Uno

Las pocas veces que me atreví a imaginar tu partida, te pedí que me prometieras que, si un día fuera el caso, no te irías sin decir adiós. Siempre me seguiste el juego, negabas que un día habríamos de despedirnos y ambas sabíamos que era verdad.

Me gustaría poder reclamarte, enojarme haciendo acopio de todo este dolor que siento y exigirte una despedida. Pero dime, ¿hacia dónde dirijo mis reclamos?

¿Que se los lleve el viento? Tal vez así mezan tu cabello, siempre trenzado.

Dime, ¿qué hago con esta despedida atrapada en mi pecho? ¿A quién le explico lo que era de nosotras, si tu ausencia se lo ha llevado? ¿En dónde encuentro consuelo si no he terminado de entender lo que representa que no estés?

Me temo que, en ocasiones, la vida no sigue. Por lo menos, así se siente ahora: incompleta, inacabada… aunque, en realidad, sí se acabó de alguna manera. Qué ironía, ¿no? Que la vida no se detiene, como ese tren que, ante la muerte, seguramente siguió avanzando. Y, al mismo tiempo, mi vida ha permanecido en pausa mientras el mundo gira sobre sí.

La parte de mi vida que no murió contigo debe seguir, como si el mundo no se hubiera sacudido, o quizá a pesar de ello… vivir… sin ti, sin despedida… sin importar cuántas promesas nos hicimos al respecto.

Así que tal vez debería atreverme, no a decirte adiós, sino a darle la bienvenida al vacío que representa tu ausencia, no como un clamor al dolor, sino como un reconocimiento de la falta que me haces. Honrar el cariño no nombrado pero sí vivido en la cotidianidad, por tanto tiempo, con todo y tu ausencia… ayer, hoy y siempre.

Confesiones de una experta en cuidar a otras personas, no tanto cuando se trata de permitir que otras la cuiden

A Vicky… gracias

El acto de cuidar, como generosidad,
el acto de ser cuidada, como compasión.
La dificultad, no tanto del primero,
sino de permitir a otra persona estar,
de la misma forma en la que se estaría…
Tomar la compasión como práctica diurna,
aceptar la amistad cuando más impera,
permitir que el llanto corra libre,
no solo cuando se está a solas.

Sentir en compañía, doler en compañía,
ser abrazada, ser consolada y vista,
con la misma vista que solemos apartar,
del dolor ajeno, inclusive del propio.
Ser cuidada, en medio de la tempestad,
reconocer la incompetencia que conlleva,
saberse incapaz, si el camino es solitario,
nombrarse fuerte, en medio del llanto.
Ser cuidada, cuando no amaina el duelo,
aceptar la ayuda de quien la ofrece,
permitir que el cuerpo caiga, para que 
manos ajenas sean quienes lo sostengan.
El acto de cuidar, como maestría,
el acto de ser cuidada, como locura.
Rebelarse ante los mandatos del pasado,
pedir ayuda, sabiendo que llegará a caudales.
Permitir que el río entre en casa,
que serene el incendio que asedia,
que se lleve las cenizas, que un día
tuvieron la osadía de ser cimientos.
Recibir el amor de amigas y familia,
a sabiendas de que recibir es fortaleza.
Ser cuidada implica la valentía de mostrarse,
reconocer que no se está bien, y se 
tardará en estarlo de nuevo.
Saber que no hay prisa, pues el tiempo
apremia. 

Ser cuidada como acto de amor inmenso.
Abrir el cuerpo, la mente… el hogar,
al socorro de quien paciente espera
a que la puerta se abra, aunque solo sea
a través de una pequeña grieta.
Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/