6 de junio de 2020

A Ceci

A mis amigas

Gracias, con todo lo que tiene implícito.

No sé cómo le llamaría… o tal vez sí: crisis.

Quiero llorar, así que lloro. Quiero vomitar, así que, en lugar de eso, respiro.

En realidad, no quiero hacer ninguna de las dos cosas, pero mi cuerpo y su memoria me dominan, me doblegan.

Siento escalofríos.

Tiemblo.

Es como si mi mente abandonara mi cuerpo.

Repentinamente mis manos pesan tanto que el resto de mi cuerpo se siente ligero, como si flotara en la lejanía. Lo único que me ancla al suelo son esas, mis manos, pesadas, inmensas, cansadas.

Me siento débil, como si la vida hubiera sido extraída de mi cuerpo. Y es que, de cierta forma, así es. El pasado trata de apropiarse de mi cuerpo, de someterlo con base en los recuerdos.

Me miro en el espejo y me obligo a respirar.

Inhalo profundamente por la nariz. Exhalo lentamente por la boca.

Exagero ambas respiraciones hasta que se apropian de mi cuerpo o hasta que el intento se convenza de que podría lograrlo.

Pronuncio mi nombre suavemente, mirándome en esos ojos que no reconozco pero que sé que son míos. Me repito que estoy bien.

Inhalo y exhalo.

Hace mucho que no me pasaba.

Me sorprende a mi misma la magnitud del momento, del 1 al 10… es un 10, sólo porque no hay un número mayor.

Como todo, el momento pasa. Deja de ser un 10 y poco a poco va desapareciendo, pero esa neblina ronda por mi cuerpo, lo abraza y me susurra al oído que no se irá.

Odio estos momentos, pero no me sorprenden.  Los conozco bien tras mucho tiempo de convivencia forzada. Llegan, entre otros detonantes, acompañando las historias de abuso de otras mujeres.

Sí, las de mis amigas, pero también las de mujeres que no conozco. Al final, se trata del mismo monstruo y mi cuerpo siempre lo reconoce.

Escribo para liberarme, para que el momento pierda poder. Quizá, al grabarse en el papel, abandone mi cuerpo.

Posiblemente no, pero lo sigo intentando y lo seguiré haciendo. Eso lo sé. La verdad es que sí pierde poder.

Aunque sé que llegará otra historia con el mismo monstruo y me encontraré nuevamente respirando, mirándome en el espejo, intentando traer mi cuerpo a la realidad, de hacerlo mío.

Alejarlo de ese pasado que ya no es pero que se presenta infinitamente, a su antojo.

Pero ahora sé que puedo controlarlo.

Mi mente, seducida por los efectos del abuso, insiste en que me acueste a llorar, que apague el mundo. En lugar de eso le escribo a una amiga. Es un acto de rebeldía ante el pasado: no permitiré que me aísle, que me domine, que cante victoria.

No, en mi cuerpo ya no.

No, en este, mi cuerpo, ya no.

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.

Junio de 2020

Junio de 2020

Huir a veces significa buscarnos a nosotros mismos en lugares en los que el dolor no es tan habitual.

Huir a veces es darle la espalda al mundo, aunque también, en el camino, puede ser darnos la espalda.

Huir es atractivo porque pareciera olvido. Tiene cara de olvido, pero no lo es. La huida es aplazar el enfrentamiento, estirar las horas para no sentir, para pretender que se puede dejar de sentir.

Para mí, huir significa dejar de escribir.

A veces quisiera abandonarme, dejar de escribir(me), pero el recuerdo de aquellos años en que así lo hice me obliga a continuar.

Cada lunes, cada entrada, se presenta esa misma sensación de vulnerabilidad y miedo al plantarme frente al espejo… frente a ese espejo que es el mundo.

Aun así, cada lunes elijo hacerlo de nuevo. No tanto por un deseo masoquista, sino por las palabras de aliento que encuentro en el camino, y por el recuerdo de cuando no sabía cómo hacerlo.

Julio de 2019

Agridulce comenzó en mi cabeza, hace poco menos de un año.

Recuerdo que pensaba: “Yo no lo sabía, pero me dirigía hasta aquí. Y hoy, aquí, no estoy todavía bien, pero lo estaré. Es esta sensación de dolor acompañado de esperanza… es agridulce”.

Y ahí nació esta chispa que ahora tiene varias entradas y algunos lectores.

Pero, más que nada, nació mi historia en palabras, mi historia para quien quisiera conocerla, esa historia que también me estoy contando a mí, con nuevos ojos y con mucha compasión.

Mayo de 2019

Cuando comencé a ir a terapia y hablar del pasado se convirtió en un hecho, me prometí a mi misma que jamás haría de mi historia algo público. Me aseguré de que sanaría para que no me volviera a pasar, pero no para contar lo que había vivido. Era mío –por más que quería que no lo fuera– y, de ser posible, se quedaría en el silencio, ya ni pensar en el olvido.

Me negaba a contar mi historia, me rehusaba a enorgullecerme de mis cicatrices, pues lo único que sentía era impotencia, dolor y una tristeza que me inundaba constantemente.

Me pregunto qué diría esa Carmen al saber que, unos meses después, le contaría su historia al mundo, que la haría tan pública que incluso un día se atrevería a sentirse un tanto orgullosa al respecto.

Seguro lo negaría rotundamente. Vaya que lo haría. Suelo ser muy terca.

No quería portar un estandarte, no quería ser el rostro de nada: ni del abuso, ni del dolor, ni de la tristeza, ni de la vulnerabilidad…

Pasar desapercibida, eso sí quería.

Qué equivocadas estábamos, Carmen. Qué diferente sería.

Mayo de 2020

Y, aun así, cada lunes tengo que luchar contra mis demonios para no abandonarme, recordarme a mi misma porqué continúo escribiendo.

Me repito que mientras sea útil para una persona, valdrá la pena. A veces, ni eso le da sentido.

Pero lo hago. Lo hago en realidad para mí porque conocer historias como la mía me hizo atreverme a inspeccionar el pasado y pedir ayuda.

No pretendo hacer de mi historia algo que no es. Por ello, no la cubro de tintes de importancia, si acaso, trato de que suene menos triste. Me preocupa sonar triste, pero ¿cómo negar si así ha sido?

Tampoco pretendo contarla como si hubiera sido sencillo. Sanar no ha sido ni será fácil. Es lo que es. Me debo a mi misma el no minimizarlo.

Cuando comencé a contarla, pensé que se trataba acerca de mi proceso para sanar el haber estado en una relación abusiva. Hoy sé que no es así. En realidad, Agridulce es acerca de mi camino para aprender a ser vulnerable. Es un caminar diario, en el que cada paso cuenta.

Marzo de 2020

Hace más de dos meses, unos días antes de que el confinamiento fuera oficial… yo ya estaba encerrada en mi mente, en mi dolor.

No tenía nada que perder.

Sentía que ya lo había perdido todo. Perdí tanto que me quedé sin imaginación, sin la capacidad de soñar con algo distinto a esa tristeza que me estaba envenenando.

El futuro dejó de existir pues mi mente estaba en pausa, tratando de sobrevivir.

Fue hace tan poco que todavía siento esa sombra en mi cuerpo y en mi mente, acechando sigilosa para presentarse en caso de distracción.

Pedí ayuda, recibí ayuda. Pedí amistad, recibí una hoguera.

Y sin importar que ya fuera experta en sobrevivir, esta vez nada parecía funcionar.

No tenía nada que perder.

Respiraba. Seguía viviendo. Eso hacemos, ¿no? ¿Vivir? Vivía porque eso tenía que hacer.

Hasta a mí me aterra escribirlo.

Pero tengo muy claro el momento en que todo cambió.

Sí fue un momento de fanfarrias, trompetas y celebración. Mi cuerpo revivió y cada día, desde entonces, me aferro a esa vida.

Pensar en el dolor como el encuentro de vida. The darkness of the womb: la oscuridad de la matriz

Noviembre de 2019

Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré.

Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Salió a la luz en noviembre, aun y cuando llevaba ya tiempo gestándose en mi cuerpo y en mi mente.

Requirió tiempo, paciencia y mucha vulnerabilidad.

Abril de 2020

Comencé a pensar entonces que, tal vez, este nuevo dolor que me consumía podría también engendrar algo nuevo.

Recuerdo haberme dicho: “Todavía no sé qué implica, pero estoy lista para enfrentarlo, para aventarme de este nuevo barranco y darle vida a esto que mi dolor está gestando”.

Esto fue hace poco más de un mes.

Junio de 2020

No creo que ya haya dado vida a eso que mi dolor está engendrando pero sí sé que requiere tiempo, diálogo, escucha, reflexión, lágrimas, confianza, paciencia, esperanza… vulnerabilidad. Eso que tanto me aterra pero que me ha permitido crecer.

Hay días en que puedo regar mi dolor más que otros.

Supongo que así funciona la vida.

Pero sigo respirando, ya no para sobrevivir, sino para dar vida, para dar a luz a eso que esta oscuridad temporal depara.

Y llegará.

Y nacerá.

Y escribiré al respecto.

Y sabré que podré con esto y más.

Y viviré, no para sobrevivir, sino para dar vida.

Y será agridulce, siempre agridulce.

Y dejará de ser sólo mío, para ser de todas.


Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré. Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Marzo de 2020

Enciendo una vela.

Me parece curioso pensar que llevo años guardando estas velas y que, aun así, todas permanecen intactas. Nunca las había encendido.

Pero repentinamente eso cambia.

Lo considero una especie de ritual: tomo el cerillo y con cuidado enciendo una vela a la vez.

Apago las luces.

Frente a mí tengo tres velas encendidas, por ahora.

Me detengo ante los recuerdos. Cada una me la ha regalado una persona distinta, mujeres especialmente importantes en mi vida.

Y siento el fuego creciendo en mi pecho.

Ese mismo fuego que horas antes me había abandonado, que lleva días sin aparecerse.

Ese fuego que he decidido asociar con mis amigas, con el calor que me otorgan sus palabras, su compañía, su presencia, su consuelo…

Pienso en ellas para encender ese fuego no tan literal.

Por ahora, necesito como recordatorio las velas.

Saber que el fuego en ocasiones se apaga, pero que siempre puede volver a encenderse.

Mis amigas son una hoguera.

En un momento de crisis les escribo. Les pido que, de ser posible, enciendan una vela o que piensen en mí al verla, que yo estaré encendiendo varias velas para representar mi fuego interno que se ha ausentado, pero que tanto necesito.

Les digo todo esto con menos palabras. Quizá les digo mucho menos, quizá no les transmito la urgencia de mi mensaje, la plegaria que estoy haciendo al extender mis manos y pedir ayuda, pero creo que sí lo hago, creo que ellas lo entenderán.

Siempre lo entienden.

En poco tiempo empiezo a recibir fotos de velas encendidas, acompañadas de pequeñas frases como “Por ti”.

Con cada mensaje lloro desconsoladamente.

Sí, duele. Duele más de lo que a veces pareciera posible enfrentar pero no estoy sola.

Quienes no pueden encender una vela se cercioran de hacerme saber que piensan en mí, que están conmigo, que son hoguera.

El dolor me desborda como cascada; el agradecimiento de tenerlas, también. Por ello, es agridulce.

Enciendo una vela desgastada por el uso constante, por el intenso uso reciente.

Me gusta ver la forma desgastada de la vela, pienso que el fuego la ha convertido en algo nuevo. La ha transformado, de la misma manera en que mis amigas lo han hecho conmigo.

Y ahora es un ritual.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión…

Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión...
Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

2 de septiembre

Se aproxima el día en que las mujeres nos ausentaremos, sin embargo, mi imaginación –muchas veces desmedida– en esta ocasión no coopera. No me permite imaginar un mundo sin mujeres.

Así que mejor me imaginaré un mundo en el que abundamos las mujeres libres, las mujeres libres de experiencias de violencia, abuso, acoso… Para ello, es necesario comenzar rehaciendo el mundo. Reinventar esos días, esos días pesadilla.

2 de septiembre

Es mi cumpleaños, estoy trabajando. No me molesta pues amo mi trabajo. Me entusiasma el evento que está por comenzar.

Mi corazón está triste, 27 años… me duelen y me dan esperanza. Me duelen porque, por unos meses, no pensé que este día llegaría, la vida se veía tan lejana. Por otro lado, son esperanza. Lo he logrado. Un hito en el camino. Quería huir. Iba a huir y al final no lo hice. Estoy aquí, cuando yo quería estar en otro lado, apagando los efectos del abuso, fingiendo que no están presentes todo el tiempo.

Comienzo el día emocionada, va a ser un día largo. Ha sido un fin de semana intenso, pero es lunes, es mi cumpleaños y amo lo que hago.

Llegan las mañanitas de muchas formas: como bailes improvisados en la recepción de un hotel, como cantos al otro lado del teléfono, como mensajes de distintos lugares, de personas refugio…

Cada mensaje, cada llamada, me apretuja el corazón. Mi mejor amigo me escribe: Eres muy fuerte. Te admiro mucho. Espero que un día, todo esto que te duele, deje de doler tanto.

Y no puedo evitar llorar. Corro a una esquina, a resguardarme de quienes me rodean, buscando fuerzas para continuar fingiendo.

El evento es todo un éxito.

Mi cuerpo ya no puede más. Estoy agotada pero feliz. Siguen las mañanitas, aunque sea de noche.

Me alegra saber que se trata de un día que no ha estado centrado en mí. Que, aunque es mi cumpleaños, he podido olvidar un poco de lo mucho que me acongoja.

Son las 3 am. En teoría, ya no es mi cumpleaños, pero si consideramos que por estar trabajando sigo despierta, todavía se siente como si lo fuera. Estoy lista para terminar el día. Ese día al que tanto miedo le tuve y que ha pasado… agridulce.

Estoy de vuelta en el hotel en donde pasaré la noche. No estoy sola. De las varias personas que éramos, me quedé sola con él. Me estaba esperando en el elevador.

Me incomoda. Me preocupa que piense que quiero algo que no quiero pues toda la noche me estuvo coqueteando.

El elevador se abre en su piso y, cuando me despido, me toma de las manos y me jala para sacarme. Me niego. Le digo pacientemente que no, que quiero irme a dormir. Insiste en que me vaya con él y que platiquemos. Yo trato de ser amable, sonriendo, explicándole que no gracias, que estoy cansada, que quiero dormir…

No me escucha.

Me pone contra la pared. Intenta besarme, intenta tocarme. Lo quito.

Le digo que no.

Le digo que no.

Le digo que no.

No le importa. Lo intenta y lo intenta, una y otra vez.

Una voz me susurra en el oído: Carmen, ríndete, nadie te va a escuchar si gritas, nadie te va a ayudar. Mejor ríndete. Déjalo.

Por unos segundos que se sintieron eternos, pienso en rendirme.

Sacudo esa voz de mi cabeza y lo empujo.

Presiono el botón del elevador.

Se sube conmigo, aunque le digo que no. Insiste en acompañarme pues él es un caballero. Lo repite constantemente: Yo soy un caballero.

Tengo miedo, mucho miedo.

Mi mente da vueltas.

Lo amenazo con llamar a su amigo si no me deja en paz.

–¿Por qué? No estoy haciendo nada.

–NO ME DEJAS EN PAZ.

Mi mente, desesperada, busca formas de huir. Presiono, o por lo menos pienso en hacerlo, el botón para ir a la recepción. Puedo irme ahí y esperar. Esperar a que se canse y me deje.

Tengo miedo, mucho miedo.

Empiezo a llorar.

–No llores. ¿Por qué lloras? No te voy a hacer nada. Soy un caballero.

–No es por ti. Solo…

Lloro. Tengo miedo, mucho miedo. Claro que es por él, pero no quiero hacerlo enojar. Tengo miedo. Nadie me ha enseñado a reaccionar ante este tipo de situaciones. Pensarías que haber estado en una relación abusiva te prepara, pero no, al contrario, te somete.

–No me gusta ver a las mujeres llorar.

Retrocede temeroso, como si yo fuera un animal herido que pudiera contagiarlo de algo.

Quizá teme ser contagiado de mi condición de mujer.

Se baja del elevador.

Yo sigo llorando. Temblando.

Me voy a mi cuarto.

Sigo llorando.

Le envío una nota de voz a mi mejor amiga. No se entiende bien lo que digo entre el llanto. Solo repito: ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Odio a los hombres. Los odio. ¿Por qué a mí?

Me acuesto a llorar.

Aunque técnicamente ya no es mi cumpleaños, todavía se siente como tal.

¿Por qué a mí? ¿Qué hago para que me pasen estas cosas? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

No, no odio a los hombres. Les tengo miedo.

No logro dormir.

No paro de llorar.

El pesar en mi pecho me sofoca, quiero apagar el mundo.

Pasan las horas.

Me obligo a levantarme, a sonreír… a fingir que no pasó nada, a enfrentar el mundo como si yo, por dentro, no estuviera echa pedazos.

En silencio, en soledad, lloro. Lloro mucho.

Pero dijimos que se trataba de reinventar los días pesadilla.

Así que, es 2 de septiembre, es mi cumpleaños.

Son las 3 am.

Subo al elevador. Llego a mi piso.

Entro a mi cuarto. Me preparo para dormir.

Es mi cumpleaños.

Ha sido un buen día.