27 de octubre de 2020

A casi un año de iniciado este camino, esta historia escrita y pública, mía, de todas, tal vez de nadie… me cuestiono el porqué sigo aquí. Aquí, como eco en este blog, en estas entradas, en esta vulnerabilidad constante…

Me planteé el detenerme, el cambiar Agridulce, el abandonarlo, el pretender que nunca existió… el continuar incluso. Y, hasta ahora, no había encontrado motivación suficiente que atendiera mis dudas y miedos.

Creo que hoy sí.

Lo he dicho en múltiples ocasiones: el compartir mi historia es un intento para sanar, sí, así como de crear consciencia… sensibilizar. Intento pretencioso, definitivamente, pero necesario mientras no haya otra realidad.

Y aunque cada día me es menos fácil compartir –pese a que mi sanar se fortalece–, cada vez soy más consciente del mundo que habito, del mundo que lastima, violenta y que no ha sabido sentir con otras mujeres. De ese mundo al que yo también pertenezco y que, al señalarlo, no es sin antes haberme señalado a mí.

Me recuerda cuán necesario es que, por lo menos, yo pueda acompañarlas, de la misma manera en que he sido acompañada.

Qué fortuna la mía el tener a mi comunidad.

Me gustaría nombrar a cada una de las personas que me ha permitido construir, para mí y tal vez para las demás, este puente, pero no creo poder hacerlo. Principalmente porque siempre faltaría alguna de ser nombrada, han sido tantas…

Todavía no sé adónde me llevará Agridulce en este nuevo año que se aproxima, pero creo que lo averiguaré en el camino. Y, en todo caso, siempre será un recordatorio vivo, de cómo cada una de estas palabras es para quien necesite leerlas, para quien quiera escucharlas, para quien requiera consuelo, para quien busque compañía, para quien resista en silencio, a gritos, con base en pequeños –que por el simple hecho de existir, ya son grandes– actos de permanencia…

Estas palabras son también para mí, para acallar esa voz en mi mente que me juzga por compartir mi historia. Servirán también para silenciar las voces juiciosas que no han faltado, pero vaya que han dolido… para amainar el eco de sus fantasmas que se rehúsa a abandonarme.

Creo que mi expectativa radica en que Agridulce pueda ser luz, barco, puente… vida, para quien así lo necesite, sabiendo que ha sido el mío.

Gracias a quienes han permanecido, gracias a quienes se irán sumando.

Y, ¿por qué no? Tal vez es hora de agradecerme a mí, por estar aquí.

Gracias,

Carmen

Inescapable

Escrito por Mariel Huttich

“Never can you climb over this wall, you’re not strong enough; girls aren’t strong enough; girls aren’t big enough; your body is fragile and breakable, like a doll; your body is a doll; your body is for others to admire and to pet; your body is to be used by others, not used by you; your body is a luscious fruit for others to bite into and to savor; your body is for others, not for you.”
― Joyce Carol Oates, 
Blonde

Al inicio de mi vida nunca pensé en mí misma como una mujer, ni tampoco como un hombre. Tuve la ventaja de poder crecer como persona, la oportunidad colosal de conocer y explorar los primeros retazos del mundo siendo un individuo.

Nunca me obligaron a elegir entre el rosa o el azul. Mi madre me vestía con botas y pantalones porque me gustaba jugar en el lodo, aunque también me compraba muñecas y vestidos.

En la escuela me identificaba más con los niños, había algo envolvente en su movimiento continuo, algo liberador en correr, gritar y golpear hasta que me faltaba el aliento. Pero también tenía amigas, niñas reservadas de peinados perfectos que comían dulces con las piernas dobladas bajo el peso de su cuerpo y hablaban de películas de princesas.

En ese primer círculo, al principio, no se me exigía tomar partido. No se me obligaba a actuar de cierta forma. Se me aceptaba así, por completo, como un ente dispensado todavía de restricciones.

Con el abandono de la niñez, sin embargo, las expectativas empezaron a distorsionarse. Poco a poco, conforme mi cuerpo se desarrollaba, los límites comenzaron a aparecer, a dibujarse alrededor con creciente fuerza.

La piel me cambió, se volvió suave y abultada donde antes no había nada. Se abrió paso la sangre de entre mis piernas sin que pudiera detenerla. En las noches me dolían los senos mientras se ensanchaban, por lo que, cuando jugaba con los niños, debía tener más cuidado: evitar mancharme de bermellón y evitar los golpes porque, de pronto, mi cuerpo se había vuelto tierno, delicado.

Con el tiempo no me quedó alternativa más que amoldarme a todas esas cosas nuevas, esas reglas implícitas que venían de la mano con mi cuerpo nuevo. Ya no podía jugar con tierra, gritar tan fuerte, y había que cuidar siempre el largo de mi falda.

Cambié aun más de adolescente. En cuanto me amoldaba a mi piel se transformaba otra vez. Era muy bonita, aunque no lo sabía. Parecía ya una mujer, aunque no lo fuera. Y llegó el momento de intentar explicarme el mundo desde cero, tomando en cuenta ahora las miradas y opiniones que venían del exterior.

Aprendí, a golpe de realidad, que no importaba lo que yo sintiera, o quisiera, sino lo que los demás vieran en mí. Aprendí que a los hombres no les importaba si era una niña o no, con tal de que no lo pareciera.

Aprendí también que mi sexo me exponía. Me exponía ante los hombres. Mi cuerpo me desprotegía, su suavidad significaba sumisión. Entendí que vivía a la intemperie, a merced del deseo de otros.

Ese deseo ajeno y sin invitación se convirtió, en una ocasión, en un instinto bruto y animal que logró alcanzarme y partirme como un rayo, justo por la mitad. Estaba borracha cuando pasó. Cuando me invadieron unas manos violentas. Me doblegó, entonces, una fortaleza bestial y lacerante que no conocía.

Logré escapar, después de unos cuantos minutos de tortura, sin gritos y sin golpes. No escapé como las damiselas aguerridas de las películas. Escapé con una sonrisa, excusándome. Lentamente, intentando que mis zapatos altos no hicieran ruido contra el piso. Huí con cortesía, sin dignidad.

Aquello lo había aprendido de alguna forma, en alguna ocasión. Sé amable cuando te estén haciendo daño, si eres mujer. Sonríe, agradece el dolor, para que no se duplique. Encorva el cuello y baja la mirada.

Caminé lento y, después, cuando la bestia ya no me estaba viendo, caminé con prisa. Escapé como una cobarde para seguir con vida. No dije, no hablé, guardé silencio.

Aprendí que al ser mujer, en ocasiones, no se puede pelear por tu vida, sino que hay que arrastrarse por ella. Sonreímos para sobrevivir.

El abuso destruye de una manera íntima, profunda. Es una humillación inexplicable. Inescapable.  

Escondí lo que me pasó durante años, hasta ahora. No solo por la culpa, sino por el orgullo. Me repetí hasta el cansancio que algo así no debía de romperme. No podía permitirme ser destruida, juzgada, etiquetada. No podía llorar en voz alta y tenía que guardar silencio. Me dije que así pelearía: en silencio y con una sonrisa.

A través del tiempo, he logrado hablar, poco a poco y cada vez más. Ya no se me quiebra la voz. Ya no soy ella. He logrado separarme de aquella piel que violentaron. He logrado limpiarla.

He dejado de esconderme. De esconder mi cuerpo. Me gusta la atención. Me gusta vestirme con ropa reveladora. Me gustan los escotes hasta el ombligo y las fotografías en traje de baño en las redes sociales. Para mí es una transgresión, una lucha: estar libre de complejos y de dudas acerca de mi cuerpo, mío, a pesar de las opiniones que vienen del exterior. Esas opiniones que nunca callan, que siempre llegan, sobre todo las no solicitadas.

Me han dicho que nadie me tomará en serio por mi ropa. Los novios me han exigido dejar de usar ciertas prendas. Me han pedido ser más conservadora.

-¿Cuándo piensas vestirte como una persona decente?

La mayoría también ha hecho comentarios. Palabras que por un tiempo se me quedaron grabadas en la memoria, infringiendo una herida permanente en el corazón.

-Deberías de operarte los senos.

-Tienes muchas cicatrices.

-Serías perfecta si bajaras un poco de peso.

He hablado del abuso con un par de ellos, pero mi voz tiende a caer en oídos sordos que, al final, habitan un mundo sordo. Parece que mis prendas me hacen no ser merecedora de compasión. Parece que una víctima tiene que mantenerse en el dolor, permanecer herida, para poder ser tomada en serio.

Pero esos horribles minutos en los que me aprisiona el recuerdo han dejado ya de doblegarme. Ya no existen manos que puedan arrancarme la fuerza, que me debiliten. Ya no hay forma en la que permita que cubran mi cuerpo y sus cicatrices. Mi desnudez ya no es debilidad, ni mi suavidad sumisión.

Imagen de Mariel Huttich

Mariel Huttich es escritora, modelo, maquillistaes artista, en todos los sentidos. Escribe ensayos, cuentos, haikus.., mientras se escribe a sí misma. Tiene un blog inspirado en las cartas de Tarot: https://www.storytellerh.com/

6 de junio de 2020

A Ceci

A mis amigas

Gracias, con todo lo que tiene implícito.

No sé cómo le llamaría… o tal vez sí: crisis.

Quiero llorar, así que lloro. Quiero vomitar, así que, en lugar de eso, respiro.

En realidad, no quiero hacer ninguna de las dos cosas, pero mi cuerpo y su memoria me dominan, me doblegan.

Siento escalofríos.

Tiemblo.

Es como si mi mente abandonara mi cuerpo.

Repentinamente mis manos pesan tanto que el resto de mi cuerpo se siente ligero, como si flotara en la lejanía. Lo único que me ancla al suelo son esas, mis manos, pesadas, inmensas, cansadas.

Me siento débil, como si la vida hubiera sido extraída de mi cuerpo. Y es que, de cierta forma, así es. El pasado trata de apropiarse de mi cuerpo, de someterlo con base en los recuerdos.

Me miro en el espejo y me obligo a respirar.

Inhalo profundamente por la nariz. Exhalo lentamente por la boca.

Exagero ambas respiraciones hasta que se apropian de mi cuerpo o hasta que el intento se convenza de que podría lograrlo.

Pronuncio mi nombre suavemente, mirándome en esos ojos que no reconozco pero que sé que son míos. Me repito que estoy bien.

Inhalo y exhalo.

Hace mucho que no me pasaba.

Me sorprende a mi misma la magnitud del momento, del 1 al 10… es un 10, sólo porque no hay un número mayor.

Como todo, el momento pasa. Deja de ser un 10 y poco a poco va desapareciendo, pero esa neblina ronda por mi cuerpo, lo abraza y me susurra al oído que no se irá.

Odio estos momentos, pero no me sorprenden.  Los conozco bien tras mucho tiempo de convivencia forzada. Llegan, entre otros detonantes, acompañando las historias de abuso de otras mujeres.

Sí, las de mis amigas, pero también las de mujeres que no conozco. Al final, se trata del mismo monstruo y mi cuerpo siempre lo reconoce.

Escribo para liberarme, para que el momento pierda poder. Quizá, al grabarse en el papel, abandone mi cuerpo.

Posiblemente no, pero lo sigo intentando y lo seguiré haciendo. Eso lo sé. La verdad es que sí pierde poder.

Aunque sé que llegará otra historia con el mismo monstruo y me encontraré nuevamente respirando, mirándome en el espejo, intentando traer mi cuerpo a la realidad, de hacerlo mío.

Alejarlo de ese pasado que ya no es pero que se presenta infinitamente, a su antojo.

Pero ahora sé que puedo controlarlo.

Mi mente, seducida por los efectos del abuso, insiste en que me acueste a llorar, que apague el mundo. En lugar de eso le escribo a una amiga. Es un acto de rebeldía ante el pasado: no permitiré que me aísle, que me domine, que cante victoria.

No, en mi cuerpo ya no.

No, en este, mi cuerpo, ya no.

30 de marzo de 2020

A Julie

A mis amigas

Gracias por caminar conmigo

Llevaba días sin respirar. Me estaba ahogando.

No podía mirar a mis amigas a los ojos pues sentía que el secreto terminaría desbordándome y aún no estaba lista para compartirlo. Sin embargo, intentaba fingir, pretender que mi mundo interno no ardía en llamas. Creo que a la persona que más intentaba engañar era a mí.

En cuestión de una llamada, mi carga no perdió peso, sino que se sumaron manos para sostenerla.

Lloré libre. Lloré acompañada.

Pero no fue cualquier tipo de llanto, fue ese que domina tu cuerpo, lo doblega, lo llena de sacudidas y lo vence.

Y al final lo libera.

Creo que la distinción estuvo en la persona que estaba del otro lado del teléfono, acompañándome de la forma más humana posible, a pesar del confinamiento obligado.

Sí, una persona refugio, pero no sólo eso, una mujer que escucha y quiere comprender, y que incluso aunque no pudiera hacerlo, se enfocaría en cobijar mi dolor. Me tomaría entre sus brazos y me dejaría sentir. Así como lo ha hecho tantas otras veces.

Eso hacemos la una para la otra.

No se trata de salvarnos mutuamente porque la realidad es que cada una se salva a sí misma al tejer comunidad.

Caminamos juntas.

Nos sostenemos.

Hemos creado un código de compañía y vulnerabilidad que nos permite ser, que nos permite decir en voz alta lo que a veces no queremos ni decirnos a nosotras mismas, y una vez ahí, al compartir el eco de esa voz sombría que nos llena de miedo, extendemos nuestras manos en espera de la luz.

Sabemos que no se trata de iluminar a la otra.

Sabemos que cada una tiene su luz.

Encarnamos la oscuridad y esperamos a que la otra esté lista para abrir un poco las cortinas y permitir que entre la esperanza.

A veces no entra.

Y nos abrazamos.

Lloramos juntas.

Lloramos libres de la presión de ser lo que sea que hemos asumido como cierto.

A veces llorar es más que suficiente.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas, para que sea un recordatorio del porqué elegimos seguir viviendo.

Porque eso hacemos, a pesar de las circunstancias y los sentimientos abrumadores, elegimos vivir.

Y ninguna lo da por sentado. Sabemos lo que significa, reconocemos su peso… lo cargamos juntas.

Gracias a quienes han sido espejo de lo mejor de mí.

A veces no se trata de cuánto duele, sino de la presencia de una persona que sea espejo de lo mejor de nosotras mismas.

Huir y volver

Escrito por Itzel Ramírez

Me desgarraba el alma, mi mente repetía infinitamente el momento, recordaba todo, recordaba el miedo, mi cuerpo inquieto, deseoso de salir corriendo, de no estar ahí, de que fuera un sueño.

Se había ido pero yo seguía aquí,
se esfumaba en el tiempo, pero no dejaba de existir,
se convertía en pasado, aunque no para mí.

Y mi cuerpo congelado, mi mente deseosa de que eso no fuese lo último que pudiera mirar o percibir. No quería perderte, ni perderme, no quería esa culpa, ese resueno, ese correr para llegar sin poderte alcanzar.

El dolor y yo estábamos a solas,
la confrontación de una buena vez.
El detonante preciso lo traería ahora,
era su momento para volver.

Me sentía atrapada en un ciclo infinito de tiempo, del que no podía escapar, ni en sueños. Recordaba la hora, las decisiones, los errores y las opciones. En todas las versiones, huir era mi opción, escaparme en silencio o salir corriendo… Pero no me fui, me quedé aquí…

El pasado tocaba a mi puerta,
todo listo una y otra vez,
una voz me ahogaba a solas,
yo... inquieta por retroceder.

Entonces despertaba agotada, deshecha, desolada. Y no había nada que pudiera decirme a mi misma que me alentara. Nada que me diera esperanza, nada que me liberara de aquello. Ni una palabra de aliento, ni una sonrisa, ni nada.

Yo continué aquí, 
sin estar convencida de estar,
sin fuerzas para continuar,
sólo me mantuve aquí,
en el despertar después del caos,
en la oscuridad, 
escribiendo para liberar.

Ahí en la habitación, el miedo se apoderaba de mí, el recuerdo de mi cuerpo inquieto llorando junto a ti. Otras veces la rabia habitaba aquí, un deseo intenso de que no hubiera resultado así. La desesperanza inundaba todos mis pensamientos, pensaba que nada sería igual, que me encontraba sola y nada podía cambiar.

No podría enumerar todos los daños
pero recién podía observar las ruinas de aquel final,
los corazones desquebrajados,
las evidencias de que sí es real...
como las huellas que testifican el paso de un huracán.

Cada cicatriz cubierta está, cada dolor envuelto está, ahora se divide por colores y me pide a gritos estar.

Yo seguía aquí, todo el día lo repetía,
pensando en huir, en dejar de sentir...
en fugarme de mí, en aceptar la despedida,
en remediar lo que seguía,
en sentirme mejor algún día.

Este pensamiento me acompañó las siguientes horas, la sensación de huida invadió cada poro de mi piel, cada recuento de los hechos, aceleraba mi razón de ser. Mientras transcurrían los minutos, ningún recuerdo antes había sido tan poderoso, cada detalle, cada sensación me transportaba al suceso. Y yo lo dejé ser, lo abracé a mi piel y lloré junto a él.

Me encontraba lejos, había que huir.
Resguardar mis sentimientos, protegerlos de mí.
Me encontraba lejos, había decidido también huir.
Resguardar mis sentimientos, protegerlos de ti.
Pero había llegado el momento de volver aquí,
de decirme en silencio "todo ha llegado hasta aquí"
con el corazón más fuerte
estaba lista para seguir...
Imagen de Itzel Ramírez

25 formas de identificar el abuso

Todo lo que he compartido en Agridulce comienza con un nudo en el estómago.

Tengo tanto escrito que a veces me pregunto cuántas de esas palabras verán la luz.

Lo que he aprendido es que, aquello que se aferra a la oscuridad, a mis entrañas, que me abraza para que no lo deje salir, es lo que más debo compartir.

Tal es el caso hoy.

Hoy no es simple, no es fácil, no es poético pero es real.

Esta lista enumera algunas formas que he aprendido que sirven para identificar el abuso. De ninguna manera son una receta o las únicas maneras de identificarlo.

Son un punto de partida. Son, de hecho, el mío.

Lo comparto porque, tal vez, si yo hubiera leído esto hace 8 años, las cosas serían distintas.

Lo comparto sabiendo que no cambia mi pasado, pero esperando que me guíe en el presente.

Lo comparto para otras porque el abuso sabe bien cómo disfrazarse… pero podemos desenmascararlo.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

25 formas en las que puedo identificar si hay abuso o posible abuso.

25 formas para cuestionar.

25 formas para sembrar semillas.

  1. Te otorga la responsabilidad de las acciones que toma: Te culpa de aquello que decide.
  2. Te pide que tú trabajes su dolor: Si se enoja o está triste, eres tú responsable de que esto deje de ser así.
  3. Te ha dejado hablando sola, se ha ido sin avisar: Los conflictos terminan con su huida, sin importar qué necesitas tú.
  4. Por lo general, tú eres la que busca el diálogo, la carga emocional es tuya, te ha dicho “ya sabes que eso de las emociones no se me da”.
  5. Ha tratado de controlar con quién hablas o con quién sales.
  6. Ha revisado tu celular o mensajes, te ha pedido tu ubicación o una foto de dónde estabas.
  7. Te ha pedido que hagas un reporte de tus actividades.
  8. Ha tratado de controlar cómo te vistes.
  9. Ha comentado o evaluado tu cuerpo.
  10. Ha desconfiado de ti: Te hace creer que no eres digna de confianza, que el problema eres tú.
  11. Te ha minimizado o ha dicho que exageras: Te dice que lo que sientes es demasiado.
  12. Te ha insultado.
  13. Busca ridiculizarte, exponerte, hacerte quedar mal.
  14. Ha aventado cosas, le ha pegado a la pared, ha azotado puertas.
  15. Te ha golpeado o lastimado.
  16. Cuando dices que no o pones un límite, no lo respeta, trata de traspasarlo: Insiste a pesar de que has marcado límites. Y aquí me gustaría aclarar que un “no” no es la única forma de establecer límites. Lo hacemos también cuando nos alejamos, cuando ponemos excusas, cuando no decimos que sí. “El sometimiento no es consentimiento”.
  17. Ha insistido o forzado en términos sexuales. “El sometimiento no es consentimiento”.
  18. Has sentido que todo el tiempo tienes que tratarlo con pincitas o sientes como si caminaras en un campo minado.
  19. Normalmente eres tú la que se siente culpable de todo lo que va mal en la relación.
  20. Se hace la víctima.
  21. Te sientes responsable u obligada a cuidar de otras personas: Sientes que es tu responsabilidad ayudarlo, estar ahí siempre, a pesar de lo que necesites tú.
  22. Te encajona en la perfección y exige que lo seas.
  23. Te ha seguido.
  24. Ha tratado de entrar a tu casa sin permiso.
  25. Actúa como Dr Jekyll y Mr Hyde: Puede ser encantador, amoroso, cariñoso y, en cualquier momento, puede transformarse en lo opuesto. Esta dinámica es muy útil pues entonces te convences (como forma de supervivencia) de que, sin importar cómo actúa, al final importa más lo bueno que hace.

25 formas de temblar.

25 formas de recordar el pasado, una parte del pasado.

25 formas de reconocer el abuso y tratar de evitarlo o acabar con él.

Tan sólo 25, de las muchas formas en que podemos ejemplificar algo que casi todas hemos vivido.

25 formas de mantener presente que el abuso tiene muchos rostros y no es exclusivo de una relación de pareja. Existe, de hecho, en cualquier relación: en la familia, en las amistades, en el trabajo…

Y, en esta ocasión, me abro a quien quiera añadir sus aprendizajes porque sé que esta lista es, en realidad, mucho más larga. Comparto mis 25 formas para que sean de todas, para que las desgastemos y nombremos cada una de las maneras en que hemos vivido abuso.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

El abuso necesita del silencio. El abuso ya no tiene el mío.

Mayo de 2020

A Pamela.

Gracias, en toda la extensión de estas siete letras.

En más de una ocasión me he sentido rota.

Rota.

Qué palabra tan pesada, que nos hace sentir tan pequeñas.

Pienso en cómo, desde siempre, escuchamos “corazón roto”.

También sé que hace un año, cuando me preguntaban, me describía como rota. De hecho, hasta hace menos de un mes, todavía lo hacía.

Escribo esto sin juicio alguno, como quien narra los hechos de algo tan suyo que le puede ser, en ocasiones, lejano.

Rota.

Repentinamente me incomoda esta palabra que por tanto tiempo me cobijó.

Era fácil decirme y saberme rota. La realidad es que sí, así me sentía.

¿Cómo se siente estar rota? Supongo que la descripción sobra, que nuestra humanidad la reconoce.

Me sentía en pedazos, recogiendo retazos, tratando de encontrarles forma y colocarlos en su lugar o, si acaso, encontrarles uno nuevo.

Como si se tratara de un rompecabezas… como si fuera un juego en el que yo siempre perdía, pues continuamente fracasaba en recomponerme.

Me imaginaba en construcción, con todo y las advertencias de la fragilidad del derrumbe.

Me río al escribir esto. Al imaginarme con letreros a mi alrededor, que se podrían leer como “Precaución”, “Frágil”, “No tocar”.

Me río porque es cierto.

Estaba y estoy en construcción.

Y para ello he tenido que deconstruirme. Rehacerme. Quizá de ahí viene mi idea de estar rota.

Ahora lo entiendo mejor.

He removido los rincones más obsoletos de mi alma.

He recorrido kilómetros de mi cuerpo, trazando zanjas, cuestionándome y cuestionando todo aquello que creía saber.

Podría decirse que los cimientos de mi cuerpo cayeron. Es evidente la idea de que, entonces, esto me haría estar en pedazos, rota.

Mi mejor amiga en más de una ocasión me dijo: Para mí no estás rota.

Mi mente, en silencio, respondía: Para mí sí lo estoy.

Me sentía rota.

Hoy entiendo que no lo estaba, no lo estoy.

¿Es mi cuerpo acaso una vasija de cristal que puede romperse?

¿Es mi alma entonces un recipiente más que, así como se llena, puede vaciarse?

¿Es mi corazón un instrumento que puede descomponerse y desafinarse?

La respuesta es no. Siempre no.

El dolor crea esta ilusión de ruptura, de fragilidad y de ineptitud. Lo he dicho antes.

Sentirme rota, como espejismo, al recorrer un desierto que parecería no tener fin.

Recorrer ese mismo desierto que podría separarse en dos:

  1. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como repudio ante mi misma.
  2. Doler, sentir tristeza, enojo, impotencia… como respuesta a lo importante que es para mí amar, perdonar, reconocerme, valorar, actuar.

Escribo estas líneas para que, en un futuro, en caso de dudarlo… tenga un recordatorio de que no estoy rota, que no podría estarlo.

¿Qué significa estar rota?

¿Podría entonces hablar de estar completa?

¿Qué significaría estar completa?

¿Doler me hace estar incompleta, rota?

Observo el camino que he recorrido. Me gusta saber que, si lo he logrado antes, podré hacerlo de nuevo.

Hoy sé que no estoy rota y que nunca podría estarlo.

Que quede registro en estas líneas, por si un día nuevamente necesito esta certeza.

Junio

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco fuerte y profundo.

Pienso en magia. Pienso en vida.

Cuando comencé este camino, hice una lista de las personas más importantes en mi vida, a quienes quería contarles lo que había pasado.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Quería combatir el monstruo con base en palabras, mirarlo fijamente a los ojos y nombrarlo.

Sin notarlo, esa lista estaba compuesta prácticamente por puras mujeres.

Sin saberlo, esa lista se llenaría de más mujeres magia, que iría conociendo, y que serían indispensables en mi vida.

Agotar el decirlo para que pierda poder.

Y en ese decirlo, en ese nombrarlo, una y otra vez mi historia se volvió eco.

Una y otra vez, esas mujeres magia me miraron a los ojos y me dijeron: a mí también me ha pasado.

Todas me tomaron de la mano, todas lloraron conmigo… una de cada dos me miró a los ojos y me dijo: a mí también me ha pasado.

Así que me pregunto, ¿cómo se puede agotar el decirlo? ¿cómo puede perder todo poder? Si nuestras historias son eco, si nuestro dolor tiene el mismo origen, si todas hemos vivido alguna situación de abuso, ¿cómo podemos terminar de enunciarlo?

Y ni siquiera se trata de números. No se trata de si somos una de cada una, una de cada dos, o una de cada diez. Con que haya un corazón que sea eco, es un corazón más del que debería doler a causa del abuso.

Se trata de nosotras y nuestro dolor.  

Se trata de esos segundos en los que decimos “a mí también me ha pasado” y cómo, en nuestros ojos, puedes ver lo fragmentado de nuestra alma.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco constante y profundo que, al tomarse de la mano, es irrompible.

Sororidad, le llamamos.

Pienso en ese mismo eco y lo que significaría su ausencia.

Un mundo sin las mujeres que somos vida, que somos magia.

Un mundo en el que ninguna de nosotras tome de la mano a la otra y le diga: yo estaré contigo. No estás sola.

Un mundo, sin ellas, para mí, pierde todo el sentido pues yo habría perdido la batalla.

Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco.

Un eco de mujeres que, con fuerza, compañía, dolor, solidaridad, empatía y compasión, enfrentamos el monstruo masculino. Ese monstruo masculino enorme que nos llena de miedo pero que, encaramos juntas, por cada una de nosotras, por todas.

Pienso en las mujeres como magia, como vida, como fuerza y es gracias a ellas que mantengo la esperanza.

Junio
csoledadt.com
Pienso en las mujeres que me han acompañado y pienso en un eco, pienso en magia, pienso en vida.

Noviembre

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Eso le dije a una niña de 13 años que amo… y fue como mirarme en el espejo.

Sentí la ironía de mis palabras, sentí cómo caían sobre mi pecho con todo su esplendor.

El mundo se detuvo… mi respiración también.

Me di cuenta que me estaba hablando a mí y no a ella.

Me dirigía a tantas yo que, por tanto tiempo, enmudecieron con el secreto, con el miedo, con el dolor… y que, en el proceso, se perdieron en el silencio.

En ese momento, al mirarme a través del espejo que me proveyeron mis palabras, me di cuenta de lo imperativo del ruido; de los gritos; de las canciones; de los bailes… de la contundencia de gritar: el violador eres tú. Porque esa es la única forma de evitar que el número siga en aumento, como si mi dolor –o el de cualquiera– pudiera ser un número más.

¿Alguna vez has medido tu dolor?

Dime, si tuvieras que medir tu dolor, ¿sería en cucharadas? ¿en caminatas? ¿en silencios? ¿en tiempo? ¿en lágrimas? ¿en sal? ¿en soledad? ¿en insomnio?

Dime si tú, como yo, mides tu dolor en respiraciones.

“Una respiración a la vez”, es aquello que te repites.

Inhalas.

Exhalas.

Inhalas.

Exhalas.

Y te obligas a ti misma a seguirlo haciendo.

A repetir.

A continuar.

A medir los minutos, las horas, los días, las semanas… en una respiración a la vez.

Inhalas, intentando apagar el incendio de tu pecho.

Exhalas, tratando de liberar el mar que te ahoga.

Y fallas.

Y comienzas de nuevo.

Una respiración a la vez, como himno de un corazón roto, triste y derrotado. Un corazón cuyo dolor jamás podrá ser un número más.

Y, aun así, cada día hay más nombres en esa lista inextinguible. Es entonces cuando mi dolor es un número más.

Me niego a que el de otras personas también lo sea.

Me gustaría que el de ella no lo fuese.

Así que hoy, con toda la vida y la fuerza que el intentar sanar me ha otorgado, me descubro frente al mundo y le muestro, poco a poco, mis cicatrices y también –por qué no– las heridas que todavía no han sanado.

Y mi corazón teme.

Porque el abuso no es solo dolor, sino que es culpa, es vergüenza, es miedo… es un rastro de la injusticia que este mundo masculino enmarca, promueve y alimenta.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Y quizá el alzar la voz comienza con un susurro, hasta que cobra fuerza y se convierte en ruido, en grito, en eco, en rugido, en temblor, en canción… o por qué no, en un blog.

Así que las diré de nuevo: “Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Las diré cuantas veces sean necesarias para que el mundo entero sienta su peso y asuma su responsabilidad.

“Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas”.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.

Este mundo está lleno de injusticias como para quedarnos calladas.