Noviembre

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Eso le dije a una niña de 13 años que amo… y fue como mirarme en el espejo.

Sentí la ironía de mis palabras, sentí cómo caían sobre mi pecho con todo su esplendor.

El mundo se detuvo… mi respiración también.

Me di cuenta que me estaba hablando a mí y no a ella.

Me dirigía a tantas yo que, por tanto tiempo, enmudecieron con el secreto, con el miedo, con el dolor… y que, en el proceso, se perdieron en el silencio.

En ese momento, al mirarme a través del espejo que me proveyeron mis palabras, me di cuenta de lo imperativo del ruido; de los gritos; de las canciones; de los bailes… de la contundencia de gritar: el violador eres tú. Porque esa es la única forma de evitar que el número siga en aumento, como si mi dolor –o el de cualquiera– pudiera ser un número más.

¿Alguna vez has medido tu dolor?

Dime, si tuvieras que medir tu dolor, ¿sería en cucharadas? ¿en caminatas? ¿en silencios? ¿en tiempo? ¿en lágrimas? ¿en sal? ¿en soledad? ¿en insomnio?

Dime si tú, como yo, mides tu dolor en respiraciones.

“Una respiración a la vez”, es aquello que te repites.

Inhalas.

Exhalas.

Inhalas.

Exhalas.

Y te obligas a ti misma a seguirlo haciendo.

A repetir.

A continuar.

A medir los minutos, las horas, los días, las semanas… en una respiración a la vez.

Inhalas, intentando apagar el incendio de tu pecho.

Exhalas, tratando de liberar el mar que te ahoga.

Y fallas.

Y comienzas de nuevo.

Una respiración a la vez, como himno de un corazón roto, triste y derrotado. Un corazón cuyo dolor jamás podrá ser un número más.

Y, aun así, cada día hay más nombres en esa lista inextinguible. Es entonces cuando mi dolor es un número más.

Me niego a que el de otras personas también lo sea.

Me gustaría que el de ella no lo fuese.

Así que hoy, con toda la vida y la fuerza que el intentar sanar me ha otorgado, me descubro frente al mundo y le muestro, poco a poco, mis cicatrices y también –por qué no– las heridas que todavía no han sanado.

Y mi corazón teme.

Porque el abuso no es solo dolor, sino que es culpa, es vergüenza, es miedo… es un rastro de la injusticia que este mundo masculino enmarca, promueve y alimenta.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Y quizá el alzar la voz comienza con un susurro, hasta que cobra fuerza y se convierte en ruido, en grito, en eco, en rugido, en temblor, en canción… o por qué no, en un blog.

Así que las diré de nuevo: “Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Las diré cuantas veces sean necesarias para que el mundo entero sienta su peso y asuma su responsabilidad.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Enero de 2020

El dolor sí mata. Lo sabemos quienes lo hemos visto de frente, quienes hemos habitado con él, o quizá, a quienes nos ha habitado el dolor.

El dolor sí mata cuando se mantiene bajo el pecho, cuando abraza nuestra inexistencia y echa raíces en el alma.

El dolor sí mata cuando es silencio, cuando nos ha seducido para creer que “no es tan importante”, “no es tan grave”, “no es tan fuerte” como el de otros.

El dolor sí mata cuando vive de comparaciones. Cuando nos convence de nuestra ineptitud y de nuestra complicidad. El dolor mata desde dentro.

Se enraíza en el cuerpo, se extiende y crece. Requiere de poca luz, de mucha sombra. Se riega con base en lágrimas reprimidas bajo las pestañas rendidas.

El dolor sí mata.

El dolor doblega el alma.

El dolor sí mata.

Por ello, hoy, a ti, que quizá me lees o quizá no, te comparto mi dolor.

Lo comparto con miedo, con frío, con duda y con temblor.

Lo comparto con el corazón en el suelo, un tanto vencido.

Lo comparto con vulnerabilidad, pero sin ser vulnerada.

Lo comparto porque cuando lo guardé en un baúl,

cuando lo convertí en secreto, no hizo más que crecer, fortalecerse.

Lo comparto porque al hablarlo, la neblina se disipa.

Lo comparto porque en este camino otros me han compartido el suyo.

Y me ha hecho saberme menos sola.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mi compañía.

El dolor, cuando se acompaña, humaniza.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mis palabras.

El dolor, cuando se habla, pierde fuerza.

El dolor sí mata y, por ello, te ofrezco mi compasión.

El dolor, cuando se escucha y abraza, sana.

El dolor sí mata y, por ello, es momento de contarlo, de honrarlo… porque al vivirlo, al sentirlo, la tempestad amaina, el cielo entra en calma.

Por ello a ti, que quizá me lees o quizá no, te ofrezco Agridulce, te ofrezco mi dolor para que nos encontremos, nos acompañemos y nos sepamos menos solos.

Te ofrezco lo que me ha salvado, te ofrezco el refugio que otros me han dado.

Mayo

Es un antes y un después.

El 2019 estuvo marcado por fechas terremoto que han vencido mis cimientos, fechas terremoto que me han sacudido y, de cierta forma, me han roto.

Cuando pienso en mayo, recuerdo mi cuerpo miedo.

Mi cuerpo miedo que, tenso, se preparaba para la tormenta. Llevaba meses acercándose, jactándose de su poder sobre mí. Me seguía como sombra ineludible, como neblina inextinguible.

Era tan mía que ya ni la percibía. Éramos una. Me envolvía en su juego, convenciéndome del poder que tenía sobre mí.

Ese cuerpo miedo se aventó al barranco. Iluso pensó que era un pequeño salto.

Fue una caída libre.

Estrepitosa. Tremenda. Hermosa.

Decidí ir a terapia y enunciar aquello que nunca había contado.

Pensaba que lo difícil sería abrir la caja de Pandora, observar mis demonios y aceptarlos. Sin saber que, en realidad, era tan solo el primer paso de un camino largo, tan largo como el silencio del pasado.

Puedo ver mi cuerpo acercándose al barranco. Creyó que volaba, cuando solo caía.

Todavía hay días en que solo se dedica a caer, esperando un final que no está anunciado. El 1º de mayo fue una fecha terremoto.

Y hoy, meses después, mi cuerpo todavía tiembla, mi cuerpo todavía es miedo. Siente las réplicas del dolor, el eco del pasado.

Hay fechas terremoto que, al romperme, me han transformado.

El asunto con las fechas terremoto es que también son parteaguas de pequeñas victorias. Pequeñas victorias que detienen la caída, la suavizan… que le otorgan un sentido.

Hay fechas terremoto que me han marcado, que ahora son huellas en mi vida pues les he otorgado significado.

Si ese 1º de mayo y cada día desde entonces he elegido vivir… quiero que valga la pena cada paso, cada caída, cada victoria… cada barranco.

Octubre

“No sé cuándo es el momento de decir: ya no puedo más, y pedir ayuda”.

Este fue el mensaje que envié a las personas que sentía más cerca en ese momento.

Fue un mensaje de auxilio.

Tenía miedo.

Miedo de haber llegado al punto en el que las esperanzas, la fe y el optimismo se quedaran cortos para navegar la tristeza y el dolor.

Sentí que todo me superaba.

Podía sentir el mar cubriendo mi cuerpo, y dudé de mí. Por un momento pensé: ¿Qué si este es el punto en el que ya no encuentro fuerzas para seguir?

Y el dolor me llevó al amor.

Me llevó a pedir ayuda, a decir “no puedo más”, “no puedo sola”, a pensar que quizá, sólo quizá, no tenía porqué hacerlo sola. 

Pero, ¿por qué tendría que hacerlo sola?

Porque el dolor es cárcel que aísla y encierra,

el dolor es frontera, es barrera,

que promete soledad inmensa.

El dolor es cárcel, pero hay grietas,

grietas que desdibujan la tristeza,

rebeldes pasos de supervivencia,

que al desbordarse, transparentes,

invitan a la luz, a la esperanza…

al amor que, vulnerable, salva.

El dolor es cárcel, pero el amor es puerta, es ventana... es grieta...

Mamá:

Hoy quiero contarte que quiero ser feminista. Y aunque tal afirmación pareciera fácil de expresarse, me costó años llegar hasta aquí.

En principio, porque no siempre fui feminista. Al contrario, me apena decir que yo era -y todavía algunos días soy- machista.

Un día, alguien me dijo que le preocupaba lo interiorizada que tenía la violencia. Yo temblé. Lo negué todo. Me repetí a mi misma que no era el caso, que más bien conocía la violencia de frente, me era tan familiar su rostro que ya no le temía. Y pues, precisamente era ese el asunto, me era tan conocida, tan amiga, que ya no me alarmaba, que inclusive ya ni la reconocía como tal.

Mamá, es hora de que me reconozca a mi misma como feminista porque he librado batallas -que no debería- por el simple hecho de ser mujer. Porque callé cuando debí haber alzado la voz; porque no supe reconocer la violencia, el abuso y la manipulación en mi vida; porque la acepté sin titubear; porque incluso la justifiqué y me convencí de que todo era mi culpa.

Pero hoy ya no es así. Me he enfrentado cara a cara con mi pasado, he inspeccionado las heridas, me he desprendido -casi siempre- de esa voz masculina que habita en mí. Y, gracias a eso, puedo decir que quiero ser feminista.

Quiero ser feminista porque callé cuando debí haber alzado la voz; porque dudé de la veracidad de mi historia; porque quizá mi silencio haya sido cómplice; porque incluso hoy no quiero ser voz de otras historias como la mía…

Me cuesta llamarme feminista porque no quiero ser víctima, pero tampoco heroína. No quiero ser fuente de inspiración ni de fuerza. Quisiera que mi historia y mi dolor pasen desapercibidas pues quizá así desaparezca un poco la tristeza que conllevan.

Pero lo cierto es que el silencio es cómplice. De hecho, fue gracias a ese mismo silencio que me costó 6 años reconocer mi propia historia de abuso. Pero hoy sé que reconocer y contar mi historia -una más entre tantas- quizá evite que alguien viva lo que yo -y tantas- hemos vivido.

Y las feministas que rompen vidrios y grafitean monumentos sí me representan. Ellas sí me representan, porque si no lo hacen ellas, ¿quién sí? ¿Quién sí cuando ni yo misma me representé? Por eso hoy, aunque me cueste, aunque me dé miedo, aunque mi cuerpo tiemble, quiero llamarme feminista.

Y hoy, que México tiembla y cruje ante la voz de las feministas, quiero gritar y enojarme con ellas, porque un día no me enojé con mi historia, pero hoy todavía no es demasiado tarde para mí.

Soy feminista porque sigo viva, porque tengo una voz y porque la historia de una -en este país- es la historia de casi todas. Ojalá que esto cambie y que mañana no seamos tantas las que sumemos nuestras historias de dolor, abuso, violencia, acoso… ojalá mañana, la razón para ser feminista sea más bien a través de historias de triunfo, de respeto…

Hoy no es así, hoy me toca ser feminista por mí, por ti y por todas las mujeres que conozco, de la misma manera en que sé que las demás feministas lo son por mí, por ti y por todas las mujeres que conocen -y por las que no también-.

18 de agosto

Tengo esa imagen grabada en mi mente. Esa, la de un padre marchando por su hija, lanzando brillantina rosa.

10 años de ausencia, 10 años de búsqueda, 10 años de preguntas sin respuestas.

Miré la imagen y pensé en mi padre. Pensé que podría ser él, con mi rostro en su pecho, lanzando brillantina rosa, exigiendo respuestas.

Pensé en mi madre y en mi padre, en cómo, en efecto, podrían ser ellos.

Sentí cómo el secreto que guardaba en mi pecho me quemaba. Irrumpía en mi paz inventada, proclamando mi cuerpo para su intenso sentir.

Y me derrumbé.

Ese 18 de agosto, lloré como nunca lo había hecho. Lloré presa de ese secreto que me corta el aliento. Y me di cuenta que era hora de contar esa parte de mi historia a las dos personas que menos quería que la supieran. Quería evitarles el dolor, la culpa, la tristeza… quería protegerlos de la forma en que no pude protegerme.

Y escribí.

Escribí una carta que compartí en silencio, compartí desde el anonimato, pues no estaba lista para ser yo la que denunciara el abuso, el dolor, la injusticia, la violencia.

Me cuesta llamarme feminista porque no quiero ser víctima, pero tampoco heroína. No quiero ser fuente de inspiración ni de fuerza. Quisiera que mi historia y mi dolor pasen desapercibidas pues quizá así desaparezca un poco de la tristeza que conllevan”.

Han pasado tres meses de ese día y hoy tampoco estoy lista. No estoy lista para las preguntas, para la vulnerabilidad, para la denuncia. Pero sí estoy lista para continuar rebelándome ante el dolor. Para plantarle frente y decirle: no más, mi vida me pertenece y este dolor también. Y, con ello, que mi dolor, en vez de estar a merced de los efectos del abuso, esté al servicio de otras personas. No para asumirme víctima ni heroína, sino para ser voz, voz que comparta, que alerte, que escuche… voz que evite una historia más.

Ojalá mi historia no sea eco, ojalá mi dolor no sea campana, porque entre más resuene, significa que este México masculino todavía tiene mucho que cambiar.

Sobrevivirás
a los peores días de tu vida
en los que el dolor es campana,
que no desiste, que retumba.

Sobrevivirás 
haciendo de las campanadas, eco,
marcando el ritmo de los pasos,
eligiendo abrasar el ruido
hasta, hecho cenizas, convertirlo en poesía...

Mamá: Hoy quiero contarte que quiero ser feminista. https://csoledadt.com/2019/11/24/18-de-agosto/

Acerca de

Agridulce llevaba ya tiempo gestándose en mi mente y en el papel. Se erguía como si tuviera vida, rogándome que lo dejara salir, que le diera voz a ese dolor y a esa luz que guarda dentro.

Hoy se pronuncia ante mí, solemne y misterioso. Me mira en silencio claramente enunciando que tiene mucho que decir, que ya es hora de decirse.

Agridulce está en cada rincón, en cada herida, en cada lágrima… me recuerda cuán solitario es el camino pero que, al mismo tiempo, está lleno de refugios.

De personas refugio que, con sus brazos, palabras, compañía y presencia, me han permitido caer, levantarme, llorar, doler, sentir y ser. Personas refugio que me han salvado.

Quizá, en medio de este oleaje que me ahoga, es hora de dejar que Agridulce salga a la luz, que cobre vida y funja como el salvavidas que ya es. Quizá, solo quizá, no es un salvavidas exclusivamente para mí.

A inicios de 2019, me prometí que este año me regalaría algo que, hasta ahora, no me había entregado: mi tiempo y energía. Y creo que es lo más bonito que me he dado: generosidad.

Poco sabía yo que eso significaría abrir heridas; descubrir cicatrices; ir a terapia; llorar sin y con consciencia; llorar como si nunca se detendrían las lágrimas; casi darme por vencida; dejar el trabajo de mis sueños por el otro trabajo de mis sueños; entrar en crisis frecuentemente; romperme; moldearme; romperme de nuevo…

Quedan muchas lágrimas pendientes, mucho que desempolvar, limpiar, reconstruir.

Identificar los estragos de la tormenta de esta crisis de vida que me ha quitado todo y me ha permitido encontrarlo de nuevo.

De aquí nace Agridulce.

Es un reconocimiento del campo de batalla que a veces se asemeja a la vida, y viceversa.

Estos son los vestigios de un año de no rendirme, aunque a veces así lo quisiera.