No saber sentir como estandarte

No querer sentir es un lento morir,
reprimir el enojo; disfrazar el miedo;
disimular la alegría; esconder la tristeza;
apagar el incendio; disipar el desasosiego...

No querer sentir es alargar la agonía,
entrar en lucha con el propio reflejo,
hacer del hogar una extenuante guerra,
hasta, en lugar de sentir, obtener cenizas.

No querer sentir es contener la respiración,
hacer del rostro una máscara estática,
adornarlo con sonrisas, frenar el llanto,
engendrar el diluvio, al ignorar la tormenta.

No querer sentir es negarse a vivir,
los vestigios del mundo en el cuerpo,
cerrar los ojos ante el caos interno,
como si con ello amainara el tormento.

No saber sentir como estandarte,
del alma que ignora los retazos del infierno,
que finge que no siente, para un día,
convencerse que, en efecto, nada siente.
No querer sentir es un lento morir,
reprimir el enojo; disfrazar el miedo; 
disimular la alegría; esconder la tristeza;
apagar el incendio; disipar el desasosiego…

18 de marzo

Si hace un año me hubieran dicho dónde me encontraría hoy, cómo me sentiría y todo lo que he vivido… si hubiera tenido la opción de elegir otro camino, quizá lo habría hecho.

Lo digo como si yo no hubiera elegido esto, lo cual tiene poco de cierto.

He elegido cada día, y ello ha desembocado en donde hoy estoy, pero si alguien me hubiera advertido de la marea que vendría, de los constantes naufragios, de los terremotos, de las caídas… posiblemente lo habría rechazado todo. Incluso aunque trajera consigo puertos, refugios, calma y amaneceres.

Pero no hubo tal advertencia y hoy, un año después, aquí sigo.

Escribo de hoy, hace un año, no porque sea el inicio de esta historia –porque no lo es–, sino porque, más que ser una fecha terremoto, fue un callejón sin salida: de frente me esperaba el pasado, sonriéndome descaradamente, invitándome a regresar a él…

Hoy, hace un año, tú y yo nos topamos por accidente.

Recuerdo dar vuelta en la calle, alzar la vista y encontrarte.

Mi corazón entró en pánico.

Me sonreíste.

Me detuve porque pensé que tenía que hacerlo.

Nos saludamos.

Dos años sin vernos… y aun así no estaba preparada para el golpe.

Ese día desperté confundida. Había soñado contigo –cuando nunca lo hacía–. Soñé que nos topábamos por accidente y que yo temblaba, tal y como ocurría, horas después, al estar frente a ti.

Pensé que había sido una pesadilla, en realidad fue un presagio.

Me preguntaste cómo estaba, si seguía en una relación, si era feliz… si ya iba a casarme.

Yo me enfocaba en mantener la calma por fuera, tal y como no podía por dentro. Mi mente comenzó a flotar, mirando todo desde arriba, donde se sentía a salvo.

Mis pies, anclados al suelo, tratando de ser el sostén de ese, mi cuerpo miedo, que lo único que quería hacer era rendirse.

Tenía miedo. Miedo de mí, no de ti, miedo de no ser capaz de poner distancia entre tú y yo. Así que mentí. Te dije que era feliz, que seguía teniendo una relación aunque todavía no iba a casarme.

No te dije que mi relación había terminado porque no quería que lo vieras como una puerta, como un sí, aunque, si somos sinceros, nunca necesitaste un sí de mi parte para hacer lo que querías.

Tenía miedo y estaba tratando de no demostrártelo. No quería que vieras el poder que seguías teniendo sobre mí.

Corté la conversación, nos despedimos y me di la vuelta, alejándome, pidiéndole a mi cuerpo que resistiera unos minutos más: Una vez que no nos vea, podremos derrumbarnos.

Y eso hice.

Hoy, un año después, tiemblo al recordarlo.

Lloré por horas sin saber por qué lo hacía.

Miento. Mi cuerpo sabía porqué, mientras que mi mente no se había atrevido a a pensarlo, mucho menos a decirlo…

Mi cuerpo recordó las heridas que por tantos años yo había silenciado y, con ello, me obligó a replantearme el pasado, a considerar la posibilidad de que hubiera sido abuso, y no mi culpa.

Fueron cuatro años contigo que me encargué de guardar en una caja, que después enterré en el fondo de mi memoria.

Pensé que si la ignoraba, que si me dedicaba a negarla… podría vivir como si nada hubiera ocurrido.

La enterré porque no estaba lista para enfrentarla.

Y, de repente, ahí estabas tú, sonriéndome tan seguro de ti mismo, haciéndome temblar.

Mi cuerpo miedo, mi mente olvido, el pasado y yo… mirándonos frente a frente en un callejón, cuya salida ya no podía ser la huida.

Y aquí estoy.

Un año después, aquí sigo, sin huir del pasado que por tanto tiempo pretendí desconocer, aunque a veces, como hoy, quisiera nunca haberlo enfrentado.

Tenía miedo. Miedo de mí, no de ti, miedo de no ser capaz de poner distancia entre tú y yo.

2 de septiembre

Se aproxima el día en que las mujeres nos ausentaremos, sin embargo, mi imaginación –muchas veces desmedida– en esta ocasión no coopera. No me permite imaginar un mundo sin mujeres.

Así que mejor me imaginaré un mundo en el que abundamos las mujeres libres, las mujeres libres de experiencias de violencia, abuso, acoso… Para ello, es necesario comenzar rehaciendo el mundo. Reinventar esos días, esos días pesadilla.

2 de septiembre

Es mi cumpleaños, estoy trabajando. No me molesta pues amo mi trabajo. Me entusiasma el evento que está por comenzar.

Mi corazón está triste, 27 años… me duelen y me dan esperanza. Me duelen porque, por unos meses, no pensé que este día llegaría, la vida se veía tan lejana. Por otro lado, son esperanza. Lo he logrado. Un hito en el camino. Quería huir. Iba a huir y al final no lo hice. Estoy aquí, cuando yo quería estar en otro lado, apagando los efectos del abuso, fingiendo que no están presentes todo el tiempo.

Comienzo el día emocionada, va a ser un día largo. Ha sido un fin de semana intenso, pero es lunes, es mi cumpleaños y amo lo que hago.

Llegan las mañanitas de muchas formas: como bailes improvisados en la recepción de un hotel, como cantos al otro lado del teléfono, como mensajes de distintos lugares, de personas refugio…

Cada mensaje, cada llamada, me apretuja el corazón. Mi mejor amigo me escribe: Eres muy fuerte. Te admiro mucho. Espero que un día, todo esto que te duele, deje de doler tanto.

Y no puedo evitar llorar. Corro a una esquina, a resguardarme de quienes me rodean, buscando fuerzas para continuar fingiendo.

El evento es todo un éxito.

Mi cuerpo ya no puede más. Estoy agotada pero feliz. Siguen las mañanitas, aunque sea de noche.

Me alegra saber que se trata de un día que no ha estado centrado en mí. Que, aunque es mi cumpleaños, he podido olvidar un poco de lo mucho que me acongoja.

Son las 3 am. En teoría, ya no es mi cumpleaños, pero si consideramos que por estar trabajando sigo despierta, todavía se siente como si lo fuera. Estoy lista para terminar el día. Ese día al que tanto miedo le tuve y que ha pasado… agridulce.

Estoy de vuelta en el hotel en donde pasaré la noche. No estoy sola. De las varias personas que éramos, me quedé sola con él. Me estaba esperando en el elevador.

Me incomoda. Me preocupa que piense que quiero algo que no quiero pues toda la noche me estuvo coqueteando.

El elevador se abre en su piso y, cuando me despido, me toma de las manos y me jala para sacarme. Me niego. Le digo pacientemente que no, que quiero irme a dormir. Insiste en que me vaya con él y que platiquemos. Yo trato de ser amable, sonriendo, explicándole que no gracias, que estoy cansada, que quiero dormir…

No me escucha.

Me pone contra la pared. Intenta besarme, intenta tocarme. Lo quito.

Le digo que no.

Le digo que no.

Le digo que no.

No le importa. Lo intenta y lo intenta, una y otra vez.

Una voz me susurra en el oído: Carmen, ríndete, nadie te va a escuchar si gritas, nadie te va a ayudar. Mejor ríndete. Déjalo.

Por unos segundos que se sintieron eternos, pienso en rendirme.

Sacudo esa voz de mi cabeza y lo empujo.

Presiono el botón del elevador.

Se sube conmigo, aunque le digo que no. Insiste en acompañarme pues él es un caballero. Lo repite constantemente: Yo soy un caballero.

Tengo miedo, mucho miedo.

Mi mente da vueltas.

Lo amenazo con llamar a su amigo si no me deja en paz.

–¿Por qué? No estoy haciendo nada.

–NO ME DEJAS EN PAZ.

Mi mente, desesperada, busca formas de huir. Presiono, o por lo menos pienso en hacerlo, el botón para ir a la recepción. Puedo irme ahí y esperar. Esperar a que se canse y me deje.

Tengo miedo, mucho miedo.

Empiezo a llorar.

–No llores. ¿Por qué lloras? No te voy a hacer nada. Soy un caballero.

–No es por ti. Solo…

Lloro. Tengo miedo, mucho miedo. Claro que es por él, pero no quiero hacerlo enojar. Tengo miedo. Nadie me ha enseñado a reaccionar ante este tipo de situaciones. Pensarías que haber estado en una relación abusiva te prepara, pero no, al contrario, te somete.

–No me gusta ver a las mujeres llorar.

Retrocede temeroso, como si yo fuera un animal herido que pudiera contagiarlo de algo.

Quizá teme ser contagiado de mi condición de mujer.

Se baja del elevador.

Yo sigo llorando. Temblando.

Me voy a mi cuarto.

Sigo llorando.

Le envío una nota de voz a mi mejor amiga. No se entiende bien lo que digo entre el llanto. Solo repito: ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Odio a los hombres. Los odio. ¿Por qué a mí?

Me acuesto a llorar.

Aunque técnicamente ya no es mi cumpleaños, todavía se siente como tal.

¿Por qué a mí? ¿Qué hago para que me pasen estas cosas? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

No, no odio a los hombres. Les tengo miedo.

No logro dormir.

No paro de llorar.

El pesar en mi pecho me sofoca, quiero apagar el mundo.

Pasan las horas.

Me obligo a levantarme, a sonreír… a fingir que no pasó nada, a enfrentar el mundo como si yo, por dentro, no estuviera echa pedazos.

En silencio, en soledad, lloro. Lloro mucho.

Pero dijimos que se trataba de reinventar los días pesadilla.

Así que, es 2 de septiembre, es mi cumpleaños.

Son las 3 am.

Subo al elevador. Llego a mi piso.

Entro a mi cuarto. Me preparo para dormir.

Es mi cumpleaños.

Ha sido un buen día.

Junio

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco fuerte y profundo.

Pienso en magia. Pienso en vida.

Cuando comencé este camino, hice una lista de las personas más importantes en mi vida, a quienes quería contarles lo que había pasado.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Quería combatir el monstruo con base en palabras, mirarlo fijamente a los ojos y nombrarlo.

Sin notarlo, esa lista estaba compuesta prácticamente por puras mujeres.

Sin saberlo, esa lista se llenaría de más mujeres magia, que iría conociendo, y que serían indispensables en mi vida.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Y en ese decirlo, en ese nombrarlo, una y otra vez mi historia se volvió eco.

Una y otra vez, esas mujeres magia me miraron a los ojos y me dijeron: a mí también me ha pasado.

Todas me tomaron de la mano, todas lloraron conmigo… una de cada dos me miró a los ojos y me dijo: a mí también me ha pasado.

Así que me pregunto, ¿cómo se puede agotar el decirlo? ¿cómo puede perder todo poder? Si nuestras historias son eco, si nuestro dolor tiene el mismo origen, si todas hemos vivido alguna situación de abuso, ¿cómo podemos terminar de enunciarlo?

Y ni siquiera se trata de números. No se trata de si somos una de cada una, una de cada dos, o una de cada diez. Con que haya un corazón que sea eco, es un corazón más del que debería doler a causa del abuso.

Se trata de nosotras y nuestro dolor.  

Se trata de esos segundos en los que decimos “a mí también me ha pasado” y cómo, en nuestros ojos, puedes ver lo fragmentado de nuestra alma.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco constante y profundo que, al tomarse de la mano, es irrompible.

Sororidad, le llamamos.

Pienso en ese mismo eco y lo que significaría su ausencia.

Un mundo sin las mujeres que somos vida, que somos magia.

Un mundo en el que ninguna de nosotras tome de la mano a la otra y le diga: yo estaré contigo. No estás sola.

Un mundo, sin ellas, para mí, pierde todo el sentido pues yo habría perdido la batalla.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco de mujeres que, con fuerza, compañía, dolor, solidaridad, empatía y compasión, enfrentamos el monstruo masculino. Ese monstruo masculino enorme que nos llena de miedo pero que, encaramos juntas, por cada una de nosotras, por todas.

Pienso en las mujeres como magia, como vida, como fuerza y es gracias a ellas que mantengo la esperanza.

Junio
csoledadt.com
Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco, pienso en magia, pienso en vida.

Febrero de 2020

Hoy no tengo fuerza para metáforas, para versos, para poesía…

Tengo palabras que me consumen desde dentro, tengo experiencias de violencia que me duelen como siempre.

“Si un día no regreso, quémenlo todo”.

Hoy lo creo y lo siento, pero hubo un tiempo en el que no fue así.

Cuando estuve en una relación abusiva –incluso años después–, sentía que no valía nada, que no merecía amor. ¿Cómo creer entonces que vale la pena quemar el mundo por alguna de nosotras?

Así. Quemándolo.

Me da mucha esperanza saber que hay mujeres que quemarían el mundo por una desconocida.

Me da mucha esperanza y fuerza saber que vale la pena quemar el mundo por mí, por cualquiera de nosotras.

Quémenlo todo. Quemémoslo todo.

¿Qué ganamos con eso?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Ruido

El ruido de apuntar con el dedo y sentenciar los actos permite que aquellas que hemos normalizado nuestras experiencias entendamos que son violencia. Se trata de desenmascararla y nombrarla como tal.

Lo digo yo, que no quise verlo porque cegarme ante la realidad y buscar una forma de vivir con la violencia era instinto de supervivencia.

El ruido, los testimonios de otras mujeres, los monumentos rayados, las marchas feministas, el enojo… me permitieron cuestionar la narrativa que el abuso había tatuado en mi mente, en la que el problema siempre sería yo.

Esa pequeña semilla que el enojo de otras mujeres sembró en mí, me permitió entender que no estaba sola, que no era normal, que no era la única y que el problema no era yo.

No. El problema no soy yo.

El problema es el abuso, el machismo, la violencia, el silencio…

El problema no soy yo. El problema no somos nosotras.

Para las mujeres que, como yo, viven en el silencio, un poco –o mucho– de ruido es una semilla de esperanza.

INCOMODIDAD

La primera en incomodarse fui yo.

Lloré.

Caí.

Seguí llorando. Sigo llorando. ¿Algún día se deja de llorar?

Y con cada historia, con cada mujer, con cada una de las 10 mujeres que son asesinadas a diario en México, lloro de nuevo, como si nunca me hubiera detenido.

Si no nos duele saber que, en México, todos los días asesinan a 10 mujeres, que mínimo nos haga sentir incómodos. Porque esta incomodidad de hablar de temas que se han normalizado e invisibilizado, no es nada comparada con la incomodidad de ser abusada, golpeada, violada, matada…

Que si no hay empatía en este México masculino, por lo menos haya incomodidad que nos permita mirarnos en el espejo y preguntarnos: ¿Qué he hecho yo para perpetrar estas acciones masculinas?

Porque todos hemos hecho algo.

Yo, como mujer, he hecho muchas.

Yo, como mujer que ha vivido distintas situaciones de abuso, he cometido muchas.

¿Qué has hecho tú para perpetrar estas acciones masculinas?

Créeme cuando te digo que todos hemos hecho algo.

Si tu yo masculino aún no se ha incomodado, quizá es hora de que te preguntes por qué.

FUERZA

Al estar envuelta en una relación abusiva, sumergida en los efectos del abuso y, como tal, convencida de que el problema eres tú, se necesita fuerza para reconocerlo, para nombrarlo… para resistir la urgencia de asumirse culpable, cuando no es así.

El problema no eres tú.

El problema no somos nosotras.

Se necesita fuerza para atravesar el infierno que conlleva reconocer lo vivido y tratar de sanarlo.

Fuerza porque hoy, tras meses de trabajarlo, no sé si un día sane del todo.

Fuerza porque cada día 10 mujeres son asesinadas y aun así hay personas que no lo entienden, y que, con base en esta incomprensión, lo justifican, normalizan y permiten.

Cuando no entienden la historia de Ingrid, no entienden la mía.

El abuso me convenció por mucho tiempo que mi dolor no era válido, no existía.

El machismo trata de convencerme de esto cuando niegan nuestro dolor.

Fuerza para no aceptarlo, fuerza para no ceder, fuerza para alzar la voz y mostrar las cicatrices.

O quizá no. Quizá solo fuerza para sanarlas y, de ser necesario, enterrarlas.

Fuerza para tomarnos de la mano entre nosotras y sostenernos.

Fuerza para sobrevivir porque en mi intento por enfrentar los efectos de mi relación abusiva, no quería vivir.

Así que, ¿qué ganamos con quemarlo todo?

Que las mujeres que, como yo, hemos aprendido a vivir con el abuso, nos sepamos acompañadas, cuidadas, sostenidas… pues ese es el primer paso para no ser una más.

¿Qué ganamos con quemarlo todo?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Y ya después, cuando el mundo se incomode y duela con y por nosotras, cuando el mundo sienta la desesperanza que nos ahoga, quizá podremos pensar en un México que no necesite quemarlo todo para que quienes no entienden que no entienden, lo puedan entender.

Pero por hoy… si un día no regreso, quémenlo todo.

Agosto

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.

Abrirnos.

Mostrarnos.

Abrir el alma, mostrar las heridas.

Abrir las ventanas de nuestro cuerpo, de nuestro hogar, y mostrar los fantasmas que acechan en cada rincón.

Abrir los secretos que hemos guardado con candado, y mostrar la sombra que hasta a nosotros nos atemoriza.

Ser flor.

Ser flor con espinas, que duele pero que también lastima.

Ser flor con vida, que se abre para ser vista.

Ser vistos.

Ser reconocidos.

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es abrirnos, exponer nuestro dolor, nuestra oscuridad, nuestros monstruos y fantasmas, con tal honestidad que prescindamos de nuestras barreras.

La vulnerabilidad empieza desdibujando las fronteras, cruzando el umbral de nuestro propio hogar para adentrarnos en otros hogares. Implica también el invitar a otras personas a entrar al nuestro.

Sí, ser capaces de ver a otros, pero también poner los medios para ser vistos.

Y es ahí donde radica el temor.

Lo has sentido, ¿cierto? Ese temor al juicio ajeno que evoca nuestras propias palabras.

Temor a las piedras entrando por la ventana.

Temor a lo externo, a lo ajeno, a lo desconocido que se siente como ese enemigo tan conocido, ese enemigo casi amigo…

Temor al dolor que en el pasado entró por la puerta, y que no se ha ido, no del todo.

Y es por ello que construimos muros.

Entre países.

Entre personas.

Entre corazones.

Me atrevería a pensar que los más resistentes son los que erguimos invisibles a nuestros ojos, pero evidentes para quienes nos rodean.

Aquellos cuyas raíces son el miedo, la soledad y el abandono.

Aquellos muros que son un monumento al pasado.

¿Cómo deshacemos muros que un día construimos a nuestro alrededor para protegernos?

¿Cómo y cuándo reconocer que en realidad nos aíslan y descuidan?

¿Qué hacer con los muros que portamos como condecoraciones, separándonos del mundo que también teme y duele?

¿Cómo ser flor? ¿Cómo ser entrada?

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es sabernos vulnerables: personas que duelen, y que el dolor nos hace sentir frágiles; aceptar que la fragilidad existe únicamente en quienes cambian de forma, quienes se atreven a reconstruirse.

Quizá la vulnerabilidad se asemeja a florecer, reconociendo que no es fácil abrirnos y mostrar al mundo la belleza –y el temor– que existe en la imperfección.

La vulnerabilidad comienza entonces con un peldaño que retiramos de nuestros muros. Entra la luz, sigilosa. Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Para mí, derrumbar mis barreras implicó mirarme en el espejo, retirar la máscara y compartir mi llanto; ser abrazada al llorar, pedir ayuda, asumir la imperfección y sacar mis cicatrices al sol.

El derrumbe requirió la suavidad de la comprensión, de la compasión, de los refugios que me recibían tan completa que podía mostrarme incompleta.

Rota.

Ser vulnerable implicó desvestir mis heridas, romper con el silencio, asumir la responsabilidad de sanar el pasado, así como mirar a los ojos a otras personas y decir: hoy necesito de tu compañía, quizá mañana también.

Y eso hice. Tomé la mano de mis personas refugio y en medio de un llanto incontrolable les mostré la fealdad de mi dolor, el “no quiero vivir una vida así”, el “ya no sé cómo sobrevivir”...

Puse los medios para ser vista, para permitir que me cuidaran.

Ser vulnerable me entregó infinitos puertos en donde anclar entre la desesperanza.

Ser vulnerable me ha salvado la vida desde entonces.

La vulnerabilidad es un acto de valentía: mostrar aquello que más nos duele, a lo que más le tememos, con la esperanza de sanar en compañía.

Ser vulnerable es una puerta que abrimos con la generosidad de compartirnos, mostrando nuestras grietas, invitando a otros a pasar para cobijarlos con nuestra propia imperfección.

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.
Abrirnos.
Mostrarnos.
Abrir el alma, mostrar las heridas.
La vulnerabilidad comienza con un peldaño que retiramos de nuestros muros.
Entra la luz, sigilosa.
Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Diciembre

En ocasiones, todos necesitamos anclar en un puerto y encontrar refugio. Sin embargo, encontrar refugio es casi tan complejo como detener la tormenta, la lluvia y el incendio.

Para sobrevivir, es menester encontrar un espacio seguro donde doler está permitido.

Quizá sobrevivir se trata entonces de quienes te acompañan en el camino. De las personas refugio que, en medio del caos, son puerto.

Personas refugio que te toman de la mano mientras acaricias la herida; que te proveen de fuerzas cuando el cuerpo se rinde; que riegan tu alma con sus propias lágrimas; que escuchan el llanto de tu corazón herido; que abrazan tus monstruos sin temor a alimentarlos…

Personas refugio que cargan sus propias tormentas en el pecho; que al mirar en sus ojos encuentras un eco de tu historia destellando, pues doler es humano.

Personas refugio que duelen contigo, por ti y por ellas.

Personas refugio que se niegan a dejarte morir, que se aferran a tu vida, aun cuando tú no puedes hacerlo.

Y es así cuando hacemos del mundo un refugio.

Quizá sobrevivir se trata entonces de los instantes de vida en el camino, proveídos por personas que hacen de su compañía un refugio; que son inspiración para que tú también seas un puerto en el que anclen ante el agotamiento.

Hagamos de este mundo un refugio.

Hoy quiero agradecer, reconocer a las personas refugio que han estado conmigo, con la esperanza de ser también un puerto, un lugar seguro en el que podamos acompañarnos.

Gracias.

A ti, que me abrazaste sin hacer preguntas, cobijando mi dolor con tu cuerpo, protegiéndolo de sí mismo.

A ti, que me tomaste de la mano cuando te dije “ya no puedo con este dolor” y me dijiste “yo remaré contigo”.

A ti, que, al no encontrar las palabras, guardaste silencio.

A ti, que te enojaste por mí cuando yo no podía hacerlo.

A ti, que me compartiste tu historia y me llenaste de valentía para contar la mía.

A ti, que me sostuviste mientras mis ojos visitaban el pasado.

A ti, que has permanecido en el caos, en la tormenta, en la calma, en el dolor.

A ti, que recibiste mis monstruos en tus brazos y les prometiste acompañarlos.

A ti, que lloraste conmigo.

A ti, que no supiste quedarte.

A ti, que me lees.

A mí, que cada día sigo caminando.

Hagamos de este mundo un refugio, pues para serlo, lo único que necesitamos es reconocernos.

Gracias por ser un refugio.

Noviembre

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Eso le dije a una niña de 13 años que amo… y fue como mirarme en el espejo.

Sentí la ironía de mis palabras, sentí cómo caían sobre mi pecho con todo su esplendor.

El mundo se detuvo… mi respiración también.

Me di cuenta que me estaba hablando a mí y no a ella.

Me dirigía a tantas yo que, por tanto tiempo, enmudecieron con el secreto, con el miedo, con el dolor… y que, en el proceso, se perdieron en el silencio.

En ese momento, al mirarme a través del espejo que me proveyeron mis palabras, me di cuenta de lo imperativo del ruido; de los gritos; de las canciones; de los bailes… de la contundencia de gritar: el violador eres tú. Porque esa es la única forma de evitar que el número siga en aumento, como si mi dolor –o el de cualquiera– pudiera ser un número más.

¿Alguna vez has medido tu dolor?

Dime, si tuvieras que medir tu dolor, ¿sería en cucharadas? ¿en caminatas? ¿en silencios? ¿en tiempo? ¿en lágrimas? ¿en sal? ¿en soledad? ¿en insomnio?

Dime si tú, como yo, mides tu dolor en respiraciones.

“Una respiración a la vez”, es aquello que te repites.

Inhalas.

Exhalas.

Inhalas.

Exhalas.

Y te obligas a ti misma a seguirlo haciendo.

A repetir.

A continuar.

A medir los minutos, las horas, los días, las semanas… en una respiración a la vez.

Inhalas, intentando apagar el incendio de tu pecho.

Exhalas, tratando de liberar el mar que te ahoga.

Y fallas.

Y comienzas de nuevo.

Una respiración a la vez, como himno de un corazón roto, triste y derrotado. Un corazón cuyo dolor jamás podrá ser un número más.

Y, aun así, cada día hay más nombres en esa lista inextinguible. Es entonces cuando mi dolor es un número más.

Me niego a que el de otras personas también lo sea.

Me gustaría que el de ella no lo fuese.

Así que hoy, con toda la vida y la fuerza que el intentar sanar me ha otorgado, me descubro frente al mundo y le muestro, poco a poco, mis cicatrices y también –por qué no– las heridas que todavía no han sanado.

Y mi corazón teme.

Porque el abuso no es solo dolor, sino que es culpa, es vergüenza, es miedo… es un rastro de la injusticia que este mundo masculino enmarca, promueve y alimenta.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Y quizá el alzar la voz comienza con un susurro, hasta que cobra fuerza y se convierte en ruido, en grito, en eco, en rugido, en temblor, en canción… o por qué no, en un blog.

Así que las diré de nuevo: “Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Las diré cuantas veces sean necesarias para que el mundo entero sienta su peso y asuma su responsabilidad.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Enero de 2020

El dolor sí mata. Lo sabemos quienes lo hemos visto de frente, quienes hemos habitado con él, o quizá, a quienes nos ha habitado el dolor.

El dolor sí mata cuando se mantiene bajo el pecho, cuando abraza nuestra inexistencia y echa raíces en el alma.

El dolor sí mata cuando es silencio, cuando nos ha seducido para creer que “no es tan importante”, “no es tan grave”, “no es tan fuerte” como el de otros.

El dolor sí mata cuando vive de comparaciones. Cuando nos convence de nuestra ineptitud y de nuestra complicidad. El dolor mata desde dentro.

Se enraíza en el cuerpo, se extiende y crece. Requiere de poca luz, de mucha sombra. Se riega con base en lágrimas reprimidas bajo las pestañas rendidas.

El dolor sí mata.

El dolor doblega el alma.

El dolor sí mata.

Por ello, hoy, a ti, que quizá me lees o quizá no, te comparto mi dolor.

Lo comparto con miedo, con frío, con duda y con temblor.

Lo comparto con el corazón en el suelo, un tanto vencido.

Lo comparto con vulnerabilidad, pero sin ser vulnerada.

Lo comparto porque cuando lo guardé en un baúl,

cuando lo convertí en secreto, no hizo más que crecer, fortalecerse.

Lo comparto porque al hablarlo, la neblina se disipa.

Lo comparto porque en este camino otros me han compartido el suyo.

Y me ha hecho saberme menos sola.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mi compañía.

El dolor, cuando se acompaña, humaniza.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mis palabras.

El dolor, cuando se habla, pierde fuerza.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mi compasión.

El dolor, cuando se escucha y abraza, sana.

El dolor sí mata y, por ello, es momento de contarlo, de honrarlo… porque al vivirlo, al sentirlo, la tempestad amaina, el cielo entra en calma.

Por ello a ti, que quizá me lees o quizá no, te ofrezco Agridulce, te ofrezco mi dolor para que nos encontremos, nos acompañemos y nos sepamos menos solos.

Te ofrezco lo que me ha salvado, te ofrezco el refugio que otros me han dado.

Mayo

Es un antes y un después.

El 2019 estuvo marcado por fechas terremoto que han vencido mis cimientos, fechas terremoto que me han sacudido y, de cierta forma, me han roto.

Cuando pienso en mayo, recuerdo mi cuerpo miedo.

Mi cuerpo miedo que, tenso, se preparaba para la tormenta. Llevaba meses acercándose, jactándose de su poder sobre mí. Me seguía como sombra ineludible, como neblina inextinguible.

Era tan mía que ya ni la percibía. Éramos una. Me envolvía en su juego, convenciéndome del poder que tenía sobre mí.

Ese cuerpo miedo se aventó al barranco. Iluso pensó que era un pequeño salto.

Fue una caída libre.

Estrepitosa. Tremenda. Hermosa.

Decidí ir a terapia y enunciar aquello que nunca había contado.

Pensaba que lo difícil sería abrir la caja de Pandora, observar mis demonios y aceptarlos. Sin saber que, en realidad, era tan solo el primer paso de un camino largo, tan largo como el silencio del pasado.

Puedo ver mi cuerpo acercándose al barranco. Creyó que volaba, cuando solo caía.

Todavía hay días en que solo se dedica a caer, esperando un final que no está anunciado. El 1º de mayo fue una fecha terremoto.

Y hoy, meses después, mi cuerpo todavía tiembla, mi cuerpo todavía es miedo. Siente las réplicas del dolor, el eco del pasado.

Hay fechas terremoto que, al romperme, me han transformado.

El asunto con las fechas terremoto es que también son parteaguas de pequeñas victorias. Pequeñas victorias que detienen la caída, la suavizan… que le otorgan un sentido.

Hay fechas terremoto que me han marcado, que ahora son huellas en mi vida pues les he otorgado significado.

Si ese 1º de mayo y cada día desde entonces he elegido vivir… quiero que valga la pena cada paso, cada caída, cada victoria… cada barranco.