Inescapable

Escrito por Mariel Huttich

“Never can you climb over this wall, you’re not strong enough; girls aren’t strong enough; girls aren’t big enough; your body is fragile and breakable, like a doll; your body is a doll; your body is for others to admire and to pet; your body is to be used by others, not used by you; your body is a luscious fruit for others to bite into and to savor; your body is for others, not for you.”
― Joyce Carol Oates, 
Blonde

Al inicio de mi vida nunca pensé en mí misma como una mujer, ni tampoco como un hombre. Tuve la ventaja de poder crecer como persona, la oportunidad colosal de conocer y explorar los primeros retazos del mundo siendo un individuo.

Nunca me obligaron a elegir entre el rosa o el azul. Mi madre me vestía con botas y pantalones porque me gustaba jugar en el lodo, aunque también me compraba muñecas y vestidos.

En la escuela me identificaba más con los niños, había algo envolvente en su movimiento continuo, algo liberador en correr, gritar y golpear hasta que me faltaba el aliento. Pero también tenía amigas, niñas reservadas de peinados perfectos que comían dulces con las piernas dobladas bajo el peso de su cuerpo y hablaban de películas de princesas.

En ese primer círculo, al principio, no se me exigía tomar partido. No se me obligaba a actuar de cierta forma. Se me aceptaba así, por completo, como un ente dispensado todavía de restricciones.

Con el abandono de la niñez, sin embargo, las expectativas empezaron a distorsionarse. Poco a poco, conforme mi cuerpo se desarrollaba, los límites comenzaron a aparecer, a dibujarse alrededor con creciente fuerza.

La piel me cambió, se volvió suave y abultada donde antes no había nada. Se abrió paso la sangre de entre mis piernas sin que pudiera detenerla. En las noches me dolían los senos mientras se ensanchaban, por lo que, cuando jugaba con los niños, debía tener más cuidado: evitar mancharme de bermellón y evitar los golpes porque, de pronto, mi cuerpo se había vuelto tierno, delicado.

Con el tiempo no me quedó alternativa más que amoldarme a todas esas cosas nuevas, esas reglas implícitas que venían de la mano con mi cuerpo nuevo. Ya no podía jugar con tierra, gritar tan fuerte, y había que cuidar siempre el largo de mi falda.

Cambié aun más de adolescente. En cuanto me amoldaba a mi piel se transformaba otra vez. Era muy bonita, aunque no lo sabía. Parecía ya una mujer, aunque no lo fuera. Y llegó el momento de intentar explicarme el mundo desde cero, tomando en cuenta ahora las miradas y opiniones que venían del exterior.

Aprendí, a golpe de realidad, que no importaba lo que yo sintiera, o quisiera, sino lo que los demás vieran en mí. Aprendí que a los hombres no les importaba si era una niña o no, con tal de que no lo pareciera.

Aprendí también que mi sexo me exponía. Me exponía ante los hombres. Mi cuerpo me desprotegía, su suavidad significaba sumisión. Entendí que vivía a la intemperie, a merced del deseo de otros.

Ese deseo ajeno y sin invitación se convirtió, en una ocasión, en un instinto bruto y animal que logró alcanzarme y partirme como un rayo, justo por la mitad. Estaba borracha cuando pasó. Cuando me invadieron unas manos violentas. Me doblegó, entonces, una fortaleza bestial y lacerante que no conocía.

Logré escapar, después de unos cuantos minutos de tortura, sin gritos y sin golpes. No escapé como las damiselas aguerridas de las películas. Escapé con una sonrisa, excusándome. Lentamente, intentando que mis zapatos altos no hicieran ruido contra el piso. Huí con cortesía, sin dignidad.

Aquello lo había aprendido de alguna forma, en alguna ocasión. Sé amable cuando te estén haciendo daño, si eres mujer. Sonríe, agradece el dolor, para que no se duplique. Encorva el cuello y baja la mirada.

Caminé lento y, después, cuando la bestia ya no me estaba viendo, caminé con prisa. Escapé como una cobarde para seguir con vida. No dije, no hablé, guardé silencio.

Aprendí que al ser mujer, en ocasiones, no se puede pelear por tu vida, sino que hay que arrastrarse por ella. Sonreímos para sobrevivir.

El abuso destruye de una manera íntima, profunda. Es una humillación inexplicable. Inescapable.  

Escondí lo que me pasó durante años, hasta ahora. No solo por la culpa, sino por el orgullo. Me repetí hasta el cansancio que algo así no debía de romperme. No podía permitirme ser destruida, juzgada, etiquetada. No podía llorar en voz alta y tenía que guardar silencio. Me dije que así pelearía: en silencio y con una sonrisa.

A través del tiempo, he logrado hablar, poco a poco y cada vez más. Ya no se me quiebra la voz. Ya no soy ella. He logrado separarme de aquella piel que violentaron. He logrado limpiarla.

He dejado de esconderme. De esconder mi cuerpo. Me gusta la atención. Me gusta vestirme con ropa reveladora. Me gustan los escotes hasta el ombligo y las fotografías en traje de baño en las redes sociales. Para mí es una transgresión, una lucha: estar libre de complejos y de dudas acerca de mi cuerpo, mío, a pesar de las opiniones que vienen del exterior. Esas opiniones que nunca callan, que siempre llegan, sobre todo las no solicitadas.

Me han dicho que nadie me tomará en serio por mi ropa. Los novios me han exigido dejar de usar ciertas prendas. Me han pedido ser más conservadora.

-¿Cuándo piensas vestirte como una persona decente?

La mayoría también ha hecho comentarios. Palabras que por un tiempo se me quedaron grabadas en la memoria, infringiendo una herida permanente en el corazón.

-Deberías de operarte los senos.

-Tienes muchas cicatrices.

-Serías perfecta si bajaras un poco de peso.

He hablado del abuso con un par de ellos, pero mi voz tiende a caer en oídos sordos que, al final, habitan un mundo sordo. Parece que mis prendas me hacen no ser merecedora de compasión. Parece que una víctima tiene que mantenerse en el dolor, permanecer herida, para poder ser tomada en serio.

Pero esos horribles minutos en los que me aprisiona el recuerdo han dejado ya de doblegarme. Ya no existen manos que puedan arrancarme la fuerza, que me debiliten. Ya no hay forma en la que permita que cubran mi cuerpo y sus cicatrices. Mi desnudez ya no es debilidad, ni mi suavidad sumisión.

Imagen de Mariel Huttich

Mariel Huttich es escritora, modelo, maquillistaes artista, en todos los sentidos. Escribe ensayos, cuentos, haikus.., mientras se escribe a sí misma. Tiene un blog inspirado en las cartas de Tarot: https://www.storytellerh.com/

Sin remitente

Escrito por Andrea Tafoya

De los secretos que han surgido en cuarentena, descubrí una carta, escrita hace dos años, para nunca entregarla a su destinatario: un gitano.

Un ser que, de repente, me hizo descubrir que en la vida existe Dios y existen dioses, esos seres mortales que parecen inmortales, cuyos recuerdos se vuelven perpetuos aunque su presencia a veces no llega ni a una primavera. Un dios esporádico que me cambió la vida y que hoy merece salir para borrarse de los recuerdos del mundo.

“Qué bendición” decía la nota. “Qué bendición que los peces pueden cantar bajo el agua, sin que los mortales entiendan de qué hablan, sin que los animales de tierra y fuego sepan de qué hablan; qué hermoso que puedan cantarle a la vida guardando celosos sus sentimientos y dejando a la imaginación de los Dioses sus cantos, para que ellos adivinen de qué hablan y, que las gaviotas se vuelvan locas intentando descubrir si alguna de esas melodías se trataba de ellas.”.

Y no será como la venganza de Cardenal, del famoso poema que llegará a tus manos sin saber que fue escrito para ti, pero será un recuerdo que se quede para siempre en el viento por si algún día vuelve a recorrer tu cuerpo.

Andrea Tafoya

Imagen de Andrea Tafoya
Entramado femenino

Mamá:

Hoy quiero contarte que quiero ser feminista. Y aunque tal afirmación pareciera fácil de expresarse, me costó años llegar hasta aquí.

En principio, porque no siempre fui feminista. Al contrario, me apena decir que yo era -y todavía algunos días soy- machista.

Un día, alguien me dijo que le preocupaba lo interiorizada que tenía la violencia. Yo temblé. Lo negué todo. Me repetí a mi misma que no era el caso, que más bien conocía la violencia de frente, me era tan familiar su rostro que ya no le temía. Y pues, precisamente era ese el asunto, me era tan conocida, tan amiga, que ya no me alarmaba, que inclusive ya ni la reconocía como tal.

Mamá, es hora de que me reconozca a mi misma como feminista porque he librado batallas -que no debería- por el simple hecho de ser mujer. Porque callé cuando debí haber alzado la voz; porque no supe reconocer la violencia, el abuso y la manipulación en mi vida; porque la acepté sin titubear; porque incluso la justifiqué y me convencí de que todo era mi culpa.

Pero hoy ya no es así. Me he enfrentado cara a cara con mi pasado, he inspeccionado las heridas, me he desprendido -casi siempre- de esa voz masculina que habita en mí. Y, gracias a eso, puedo decir que quiero ser feminista.

Quiero ser feminista porque callé cuando debí haber alzado la voz; porque dudé de la veracidad de mi historia; porque quizá mi silencio haya sido cómplice; porque incluso hoy no quiero ser voz de otras historias como la mía…

Me cuesta llamarme feminista porque no quiero ser víctima, pero tampoco heroína. No quiero ser fuente de inspiración ni de fuerza. Quisiera que mi historia y mi dolor pasen desapercibidas pues quizá así desaparezca un poco la tristeza que conllevan.

Pero lo cierto es que el silencio es cómplice. De hecho, fue gracias a ese mismo silencio que me costó 6 años reconocer mi propia historia de abuso. Pero hoy sé que reconocer y contar mi historia -una más entre tantas- quizá evite que alguien viva lo que yo -y tantas- hemos vivido.

Y las feministas que rompen vidrios y grafitean monumentos sí me representan. Ellas sí me representan, porque si no lo hacen ellas, ¿quién sí? ¿Quién sí cuando ni yo misma me representé? Por eso hoy, aunque me cueste, aunque me dé miedo, aunque mi cuerpo tiemble, quiero llamarme feminista.

Y hoy, que México tiembla y cruje ante la voz de las feministas, quiero gritar y enojarme con ellas, porque un día no me enojé con mi historia, pero hoy todavía no es demasiado tarde para mí.

Soy feminista porque sigo viva, porque tengo una voz y porque la historia de una -en este país- es la historia de casi todas. Ojalá que esto cambie y que mañana no seamos tantas las que sumemos nuestras historias de dolor, abuso, violencia, acoso… ojalá mañana, la razón para ser feminista sea más bien a través de historias de triunfo, de respeto…

Hoy no es así, hoy me toca ser feminista por mí, por ti y por todas las mujeres que conozco, de la misma manera en que sé que las demás feministas lo son por mí, por ti y por todas las mujeres que conocen -y por las que no también-.