La mujer que me inspira

Este poema es de todas. Es un entramado de nuestras vidas, un esfuerzo colectivo por responder a las preguntas: ¿Quién es la mujer que me inspira? ¿Cómo es ella? Si tuviera que elegir un elemento de la naturaleza para representarla, ¿cuál sería?

Gracias a las autoras:

Ana Laura, Andrea, Arantxa, Cathy, Claudia, Flor, Itzel, Janeth, Julieta A., Julieta R., María Michelle, Mariza, Mónica, Rocío C., Rocío S., Vanessa

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo.

Algunos nombres, sin jamás nombrarlas a todas,

pero en cada uno de sus nombres, habitamos todas.

Mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

Tú y yo, tú y yo, y yo, y tú, y yo y todas…

Ella, ella que con su sonrisa me inspira,

que es tantas cosas que es indescriptible, inabarcable.

El mundo entero la representa:

el viento, el agua, las olas, las cascadas, los tornados,

el fuego, el sol, el aire, el mar, las puestas de sol,

los atardeceres, las flores, los árboles y sus raíces…

Ella es todo, es la naturaleza, es ella toda, pues es vida.

Ella, ella que con sólo su recuerdo me habita toda.

Ella es agua, es las olas, ella, en otra vida, fue sirena.

Es un árbol que florece, incluso en el desierto.

Es la paz y felicidad entrelazadas en las puestas de sol.

Ella es fuego, con ese calor que abraza,

fuego enmascarado de fragilidad, que fortalece el alma.

Ella, ella que con su luz me envuelve y acompaña,

es luz potente, luz y paz, es tranquilidad.

Es aire. Es el aire fundamental en mi vida.

Es las cascadas de Aguazul, transparente siempre,

y es también la dualidad que las caracteriza:

una corriente pacífica y la energía del agua que cae,

y al caer es fuerza, desborda fuerza interna.

Ella, ella que es tan toda como la tierra misma,

es el olor a tierra mojada, tras caer la lluvia,

es raíz, mi raíz, pues me ata al mundo y, al mismo tiempo,

me impulsa a volar a otros.

Ella es magia, es bruja, es belleza, es valentía.

Es inspiración, es sinceridad, compasión y perdón.

Ella, que desde que nació ha sido mi espejo,

es agua por ser fuerza, fuerza invencible y continua,

es sabiduría, es privilegio, es ejemplo, es mía.

Es el fuego, es defensora, es noble, es poderosa.

Se hace presente con su voz, y por ello es peligrosa.

Es la fuerza del tornado, da su vida por nosotros,

a su familia sacó adelante, con esa vida y esa fuerza.

Ella, que además de ser mi madre, mi abuela,

mi hija, mi hermana, es mi amiga, es compañía,

es bondad y es cariño, es alegría y es incluso romance.

Ella es las flores que le dan color a la vida,

es ese resquicio de luz y esperanza que se asoma tras la tormenta,

me ilumina, ilumina todo, ilumina el mundo con cada paso.

Es el sol, presente cuando más la necesitamos.

Es roble, es árbol, firme, sin importar el viento o el invierno.

Ella siempre permanece.

Es árbol y sus raíces pues se mantiene y me mantiene firme.

Es el mar, ágil, en movimiento, divertida y es incluso la locura.

Ella, que todos los días, con su belleza me inspira,

es atardecer, es gozo al contemplarla, contemplar su hermosura,

saber que siempre habrá otro atardecer y que ella permanecerá.

Es paz al verla, al admirarla, es fuerza… a veces demasiada.

Ella, la flor más hermosa de esta tierra, el árbol más extenso,

ella es generosidad, abre sus brazos y da vida, nos da hogar,

protege y cobija, ama sin prisas, cuida sin reparos, resiste ante la vida.

La mujer que me inspira todos los días:

mi mamá, mi abuela, mi hija, mi hermana,

las mujeres de mi familia, las mujeres de mi trabajo,

mis amigas, incluso yo misma…

en una somos todas, en todas somos una.

Ilustración realizada por Jaque Jours: https://es.jaquejours.com/

El pasado no es tan malo

*La autora ha decidido permanecer anónima.

¿Lo más difícil? Empezar, sin duda alguna. Empezar a escribir, empezar a enfrentar, empezar a contar, empezar a aceptar. Aceptar que aquello que pasó, te hace ser lo que eres actualmente y te lleva, de una manera u otra, a identificarte en tu futuro. Pero no siempre significa que tu pasado te atormente, al contrario, tu pasado te ayuda a enfrentar nuevas situaciones, nuevas cosas, nuevos retos; te enseña aquello que no quieres ser, o no quieres repetir, pero también, aquello que quisieras mantener. El pasado no es tan malo.

Yo aprendí de mi pasado. Como todos, también cometí errores. Pero agradezco que haya sido así. Sin mi pasado, no hubiera abierto los ojos. Sin mi pasado, no hubiera sufrido lo suficiente para sentirme bien conmigo misma. Sin mi pasado, seguiría escondida en un agujero negro. Mi pasado me ayudó a ser lo que soy y a estar en donde estoy ahora, y me siento orgullosa de eso.

Hace unos años estuve en una relación en la cual nunca me sentí atrapada. Nunca sentí ese miedo. Nunca tuve, ni siquiera, la idea de salir de ahí, porque realmente no lo necesitaba, vivía en mi cuento de hadas, ¿qué más podía pedir? Era una relación que muchos consideraban perfecta, incluso yo, porque mentiría si digo que no era así. Sí, era una relación en la que ya me veía para siempre, incluso había pláticas, existían planes sobre el tema. Muchas veces decimos para siempre, porque realmente así lo sentimos, te sientes bien, tranquila, te sientes apoyada en todo momento, porque estás con alguien que te eligió y se quedó, a pesar de tus defectos. Pero de pronto todo cambia, y te vas dando cuenta de la realidad.

Qué difícil es aceptar que alguien que te quiere tanto, puede hacerte tanto daño. Si me preguntan, qué es lo que más me duele, raramente contestaría que no es el abuso, o bueno sí; sin embargo, no el abuso que todos se imaginan, aunque no puedo negar que existió.

Existió esa noche donde me di cuenta de muchas cosas; me di cuenta que muchos ven la parte sexual como un requisito de pareja. Esa misma noche en la que me dijo “la idea es que entre”, palabras que ayudaron a darme cuenta que mi “placer”, no importaba. Aún más importante,fueron palabras que me hicieron caer, que me hicieron pensar, me hicieron sentir mínima. Esa noche me di cuenta que no estaba en donde quería estar.

El abuso que más me duele es el que existió después de tomar quizá la decisión más difícil, o ¿no la tomé yo? Inconscientemente lo hice. Hice todo para evitar ser yo quien tomara esa decisión. Porque mis errores me llevaron a abrir mi panorama aún más, a darme cuenta que existe gente buena, gente que se preocupa, que te quiere y te valora. Pero sobre todo, gente que, a pesar de todo, estará contigo y no le importará tu pasado, al contrario, se sentirán orgullosos de ti por estar donde estás, a pesar de él; orgullosos de verte feliz, y con una sonrisa sincera.

No voy a decir que fue su culpa, pero sí. Fue su culpa que me sintiera responsable de todo, cuando no fue así; fuimos los dos. Fue su culpa que cambiara. Fue su culpa que haya dejado de sentirme apoyada. Fue su culpa que tuviera miedo de contarle las cosas, porque sabía cómo terminaría todo. Fue él quien me hizo sentir así. Porque nunca pensé que alguien tan importante para mí, se encargara de meterle ideas a mis amigos sobre mí, y peor aún, a mi familia, porque estando con ellos, me sentía incómoda, había miradas, preguntas y juicios sobre la decisión que tomé; y todo gracias a lo que les dijo.

Siempre me pareció incongruente que se quejara de que cambié, cuando él cambió hasta de religión. Me parecía incongruente que se enojara porque en su cumpleaños sólo le marqué, cuando acabábamos de estar una semana juntos; y en mi cumpleaños yo fui quien le marcó y en lugar de felicitarme, decidió pelear. Me parecía incongruente que me pidiera que guardara todos sus secretos, y fuera él quien se encargara de publicar los míos. Pero he aprendido de todo eso.

Cambié, eso nunca lo voy a negar, pero lo hice porque dejó de estar para mí, de apoyarme, de protegerme. Viví una experiencia que me hizo valorar y descubrir todo lo que está a mi alrededor, que no niego que también me hizo cambiar. Pero, durante el tiempo que estuve lejos, comenzó a crear una mayor dependencia entre nosotros, ni siquiera disfrutaba la compañía de sus amigos; “estuve sólo, nadie me hacía caso”, “mejor me subí porque ya estaba aburrido”, “a la próxima, mejor no vengo”. Compañía que extraño. Y meses después, me doy cuenta que esa dependencia era una señal de lo que venía.

Y se lo agradezco, porque sin todo lo que pasó, no me hubiera dado cuenta de que las cosas pasan por algo. No habría abierto los ojos para darme cuenta que ese lugar en el que estaba, no era donde realmente quería estar. Me ayudó a aprender, me ayudó a valorarme, me ayudó a saber qué es lo que busco, qué es lo que quiero. Me ayudó a aprender a ser yo misma, y no dar explicaciones por ser así. Me ayudó a sentirme libre y volar hasta lo más alto, para caer a mi manera y aprender de la caída. Pero más importante, me ayudó agradecer que tengo muchas personas maravillosas que están conmigo, porque gracias a ellos, he llegado aún más lejos.

Así que, sólo puedo decir: gracias.

Sin ti, seguiría en ese lugar al que no pienso regresar.

Imagen sin derechos de autor

18 de enero de 2018

Podría hablar del primer recuerdo que tengo del abuso que he vivido. Podría también hablar de una relación abusiva en la que estuve por cinco años, esa que me dejó marcada, que me dejó cicatrices que aún no logro sanar. Una relación que me lastimó más de lo que las palabras en este escrito o en cualquiera, pueden sanar. Un abuso más allá de lo que puedo describir o explicar.

Sin embargo, quiero hablar del 18 de enero de 2018. ¿Por qué esa fecha? Porque siento que es donde necesito empezar. Porque es una fecha de la que no he hablado más que con un par de personas. He hablado particularmente del evento, pero no de cómo afectó mi relación o, mejor dicho, cómo me afectó a mí al haber vivido todo eso mientras estaba en esa relación.

Un evento que, en su momento, comenté con niñas de 14 años, porque eran las personas que me daban seguridad. No podía recurrir a mis amigos… la verdad, no es que no pudiera, es que no sabía cómo abrirme con ellos, sentía que si lo hablaba con niñas de 14 años dejaría de ser real, como si entonces ese día nunca hubiera ocurrido. El hablar con mis amigos hubiera significado reconocer que sí pasó.

Hoy me siento lista para decirlo, para compartirlo con mis amigos, para compartirlo con ustedes, para compartirlo con todos aquellos que quieran leerme. Pero, más importante aún, me siento lista para compartirlo conmigo misma.

18 de enero de 2018

Empezó como cualquier otro. Me desperté, me arreglé, me preparé y me fui a trabajar. Amaba mi trabajo, entonces iba con la emoción de siempre.

Al principio todo estaba bien.

Mi día aparentaba ser como cualquier otro.

Alrededor del medio día, comencé a sentir el dolor más profundo que una mujer puede sentir. Si me lo preguntan, habría preferido vivir nuevamente todo el abuso a tener que soportar ese dolor.

Ya en el hospital, todo fue muy rápido. Yo no entendía lo que estaba pasando. No entendía porqué estaba en una camilla, porqué tanta prisa… sólo me sentía mareada -a causa del dolor, y a causa de las medicinas que me estaban administrando por vía intravenosa-. Recuerdo que sólo escuchaba voces, pero no entendía su significado, no entendía qué decían.

Dormí.

Desperté.

Dormí.

Desperté.

Mi doctora estaba ahí.

Lloré.

–Estabas embarazada.

–Perdiste al bebé. – Siguió diciendo.

¿Qué dijo después? No sé.

¿Dónde estaba él?

–Trabajando. – Contestó la doctora.

18 de enero de 2018… el día que me enteré que estaba embarazada.

18 de enero de 2018… el día que tuve un aborto.

18 de enero de 2018… el día que él decidió que el trabajo era más importante que su esposa, que el hijo que había perdido.

18 de enero de 2018… el día que el mundo se desmoronó ante mis ojos confundidos.

¿Qué pasó después del 18 de enero de 2018?

Aquí es donde la otra historia comienza.

Después del legrado, hay un periodo de abstinencia. Daba gracias a Dios. Un periodo en el que no tendría sexo por obligación. Un periodo en el que podría descansar. Un periodo en el que no tendría que irme a dormir llorando por haber tenido relaciones que no quería tener.

Sí, el 18 de enero de 2018 fue duro, pero lo que siguió fue un respiro.

Logré respirar.

Logré escaparme, por un tiempo, del abuso.

Logré dormir.

¿Qué ocurrió con él durante este tiempo?

Nada.

No estaba.

No me apoyaba.

No hablábamos.

No me preguntaba cómo seguía.

No me preguntaba qué necesitaba.

Él seguía trabajando. 

Un día me hizo una pregunta: ¿Cuándo vamos a poder volver a tener sexo? Lo extraño.

Eso fue lo único que quiso decirme tras todo lo vivido.

Una y otra vez.

Todas las noches.

Por dos meses.

Hasta que el periodo de abstinencia acabó (o, más bien, cuando yo lo di por terminado, pues médicamente podría haber sido antes).

Llegó marzo.

Regresó el sexo.

Regresó el abuso, aunque: ¿Alguna vez se fue?

Regresaron las lágrimas.

Y con marzo frente a mí, en retrospectiva, el 18 de enero de 2018 no se veía tan mal.

Sí, sí prefería el dolor del 18 de enero de 2018.

¿Quién lo diría?

Sufrir un aborto era menos doloroso que ser ignorada.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la negligencia.

Sufrir un aborto era menos doloroso que la eterna pregunta “¿Cuándo vamos a tener sexo?”

Sufrir un aborto era, definitivamente, menos doloroso que tener sexo sin sentido. Sexo vacío. Sexo impuesto.

Continuará…

C*

*La autora ha decidido permanecer anónima.

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.