Me gustaría que supieras…

19 de junio de 2020

A ti, a ustedes:

Me gustaría que supieras cómo me sentí.

No por generar empatía o buscar comprensión, ni siquiera para que te sientas culpable. Tengo solamente la esperanza de que, al leer esto, tú y otros que piensan igual que tú, reflexionen sobre sus acciones, sus palabras, sus miradas.

No recuerdo exactamente cuándo comencé a sentirme así. Creo que se fue acumulando hasta convertirse en un ruido agudo en el fondo de mi mente, siempre presente.

Me gustaría que supieras que sí, las niñas recordamos, vemos y sentimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, que se quedan marcadas esas palabras, esas caricias incómodas, esas miradas lascivas. Todo eso lo sentimos, lo recordamos, pero nunca lo entendemos.

También sentimos esos abrazos inadecuados, esos besos tan cerca de la boca, eso que hacías cuando nadie te veía.

Te creías muy fuerte y poderoso por vulnerar a una niña pequeña, a quien le enseñaron a confiar en ti.

Me gustaría que supieras que ese ruido, que comienza casi como un susurro, se vuelve ensordecedor y, aunque nadie más lo escuche, te aísla. Te marca pues un día todo deja de tener sentido y aprendes a vivir con él, te rindes y te acostumbras a su presencia… se vuelve parte de ti. Me gustaría saber ti tú también lo escuchas, si también te costó trabajo adaptarte a él después de las decisiones que tomaste a expensas de mí, de mi cuerpo, de mi inocencia, de mi vulnerabilidad.

Me gustaría que supieras que no fuiste el único, después vinieron otros que vieron oportunidad en mi resignación. Unos causaron que el ruido se volviera más fuerte que otros. Me pregunto si el ruido los atrajo.

Me gustaría que supieras que tus actos no me definen a mí, pero a ti sí, a ustedes. Que violentarme no los hizo más fuertes, ni más hombres. Los hizo, a mis ojos, sombras gigantes que me siguieron por años, que seguían infringiendo dolor, aunque ya no estuvieran cerca.

Me gustaría que supieras que me rompieron, cada uno a su modo, aún antes de poder empezarme a construir.

Me gustaría saber (pensar) que has cambiado, que ahora entiendes que usar a otros no llena los vacíos que te carcomen, que la edad y las vivencias te han dado mayor perspectiva y que no te escondes más entre las sombras esperando a tu próxima presa. Aunque me gusta a veces pensar que fui la única, que pudiste sacar conmigo esas decisiones y que ya no pudiste lastimar a nadie más.

Me gustaría que supieras que hoy he decidido buscar soluciones y alzar la voz para que personas como tú no vulneren a personas como aquella niña que fui y sigo siendo.

Hoy puedo decir que me he construido finalmente, a pesar de todos tus intentos por arrancarme piezas. Hoy me siento humana, me siento viva, me siento mujer.

Una mujer preparada para enfrentar su pasado y honrar su presente. Una mujer fuerte y capaz de quitar ese ruido ensordecedor, que es tuyo, no mío. Una mujer lista para conectar con el mundo, con quien ella elija y no con quien se lo imponga.

Por último, me gustaría que supieras que todo lo que hiciste, dijiste o pensaste es tuyo. Nunca fue ni será mío.

Y te toca a ti cargarlo, porque yo ya me cansé.

*La autora ha decidido permanecer anónima.

18 de enero de 2018

Podría hablar del primer recuerdo que tengo del abuso que he vivido. Podría también hablar de una relación abusiva en la que estuve por cinco años, esa que me dejó marcada, que me dejó cicatrices que aún no logro sanar. Una relación que me lastimó más de lo que las palabras en este escrito o en cualquiera, pueden sanar. Un abuso más allá de lo que puedo describir o explicar.

Sin embargo, quiero hablar del 18 de enero de 2018. ¿Por qué esa fecha? Porque siento que es donde necesito empezar. Porque es una fecha de la que no he hablado más que con un par de personas. He hablado particularmente del evento, pero no de cómo afectó mi relación o, mejor dicho, cómo me afectó a mí al haber vivido todo eso mientras estaba en esa relación.

Un evento que, en su momento, comenté con niñas de 14 años, porque eran las personas que me daban seguridad. No podía recurrir a mis amigos… la verdad, no es que no pudiera, es que no sabía cómo abrirme con ellos, sentía que si lo hablaba con niñas de 14 años dejaría de ser real, como si entonces ese día nunca hubiera ocurrido. El hablar con mis amigos hubiera significado reconocer que sí pasó.

Hoy me siento lista para decirlo, para compartirlo con mis amigos, para compartirlo con ustedes, para compartirlo con todos aquellos que quieran leerme. Pero, más importante aún, me siento lista para compartirlo conmigo misma.

18 de enero de 2018

Empezó como cualquier otro. Me desperté, me arreglé, me preparé y me fui a trabajar. Amaba mi trabajo, entonces iba con la emoción de siempre.

Al principio todo estaba bien.

Mi día aparentaba ser como cualquier otro.

Alrededor del medio día, comencé a sentir el dolor más profundo que una mujer puede sentir. Si me lo preguntan, habría preferido vivir nuevamente todo el abuso a tener que soportar ese dolor.

Ya en el hospital, todo fue muy rápido. Yo no entendía lo que estaba pasando. No entendía porqué estaba en una camilla, porqué tanta prisa… sólo me sentía mareada -a causa del dolor, y a causa de las medicinas que me estaban administrando por vía intravenosa-. Recuerdo que sólo escuchaba voces, pero no entendía su significado, no entendía qué decían.

Dormí.

Desperté.

Dormí.

Desperté.

Mi doctora estaba ahí.

Lloré.

–Estabas embarazada.

–Perdiste al bebé. – Siguió diciendo.

¿Qué dijo después? No sé.

¿Dónde estaba él?

–Trabajando. – Contestó la doctora.

18 de enero de 2018… el día que me enteré que estaba embarazada.

18 de enero de 2018… el día que tuve un aborto.

18 de enero de 2018… el día que él decidió que el trabajo era más importante que su esposa, que el hijo que había perdido.

18 de enero de 2018… el día que el mundo se desmoronó ante mis ojos confundidos.

¿Qué pasó después del 18 de enero de 2018?

Aquí es donde la otra historia comienza.

Después del legrado, hay un periodo de abstinencia. Daba gracias a Dios. Un periodo en el que no tendría sexo por obligación. Un periodo en el que podría descansar. Un periodo en el que no tendría que irme a dormir llorando por haber tenido relaciones que no quería tener.

Sí, el 18 de enero de 2018 fue duro, pero lo que siguió fue un respiro.

Logré respirar.

Logré escaparme, por un tiempo, del abuso.

Logré dormir.

¿Qué ocurrió con él durante este tiempo?

Nada.

No estaba.

No me apoyaba.

No hablábamos.

No me preguntaba cómo seguía.

No me preguntaba qué necesitaba.

Él seguía trabajando. 

Un día me hizo una pregunta: ¿Cuándo vamos a poder volver a tener sexo? Lo extraño.

Eso fue lo único que quiso decirme tras todo lo vivido.

Una y otra vez.

Todas las noches.

Por dos meses.

Hasta que el periodo de abstinencia acabó (o, más bien, cuando yo lo di por terminado, pues médicamente podría haber sido antes).

Llegó marzo.

Regresó el sexo.

Regresó el abuso, aunque: ¿Alguna vez se fue?

Regresaron las lágrimas.

Y con marzo frente a mí, en retrospectiva, el 18 de enero de 2018 no se veía tan mal.

Sí, sí prefería el dolor del 18 de enero de 2018.

¿Quién lo diría?

Sufrir un aborto era menos doloroso que ser ignorada.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la negligencia.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la eterna pregunta “¿Cuándo vamos a tener sexo?”

Sufrir un aborto era, definitivamente, menos doloroso que tener sexo sin sentido. Sexo vacío. Sexo impuesto.

Continuará…

C*

*La autora ha decidido permanecer anónima.