Tejiendo la relación con las hijas

Escrito por Cathy Maurer

Intento hacer memoria sobre el momento en el que conocí el arte de tejer, pero no logro recordar un pasaje de mi vida sin el tejido en las manos de mi mamá o de mi abuela: es decir que nací con el tejido.


Para mí era una escena natural ver a mi mamá tejiendo en la sala durante una plática con sus amigas, frente a la televisión, durante un viaje y hasta en el cine. Nunca me pregunté cómo había llegado a ese nivel de práctica en el que no necesitaba ver lo que estaba haciendo.


Entonces, llegó el momento de pedirle que me enseñara a tejer y fue entonces cuando caí en la cuenta de que era una empresa más difícil de lo que aparentaba. Pero el proceso de aprendizaje trajo consigo efectos secundarios que yo no identifiqué sino hasta mucho tiempo después.

Durante los tiempos en que me sentaba junto a mi mamá para que me indicara los pasos a seguir, fuimos construyendo un vínculo que no existía antes y que se fortaleció con el tiempo; ella, con toda paciencia, tomaba mis manos y las agujas, para tejer a cuatro manos una relación que duraría por el resto de mi vida.


Al paso del tiempo, esta imagen se repitió con mi propia hija: ella me vio tejer con manos rápidas y hábiles, sin siquiera mirar el trabajo y, un día, me pidió que le enseñara. Yo me remonté varias décadas atrás y sentí esa emoción que me producía saber que, a través de esta habilidad manual, empezaría a tejer una relación diferente con mi hija… y así sucedió.


Durante el tiempo en que ella aprendía a tejer, desarrollamos un lenguaje que sólo nosotras entendemos, que es ajeno a los hombres de la familia; aprendimos juntas a producir prendas tejidas y a reforzar nuestros vínculos femeninos a través de esas producciones; juntas hemos ido entendiendo que la vida se va tejiendo punto a punto, vuelta a vuelta; juntas nos hemos equivocado y hemos destejido para corregir los errores; juntas también, hemos logrado terminar algunas etapas de este tejido para empezar el siguiente… también algunas etapas de nuestra relación sólo para iniciar las que continúan esta historia.


Por eso el tejido es, ha sido y será una parte muy importante de mi vida, porque entre sus puntos y sus vueltas está trenzado el amor de mi abuela, el de mi mamá, el mío propio y el de mi hija.

Imagen obtenida de Unsplash

Sin remitente

Escrito por Andrea Tafoya

De los secretos que han surgido en cuarentena, descubrí una carta, escrita hace dos años, para nunca entregarla a su destinatario: un gitano.

Un ser que, de repente, me hizo descubrir que en la vida existe Dios y existen dioses, esos seres mortales que parecen inmortales, cuyos recuerdos se vuelven perpetuos aunque su presencia a veces no llega ni a una primavera. Un dios esporádico que me cambió la vida y que hoy merece salir para borrarse de los recuerdos del mundo.

“Qué bendición” decía la nota. “Qué bendición que los peces pueden cantar bajo el agua, sin que los mortales entiendan de qué hablan, sin que los animales de tierra y fuego sepan de qué hablan; qué hermoso que puedan cantarle a la vida guardando celosos sus sentimientos y dejando a la imaginación de los Dioses sus cantos, para que ellos adivinen de qué hablan y, que las gaviotas se vuelvan locas intentando descubrir si alguna de esas melodías se trataba de ellas.”.

Y no será como la venganza de Cardenal, del famoso poema que llegará a tus manos sin saber que fue escrito para ti, pero será un recuerdo que se quede para siempre en el viento por si algún día vuelve a recorrer tu cuerpo.

Andrea Tafoya

Imagen de Andrea Tafoya
Entramado femenino