Confesiones de una experta en cuidar a otras personas, no tanto cuando se trata de permitir que otras la cuiden

A Vicky… gracias

El acto de cuidar, como generosidad,
el acto de ser cuidada, como compasión.
La dificultad, no tanto del primero,
sino de permitir a otra persona estar,
de la misma forma en la que se estaría…
Tomar la compasión como práctica diurna,
aceptar la amistad cuando más impera,
permitir que el llanto corra libre,
no solo cuando se está a solas.

Sentir en compañía, doler en compañía,
ser abrazada, ser consolada y vista,
con la misma vista que solemos apartar,
del dolor ajeno, inclusive del propio.
Ser cuidada, en medio de la tempestad,
reconocer la incompetencia que conlleva,
saberse incapaz, si el camino es solitario,
nombrarse fuerte, en medio del llanto.
Ser cuidada, cuando no amaina el duelo,
aceptar la ayuda de quien la ofrece,
permitir que el cuerpo caiga, para que 
manos ajenas sean quienes lo sostengan.
El acto de cuidar, como maestría,
el acto de ser cuidada, como locura.
Rebelarse ante los mandatos del pasado,
pedir ayuda, sabiendo que llegará a caudales.
Permitir que el río entre en casa,
que serene el incendio que asedia,
que se lleve las cenizas, que un día
tuvieron la osadía de ser cimientos.
Recibir el amor de amigas y familia,
a sabiendas de que recibir es fortaleza.
Ser cuidada implica la valentía de mostrarse,
reconocer que no se está bien, y se 
tardará en estarlo de nuevo.
Saber que no hay prisa, pues el tiempo
apremia. 

Ser cuidada como acto de amor inmenso.
Abrir el cuerpo, la mente… el hogar,
al socorro de quien paciente espera
a que la puerta se abra, aunque solo sea
a través de una pequeña grieta.
Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

Octubre

“No sé cuándo es el momento de decir: ya no puedo más, y pedir ayuda”.

Este fue el mensaje que envié a las personas que sentía más cerca en ese momento.

Fue un mensaje de auxilio.

Tenía miedo.

Miedo de haber llegado al punto en el que las esperanzas, la fe y el optimismo se quedaran cortos para navegar la tristeza y el dolor.

Sentí que todo me superaba.

Podía sentir el mar cubriendo mi cuerpo, y dudé de mí. Por un momento pensé: ¿Qué si este es el punto en el que ya no encuentro fuerzas para seguir?

Y el dolor me llevó al amor.

Me llevó a pedir ayuda, a decir “no puedo más”, “no puedo sola”, a pensar que quizá, sólo quizá, no tenía porqué hacerlo sola. 

Pero, ¿por qué tendría que hacerlo sola?

Porque el dolor es cárcel que aísla y encierra,

el dolor es frontera, es barrera,

que promete soledad inmensa.

El dolor es cárcel, pero hay grietas,

grietas que desdibujan la tristeza,

rebeldes pasos de supervivencia,

que al desbordarse, transparentes,

invitan a la luz, a la esperanza…

al amor que, vulnerable, salva.

El dolor es cárcel, pero el amor es puerta, es ventana... es grieta...