Junio de 2020

Junio de 2020

Huir a veces significa buscarnos a nosotros mismos en lugares en los que el dolor no es tan habitual.

Huir a veces es darle la espalda al mundo, aunque también, en el camino, puede ser darnos la espalda.

Huir es atractivo porque pareciera olvido. Tiene cara de olvido, pero no lo es. La huida es aplazar el enfrentamiento, estirar las horas para no sentir, para pretender que se puede dejar de sentir.

Para mí, huir significa dejar de escribir.

A veces quisiera abandonarme, dejar de escribir(me), pero el recuerdo de aquellos años en que así lo hice me obliga a continuar.

Cada lunes, cada entrada, se presenta esa misma sensación de vulnerabilidad y miedo al plantarme frente al espejo… frente a ese espejo que es el mundo.

Aun así, cada lunes elijo hacerlo de nuevo. No tanto por un deseo masoquista, sino por las palabras de aliento que encuentro en el camino, y por el recuerdo de cuando no sabía cómo hacerlo.

Julio de 2019

Agridulce comenzó en mi cabeza, hace poco menos de un año.

Recuerdo que pensaba: “Yo no lo sabía, pero me dirigía hasta aquí. Y hoy, aquí, no estoy todavía bien, pero lo estaré. Es esta sensación de dolor acompañado de esperanza… es agridulce”.

Y ahí nació esta chispa que ahora tiene varias entradas y algunos lectores.

Pero, más que nada, nació mi historia en palabras, mi historia para quien quisiera conocerla, esa historia que también me estoy contando a mí, con nuevos ojos y con mucha compasión.

Mayo de 2019

Cuando comencé a ir a terapia y hablar del pasado se convirtió en un hecho, me prometí a mi misma que jamás haría de mi historia algo público. Me aseguré de que sanaría para que no me volviera a pasar, pero no para contar lo que había vivido. Era mío –por más que quería que no lo fuera– y, de ser posible, se quedaría en el silencio, ya ni pensar en el olvido.

Me negaba a contar mi historia, me rehusaba a enorgullecerme de mis cicatrices, pues lo único que sentía era impotencia, dolor y una tristeza que me inundaba constantemente.

Me pregunto qué diría esa Carmen al saber que, unos meses después, le contaría su historia al mundo, que la haría tan pública que incluso un día se atrevería a sentirse un tanto orgullosa al respecto.

Seguro lo negaría rotundamente. Vaya que lo haría. Suelo ser muy terca.

No quería portar un estandarte, no quería ser el rostro de nada: ni del abuso, ni del dolor, ni de la tristeza, ni de la vulnerabilidad…

Pasar desapercibida, eso sí quería.

Qué equivocadas estábamos, Carmen. Qué diferente sería.

Mayo de 2020

Y, aun así, cada lunes tengo que luchar contra mis demonios para no abandonarme, recordarme a mi misma porqué continúo escribiendo.

Me repito que mientras sea útil para una persona, valdrá la pena. A veces, ni eso le da sentido.

Pero lo hago. Lo hago en realidad para mí porque conocer historias como la mía me hizo atreverme a inspeccionar el pasado y pedir ayuda.

No pretendo hacer de mi historia algo que no es. Por ello, no la cubro de tintes de importancia, si acaso, trato de que suene menos triste. Me preocupa sonar triste, pero ¿cómo negar si así ha sido?

Tampoco pretendo contarla como si hubiera sido sencillo. Sanar no ha sido ni será fácil. Es lo que es. Me debo a mi misma el no minimizarlo.

Cuando comencé a contarla, pensé que se trataba acerca de mi proceso para sanar el haber estado en una relación abusiva. Hoy sé que no es así. En realidad, Agridulce es acerca de mi camino para aprender a ser vulnerable. Es un caminar diario, en el que cada paso cuenta.

Marzo de 2020

Hace más de dos meses, unos días antes de que el confinamiento fuera oficial… yo ya estaba encerrada en mi mente, en mi dolor.

No tenía nada que perder.

Sentía que ya lo había perdido todo. Perdí tanto que me quedé sin imaginación, sin la capacidad de soñar con algo distinto a esa tristeza que me estaba envenenando.

El futuro dejó de existir pues mi mente estaba en pausa, tratando de sobrevivir.

Fue hace tan poco que todavía siento esa sombra en mi cuerpo y en mi mente, acechando sigilosa para presentarse en caso de distracción.

Pedí ayuda, recibí ayuda. Pedí amistad, recibí una hoguera.

Y sin importar que ya fuera experta en sobrevivir, esta vez nada parecía funcionar.

No tenía nada que perder.

Respiraba. Seguía viviendo. Eso hacemos, ¿no? ¿Vivir? Vivía porque eso tenía que hacer.

Hasta a mí me aterra escribirlo.

Pero tengo muy claro el momento en que todo cambió.

Sí fue un momento de fanfarrias, trompetas y celebración. Mi cuerpo revivió y cada día, desde entonces, me aferro a esa vida.

Pensar en el dolor como el encuentro de vida. The darkness of the womb: la oscuridad de la matriz

Noviembre de 2019

Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré.

Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

Salió a la luz en noviembre, aun y cuando llevaba ya tiempo gestándose en mi cuerpo y en mi mente.

Requirió tiempo, paciencia y mucha vulnerabilidad.

Abril de 2020

Comencé a pensar entonces que, tal vez, este nuevo dolor que me consumía podría también engendrar algo nuevo.

Recuerdo haberme dicho: “Todavía no sé qué implica, pero estoy lista para enfrentarlo, para aventarme de este nuevo barranco y darle vida a esto que mi dolor está gestando”.

Esto fue hace poco más de un mes.

Junio de 2020

No creo que ya haya dado vida a eso que mi dolor está engendrando pero sí sé que requiere tiempo, diálogo, escucha, reflexión, lágrimas, confianza, paciencia, esperanza… vulnerabilidad. Eso que tanto me aterra pero que me ha permitido crecer.

Hay días en que puedo regar mi dolor más que otros.

Supongo que así funciona la vida.

Pero sigo respirando, ya no para sobrevivir, sino para dar vida, para dar a luz a eso que esta oscuridad temporal depara.

Y llegará.

Y nacerá.

Y escribiré al respecto.

Y sabré que podré con esto y más.

Y viviré, no para sobrevivir, sino para dar vida.

Y será agridulce, siempre agridulce.

Y dejará de ser sólo mío, para ser de todas.


Recordé cómo, en noviembre, me referí a Agridulce como algo que engendré. Le di vida y, al mismo tiempo, me regresó la mía.

25 formas de identificar el abuso

Todo lo que he compartido en Agridulce comienza con un nudo en el estómago.

Tengo tanto escrito que a veces me pregunto cuántas de esas palabras verán la luz.

Lo que he aprendido es que, aquello que se aferra a la oscuridad, a mis entrañas, que me abraza para que no lo deje salir, es lo que más debo compartir.

Tal es el caso hoy.

Hoy no es simple, no es fácil, no es poético pero es real.

Esta lista enumera algunas formas que he aprendido que sirven para identificar el abuso. De ninguna manera son una receta o las únicas maneras de identificarlo.

Son un punto de partida. Son, de hecho, el mío.

Lo comparto porque, tal vez, si yo hubiera leído esto hace 8 años, las cosas serían distintas.

Lo comparto sabiendo que no cambia mi pasado, pero esperando que me guíe en el presente.

Lo comparto para otras porque el abuso sabe bien cómo disfrazarse… pero podemos desenmascararlo.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

25 formas en las que puedo identificar si hay abuso o posible abuso.

25 formas para cuestionar.

25 formas para sembrar semillas.

  1. Te otorga la responsabilidad de las acciones que toma: Te culpa de aquello que decide.
  2. Te pide que tú trabajes su dolor: Si se enoja o está triste, eres tú responsable de que esto deje de ser así.
  3. Te ha dejado hablando sola, se ha ido sin avisar: Los conflictos terminan con su huida, sin importar qué necesitas tú.
  4. Por lo general, tú eres la que busca el diálogo, la carga emocional es tuya, te ha dicho “ya sabes que eso de las emociones no se me da”.
  5. Ha tratado de controlar con quién hablas o con quién sales.
  6. Ha revisado tu celular o mensajes, te ha pedido tu ubicación o una foto de dónde estabas.
  7. Te ha pedido que hagas un reporte de tus actividades.
  8. Ha tratado de controlar cómo te vistes.
  9. Ha comentado o evaluado tu cuerpo.
  10. Ha desconfiado de ti: Te hace creer que no eres digna de confianza, que el problema eres tú.
  11. Te ha minimizado o ha dicho que exageras: Te dice que lo que sientes es demasiado.
  12. Te ha insultado.
  13. Busca ridiculizarte, exponerte, hacerte quedar mal.
  14. Ha aventado cosas, le ha pegado a la pared, ha azotado puertas.
  15. Te ha golpeado o lastimado.
  16. Cuando dices que no o pones un límite, no lo respeta, trata de traspasarlo: Insiste a pesar de que has marcado límites. Y aquí me gustaría aclarar que un “no” no es la única forma de establecer límites. Lo hacemos también cuando nos alejamos, cuando ponemos excusas, cuando no decimos que sí. “El sometimiento no es consentimiento”.
  17. Ha insistido o forzado en términos sexuales. “El sometimiento no es consentimiento”.
  18. Has sentido que todo el tiempo tienes que tratarlo con pincitas o sientes como si caminaras en un campo minado.
  19. Normalmente eres tú la que se siente culpable de todo lo que va mal en la relación.
  20. Se hace la víctima.
  21. Te sientes responsable u obligada a cuidar de otras personas: Sientes que es tu responsabilidad ayudarlo, estar ahí siempre, a pesar de lo que necesites tú.
  22. Te encajona en la perfección y exige que lo seas.
  23. Te ha seguido.
  24. Ha tratado de entrar a tu casa sin permiso.
  25. Actúa como Dr Jekyll y Mr Hyde: Puede ser encantador, amoroso, cariñoso y, en cualquier momento, puede transformarse en lo opuesto. Esta dinámica es muy útil pues entonces te convences (como forma de supervivencia) de que, sin importar cómo actúa, al final importa más lo bueno que hace.

25 formas de temblar.

25 formas de recordar el pasado, una parte del pasado.

25 formas de reconocer el abuso y tratar de evitarlo o acabar con él.

Tan sólo 25, de las muchas formas en que podemos ejemplificar algo que casi todas hemos vivido.

25 formas de mantener presente que el abuso tiene muchos rostros y no es exclusivo de una relación de pareja. Existe, de hecho, en cualquier relación: en la familia, en las amistades, en el trabajo…

Y, en esta ocasión, me abro a quien quiera añadir sus aprendizajes porque sé que esta lista es, en realidad, mucho más larga. Comparto mis 25 formas para que sean de todas, para que las desgastemos y nombremos cada una de las maneras en que hemos vivido abuso.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

Mayo de 2020

A Pamela.

Gracias, en toda la extensión de estas siete letras.

En más de una ocasión me he sentido rota.

Rota.

Qué palabra tan pesada, que nos hace sentir tan pequeñas.

Pienso en cómo, desde siempre, escuchamos “corazón roto”.

También sé que hace un año, cuando me preguntaban, me describía como rota. De hecho, hasta hace menos de un mes, todavía lo hacía.

Escribo esto sin juicio alguno, como quien narra los hechos de algo tan suyo que le puede ser, en ocasiones, lejano.

Rota.

Repentinamente me incomoda esta palabra que por tanto tiempo me cobijó.

Era fácil decirme y saberme rota. La realidad es que sí, así me sentía.

¿Cómo se siente estar rota? Supongo que la descripción sobra, que nuestra humanidad la reconoce.

Me sentía en pedazos, recogiendo retazos, tratando de encontrarles forma y colocarlos en su lugar o, si acaso, encontrarles uno nuevo.

Como si se tratara de un rompecabezas… como si fuera un juego en el que yo siempre perdía, pues continuamente fracasaba en recomponerme.

Me imaginaba en construcción, con todo y las advertencias de la fragilidad del derrumbe.

Me río al escribir esto. Al imaginarme con letreros a mi alrededor, que se podrían leer como “Precaución”, “Frágil”, “No tocar”.

Me río porque es cierto.

Estaba y estoy en construcción.

Y para ello he tenido que deconstruirme. Rehacerme. Quizá de ahí viene mi idea de estar rota.

Ahora lo entiendo mejor.

He removido los rincones más obsoletos de mi alma.

He recorrido kilómetros de mi cuerpo, trazando zanjas, cuestionándome y cuestionando todo aquello que creía saber.

Podría decirse que los cimientos de mi cuerpo cayeron. Es evidente la idea de que, entonces, esto me haría estar en pedazos, rota.

Mi mejor amiga en más de una ocasión me dijo: Para mí no estás rota.

Mi mente, en silencio, respondía: Para mí sí lo estoy.

Me sentía rota.

Hoy entiendo que no lo estaba, no lo estoy.

¿Es mi cuerpo acaso una vasija de cristal que puede romperse?

¿Es mi alma entonces un recipiente más que, así como se llena, puede vaciarse?

¿Es mi corazón un instrumento que puede descomponerse y desafinarse?

La respuesta es no. Siempre no.

El dolor crea esta ilusión de ruptura, de fragilidad y de ineptitud. Lo he dicho antes.

Sentirme rota, como espejismo, al recorrer un desierto que parecería no tener fin.

Recorrer ese mismo desierto que podría separarse en dos:

  1. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como repudio ante mi misma.
  2. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como respuesta a lo importante que es para mí amar, perdonar, reconocerme, valorar, actuar.

Escribo estas líneas para que, en un futuro, en caso de dudarlo… tenga un recordatorio de que no estoy rota, que no podría estarlo.

¿Qué significa estar rota?

¿Podría entonces hablar de estar completa?

¿Qué significaría estar completa?

¿Doler me hace estar incompleta, rota?

Observo el camino que he recorrido. Me gusta saber que, si lo he logrado antes, podré hacerlo de nuevo.

Hoy sé que no estoy rota y que nunca podría estarlo.

Que quede registro en estas líneas, por si un día nuevamente necesito esta certeza.

Mayo

Es un antes y un después.

El 2019 estuvo marcado por fechas terremoto que han vencido mis cimientos, fechas terremoto que me han sacudido y, de cierta forma, me han roto.

Cuando pienso en mayo, recuerdo mi cuerpo miedo.

Mi cuerpo miedo que, tenso, se preparaba para la tormenta. Llevaba meses acercándose, jactándose de su poder sobre mí. Me seguía como sombra ineludible, como neblina inextinguible.

Era tan mía que ya ni la percibía. Éramos una. Me envolvía en su juego, convenciéndome del poder que tenía sobre mí.

Ese cuerpo miedo se aventó al barranco. Iluso pensó que era un pequeño salto.

Fue una caída libre.

Estrepitosa. Tremenda. Hermosa.

Decidí ir a terapia y enunciar aquello que nunca había contado.

Pensaba que lo difícil sería abrir la caja de Pandora, observar mis demonios y aceptarlos. Sin saber que, en realidad, era tan solo el primer paso de un camino largo, tan largo como el silencio del pasado.

Puedo ver mi cuerpo acercándose al barranco. Creyó que volaba, cuando solo caía.

Todavía hay días en que solo se dedica a caer, esperando un final que no está anunciado. El 1º de mayo fue una fecha terremoto.

Y hoy, meses después, mi cuerpo todavía tiembla, mi cuerpo todavía es miedo. Siente las réplicas del dolor, el eco del pasado.

Hay fechas terremoto que, al romperme, me han transformado.

El asunto con las fechas terremoto es que también son parteaguas de pequeñas victorias. Pequeñas victorias que detienen la caída, la suavizan… que le otorgan un sentido.

Hay fechas terremoto que me han marcado, que ahora son huellas en mi vida pues les he otorgado significado.

Si ese 1º de mayo y cada día desde entonces he elegido vivir… quiero que valga la pena cada paso, cada caída, cada victoria… cada barranco.