27 de octubre de 2020

A casi un año de iniciado este camino, esta historia escrita y pública, mía, de todas, tal vez de nadie… me cuestiono el porqué sigo aquí. Aquí, como eco en este blog, en estas entradas, en esta vulnerabilidad constante…

Me planteé el detenerme, el cambiar Agridulce, el abandonarlo, el pretender que nunca existió… el continuar incluso. Y, hasta ahora, no había encontrado motivación suficiente que atendiera mis dudas y miedos.

Creo que hoy sí.

Lo he dicho en múltiples ocasiones: el compartir mi historia es un intento para sanar, sí, así como de crear consciencia… sensibilizar. Intento pretencioso, definitivamente, pero necesario mientras no haya otra realidad.

Y aunque cada día me es menos fácil compartir –pese a que mi sanar se fortalece–, cada vez soy más consciente del mundo que habito, del mundo que lastima, violenta y que no ha sabido sentir con otras mujeres. De ese mundo al que yo también pertenezco y que, al señalarlo, no es sin antes haberme señalado a mí.

Me recuerda cuán necesario es que, por lo menos, yo pueda acompañarlas, de la misma manera en que he sido acompañada.

Qué fortuna la mía el tener a mi comunidad.

Me gustaría nombrar a cada una de las personas que me ha permitido construir, para mí y tal vez para las demás, este puente, pero no creo poder hacerlo. Principalmente porque siempre faltaría alguna de ser nombrada, han sido tantas…

Todavía no sé adónde me llevará Agridulce en este nuevo año que se aproxima, pero creo que lo averiguaré en el camino. Y, en todo caso, siempre será un recordatorio vivo, de cómo cada una de estas palabras es para quien necesite leerlas, para quien quiera escucharlas, para quien requiera consuelo, para quien busque compañía, para quien resista en silencio, a gritos, con base en pequeños –que por el simple hecho de existir, ya son grandes– actos de permanencia…

Estas palabras son también para mí, para acallar esa voz en mi mente que me juzga por compartir mi historia. Servirán también para silenciar las voces juiciosas que no han faltado, pero vaya que han dolido… para amainar el eco de sus fantasmas que se rehúsa a abandonarme.

Creo que mi expectativa radica en que Agridulce pueda ser luz, barco, puente… vida, para quien así lo necesite, sabiendo que ha sido el mío.

Gracias a quienes han permanecido, gracias a quienes se irán sumando.

Y, ¿por qué no? Tal vez es hora de agradecerme a mí, por estar aquí.

Gracias,

Carmen

La mujer que me inspira

Este poema es de todas. Es un entramado de nuestras vidas, un esfuerzo colectivo por responder a las preguntas: ¿Quién es la mujer que me inspira? ¿Cómo es ella? Si tuviera que elegir un elemento de la naturaleza para representarla, ¿cuál sería?

Gracias a las autoras:

Ana Laura, Andrea, Arantxa, Cathy, Claudia, Flor, Itzel, Janeth, Julieta A., Julieta R., María Michelle, Mariza, Mónica, Rocío C., Rocío S., Vanessa

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo.

Algunos nombres, sin jamás nombrarlas a todas,

pero en cada uno de sus nombres, habitamos todas.

Mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

Tú y yo, tú y yo, y yo, y tú, y yo y todas…

Ella, ella que con su sonrisa me inspira,

que es tantas cosas que es indescriptible, inabarcable.

El mundo entero la representa:

el viento, el agua, las olas, las cascadas, los tornados,

el fuego, el sol, el aire, el mar, las puestas de sol,

los atardeceres, las flores, los árboles y sus raíces…

Ella es todo, es la naturaleza, es ella toda, pues es vida.

Ella, ella que con sólo su recuerdo me habita toda.

Ella es agua, es las olas, ella, en otra vida, fue sirena.

Es un árbol que florece, incluso en el desierto.

Es la paz y felicidad entrelazadas en las puestas de sol.

Ella es fuego, con ese calor que abraza,

fuego enmascarado de fragilidad, que fortalece el alma.

Ella, ella que con su luz me envuelve y acompaña,

es luz potente, luz y paz, es tranquilidad.

Es aire. Es el aire fundamental en mi vida.

Es las cascadas de Aguazul, transparente siempre,

y es también la dualidad que las caracteriza:

una corriente pacífica y la energía del agua que cae,

y al caer es fuerza, desborda fuerza interna.

Ella, ella que es tan toda como la tierra misma,

es el olor a tierra mojada, tras caer la lluvia,

es raíz, mi raíz, pues me ata al mundo y, al mismo tiempo,

me impulsa a volar a otros.

Ella es magia, es bruja, es belleza, es valentía.

Es inspiración, es sinceridad, compasión y perdón.

Ella, que desde que nació ha sido mi espejo,

es agua por ser fuerza, fuerza invencible y continua,

es sabiduría, es privilegio, es ejemplo, es mía.

Es el fuego, es defensora, es noble, es poderosa.

Se hace presente con su voz, y por ello es peligrosa.

Es la fuerza del tornado, da su vida por nosotros,

a su familia sacó adelante, con esa vida y esa fuerza.

Ella, que además de ser mi madre, mi abuela,

mi hija, mi hermana, es mi amiga, es compañía,

es bondad y es cariño, es alegría y es incluso romance.

Ella es las flores que le dan color a la vida,

es ese resquicio de luz y esperanza que se asoma tras la tormenta,

me ilumina, ilumina todo, ilumina el mundo con cada paso.

Es el sol, presente cuando más la necesitamos.

Es roble, es árbol, firme, sin importar el viento o el invierno.

Ella siempre permanece.

Es árbol y sus raíces pues se mantiene y me mantiene firme.

Es el mar, ágil, en movimiento, divertida y es incluso la locura.

Ella, que todos los días, con su belleza me inspira,

es atardecer, es gozo al contemplarla, contemplar su hermosura,

saber que siempre habrá otro atardecer y que ella permanecerá.

Es paz al verla, al admirarla, es fuerza… a veces demasiada.

Ella, la flor más hermosa de esta tierra, el árbol más extenso,

ella es generosidad, abre sus brazos y da vida, nos da hogar,

protege y cobija, ama sin prisas, cuida sin reparos, resiste ante la vida.

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo,

mis amigas, incluso yo misma…

en una somos todas, en todas somos una.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

El pasado no es tan malo

*La autora ha decidido permanecer anónima.

¿Lo más difícil? Empezar, sin duda alguna. Empezar a escribir, empezar a enfrentar, empezar a contar, empezar a aceptar. Aceptar que aquello que pasó, te hace ser lo que eres actualmente y te lleva, de una manera u otra, a identificarte en tu futuro. Pero no siempre significa que tu pasado te atormente, al contrario, tu pasado te ayuda a enfrentar nuevas situaciones, nuevas cosas, nuevos retos; te enseña aquello que no quieres ser, o no quieres repetir, pero también, aquello que quisieras mantener. El pasado no es tan malo.

Yo aprendí de mi pasado. Como todos, también cometí errores. Pero agradezco que haya sido así. Sin mi pasado, no hubiera abierto los ojos. Sin mi pasado, no hubiera sufrido lo suficiente para sentirme bien conmigo misma. Sin mi pasado, seguiría escondida en un agujero negro. Mi pasado me ayudó a ser lo que soy y a estar en donde estoy ahora, y me siento orgullosa de eso.

Hace unos años estuve en una relación en la cual nunca me sentí atrapada. Nunca sentí ese miedo. Nunca tuve, ni siquiera, la idea de salir de ahí, porque realmente no lo necesitaba, vivía en mi cuento de hadas, ¿qué más podía pedir? Era una relación que muchos consideraban perfecta, incluso yo, porque mentiría si digo que no era así. Sí, era una relación en la que ya me veía para siempre, incluso había pláticas, existían planes sobre el tema. Muchas veces decimos para siempre, porque realmente así lo sentimos, te sientes bien, tranquila, te sientes apoyada en todo momento, porque estás con alguien que te eligió y se quedó, a pesar de tus defectos. Pero de pronto todo cambia, y te vas dando cuenta de la realidad.

Qué difícil es aceptar que alguien que te quiere tanto, puede hacerte tanto daño. Si me preguntan, qué es lo que más me duele, raramente contestaría que no es el abuso, o bueno sí; sin embargo, no el abuso que todos se imaginan, aunque no puedo negar que existió.

Existió esa noche donde me di cuenta de muchas cosas; me di cuenta que muchos ven la parte sexual como un requisito de pareja. Esa misma noche en la que me dijo “la idea es que entre”, palabras que ayudaron a darme cuenta que mi “placer”, no importaba. Aún más importante,fueron palabras que me hicieron caer, que me hicieron pensar, me hicieron sentir mínima. Esa noche me di cuenta que no estaba en donde quería estar.

El abuso que más me duele es el que existió después de tomar quizá la decisión más difícil, o ¿no la tomé yo? Inconscientemente lo hice. Hice todo para evitar ser yo quien tomara esa decisión. Porque mis errores me llevaron a abrir mi panorama aún más, a darme cuenta que existe gente buena, gente que se preocupa, que te quiere y te valora. Pero sobre todo, gente que, a pesar de todo, estará contigo y no le importará tu pasado, al contrario, se sentirán orgullosos de ti por estar donde estás, a pesar de él; orgullosos de verte feliz, y con una sonrisa sincera.

No voy a decir que fue su culpa, pero sí. Fue su culpa que me sintiera responsable de todo, cuando no fue así; fuimos los dos. Fue su culpa que cambiara. Fue su culpa que haya dejado de sentirme apoyada. Fue su culpa que tuviera miedo de contarle las cosas, porque sabía cómo terminaría todo. Fue él quien me hizo sentir así. Porque nunca pensé que alguien tan importante para mí, se encargara de meterle ideas a mis amigos sobre mí, y peor aún, a mi familia, porque estando con ellos, me sentía incómoda, había miradas, preguntas y juicios sobre la decisión que tomé; y todo gracias a lo que les dijo.

Siempre me pareció incongruente que se quejara de que cambié, cuando él cambió hasta de religión. Me parecía incongruente que se enojara porque en su cumpleaños sólo le marqué, cuando acabábamos de estar una semana juntos; y en mi cumpleaños yo fui quien le marcó y en lugar de felicitarme, decidió pelear. Me parecía incongruente que me pidiera que guardara todos sus secretos, y fuera él quien se encargara de publicar los míos. Pero he aprendido de todo eso.

Cambié, eso nunca lo voy a negar, pero lo hice porque dejó de estar para mí, de apoyarme, de protegerme. Viví una experiencia que me hizo valorar y descubrir todo lo que está a mi alrededor, que no niego que también me hizo cambiar. Pero, durante el tiempo que estuve lejos, comenzó a crear una mayor dependencia entre nosotros, ni siquiera disfrutaba la compañía de sus amigos; “estuve sólo, nadie me hacía caso”, “mejor me subí porque ya estaba aburrido”, “a la próxima, mejor no vengo”. Compañía que extraño. Y meses después, me doy cuenta que esa dependencia era una señal de lo que venía.

Y se lo agradezco, porque sin todo lo que pasó, no me hubiera dado cuenta de que las cosas pasan por algo. No habría abierto los ojos para darme cuenta que ese lugar en el que estaba, no era donde realmente quería estar. Me ayudó a aprender, me ayudó a valorarme, me ayudó a saber qué es lo que busco, qué es lo que quiero. Me ayudó a aprender a ser yo misma, y no dar explicaciones por ser así. Me ayudó a sentirme libre y volar hasta lo más alto, para caer a mi manera y aprender de la caída. Pero más importante, me ayudó agradecer que tengo muchas personas maravillosas que están conmigo, porque gracias a ellos, he llegado aún más lejos.

Así que, sólo puedo decir: gracias.

Sin ti, seguiría en ese lugar al que no pienso regresar.

Imagen sin derechos de autor

Tengo un poema en mi cuerpo

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

ante la imperante necesidad que tengo

de apropiarme, de hacerme mía,

de habitarme y reclamar mi vida.

Tengo un poema en mi cuerpo,

o tal vez mi cuerpo es el poema,

o tal vez mi cuerpo es una metáfora,

para ese lugar que, por tanto tiempo,

significó miedo ante su propio reflejo,

un cuerpo, mi cuerpo, en el que

me limitaba a ser visitante…

hasta ahora.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío, que no solía serlo,

que ante el miedo un día se paralizó,

pues fue transgredido incontables veces,

y, ante ese mismo miedo, en una ocasión,

este cuerpo mío, se rebeló.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo mío que se sentía

prisionero de sus propios límites,

esclavo de su pasado y de su miedo,

sometido ante el peso de las expectativas,

el eco del mundo en sus curvas retumba.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en esta alma mía que se sentía,

encadenada a este cuerpo

que antes no consideraba mío.

¿De quién era entonces?

De quien quisiera poseerlo.

De las voces que con constancia lo juzgan,

de los ojos que le imprimen violencia,

de las manos que lo han sacudido,

del silencio que ahoga como oleaje,

de las cicatrices en su piel inscritas.

Tengo un poema en mi cuerpo,

en este cuerpo que ahora es mío,

es hora de reclamarlo, de habitarlo.

De habitarlo al habitarme,

de abrir sus puertas y recibirme,

de llegar a casa y abrazarme.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es poema,

tengo un cuerpo que es metáfora,

abunda resistencia en sus cicatrices,

desborda fuerza en el silencio del pasado,

pues ahora grita, ya no calla, nunca más…

todavía tiene miedo, pues ha sufrido,

pero tiene vida, a pesar del miedo.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es mío,

que desde dentro añora ser libre,

y mi forma de reclamarlo, de liberarlo,

es jamás olvidando, sin anclarme al pasado,

recordar para resistir, recordar para elegir,

elegir elegirme, elegir habitarme,

habitar-me, reconocer-me, apropiar-me.

Tengo un poema en mi cuerpo,

tengo un cuerpo que es metáfora,

tengo una metáfora que es refugio,

tengo un refugio que habito,

tengo un cuerpo que reclamo,

tengo un cuerpo que es mío.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

Me gustaría que supieras…

19 de junio de 2020

A ti, a ustedes:

Me gustaría que supieras cómo me sentí.

No por generar empatía o buscar comprensión, ni siquiera para que te sientas culpable. Tengo solamente la esperanza de que, al leer esto, tú y otros que piensan igual que tú, reflexionen sobre sus acciones, sus palabras, sus miradas.

No recuerdo exactamente cuándo comencé a sentirme así. Creo que se fue acumulando hasta convertirse en un ruido agudo en el fondo de mi mente, siempre presente.

Me gustaría que supieras que sí, las niñas recordamos, vemos y sentimos todo lo que pasa a nuestro alrededor, que se quedan marcadas esas palabras, esas caricias incómodas, esas miradas lascivas. Todo eso lo sentimos, lo recordamos, pero nunca lo entendemos.

También sentimos esos abrazos inadecuados, esos besos tan cerca de la boca, eso que hacías cuando nadie te veía.

Te creías muy fuerte y poderoso por vulnerar a una niña pequeña, a quien le enseñaron a confiar en ti.

Me gustaría que supieras que ese ruido, que comienza casi como un susurro, se vuelve ensordecedor y, aunque nadie más lo escuche, te aísla. Te marca pues un día todo deja de tener sentido y aprendes a vivir con él, te rindes y te acostumbras a su presencia… se vuelve parte de ti. Me gustaría saber ti tú también lo escuchas, si también te costó trabajo adaptarte a él después de las decisiones que tomaste a expensas de mí, de mi cuerpo, de mi inocencia, de mi vulnerabilidad.

Me gustaría que supieras que no fuiste el único, después vinieron otros que vieron oportunidad en mi resignación. Unos causaron que el ruido se volviera más fuerte que otros. Me pregunto si el ruido los atrajo.

Me gustaría que supieras que tus actos no me definen a mí, pero a ti sí, a ustedes. Que violentarme no los hizo más fuertes, ni más hombres. Los hizo, a mis ojos, sombras gigantes que me siguieron por años, que seguían infringiendo dolor, aunque ya no estuvieran cerca.

Me gustaría que supieras que me rompieron, cada uno a su modo, aún antes de poder empezarme a construir.

Me gustaría saber (pensar) que has cambiado, que ahora entiendes que usar a otros no llena los vacíos que te carcomen, que la edad y las vivencias te han dado mayor perspectiva y que no te escondes más entre las sombras esperando a tu próxima presa. Aunque me gusta a veces pensar que fui la única, que pudiste sacar conmigo esas decisiones y que ya no pudiste lastimar a nadie más.

Me gustaría que supieras que hoy he decidido buscar soluciones y alzar la voz para que personas como tú no vulneren a personas como aquella niña que fui y sigo siendo.

Hoy puedo decir que me he construido finalmente, a pesar de todos tus intentos por arrancarme piezas. Hoy me siento humana, me siento viva, me siento mujer.

Una mujer preparada para enfrentar su pasado y honrar su presente. Una mujer fuerte y capaz de quitar ese ruido ensordecedor, que es tuyo, no mío. Una mujer lista para conectar con el mundo, con quien ella elija y no con quien se lo imponga.

Por último, me gustaría que supieras que todo lo que hiciste, dijiste o pensaste es tuyo. Nunca fue ni será mío.

Y te toca a ti cargarlo, porque yo ya me cansé.

*La autora ha decidido permanecer anónima.

Inescapable

Escrito por Mariel Huttich

“Never can you climb over this wall, you’re not strong enough; girls aren’t strong enough; girls aren’t big enough; your body is fragile and breakable, like a doll; your body is a doll; your body is for others to admire and to pet; your body is to be used by others, not used by you; your body is a luscious fruit for others to bite into and to savor; your body is for others, not for you.”
― Joyce Carol Oates, 
Blonde

Al inicio de mi vida nunca pensé en mí misma como una mujer, ni tampoco como un hombre. Tuve la ventaja de poder crecer como persona, la oportunidad colosal de conocer y explorar los primeros retazos del mundo siendo un individuo.

Nunca me obligaron a elegir entre el rosa o el azul. Mi madre me vestía con botas y pantalones porque me gustaba jugar en el lodo, aunque también me compraba muñecas y vestidos.

En la escuela me identificaba más con los niños, había algo envolvente en su movimiento continuo, algo liberador en correr, gritar y golpear hasta que me faltaba el aliento. Pero también tenía amigas, niñas reservadas de peinados perfectos que comían dulces con las piernas dobladas bajo el peso de su cuerpo y hablaban de películas de princesas.

En ese primer círculo, al principio, no se me exigía tomar partido. No se me obligaba a actuar de cierta forma. Se me aceptaba así, por completo, como un ente dispensado todavía de restricciones.

Con el abandono de la niñez, sin embargo, las expectativas empezaron a distorsionarse. Poco a poco, conforme mi cuerpo se desarrollaba, los límites comenzaron a aparecer, a dibujarse alrededor con creciente fuerza.

La piel me cambió, se volvió suave y abultada donde antes no había nada. Se abrió paso la sangre de entre mis piernas sin que pudiera detenerla. En las noches me dolían los senos mientras se ensanchaban, por lo que, cuando jugaba con los niños, debía tener más cuidado: evitar mancharme de bermellón y evitar los golpes porque, de pronto, mi cuerpo se había vuelto tierno, delicado.

Con el tiempo no me quedó alternativa más que amoldarme a todas esas cosas nuevas, esas reglas implícitas que venían de la mano con mi cuerpo nuevo. Ya no podía jugar con tierra, gritar tan fuerte, y había que cuidar siempre el largo de mi falda.

Cambié aun más de adolescente. En cuanto me amoldaba a mi piel se transformaba otra vez. Era muy bonita, aunque no lo sabía. Parecía ya una mujer, aunque no lo fuera. Y llegó el momento de intentar explicarme el mundo desde cero, tomando en cuenta ahora las miradas y opiniones que venían del exterior.

Aprendí, a golpe de realidad, que no importaba lo que yo sintiera, o quisiera, sino lo que los demás vieran en mí. Aprendí que a los hombres no les importaba si era una niña o no, con tal de que no lo pareciera.

Aprendí también que mi sexo me exponía. Me exponía ante los hombres. Mi cuerpo me desprotegía, su suavidad significaba sumisión. Entendí que vivía a la intemperie, a merced del deseo de otros.

Ese deseo ajeno y sin invitación se convirtió, en una ocasión, en un instinto bruto y animal que logró alcanzarme y partirme como un rayo, justo por la mitad. Estaba borracha cuando pasó. Cuando me invadieron unas manos violentas. Me doblegó, entonces, una fortaleza bestial y lacerante que no conocía.

Logré escapar, después de unos cuantos minutos de tortura, sin gritos y sin golpes. No escapé como las damiselas aguerridas de las películas. Escapé con una sonrisa, excusándome. Lentamente, intentando que mis zapatos altos no hicieran ruido contra el piso. Huí con cortesía, sin dignidad.

Aquello lo había aprendido de alguna forma, en alguna ocasión. Sé amable cuando te estén haciendo daño, si eres mujer. Sonríe, agradece el dolor, para que no se duplique. Encorva el cuello y baja la mirada.

Caminé lento y, después, cuando la bestia ya no me estaba viendo, caminé con prisa. Escapé como una cobarde para seguir con vida. No dije, no hablé, guardé silencio.

Aprendí que al ser mujer, en ocasiones, no se puede pelear por tu vida, sino que hay que arrastrarse por ella. Sonreímos para sobrevivir.

El abuso destruye de una manera íntima, profunda. Es una humillación inexplicable. Inescapable.  

Escondí lo que me pasó durante años, hasta ahora. No solo por la culpa, sino por el orgullo. Me repetí hasta el cansancio que algo así no debía de romperme. No podía permitirme ser destruida, juzgada, etiquetada. No podía llorar en voz alta y tenía que guardar silencio. Me dije que así pelearía: en silencio y con una sonrisa.

A través del tiempo, he logrado hablar, poco a poco y cada vez más. Ya no se me quiebra la voz. Ya no soy ella. He logrado separarme de aquella piel que violentaron. He logrado limpiarla.

He dejado de esconderme. De esconder mi cuerpo. Me gusta la atención. Me gusta vestirme con ropa reveladora. Me gustan los escotes hasta el ombligo y las fotografías en traje de baño en las redes sociales. Para mí es una transgresión, una lucha: estar libre de complejos y de dudas acerca de mi cuerpo, mío, a pesar de las opiniones que vienen del exterior. Esas opiniones que nunca callan, que siempre llegan, sobre todo las no solicitadas.

Me han dicho que nadie me tomará en serio por mi ropa. Los novios me han exigido dejar de usar ciertas prendas. Me han pedido ser más conservadora.

-¿Cuándo piensas vestirte como una persona decente?

La mayoría también ha hecho comentarios. Palabras que por un tiempo se me quedaron grabadas en la memoria, infringiendo una herida permanente en el corazón.

-Deberías de operarte los senos.

-Tienes muchas cicatrices.

-Serías perfecta si bajaras un poco de peso.

He hablado del abuso con un par de ellos, pero mi voz tiende a caer en oídos sordos que, al final, habitan un mundo sordo. Parece que mis prendas me hacen no ser merecedora de compasión. Parece que una víctima tiene que mantenerse en el dolor, permanecer herida, para poder ser tomada en serio.

Pero esos horribles minutos en los que me aprisiona el recuerdo han dejado ya de doblegarme. Ya no existen manos que puedan arrancarme la fuerza, que me debiliten. Ya no hay forma en la que permita que cubran mi cuerpo y sus cicatrices. Mi desnudez ya no es debilidad, ni mi suavidad sumisión.

Imagen de Mariel Huttich

Mariel Huttich es escritora, modelo, maquillistaes artista, en todos los sentidos. Escribe ensayos, cuentos, haikus.., mientras se escribe a sí misma. Tiene un blog inspirado en las cartas de Tarot: https://www.storytellerh.com/

Sin remitente

Escrito por Andrea Tafoya

De los secretos que han surgido en cuarentena, descubrí una carta, escrita hace dos años, para nunca entregarla a su destinatario: un gitano.

Un ser que, de repente, me hizo descubrir que en la vida existe Dios y existen dioses, esos seres mortales que parecen inmortales, cuyos recuerdos se vuelven perpetuos aunque su presencia a veces no llega ni a una primavera. Un dios esporádico que me cambió la vida y que hoy merece salir para borrarse de los recuerdos del mundo.

“Qué bendición” decía la nota. “Qué bendición que los peces pueden cantar bajo el agua, sin que los mortales entiendan de qué hablan, sin que los animales de tierra y fuego sepan de qué hablan; qué hermoso que puedan cantarle a la vida guardando celosos sus sentimientos y dejando a la imaginación de los Dioses sus cantos, para que ellos adivinen de qué hablan y, que las gaviotas se vuelvan locas intentando descubrir si alguna de esas melodías se trataba de ellas.”.

Y no será como la venganza de Cardenal, del famoso poema que llegará a tus manos sin saber que fue escrito para ti, pero será un recuerdo que se quede para siempre en el viento por si algún día vuelve a recorrer tu cuerpo.

Andrea Tafoya

Imagen de Andrea Tafoya
Entramado femenino

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.

Huir y volver

Escrito por Itzel Ramírez

Me desgarraba el alma, mi mente repetía infinitamente el momento, recordaba todo, recordaba el miedo, mi cuerpo inquieto, deseoso de salir corriendo, de no estar ahí, de que fuera un sueño.

Se había ido pero yo seguía aquí,
se esfumaba en el tiempo, pero no dejaba de existir,
se convertía en pasado, aunque no para mí.

Y mi cuerpo congelado, mi mente deseosa de que eso no fuese lo último que pudiera mirar o percibir. No quería perderte, ni perderme, no quería esa culpa, ese resueno, ese correr para llegar sin poderte alcanzar.

El dolor y yo estábamos a solas,
la confrontación de una buena vez.
El detonante preciso lo traería ahora,
era su momento para volver.

Me sentía atrapada en un ciclo infinito de tiempo, del que no podía escapar, ni en sueños. Recordaba la hora, las decisiones, los errores y las opciones. En todas las versiones, huir era mi opción, escaparme en silencio o salir corriendo… Pero no me fui, me quedé aquí…

El pasado tocaba a mi puerta,
todo listo una y otra vez,
una voz me ahogaba a solas,
yo... inquieta por retroceder.

Entonces despertaba agotada, deshecha, desolada. Y no había nada que pudiera decirme a mi misma que me alentara. Nada que me diera esperanza, nada que me liberara de aquello. Ni una palabra de aliento, ni una sonrisa, ni nada.

Yo continué aquí, 
sin estar convencida de estar,
sin fuerzas para continuar,
sólo me mantuve aquí,
en el despertar después del caos,
en la oscuridad, 
escribiendo para liberar.

Ahí en la habitación, el miedo se apoderaba de mí, el recuerdo de mi cuerpo inquieto llorando junto a ti. Otras veces la rabia habitaba aquí, un deseo intenso de que no hubiera resultado así. La desesperanza inundaba todos mis pensamientos, pensaba que nada sería igual, que me encontraba sola y nada podía cambiar.

No podría enumerar todos los daños
pero recién podía observar las ruinas de aquel final,
los corazones desquebrajados,
las evidencias de que sí es real...
como las huellas que testifican el paso de un huracán.

Cada cicatriz cubierta está, cada dolor envuelto está, ahora se divide por colores y me pide a gritos estar.

Yo seguía aquí, todo el día lo repetía,
pensando en huir, en dejar de sentir...
en fugarme de mí, en aceptar la despedida,
en remediar lo que seguía,
en sentirme mejor algún día.

Este pensamiento me acompañó las siguientes horas, la sensación de huida invadió cada poro de mi piel, cada recuento de los hechos, aceleraba mi razón de ser. Mientras transcurrían los minutos, ningún recuerdo antes había sido tan poderoso, cada detalle, cada sensación me transportaba al suceso. Y yo lo dejé ser, lo abracé a mi piel y lloré junto a él.

Me encontraba lejos, había que huir.
Resguardar mis sentimientos, protegerlos de mí.
Me encontraba lejos, había decidido también huir.
Resguardar mis sentimientos, protegerlos de ti.
Pero había llegado el momento de volver aquí,
de decirme en silencio "todo ha llegado hasta aquí"
con el corazón más fuerte
estaba lista para seguir...
Imagen de Itzel Ramírez