30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.

Mayo de 2020

A Pamela.

Gracias, en toda la extensión de estas siete letras.

En más de una ocasión me he sentido rota.

Rota.

Qué palabra tan pesada, que nos hace sentir tan pequeñas.

Pienso en cómo, desde siempre, escuchamos “corazón roto”.

También sé que hace un año, cuando me preguntaban, me describía como rota. De hecho, hasta hace menos de un mes, todavía lo hacía.

Escribo esto sin juicio alguno, como quien narra los hechos de algo tan suyo que le puede ser, en ocasiones, lejano.

Rota.

Repentinamente me incomoda esta palabra que por tanto tiempo me cobijó.

Era fácil decirme y saberme rota. La realidad es que sí, así me sentía.

¿Cómo se siente estar rota? Supongo que la descripción sobra, que nuestra humanidad la reconoce.

Me sentía en pedazos, recogiendo retazos, tratando de encontrarles forma y colocarlos en su lugar o, si acaso, encontrarles uno nuevo.

Como si se tratara de un rompecabezas… como si fuera un juego en el que yo siempre perdía, pues continuamente fracasaba en recomponerme.

Me imaginaba en construcción, con todo y las advertencias de la fragilidad del derrumbe.

Me río al escribir esto. Al imaginarme con letreros a mi alrededor, que se podrían leer como “Precaución”, “Frágil”, “No tocar”.

Me río porque es cierto.

Estaba y estoy en construcción.

Y para ello he tenido que deconstruirme. Rehacerme. Quizá de ahí viene mi idea de estar rota.

Ahora lo entiendo mejor.

He removido los rincones más obsoletos de mi alma.

He recorrido kilómetros de mi cuerpo, trazando zanjas, cuestionándome y cuestionando todo aquello que creía saber.

Podría decirse que los cimientos de mi cuerpo cayeron. Es evidente la idea de que, entonces, esto me haría estar en pedazos, rota.

Mi mejor amiga en más de una ocasión me dijo: Para mí no estás rota.

Mi mente, en silencio, respondía: Para mí sí lo estoy.

Me sentía rota.

Hoy entiendo que no lo estaba, no lo estoy.

¿Es mi cuerpo acaso una vasija de cristal que puede romperse?

¿Es mi alma entonces un recipiente más que, así como se llena, puede vaciarse?

¿Es mi corazón un instrumento que puede descomponerse y desafinarse?

La respuesta es no. Siempre no.

El dolor crea esta ilusión de ruptura, de fragilidad y de ineptitud. Lo he dicho antes.

Sentirme rota, como espejismo, al recorrer un desierto que parecería no tener fin.

Recorrer ese mismo desierto que podría separarse en dos:

  1. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como repudio ante mi misma.
  2. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como respuesta a lo importante que es para mí amar, perdonar, reconocerme, valorar, actuar.

Escribo estas líneas para que, en un futuro, en caso de dudarlo… tenga un recordatorio de que no estoy rota, que no podría estarlo.

¿Qué significa estar rota?

¿Podría entonces hablar de estar completa?

¿Qué significaría estar completa?

¿Doler me hace estar incompleta, rota?

Observo el camino que he recorrido. Me gusta saber que, si lo he logrado antes, podré hacerlo de nuevo.

Hoy sé que no estoy rota y que nunca podría estarlo.

Que quede registro en estas líneas, por si un día nuevamente necesito esta certeza.

Hay días en los que el cuerpo es agua

Hay días en que el dolor es río,

río que desborda ojos y cuerpo,

río que nubla la mirada y quiebra las palabras,

río que pierde su cauce y rebelde rebosa.

Hay días en que el dolor es mar,

mar que ahoga los extenuantes intentos,

mar que arrasa con los rastros del vivir,

mar que desdibuja las posibilidades en el horizonte.

Hay días en que el dolor es tempestad,

tempestad que derrumba los refugios,

tempestad que rompe los cimientos,

tempestad que en pedazos deja el cuerpo.

Hay días en que el dolor es tormenta,

tormenta que es eco de los gritos,

tormenta que irrumpe en el desierto,

tormenta que opaca la esperanza.

Hay días en que el dolor es el descontrol del río,

hay días en que el dolor es infinito como el mar,

hay días en que el dolor es la violencia de la tempestad,

hay días en que el dolor es estrépito como la tormenta.

Hay días en que el cuerpo se derrumba,

bajo el caudal del río; bajo la agitación del mar;

bajo el desequilibrio de la tempestad; bajo el grito de la tormenta…

el cuerpo cae, el cuerpo tiembla, el cuerpo llora,

en un agridulce encuentro de emociones.

Hay días en que el cuerpo es agua,

agua que del alma desborda y ahoga…

agua que, así como abruma, también salva…

que el cuerpo sea agua, que siempre fluya,

que el cuerpo sea agua, para que siempre viva.

Marzo de 2020

Enciendo una vela.

Me parece curioso pensar que llevo años guardando estas velas y que, aun así, todas permanecen intactas. Nunca las había encendido.

Pero repentinamente eso cambia.

Lo considero una especie de ritual: tomo el cerillo y con cuidado enciendo una vela a la vez.

Apago las luces.

Frente a mí tengo tres velas encendidas, por ahora.

Me detengo ante los recuerdos. Cada una me la ha regalado una persona distinta, mujeres especialmente importantes en mi vida.

Y siento el fuego creciendo en mi pecho.

Ese mismo fuego que horas antes me había abandonado, que lleva días sin aparecerse.

Ese fuego que he decidido asociar con mis amigas, con el calor que me otorgan sus palabras, su compañía, su presencia, su consuelo…

Pienso en ellas para encender ese fuego no tan literal.

Por ahora, necesito como recordatorio las velas.

Saber que el fuego en ocasiones se apaga, pero que siempre puede volver a encenderse.

Mis amigas son una hoguera.

En un momento de crisis les escribo. Les pido que, de ser posible, enciendan una vela o que piensen en mí al verla, que yo estaré encendiendo varias velas para representar mi fuego interno que se ha ausentado, pero que tanto necesito.

Les digo todo esto con menos palabras. Quizá les digo mucho menos, quizá no les transmito la urgencia de mi mensaje, la plegaria que estoy haciendo al extender mis manos y pedir ayuda, pero creo que sí lo hago, creo que ellas lo entenderán.

Siempre lo entienden.

En poco tiempo empiezo a recibir fotos de velas encendidas, acompañadas de pequeñas frases como “Por ti”.

Con cada mensaje lloro desconsoladamente.

Sí, duele. Duele más de lo que a veces pareciera posible enfrentar pero no estoy sola.

Quienes no pueden encender una vela se cercioran de hacerme saber que piensan en mí, que están conmigo, que son hoguera.

El dolor me desborda como cascada; el agradecimiento de tenerlas, también. Por ello, es agridulce.

Enciendo una vela desgastada por el uso constante, por el intenso uso reciente.

Me gusta ver la forma desgastada de la vela, pienso que el fuego la ha convertido en algo nuevo. La ha transformado, de la misma manera en que mis amigas lo han hecho conmigo.

Y ahora es un ritual.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión…

Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión...
Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

No saber sentir como estandarte

No querer sentir es un lento morir,
reprimir el enojo; disfrazar el miedo;
disimular la alegría; esconder la tristeza;
apagar el incendio; disipar el desasosiego...

No querer sentir es alargar la agonía,
entrar en lucha con el propio reflejo,
hacer del hogar una extenuante guerra,
hasta, en lugar de sentir, obtener cenizas.

No querer sentir es contener la respiración,
hacer del rostro una máscara estática,
adornarlo con sonrisas, frenar el llanto,
engendrar el diluvio, al ignorar la tormenta.

No querer sentir es negarse a vivir,
los vestigios del mundo en el cuerpo,
cerrar los ojos ante el caos interno,
como si con ello amainara el tormento.

No saber sentir como estandarte,
del alma que ignora los retazos del infierno,
que finge que no siente, para un día,
convencerse que, en efecto, nada siente.
No querer sentir es un lento morir,
reprimir el enojo; disfrazar el miedo; 
disimular la alegría; esconder la tristeza;
apagar el incendio; disipar el desasosiego…

2 de septiembre

Se aproxima el día en que las mujeres nos ausentaremos, sin embargo, mi imaginación –muchas veces desmedida– en esta ocasión no coopera. No me permite imaginar un mundo sin mujeres.

Así que mejor me imaginaré un mundo en el que abundamos las mujeres libres, las mujeres libres de experiencias de violencia, abuso, acoso… Para ello, es necesario comenzar rehaciendo el mundo. Reinventar esos días, esos días pesadilla.

2 de septiembre

Es mi cumpleaños, estoy trabajando. No me molesta pues amo mi trabajo. Me entusiasma el evento que está por comenzar.

Mi corazón está triste, 27 años… me duelen y me dan esperanza. Me duelen porque, por unos meses, no pensé que este día llegaría, la vida se veía tan lejana. Por otro lado, son esperanza. Lo he logrado. Un hito en el camino. Quería huir. Iba a huir y al final no lo hice. Estoy aquí, cuando yo quería estar en otro lado, apagando los efectos del abuso, fingiendo que no están presentes todo el tiempo.

Comienzo el día emocionada, va a ser un día largo. Ha sido un fin de semana intenso, pero es lunes, es mi cumpleaños y amo lo que hago.

Llegan las mañanitas de muchas formas: como bailes improvisados en la recepción de un hotel, como cantos al otro lado del teléfono, como mensajes de distintos lugares, de personas refugio…

Cada mensaje, cada llamada, me apretuja el corazón. Mi mejor amigo me escribe: Eres muy fuerte. Te admiro mucho. Espero que un día, todo esto que te duele, deje de doler tanto.

Y no puedo evitar llorar. Corro a una esquina, a resguardarme de quienes me rodean, buscando fuerzas para continuar fingiendo.

El evento es todo un éxito.

Mi cuerpo ya no puede más. Estoy agotada pero feliz. Siguen las mañanitas, aunque sea de noche.

Me alegra saber que se trata de un día que no ha estado centrado en mí. Que, aunque es mi cumpleaños, he podido olvidar un poco de lo mucho que me acongoja.

Son las 3 am. En teoría, ya no es mi cumpleaños, pero si consideramos que por estar trabajando sigo despierta, todavía se siente como si lo fuera. Estoy lista para terminar el día. Ese día al que tanto miedo le tuve y que ha pasado… agridulce.

Estoy de vuelta en el hotel en donde pasaré la noche. No estoy sola. De las varias personas que éramos, me quedé sola con él. Me estaba esperando en el elevador.

Me incomoda. Me preocupa que piense que quiero algo que no quiero pues toda la noche me estuvo coqueteando.

El elevador se abre en su piso y, cuando me despido, me toma de las manos y me jala para sacarme. Me niego. Le digo pacientemente que no, que quiero irme a dormir. Insiste en que me vaya con él y que platiquemos. Yo trato de ser amable, sonriendo, explicándole que no gracias, que estoy cansada, que quiero dormir…

No me escucha.

Me pone contra la pared. Intenta besarme, intenta tocarme. Lo quito.

Le digo que no.

Le digo que no.

Le digo que no.

No le importa. Lo intenta y lo intenta, una y otra vez.

Una voz me susurra en el oído: Carmen, ríndete, nadie te va a escuchar si gritas, nadie te va a ayudar. Mejor ríndete. Déjalo.

Por unos segundos que se sintieron eternos, pienso en rendirme.

Sacudo esa voz de mi cabeza y lo empujo.

Presiono el botón del elevador.

Se sube conmigo, aunque le digo que no. Insiste en acompañarme pues él es un caballero. Lo repite constantemente: Yo soy un caballero.

Tengo miedo, mucho miedo.

Mi mente da vueltas.

Lo amenazo con llamar a su amigo si no me deja en paz.

–¿Por qué? No estoy haciendo nada.

–NO ME DEJAS EN PAZ.

Mi mente, desesperada, busca formas de huir. Presiono, o por lo menos pienso en hacerlo, el botón para ir a la recepción. Puedo irme ahí y esperar. Esperar a que se canse y me deje.

Tengo miedo, mucho miedo.

Empiezo a llorar.

–No llores. ¿Por qué lloras? No te voy a hacer nada. Soy un caballero.

–No es por ti. Solo…

Lloro. Tengo miedo, mucho miedo. Claro que es por él, pero no quiero hacerlo enojar. Tengo miedo. Nadie me ha enseñado a reaccionar ante este tipo de situaciones. Pensarías que haber estado en una relación abusiva te prepara, pero no, al contrario, te somete.

–No me gusta ver a las mujeres llorar.

Retrocede temeroso, como si yo fuera un animal herido que pudiera contagiarlo de algo.

Quizá teme ser contagiado de mi condición de mujer.

Se baja del elevador.

Yo sigo llorando. Temblando.

Me voy a mi cuarto.

Sigo llorando.

Le envío una nota de voz a mi mejor amiga. No se entiende bien lo que digo entre el llanto. Solo repito: ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Odio a los hombres. Los odio. ¿Por qué a mí?

Me acuesto a llorar.

Aunque técnicamente ya no es mi cumpleaños, todavía se siente como tal.

¿Por qué a mí? ¿Qué hago para que me pasen estas cosas? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

No, no odio a los hombres. Les tengo miedo.

No logro dormir.

No paro de llorar.

El pesar en mi pecho me sofoca, quiero apagar el mundo.

Pasan las horas.

Me obligo a levantarme, a sonreír… a fingir que no pasó nada, a enfrentar el mundo como si yo, por dentro, no estuviera echa pedazos.

En silencio, en soledad, lloro. Lloro mucho.

Pero dijimos que se trataba de reinventar los días pesadilla.

Así que, es 2 de septiembre, es mi cumpleaños.

Son las 3 am.

Subo al elevador. Llego a mi piso.

Entro a mi cuarto. Me preparo para dormir.

Es mi cumpleaños.

Ha sido un buen día.

Junio

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco fuerte y profundo.

Pienso en magia. Pienso en vida.

Cuando comencé este camino, hice una lista de las personas más importantes en mi vida, a quienes quería contarles lo que había pasado.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Quería combatir el monstruo con base en palabras, mirarlo fijamente a los ojos y nombrarlo.

Sin notarlo, esa lista estaba compuesta prácticamente por puras mujeres.

Sin saberlo, esa lista se llenaría de más mujeres magia, que iría conociendo, y que serían indispensables en mi vida.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Y en ese decirlo, en ese nombrarlo, una y otra vez mi historia se volvió eco.

Una y otra vez, esas mujeres magia me miraron a los ojos y me dijeron: a mí también me ha pasado.

Todas me tomaron de la mano, todas lloraron conmigo… una de cada dos me miró a los ojos y me dijo: a mí también me ha pasado.

Así que me pregunto, ¿cómo se puede agotar el decirlo? ¿cómo puede perder todo poder? Si nuestras historias son eco, si nuestro dolor tiene el mismo origen, si todas hemos vivido alguna situación de abuso, ¿cómo podemos terminar de enunciarlo?

Y ni siquiera se trata de números. No se trata de si somos una de cada una, una de cada dos, o una de cada diez. Con que haya un corazón que sea eco, es un corazón más del que debería doler a causa del abuso.

Se trata de nosotras y nuestro dolor.  

Se trata de esos segundos en los que decimos “a mí también me ha pasado” y cómo, en nuestros ojos, puedes ver lo fragmentado de nuestra alma.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco constante y profundo que, al tomarse de la mano, es irrompible.

Sororidad, le llamamos.

Pienso en ese mismo eco y lo que significaría su ausencia.

Un mundo sin las mujeres que somos vida, que somos magia.

Un mundo en el que ninguna de nosotras tome de la mano a la otra y le diga: yo estaré contigo. No estás sola.

Un mundo, sin ellas, para mí, pierde todo el sentido pues yo habría perdido la batalla.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco de mujeres que, con fuerza, compañía, dolor, solidaridad, empatía y compasión, enfrentamos el monstruo masculino. Ese monstruo masculino enorme que nos llena de miedo pero que, encaramos juntas, por cada una de nosotras, por todas.

Pienso en las mujeres como magia, como vida, como fuerza y es gracias a ellas que mantengo la esperanza.

Junio
csoledadt.com
Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco, pienso en magia, pienso en vida.

Agosto

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.

Abrirnos.

Mostrarnos.

Abrir el alma, mostrar las heridas.

Abrir las ventanas de nuestro cuerpo, de nuestro hogar, y mostrar los fantasmas que acechan en cada rincón.

Abrir los secretos que hemos guardado con candado, y mostrar la sombra que hasta a nosotros nos atemoriza.

Ser flor.

Ser flor con espinas, que duele pero que también lastima.

Ser flor con vida, que se abre para ser vista.

Ser vistos.

Ser reconocidos.

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es abrirnos, exponer nuestro dolor, nuestra oscuridad, nuestros monstruos y fantasmas, con tal honestidad que prescindamos de nuestras barreras.

La vulnerabilidad empieza desdibujando las fronteras, cruzando el umbral de nuestro propio hogar para adentrarnos en otros hogares. Implica también el invitar a otras personas a entrar al nuestro.

Sí, ser capaces de ver a otros, pero también poner los medios para ser vistos.

Y es ahí donde radica el temor.

Lo has sentido, ¿cierto? Ese temor al juicio ajeno que evoca nuestras propias palabras.

Temor a las piedras entrando por la ventana.

Temor a lo externo, a lo ajeno, a lo desconocido que se siente como ese enemigo tan conocido, ese enemigo casi amigo…

Temor al dolor que en el pasado entró por la puerta, y que no se ha ido, no del todo.

Y es por ello que construimos muros.

Entre países.

Entre personas.

Entre corazones.

Me atrevería a pensar que los más resistentes son los que erguimos invisibles a nuestros ojos, pero evidentes para quienes nos rodean.

Aquellos cuyas raíces son el miedo, la soledad y el abandono.

Aquellos muros que son un monumento al pasado.

¿Cómo deshacemos muros que un día construimos a nuestro alrededor para protegernos?

¿Cómo y cuándo reconocer que en realidad nos aíslan y descuidan?

¿Qué hacer con los muros que portamos como condecoraciones, separándonos del mundo que también teme y duele?

¿Cómo ser flor? ¿Cómo ser entrada?

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es sabernos vulnerables: personas que duelen, y que el dolor nos hace sentir frágiles; aceptar que la fragilidad existe únicamente en quienes cambian de forma, quienes se atreven a reconstruirse.

Quizá la vulnerabilidad se asemeja a florecer, reconociendo que no es fácil abrirnos y mostrar al mundo la belleza –y el temor– que existe en la imperfección.

La vulnerabilidad comienza entonces con un peldaño que retiramos de nuestros muros. Entra la luz, sigilosa. Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Para mí, derrumbar mis barreras implicó mirarme en el espejo, retirar la máscara y compartir mi llanto; ser abrazada al llorar, pedir ayuda, asumir la imperfección y sacar mis cicatrices al sol.

El derrumbe requirió la suavidad de la comprensión, de la compasión, de los refugios que me recibían tan completa que podía mostrarme incompleta.

Rota.

Ser vulnerable implicó desvestir mis heridas, romper con el silencio, asumir la responsabilidad de sanar el pasado, así como mirar a los ojos a otras personas y decir: hoy necesito de tu compañía, quizá mañana también.

Y eso hice. Tomé la mano de mis personas refugio y en medio de un llanto incontrolable les mostré la fealdad de mi dolor, el “no quiero vivir una vida así”, el “ya no sé cómo sobrevivir”...

Puse los medios para ser vista, para permitir que me cuidaran.

Ser vulnerable me entregó infinitos puertos en donde anclar entre la desesperanza.

Ser vulnerable me ha salvado la vida desde entonces.

La vulnerabilidad es un acto de valentía: mostrar aquello que más nos duele, a lo que más le tememos, con la esperanza de sanar en compañía.

Ser vulnerable es una puerta que abrimos con la generosidad de compartirnos, mostrando nuestras grietas, invitando a otros a pasar para cobijarlos con nuestra propia imperfección.

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.
Abrirnos.
Mostrarnos.
Abrir el alma, mostrar las heridas.
La vulnerabilidad comienza con un peldaño que retiramos de nuestros muros.
Entra la luz, sigilosa.
Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.