25 formas de identificar el abuso

Todo lo que he compartido en Agridulce comienza con un nudo en el estómago.

Tengo tanto escrito que a veces me pregunto cuántas de esas palabras verán la luz.

Lo que he aprendido es que, aquello que se aferra a la oscuridad, a mis entrañas, que me abraza para que no lo deje salir, es lo que más debo compartir.

Tal es el caso hoy.

Hoy no es simple, no es fácil, no es poético pero es real.

Esta lista enumera algunas formas que he aprendido que sirven para identificar el abuso. De ninguna manera son una receta o las únicas maneras de identificarlo.

Son un punto de partida. Son, de hecho, el mío.

Lo comparto porque, tal vez, si yo hubiera leído esto hace 8 años, las cosas serían distintas.

Lo comparto sabiendo que no cambia mi pasado, pero esperando que me guíe en el presente.

Lo comparto para otras porque el abuso sabe bien cómo disfrazarse… pero podemos desenmascararlo.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

25 formas en las que puedo identificar si hay abuso o posible abuso.

25 formas para cuestionar.

25 formas para sembrar semillas.

  1. Te otorga la responsabilidad de las acciones que toma: Te culpa de aquello que decide.
  2. Te pide que tú trabajes su dolor: Si se enoja o está triste, eres tú responsable de que esto deje de ser así.
  3. Te ha dejado hablando sola, se ha ido sin avisar: Los conflictos terminan con su huida, sin importar qué necesitas tú.
  4. Por lo general, tú eres la que busca el diálogo, la carga emocional es tuya, te ha dicho “ya sabes que eso de las emociones no se me da”.
  5. Ha tratado de controlar con quién hablas o con quién sales.
  6. Ha revisado tu celular o mensajes, te ha pedido tu ubicación o una foto de dónde estabas.
  7. Te ha pedido que hagas un reporte de tus actividades.
  8. Ha tratado de controlar cómo te vistes.
  9. Ha comentado o evaluado tu cuerpo.
  10. Ha desconfiado de ti: Te hace creer que no eres digna de confianza, que el problema eres tú.
  11. Te ha minimizado o ha dicho que exageras: Te dice que lo que sientes es demasiado.
  12. Te ha insultado.
  13. Busca ridiculizarte, exponerte, hacerte quedar mal.
  14. Ha aventado cosas, le ha pegado a la pared, ha azotado puertas.
  15. Te ha golpeado o lastimado.
  16. Cuando dices que no o pones un límite, no lo respeta, trata de traspasarlo: Insiste a pesar de que has marcado límites. Y aquí me gustaría aclarar que un “no” no es la única forma de establecer límites. Lo hacemos también cuando nos alejamos, cuando ponemos excusas, cuando no decimos que sí. “El sometimiento no es consentimiento”.
  17. Ha insistido o forzado en términos sexuales. “El sometimiento no es consentimiento”.
  18. Has sentido que todo el tiempo tienes que tratarlo con pincitas o sientes como si caminaras en un campo minado.
  19. Normalmente eres tú la que se siente culpable de todo lo que va mal en la relación.
  20. Se hace la víctima.
  21. Te sientes responsable u obligada a cuidar de otras personas: Sientes que es tu responsabilidad ayudarlo, estar ahí siempre, a pesar de lo que necesites tú.
  22. Te encajona en la perfección y exige que lo seas.
  23. Te ha seguido.
  24. Ha tratado de entrar a tu casa sin permiso.
  25. Actúa como Dr Jekyll y Mr Hyde: Puede ser encantador, amoroso, cariñoso y, en cualquier momento, puede transformarse en lo opuesto. Esta dinámica es muy útil pues entonces te convences (como forma de supervivencia) de que, sin importar cómo actúa, al final importa más lo bueno que hace.

25 formas de temblar.

25 formas de recordar el pasado, una parte del pasado.

25 formas de reconocer el abuso y tratar de evitarlo o acabar con él.

Tan sólo 25, de las muchas formas en que podemos ejemplificar algo que casi todas hemos vivido.

25 formas de mantener presente que el abuso tiene muchos rostros y no es exclusivo de una relación de pareja. Existe, de hecho, en cualquier relación: en la familia, en las amistades, en el trabajo…

Y, en esta ocasión, me abro a quien quiera añadir sus aprendizajes porque sé que esta lista es, en realidad, mucho más larga. Comparto mis 25 formas para que sean de todas, para que las desgastemos y nombremos cada una de las maneras en que hemos vivido abuso.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

Mayo de 2020

A Pamela.

Gracias, en toda la extensión de estas siete letras.

En más de una ocasión me he sentido rota.

Rota.

Qué palabra tan pesada, que nos hace sentir tan pequeñas.

Pienso en cómo, desde siempre, escuchamos “corazón roto”.

También sé que hace un año, cuando me preguntaban, me describía como rota. De hecho, hasta hace menos de un mes, todavía lo hacía.

Escribo esto sin juicio alguno, como quien narra los hechos de algo tan suyo que le puede ser, en ocasiones, lejano.

Rota.

Repentinamente me incomoda esta palabra que por tanto tiempo me cobijó.

Era fácil decirme y saberme rota. La realidad es que sí, así me sentía.

¿Cómo se siente estar rota? Supongo que la descripción sobra, que nuestra humanidad la reconoce.

Me sentía en pedazos, recogiendo retazos, tratando de encontrarles forma y colocarlos en su lugar o, si acaso, encontrarles uno nuevo.

Como si se tratara de un rompecabezas… como si fuera un juego en el que yo siempre perdía, pues continuamente fracasaba en recomponerme.

Me imaginaba en construcción, con todo y las advertencias de la fragilidad del derrumbe.

Me río al escribir esto. Al imaginarme con letreros a mi alrededor, que se podrían leer como “Precaución”, “Frágil”, “No tocar”.

Me río porque es cierto.

Estaba y estoy en construcción.

Y para ello he tenido que deconstruirme. Rehacerme. Quizá de ahí viene mi idea de estar rota.

Ahora lo entiendo mejor.

He removido los rincones más obsoletos de mi alma.

He recorrido kilómetros de mi cuerpo, trazando zanjas, cuestionándome y cuestionando todo aquello que creía saber.

Podría decirse que los cimientos de mi cuerpo cayeron. Es evidente la idea de que, entonces, esto me haría estar en pedazos, rota.

Mi mejor amiga en más de una ocasión me dijo: Para mí no estás rota.

Mi mente, en silencio, respondía: Para mí sí lo estoy.

Me sentía rota.

Hoy entiendo que no lo estaba, no lo estoy.

¿Es mi cuerpo acaso una vasija de cristal que puede romperse?

¿Es mi alma entonces un recipiente más que, así como se llena, puede vaciarse?

¿Es mi corazón un instrumento que puede descomponerse y desafinarse?

La respuesta es no. Siempre no.

El dolor crea esta ilusión de ruptura, de fragilidad y de ineptitud. Lo he dicho antes.

Sentirme rota, como espejismo, al recorrer un desierto que parecería no tener fin.

Recorrer ese mismo desierto que podría separarse en dos:

  1. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como repudio ante mi misma.
  2. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como respuesta a lo importante que es para mí amar, perdonar, reconocerme, valorar, actuar.

Escribo estas líneas para que, en un futuro, en caso de dudarlo… tenga un recordatorio de que no estoy rota, que no podría estarlo.

¿Qué significa estar rota?

¿Podría entonces hablar de estar completa?

¿Qué significaría estar completa?

¿Doler me hace estar incompleta, rota?

Observo el camino que he recorrido. Me gusta saber que, si lo he logrado antes, podré hacerlo de nuevo.

Hoy sé que no estoy rota y que nunca podría estarlo.

Que quede registro en estas líneas, por si un día nuevamente necesito esta certeza.

Abril de 2020

Resiste.

Ríndete.

Resiste.

Ríndete.

Es el vaivén de mi mente, de mi cuerpo.

Es mi caos interno luchando contra sí mismo.

Resiste, el dolor puede ser un acto de denuncia.

Ríndete, la tristeza sólo se evapora, si la dejas ser.

Llega la ola.

Me tumba.

Alzo la mirada.

Recupero las fuerzas.

Me pongo de pie, en espera de la siguiente ola.

Resiste.

Levántate.

Ríndete.

Cae.

Y mi cuerpo se resiste a ser vencido por el dolor, sin embargo, esa misma resistencia puede convertirse en guerra.

Está mal sentir tristeza.

¿Por qué estarías triste?

¿Ya intentaste hacer…?

Deja de hacer…

Haz algo para sentirte bien.

Es tu debilidad…

¿Otra vez aquí?

Y mi cuerpo se resiste.

Mi mente lucha por su vida.

Se levanta, tras cada ola.

A pesar de que perdió sus fuerzas.

Resistir ya es vivir.

Sí.

En ocasiones, resistir es vivir; en otras, sobrevivir.

Rendirse, en cambio, pareciera asemejarse a perder.

Rendirse también puede ser recibir, aceptar y sentir.

Notar la marea subiendo, saber que es imposible huir o incluso resistir.

Bajar las defensas, pero no la guardia.

Dejar que el agua golpee el cuerpo, que incluso lo tumbe.

Sentir las olas recorriendo el alma.

Dejar de nadar, dejar de remar para dedicarse a sentir.

A flotar en el mar que es caos.

Recibir la tormenta y rendirse ante la tristeza, es otro acto de resistencia.

Hay días en los que el cuerpo es agua

Hay días en que el dolor es río,

río que desborda ojos y cuerpo,

río que nubla la mirada y quiebra las palabras,

río que pierde su cauce y rebelde rebosa.

Hay días en que el dolor es mar,

mar que ahoga los extenuantes intentos,

mar que arrasa con los rastros del vivir,

mar que desdibuja las posibilidades en el horizonte.

Hay días en que el dolor es tempestad,

tempestad que derrumba los refugios,

tempestad que rompe los cimientos,

tempestad que en pedazos deja el cuerpo.

Hay días en que el dolor es tormenta,

tormenta que es eco de los gritos,

tormenta que irrumpe en el desierto,

tormenta que opaca la esperanza.

Hay días en que el dolor es el descontrol del río,

hay días en que el dolor es infinito como el mar,

hay días en que el dolor es la violencia de la tempestad,

hay días en que el dolor es estrépito como la tormenta.

Hay días en que el cuerpo se derrumba,

bajo el caudal del río; bajo la agitación del mar;

bajo el desequilibrio de la tempestad; bajo el grito de la tormenta…

el cuerpo cae, el cuerpo tiembla, el cuerpo llora,

en un agridulce encuentro de emociones.

Hay días en que el cuerpo es agua,

agua que del alma desborda y ahoga…

agua que, así como abruma, también salva…

que el cuerpo sea agua, que siempre fluya,

que el cuerpo sea agua, para que siempre viva.

Marzo de 2020

Enciendo una vela.

Me parece curioso pensar que llevo años guardando estas velas y que, aun así, todas permanecen intactas. Nunca las había encendido.

Pero repentinamente eso cambia.

Lo considero una especie de ritual: tomo el cerillo y con cuidado enciendo una vela a la vez.

Apago las luces.

Frente a mí tengo tres velas encendidas, por ahora.

Me detengo ante los recuerdos. Cada una me la ha regalado una persona distinta, mujeres especialmente importantes en mi vida.

Y siento el fuego creciendo en mi pecho.

Ese mismo fuego que horas antes me había abandonado, que lleva días sin aparecerse.

Ese fuego que he decidido asociar con mis amigas, con el calor que me otorgan sus palabras, su compañía, su presencia, su consuelo…

Pienso en ellas para encender ese fuego no tan literal.

Por ahora, necesito como recordatorio las velas.

Saber que el fuego en ocasiones se apaga, pero que siempre puede volver a encenderse.

Mis amigas son una hoguera.

En un momento de crisis les escribo. Les pido que, de ser posible, enciendan una vela o que piensen en mí al verla, que yo estaré encendiendo varias velas para representar mi fuego interno que se ha ausentado, pero que tanto necesito.

Les digo todo esto con menos palabras. Quizá les digo mucho menos, quizá no les transmito la urgencia de mi mensaje, la plegaria que estoy haciendo al extender mis manos y pedir ayuda, pero creo que sí lo hago, creo que ellas lo entenderán.

Siempre lo entienden.

En poco tiempo empiezo a recibir fotos de velas encendidas, acompañadas de pequeñas frases como “Por ti”.

Con cada mensaje lloro desconsoladamente.

Sí, duele. Duele más de lo que a veces pareciera posible enfrentar pero no estoy sola.

Quienes no pueden encender una vela se cercioran de hacerme saber que piensan en mí, que están conmigo, que son hoguera.

El dolor me desborda como cascada; el agradecimiento de tenerlas, también. Por ello, es agridulce.

Enciendo una vela desgastada por el uso constante, por el intenso uso reciente.

Me gusta ver la forma desgastada de la vela, pienso que el fuego la ha convertido en algo nuevo. La ha transformado, de la misma manera en que mis amigas lo han hecho conmigo.

Y ahora es un ritual.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión…

Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

Cuando llega la tristeza, cuando el frío se cuela por la ventana, enciendo una vela para ejemplificar el calor del cuidado, de la generosidad, de la compasión...
Y es entonces cuando me atrevo a creer que todo esto vale la pena.

No saber sentir como estandarte

No querer sentir es un lento morir,
reprimir el enojo; disfrazar el miedo;
disimular la alegría; esconder la tristeza;
apagar el incendio; disipar el desasosiego...

No querer sentir es alargar la agonía,
entrar en lucha con el propio reflejo,
hacer del hogar una extenuante guerra,
hasta, en lugar de sentir, obtener cenizas.

No querer sentir es contener la respiración,
hacer del rostro una máscara estática,
adornarlo con sonrisas, frenar el llanto,
engendrar el diluvio, al ignorar la tormenta.

No querer sentir es negarse a vivir,
los vestigios del mundo en el cuerpo,
cerrar los ojos ante el caos interno,
como si con ello amainara el tormento.

No saber sentir como estandarte,
del alma que ignora los retazos del infierno,
que finge que no siente, para un día,
convencerse que, en efecto, nada siente.
No querer sentir es un lento morir,
reprimir el enojo; disfrazar el miedo; 
disimular la alegría; esconder la tristeza;
apagar el incendio; disipar el desasosiego…

2 de septiembre

Se aproxima el día en que las mujeres nos ausentaremos, sin embargo, mi imaginación –muchas veces desmedida– en esta ocasión no coopera. No me permite imaginar un mundo sin mujeres.

Así que mejor me imaginaré un mundo en el que abundamos las mujeres libres, las mujeres libres de experiencias de violencia, abuso, acoso… Para ello, es necesario comenzar rehaciendo el mundo. Reinventar esos días, esos días pesadilla.

2 de septiembre

Es mi cumpleaños, estoy trabajando. No me molesta pues amo mi trabajo. Me entusiasma el evento que está por comenzar.

Mi corazón está triste, 27 años… me duelen y me dan esperanza. Me duelen porque, por unos meses, no pensé que este día llegaría, la vida se veía tan lejana. Por otro lado, son esperanza. Lo he logrado. Un hito en el camino. Quería huir. Iba a huir y al final no lo hice. Estoy aquí, cuando yo quería estar en otro lado, apagando los efectos del abuso, fingiendo que no están presentes todo el tiempo.

Comienzo el día emocionada, va a ser un día largo. Ha sido un fin de semana intenso, pero es lunes, es mi cumpleaños y amo lo que hago.

Llegan las mañanitas de muchas formas: como bailes improvisados en la recepción de un hotel, como cantos al otro lado del teléfono, como mensajes de distintos lugares, de personas refugio…

Cada mensaje, cada llamada, me apretuja el corazón. Mi mejor amigo me escribe: Eres muy fuerte. Te admiro mucho. Espero que un día, todo esto que te duele, deje de doler tanto.

Y no puedo evitar llorar. Corro a una esquina, a resguardarme de quienes me rodean, buscando fuerzas para continuar fingiendo.

El evento es todo un éxito.

Mi cuerpo ya no puede más. Estoy agotada pero feliz. Siguen las mañanitas, aunque sea de noche.

Me alegra saber que se trata de un día que no ha estado centrado en mí. Que, aunque es mi cumpleaños, he podido olvidar un poco de lo mucho que me acongoja.

Son las 3 am. En teoría, ya no es mi cumpleaños, pero si consideramos que por estar trabajando sigo despierta, todavía se siente como si lo fuera. Estoy lista para terminar el día. Ese día al que tanto miedo le tuve y que ha pasado… agridulce.

Estoy de vuelta en el hotel en donde pasaré la noche. No estoy sola. De las varias personas que éramos, me quedé sola con él. Me estaba esperando en el elevador.

Me incomoda. Me preocupa que piense que quiero algo que no quiero pues toda la noche me estuvo coqueteando.

El elevador se abre en su piso y, cuando me despido, me toma de las manos y me jala para sacarme. Me niego. Le digo pacientemente que no, que quiero irme a dormir. Insiste en que me vaya con él y que platiquemos. Yo trato de ser amable, sonriendo, explicándole que no gracias, que estoy cansada, que quiero dormir…

No me escucha.

Me pone contra la pared. Intenta besarme, intenta tocarme. Lo quito.

Le digo que no.

Le digo que no.

Le digo que no.

No le importa. Lo intenta y lo intenta, una y otra vez.

Una voz me susurra en el oído: Carmen, ríndete, nadie te va a escuchar si gritas, nadie te va a ayudar. Mejor ríndete. Déjalo.

Por unos segundos que se sintieron eternos, pienso en rendirme.

Sacudo esa voz de mi cabeza y lo empujo.

Presiono el botón del elevador.

Se sube conmigo, aunque le digo que no. Insiste en acompañarme pues él es un caballero. Lo repite constantemente: Yo soy un caballero.

Tengo miedo, mucho miedo.

Mi mente da vueltas.

Lo amenazo con llamar a su amigo si no me deja en paz.

–¿Por qué? No estoy haciendo nada.

–NO ME DEJAS EN PAZ.

Mi mente, desesperada, busca formas de huir. Presiono, o por lo menos pienso en hacerlo, el botón para ir a la recepción. Puedo irme ahí y esperar. Esperar a que se canse y me deje.

Tengo miedo, mucho miedo.

Empiezo a llorar.

–No llores. ¿Por qué lloras? No te voy a hacer nada. Soy un caballero.

–No es por ti. Solo…

Lloro. Tengo miedo, mucho miedo. Claro que es por él, pero no quiero hacerlo enojar. Tengo miedo. Nadie me ha enseñado a reaccionar ante este tipo de situaciones. Pensarías que haber estado en una relación abusiva te prepara, pero no, al contrario, te somete.

–No me gusta ver a las mujeres llorar.

Retrocede temeroso, como si yo fuera un animal herido que pudiera contagiarlo de algo.

Quizá teme ser contagiado de mi condición de mujer.

Se baja del elevador.

Yo sigo llorando. Temblando.

Me voy a mi cuarto.

Sigo llorando.

Le envío una nota de voz a mi mejor amiga. No se entiende bien lo que digo entre el llanto. Solo repito: ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Por qué? Odio a los hombres. Los odio. ¿Por qué a mí?

Me acuesto a llorar.

Aunque técnicamente ya no es mi cumpleaños, todavía se siente como tal.

¿Por qué a mí? ¿Qué hago para que me pasen estas cosas? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?

No, no odio a los hombres. Les tengo miedo.

No logro dormir.

No paro de llorar.

El pesar en mi pecho me sofoca, quiero apagar el mundo.

Pasan las horas.

Me obligo a levantarme, a sonreír… a fingir que no pasó nada, a enfrentar el mundo como si yo, por dentro, no estuviera echa pedazos.

En silencio, en soledad, lloro. Lloro mucho.

Pero dijimos que se trataba de reinventar los días pesadilla.

Así que, es 2 de septiembre, es mi cumpleaños.

Son las 3 am.

Subo al elevador. Llego a mi piso.

Entro a mi cuarto. Me preparo para dormir.

Es mi cumpleaños.

Ha sido un buen día.

Febrero de 2020

Hoy no tengo fuerza para metáforas, para versos, para poesía…

Tengo palabras que me consumen desde dentro, tengo experiencias de violencia que me duelen como siempre.

“Si un día no regreso, quémenlo todo”.

Hoy lo creo y lo siento, pero hubo un tiempo en el que no fue así.

Cuando estuve en una relación abusiva –incluso años después–, sentía que no valía nada, que no merecía amor. ¿Cómo creer entonces que vale la pena quemar el mundo por alguna de nosotras?

Así. Quemándolo.

Me da mucha esperanza saber que hay mujeres que quemarían el mundo por una desconocida.

Me da mucha esperanza y fuerza saber que vale la pena quemar el mundo por mí, por cualquiera de nosotras.

Quémenlo todo. Quemémoslo todo.

¿Qué ganamos con eso?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Ruido

El ruido de apuntar con el dedo y sentenciar los actos permite que aquellas que hemos normalizado nuestras experiencias entendamos que son violencia. Se trata de desenmascararla y nombrarla como tal.

Lo digo yo, que no quise verlo porque cegarme ante la realidad y buscar una forma de vivir con la violencia era instinto de supervivencia.

El ruido, los testimonios de otras mujeres, los monumentos rayados, las marchas feministas, el enojo… me permitieron cuestionar la narrativa que el abuso había tatuado en mi mente, en la que el problema siempre sería yo.

Esa pequeña semilla que el enojo de otras mujeres sembró en mí, me permitió entender que no estaba sola, que no era normal, que no era la única y que el problema no era yo.

No. El problema no soy yo.

El problema es el abuso, el machismo, la violencia, el silencio…

El problema no soy yo. El problema no somos nosotras.

Para las mujeres que, como yo, viven en el silencio, un poco –o mucho– de ruido es una semilla de esperanza.

INCOMODIDAD

La primera en incomodarse fui yo.

Lloré.

Caí.

Seguí llorando. Sigo llorando. ¿Algún día se deja de llorar?

Y con cada historia, con cada mujer, con cada una de las 10 mujeres que son asesinadas a diario en México, lloro de nuevo, como si nunca me hubiera detenido.

Si no nos duele saber que, en México, todos los días asesinan a 10 mujeres, que mínimo nos haga sentir incómodos. Porque esta incomodidad de hablar de temas que se han normalizado e invisibilizado, no es nada comparada con la incomodidad de ser abusada, golpeada, violada, matada…

Que si no hay empatía en este México masculino, por lo menos haya incomodidad que nos permita mirarnos en el espejo y preguntarnos: ¿Qué he hecho yo para perpetrar estas acciones masculinas?

Porque todos hemos hecho algo.

Yo, como mujer, he hecho muchas.

Yo, como mujer que ha vivido distintas situaciones de abuso, he cometido muchas.

¿Qué has hecho tú para perpetrar estas acciones masculinas?

Créeme cuando te digo que todos hemos hecho algo.

Si tu yo masculino aún no se ha incomodado, quizá es hora de que te preguntes por qué.

FUERZA

Al estar envuelta en una relación abusiva, sumergida en los efectos del abuso y, como tal, convencida de que el problema eres tú, se necesita fuerza para reconocerlo, para nombrarlo… para resistir la urgencia de asumirse culpable, cuando no es así.

El problema no eres tú.

El problema no somos nosotras.

Se necesita fuerza para atravesar el infierno que conlleva reconocer lo vivido y tratar de sanarlo.

Fuerza porque hoy, tras meses de trabajarlo, no sé si un día sane del todo.

Fuerza porque cada día 10 mujeres son asesinadas y aun así hay personas que no lo entienden, y que, con base en esta incomprensión, lo justifican, normalizan y permiten.

Cuando no entienden la historia de Ingrid, no entienden la mía.

El abuso me convenció por mucho tiempo que mi dolor no era válido, no existía.

El machismo trata de convencerme de esto cuando niegan nuestro dolor.

Fuerza para no aceptarlo, fuerza para no ceder, fuerza para alzar la voz y mostrar las cicatrices.

O quizá no. Quizá solo fuerza para sanarlas y, de ser necesario, enterrarlas.

Fuerza para tomarnos de la mano entre nosotras y sostenernos.

Fuerza para sobrevivir porque en mi intento por enfrentar los efectos de mi relación abusiva, no quería vivir.

Así que, ¿qué ganamos con quemarlo todo?

Que las mujeres que, como yo, hemos aprendido a vivir con el abuso, nos sepamos acompañadas, cuidadas, sostenidas… pues ese es el primer paso para no ser una más.

¿Qué ganamos con quemarlo todo?

Ruido.

Incomodidad.

Fuerza.

Y ya después, cuando el mundo se incomode y duela con y por nosotras, cuando el mundo sienta la desesperanza que nos ahoga, quizá podremos pensar en un México que no necesite quemarlo todo para que quienes no entienden que no entienden, lo puedan entender.

Pero por hoy… si un día no regreso, quémenlo todo.

Agosto

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.

Abrirnos.

Mostrarnos.

Abrir el alma, mostrar las heridas.

Abrir las ventanas de nuestro cuerpo, de nuestro hogar, y mostrar los fantasmas que acechan en cada rincón.

Abrir los secretos que hemos guardado con candado, y mostrar la sombra que hasta a nosotros nos atemoriza.

Ser flor.

Ser flor con espinas, que duele pero que también lastima.

Ser flor con vida, que se abre para ser vista.

Ser vistos.

Ser reconocidos.

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es abrirnos, exponer nuestro dolor, nuestra oscuridad, nuestros monstruos y fantasmas, con tal honestidad que prescindamos de nuestras barreras.

La vulnerabilidad empieza desdibujando las fronteras, cruzando el umbral de nuestro propio hogar para adentrarnos en otros hogares. Implica también el invitar a otras personas a entrar al nuestro.

Sí, ser capaces de ver a otros, pero también poner los medios para ser vistos.

Y es ahí donde radica el temor.

Lo has sentido, ¿cierto? Ese temor al juicio ajeno que evoca nuestras propias palabras.

Temor a las piedras entrando por la ventana.

Temor a lo externo, a lo ajeno, a lo desconocido que se siente como ese enemigo tan conocido, ese enemigo casi amigo…

Temor al dolor que en el pasado entró por la puerta, y que no se ha ido, no del todo.

Y es por ello que construimos muros.

Entre países.

Entre personas.

Entre corazones.

Me atrevería a pensar que los más resistentes son los que erguimos invisibles a nuestros ojos, pero evidentes para quienes nos rodean.

Aquellos cuyas raíces son el miedo, la soledad y el abandono.

Aquellos muros que son un monumento al pasado.

¿Cómo deshacemos muros que un día construimos a nuestro alrededor para protegernos?

¿Cómo y cuándo reconocer que en realidad nos aíslan y descuidan?

¿Qué hacer con los muros que portamos como condecoraciones, separándonos del mundo que también teme y duele?

¿Cómo ser flor? ¿Cómo ser entrada?

Quizá lo más difícil de la vulnerabilidad es sabernos vulnerables: personas que duelen, y que el dolor nos hace sentir frágiles; aceptar que la fragilidad existe únicamente en quienes cambian de forma, quienes se atreven a reconstruirse.

Quizá la vulnerabilidad se asemeja a florecer, reconociendo que no es fácil abrirnos y mostrar al mundo la belleza –y el temor– que existe en la imperfección.

La vulnerabilidad comienza entonces con un peldaño que retiramos de nuestros muros. Entra la luz, sigilosa. Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Para mí, derrumbar mis barreras implicó mirarme en el espejo, retirar la máscara y compartir mi llanto; ser abrazada al llorar, pedir ayuda, asumir la imperfección y sacar mis cicatrices al sol.

El derrumbe requirió la suavidad de la comprensión, de la compasión, de los refugios que me recibían tan completa que podía mostrarme incompleta.

Rota.

Ser vulnerable implicó desvestir mis heridas, romper con el silencio, asumir la responsabilidad de sanar el pasado, así como mirar a los ojos a otras personas y decir: hoy necesito de tu compañía, quizá mañana también.

Y eso hice. Tomé la mano de mis personas refugio y en medio de un llanto incontrolable les mostré la fealdad de mi dolor, el “no quiero vivir una vida así”, el “ya no sé cómo sobrevivir”...

Puse los medios para ser vista, para permitir que me cuidaran.

Ser vulnerable me entregó infinitos puertos en donde anclar entre la desesperanza.

Ser vulnerable me ha salvado la vida desde entonces.

La vulnerabilidad es un acto de valentía: mostrar aquello que más nos duele, a lo que más le tememos, con la esperanza de sanar en compañía.

Ser vulnerable es una puerta que abrimos con la generosidad de compartirnos, mostrando nuestras grietas, invitando a otros a pasar para cobijarlos con nuestra propia imperfección.

La vulnerabilidad se asemeja a florecer.
Abrirnos.
Mostrarnos.
Abrir el alma, mostrar las heridas.
La vulnerabilidad comienza con un peldaño que retiramos de nuestros muros.
Entra la luz, sigilosa.
Entra la posibilidad de una mirada que visita nuestra sombra y nos toma de la mano mientras recogemos los escombros de esa barrera que ya no es trinchera.

Diciembre

En ocasiones, todos necesitamos anclar en un puerto y encontrar refugio. Sin embargo, encontrar refugio es casi tan complejo como detener la tormenta, la lluvia y el incendio.

Para sobrevivir, es menester encontrar un espacio seguro donde doler está permitido.

Quizá sobrevivir se trata entonces de quienes te acompañan en el camino. De las personas refugio que, en medio del caos, son puerto.

Personas refugio que te toman de la mano mientras acaricias la herida; que te proveen de fuerzas cuando el cuerpo se rinde; que riegan tu alma con sus propias lágrimas; que escuchan el llanto de tu corazón herido; que abrazan tus monstruos sin temor a alimentarlos…

Personas refugio que cargan sus propias tormentas en el pecho; que al mirar en sus ojos encuentras un eco de tu historia destellando, pues doler es humano.

Personas refugio que duelen contigo, por ti y por ellas.

Personas refugio que se niegan a dejarte morir, que se aferran a tu vida, aun cuando tú no puedes hacerlo.

Y es así cuando hacemos del mundo un refugio.

Quizá sobrevivir se trata entonces de los instantes de vida en el camino, proveídos por personas que hacen de su compañía un refugio; que son inspiración para que tú también seas un puerto en el que anclen ante el agotamiento.

Hagamos de este mundo un refugio.

Hoy quiero agradecer, reconocer a las personas refugio que han estado conmigo, con la esperanza de ser también un puerto, un lugar seguro en el que podamos acompañarnos.

Gracias.

A ti, que me abrazaste sin hacer preguntas, cobijando mi dolor con tu cuerpo, protegiéndolo de sí mismo.

A ti, que me tomaste de la mano cuando te dije “ya no puedo con este dolor” y me dijiste “yo remaré contigo”.

A ti, que, al no encontrar las palabras, guardaste silencio.

A ti, que te enojaste por mí cuando yo no podía hacerlo.

A ti, que me compartiste tu historia y me llenaste de valentía para contar la mía.

A ti, que me sostuviste mientras mis ojos visitaban el pasado.

A ti, que has permanecido en el caos, en la tormenta, en la calma, en el dolor.

A ti, que recibiste mis monstruos en tus brazos y les prometiste acompañarlos.

A ti, que lloraste conmigo.

A ti, que no supiste quedarte.

A ti, que me lees.

A mí, que cada día sigo caminando.

Hagamos de este mundo un refugio, pues para serlo, lo único que necesitamos es reconocernos.

Gracias por ser un refugio.