Confesiones de una experta en cuidar a otras personas, no tanto cuando se trata de permitir que otras la cuiden

A Vicky… gracias

El acto de cuidar, como generosidad,
el acto de ser cuidada, como compasión.
La dificultad, no tanto del primero,
sino de permitir a otra persona estar,
de la misma forma en la que se estaría…
Tomar la compasión como práctica diurna,
aceptar la amistad cuando más impera,
permitir que el llanto corra libre,
no solo cuando se está a solas.

Sentir en compañía, doler en compañía,
ser abrazada, ser consolada y vista,
con la misma vista que solemos apartar,
del dolor ajeno, inclusive del propio.
Ser cuidada, en medio de la tempestad,
reconocer la incompetencia que conlleva,
saberse incapaz, si el camino es solitario,
nombrarse fuerte, en medio del llanto.
Ser cuidada, cuando no amaina el duelo,
aceptar la ayuda de quien la ofrece,
permitir que el cuerpo caiga, para que 
manos ajenas sean quienes lo sostengan.
El acto de cuidar, como maestría,
el acto de ser cuidada, como locura.
Rebelarse ante los mandatos del pasado,
pedir ayuda, sabiendo que llegará a caudales.
Permitir que el río entre en casa,
que serene el incendio que asedia,
que se lleve las cenizas, que un día
tuvieron la osadía de ser cimientos.
Recibir el amor de amigas y familia,
a sabiendas de que recibir es fortaleza.
Ser cuidada implica la valentía de mostrarse,
reconocer que no se está bien, y se 
tardará en estarlo de nuevo.
Saber que no hay prisa, pues el tiempo
apremia. 

Ser cuidada como acto de amor inmenso.
Abrir el cuerpo, la mente… el hogar,
al socorro de quien paciente espera
a que la puerta se abra, aunque solo sea
a través de una pequeña grieta.
Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

Enero de 2020

El dolor sí mata. Lo sabemos quienes lo hemos visto de frente, quienes hemos habitado con él, o quizá, a quienes nos ha habitado el dolor.

El dolor sí mata cuando se mantiene bajo el pecho, cuando abraza nuestra inexistencia y echa raíces en el alma.

El dolor sí mata cuando es silencio, cuando nos ha seducido para creer que “no es tan importante”, “no es tan grave”, “no es tan fuerte” como el de otros.

El dolor sí mata cuando vive de comparaciones. Cuando nos convence de nuestra ineptitud y de nuestra complicidad. El dolor mata desde dentro.

Se enraíza en el cuerpo, se extiende y crece. Requiere de poca luz, de mucha sombra. Se riega con base en lágrimas reprimidas bajo las pestañas rendidas.

El dolor sí mata.

El dolor doblega el alma.

El dolor sí mata.

Por ello, hoy, a ti, que quizá me lees o quizá no, te comparto mi dolor.

Lo comparto con miedo, con frío, con duda y con temblor.

Lo comparto con el corazón en el suelo, un tanto vencido.

Lo comparto con vulnerabilidad, pero sin ser vulnerada.

Lo comparto porque cuando lo guardé en un baúl,

cuando lo convertí en secreto, no hizo más que crecer, fortalecerse.

Lo comparto porque al hablarlo, la neblina se disipa.

Lo comparto porque en este camino otros me han compartido el suyo.

Y me ha hecho saberme menos sola.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mi compañía.

El dolor, cuando se acompaña, humaniza.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mis palabras.

El dolor, cuando se habla, pierde fuerza.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mi compasión.

El dolor, cuando se escucha y abraza, sana.

El dolor sí mata y, por ello, es momento de contarlo, de honrarlo… porque al vivirlo, al sentirlo, la tempestad amaina, el cielo entra en calma.

Por ello a ti, que quizá me lees o quizá no, te ofrezco Agridulce, te ofrezco mi dolor para que nos encontremos, nos acompañemos y nos sepamos menos solos.

Te ofrezco lo que me ha salvado, te ofrezco el refugio que otros me han dado.