrosa.

Es la fuerza del tornado, da su vida por nosotros,

a su familia sacó adelante, con esa vida y esa fuerza.

Ella, que además de ser mi madre, mi abuela,

mi hija, mi hermana, es mi amiga, es compañía,

es bondad y es cariño, es alegría y es incluso romance.

Ella es las flores que le dan color a la vida,

es ese resquicio de luz y esperanza que se asoma tras la tormenta,

me ilumina, ilumina todo, ilumina el mundo con cada paso.

Es el sol, presente cuando más la necesitamos.

Es roble, es árbol, firme, sin importar el viento o el invierno.

Ella siempre permanece.

Es árbol y sus raíces pues se mantiene y me mantiene firme.

Es el mar, ágil, en movimiento, divertida y es incluso la locura.

Ella, que todos los días, con su belleza me inspira,

es atardecer, es gozo al contemplarla, contemplar su hermosura,

saber que siempre habrá otro atardecer y que ella permanecerá.

Es paz al verla, al admirarla, es fuerza… a veces demasiada.

Ella, la flor más hermosa de esta tierra, el árbol más extenso,

ella es generosidad, abre sus brazos y da vida, nos da hogar,

protege y cobija, ama sin prisas, cuida sin reparos, resiste ante la vida.

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo,

mis amigas, incluso yo misma…

en una somos todas, en todas somos una.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

El pasado no es tan malo

*La autora ha decidido permanecer anónima.

¿Lo más difícil? Empezar, sin duda alguna. Empezar a escribir, empezar a enfrentar, empezar a contar, empezar a aceptar. Aceptar que aquello que pasó, te hace ser lo que eres actualmente y te lleva, de una manera u otra, a identificarte en tu futuro. Pero no siempre significa que tu pasado te atormente, al contrario, tu pasado te ayuda a enfrentar nuevas situaciones, nuevas cosas, nuevos retos; te enseña aquello que no quieres ser, o no quieres repetir, pero también, aquello que quisieras mantener. El pasado no es tan malo.

Yo aprendí de mi pasado. Como todos, también cometí errores. Pero agradezco que haya sido así. Sin mi pasado, no hubiera abierto los ojos. Sin mi pasado, no hubiera sufrido lo suficiente para sentirme bien conmigo misma. Sin mi pasado, seguiría escondida en un agujero negro. Mi pasado me ayudó a ser lo que soy y a estar en donde estoy ahora, y me siento orgullosa de eso.

Hace unos años estuve en una relación en la cual nunca me sentí atrapada. Nunca sentí ese miedo. Nunca tuve, ni siquiera, la idea de salir de ahí, porque realmente no lo necesitaba, vivía en mi cuento de hadas, ¿qué más podía pedir? Era una relación que muchos consideraban perfecta, incluso yo, porque mentiría si digo que no era así. Sí, era una relación en la que ya me veía para siempre, incluso había pláticas, existían planes sobre el tema. Muchas veces decimos para siempre, porque realmente así lo sentimos, te sientes bien, tranquila, te sientes apoyada en todo momento, porque estás con alguien que te eligió y se quedó, a pesar de tus defectos. Pero de pronto todo cambia, y te vas dando cuenta de la realidad.

Qué difícil es aceptar que alguien que te quiere tanto, puede hacerte tanto daño. Si me preguntan, qué es lo que más me duele, raramente contestaría que no es el abuso, o bueno sí; sin embargo, no el abuso que todos se imaginan, aunque no puedo negar que existió.

Existió esa noche donde me di cuenta de muchas cosas; me di cuenta que muchos ven la parte sexual como un requisito de pareja. Esa misma noche en la que me dijo “la idea es que entre”, palabras que ayudaron a darme cuenta que mi “placer”, no importaba. Aún más importante,fueron palabras que me hicieron caer, que me hicieron pensar, me hicieron sentir mínima. Esa noche me di cuenta que no estaba en donde quería estar.

El abuso que más me duele es el que existió después de tomar quizá la decisión más difícil, o ¿no la tomé yo? Inconscientemente lo hice. Hice todo para evitar ser yo quien tomara esa decisión. Porque mis errores me llevaron a abrir mi panorama aún más, a darme cuenta que existe gente buena, gente que se preocupa, que te quiere y te valora. Pero sobre todo, gente que, a pesar de todo, estará contigo y no le importará tu pasado, al contrario, se sentirán orgullosos de ti por estar donde estás, a pesar de él; orgullosos de verte feliz, y con una sonrisa sincera.

No voy a decir que fue su culpa, pero sí. Fue su culpa que me sintiera responsable de todo, cuando no fue así; fuimos los dos. Fue su culpa que cambiara. Fue su culpa que haya dejado de sentirme apoyada. Fue su culpa que tuviera miedo de contarle las cosas, porque sabía cómo terminaría todo. Fue él quien me hizo sentir así. Porque nunca pensé que alguien tan importante para mí, se encargara de meterle ideas a mis amigos sobre mí, y peor aún, a mi familia, porque estando con ellos, me sentía incómoda, había miradas, preguntas y juicios sobre la decisión que tomé; y todo gracias a lo que les dijo.

Siempre me pareció incongruente que se quejara de que cambié, cuando él cambió hasta de religión. Me parecía incongruente que se enojara porque en su cumpleaños sólo le marqué, cuando acabábamos de estar una semana juntos; y en mi cumpleaños yo fui quien le marcó y en lugar de felicitarme, decidió pelear. Me parecía incongruente que me pidiera que guardara todos sus secretos, y fuera él quien se encargara de publicar los míos. Pero he aprendido de todo eso.

Cambié, eso nunca lo voy a negar, pero lo hice porque dejó de estar para mí, de apoyarme, de protegerme. Viví una experiencia que me hizo valorar y descubrir todo lo que está a mi alrededor, que no niego que también me hizo cambiar. Pero, durante el tiempo que estuve lejos, comenzó a crear una mayor dependencia entre nosotros, ni siquiera disfrutaba la compañía de sus amigos; “estuve sólo, nadie me hacía caso”, “mejor me subí porque ya estaba aburrido”, “a la próxima, mejor no vengo”. Compañía que extraño. Y meses después, me doy cuenta que esa dependencia era una señal de lo que venía.

Y se lo agradezco, porque sin todo lo que pasó, no me hubiera dado cuenta de que las cosas pasan por algo. No habría abierto los ojos para darme cuenta que ese lugar en el que estaba, no era donde realmente quería estar. Me ayudó a aprender, me ayudó a valorarme, me ayudó a saber qué es lo que busco, qué es lo que quiero. Me ayudó a aprender a ser yo misma, y no dar explicaciones por ser así. Me ayudó a sentirme libre y volar hasta lo más alto, para caer a mi manera y aprender de la caída. Pero más importante, me ayudó agradecer que tengo muchas personas maravillosas que están conmigo, porque gracias a ellos, he llegado aún más lejos.

Así que, sólo puedo decir: gracias.

Sin ti, seguiría en ese lugar al que no pienso regresar.

Imagen sin derechos de autor

Que quede un agridulce vestigio…

Que quede un agridulce vestigio, del año en que quise morir pero no lo hice.
De los días en que mi cuerpo portaba su máscara de supervivencia,
nada convencido de su propia capacidad de sanar pero fingiendo.
Fingiendo todo el tiempo, como si quisiera vivir.
Fingiendo todo el tiempo, para no dejar de vivir.
Porque así es el peso de la injusticia en el cuerpo,
una incongruencia que estruja el alma y la separa,
bajo el sabor amargo de la culpa.
¿De qué?
Culpa de ser, de vivir, de sonreír, de sobrevivir…
culpa del “yo sola provoqué este dolor”,
culpa del “si tan sólo hubiera hecho algo distinto”.

Ese sabor amargo a culpa que envenena los huesos,
y que entre susurros me recordaba cuán negro es el camino,
se presumía enorme, soberbia y elocuente.

La culpa carcomía mis manos desesperadas, buscando el perdón.
¿De quién?
De todos.
De nadie.
Quizá el mío.
Menos el mío.
El mío no importa. No lo merezco.
El de un mundo que injustamente me declaró culpable,
sin siquiera haber escuchado mi historia,
acallando el eco de la herida, que cada día era más pronunciada,
se extendía cual infinito en mi mirada derrotada.

Y mis hombros cayeron.
Cayeron hasta el suelo y creo que siguieron cayendo.
La culpa, la injusticia, la tristeza… eran tremenda carga.
Presa de mi propia voz, acallada por una voz más imponente…
que jamás será la mía.

Porque el poder del no es débil, enclenque e inútil
cuando se trata del deseo de otro que no eres tú.
No eres tú. No es tu cuerpo, aunque sí lo sea.
Es cuerpo dedicado al placer de ese que se acerca.

Y sientes miedo.
Miedo de que se apodere de ti ese susurro
que te recuerda cuán duro es respirar,
cuán difícil es levantar la mirada cada mañana,
cuán imposible es no sucumbir ante la sombra.

Quieres luz, lloras luz,
pero no la encuentras.
Se ha perdido entre las cortinas
y a tus manos frías sólo llegan lágrimas.
¿Esas lágrimas son tuyas? ¿A quién le pertenecen?

Te miras al espejo y ves un par de ojos hinchados,
rojos, tristes, caídos y derrotados.
No te reconoces. No te escuchas. No es tu reflejo en ese espejo.
Has quedado enterrada bajo los efectos del abuso.

Ya no existes, así que mejor no hables.
Te miras al espejo y ves el mundo masculino
fuerte, imponente, juicioso y soberbio.
Y tú no estás.

Te buscas, te miras, te escuchas
pero tú ya no estás.

El mundo, el pasado, la herida,
la culpa, el dolor, la tristeza,
todo te ha destrozado.

Aquí yace tu cuerpo,
lleno de expectativas, susurros, gritos,
rasguños, moretones, dudas y miedos.
Yace tu vida pero ya no es tuya,
cual cáscara inmóvil y putrefacta.
Bien. Que muera lo que el mundo hizo de ti,
para que puedas hacer de ti, lo que tú quieras.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

Tengo un poema en mi cuerpo

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

ante la imperante necesidad que tengo

de apropiarme, de hacerme mía,

de habitarme y reclamar mi vida.

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

para ese lugar que, por tanto tiempo,

significó miedo ante su propio reflejo,

un cuerpo, mi cuerpo, en el que

me limitaba a ser visitante…

hasta ahora.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío, que no solía serlo,

que ante el miedo un día se paralizó,

pues fue transgredido incontables veces,

y, ante ese mismo miedo, en una ocasión,

este cuerpo mío, se rebeló.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío que se sentía

prisionero de sus propios límites,

esclavo de su pasado y de su miedo,

sometido ante el peso de las expectativas,

el eco del mundo en sus curvas retumba.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en esta alma mía que se sentía,

encadenada a este cuerpo

que antes no consideraba mío.

¿De quién era entonces?

De quien quisiera poseerlo.

De las voces que con constancia lo juzgan,

de los ojos que le imprimen violencia,

de las manos que lo han sacudido,

del silencio que ahoga como oleaje,

de las cicatrices en su piel inscritas.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo que ahora es mío,

es hora de reclamarlo, de habitarlo.

De habitarlo al habitarme,

de abrir sus puertas y recibirme,

de llegar a casa y abrazarme.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es poema,

tengo un cuerpo que es metáfora,

abunda resistencia en sus cicatrices,

desborda fuerza en el silencio del pasado,

pues ahora grita, ya no calla, nunca más…

todavía tiene miedo, pues ha sufrido,

pero tiene vida, a pesar del miedo.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es mío,

que desde dentro añora ser libre,

y mi forma de reclamarlo, de liberarlo,

es jamás olvidando, sin anclarme al pasado,

recordar para resistir, recordar para elegir,

elegir elegirme, elegir habitarme,

habitar-me, reconocer-me, apropiar-me.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es metáfora,

tengo una metáfora que es refugio,

tengo un refugio que habito,

tengo un cuerpo que reclamo,

tengo un cuerpo que es mío.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/